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Los misterios del Lago George. Crónica de viaje, por María Dolores Cabrera

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Por María Dolores Cabrera*

“Cree lo que quieras creer,

ignora lo que prefieras ignorar y

siente lo que desees sentir”

Canberra, 12 de diciembre de 2022.

Estamos ya a 30 o 40 minutos de llegar a casa en Canberra, después de haber disfrutado, con mi familia, dos días de la preciosa ciudad de Sidney. El último tramo que recorremos, al borde del lago, nos permite constatar que su extensión es enorme. Se sabe que son 25 kilómetros de largo por 10 kilómetros de ancho. El celeste, intenso y brillante, seduce con un encanto que fascina y perturba. Es un gran espacio azulado que intriga por sus cautivantes misterios, leyendas e historias. El Lago George, al costado de un trecho de la Carretera Federal que une a las ciudades de Sidney y Canberra.

En 1820,  los colonos blancos denominaron al lago con este nombre en honor al Rey Jorge III. Sin embargo, los aborígenes locales lo llamaron, en su lengua nativa, «Wierewa», cuya traducción sería “agua mala”. Se presume que tiene una antigüedad de un millón de años.

Mucho se ha hablado acerca de los múltiples accidentes que han ocurrido en la fantasmal carretera que bordea este enigmático lugar. No podemos evitar el deseo de detenernos en el primer mirador destinado a observarlo y admirarlo, pero tampoco podemos evadir el sentimiento de intimidación por lo desconocido  y decidimos no descender del auto. Dicen que estas aguas son dignas de la misma notoriedad que tiene el Triángulo de las Bermudas.

Lo miramos con asombro. Al otro extremo se puede ver con claridad el Parque Eólico más grande de Nueva Gales del Sur, que fue construido en 2008 con el fin de generar energía en la zona. Son enormes molinos de viento de color blanco que se mueven como si fueran seres con vida propia, capaces de agitar con autonomía sus tres largos y puntiagudos brazos. Saludan, advierten, insinúan o, quizás, previenen. Este paisaje completa lo excéntrico y paradójico del entorno que circunda al Lago George.

Místico y hechicero. Hermoso e inquietante. Sus aguas mágicas suelen esfumarse hacia algún lugar inexplicable, acaso a un sitio oculto del mundo, impenetrable para los seres humanos. Quizás a una dimensión donde prevalecen poderes arcanos, desconocidos, secretos.  Aparece y desaparece para sembrar la duda de su autonomía y decidir cuándo estar o no estar. Científicos e investigadores han tratado de dar explicaciones técnicas y categóricas a este hecho desconcertante y prodigioso. Sin embargo, el enigma se mantiene, pues el lago carece de salida a ríos u océanos. Las teorías se sostienen en que a su contenido lo retira la fuerza del viento, lo que no es convincente para muchas personas.

Se cuenta que en 1820 unos colonos acamparon en sus orillas, se quedaron dormidos y, al siguiente día, el agua se había retirado aproximadamente un kilómetro. Este fenómeno los dejó asombrados sin que pudieran comprender lo ocurrido. El agua se recoge.  Escapa hacia oquedades del interior de la tierra, tal vez cavidades milenarias, espeluznantes, para luego regresar con más belleza, con más secretos, con más poder.

Hay leyendas sobre un granjero que, en 1850, lo proveyó de bacalao. Con el tiempo, la cantidad de peces creció muchísimo, pero cuando en 1870 un barco pretendió extender sus redes de arrastre para pescar, el agua se recogió y murieron todos los peces.

Dicen que desde 1949 son 13 las personas que han perdido su vida aquí y a pesar de su poca profundidad afirman que algunos cuerpos no se pudieron recuperar jamás. Cinco cadetes navales se habrían ahogado en heladas temperaturas al volcarse su bote en 1956.

Después de un momento de reflexión, decidimos descender del auto, entre otras cosas para tomar algunas fotos. No se puede evitar el escalofrío en la piel. Recordamos la leyenda del monstruo que acecha en sus turbias profundidades y que, al secarse el lago, se retira a recónditas cuevas subterráneas de barro. Este relato es tan antiguo que ya en 1866 se había advertido acerca de un enorme ogro acuático que, en ocasiones, salía a la superficie en busca de aire. Se afirma que, incluso hoy, en ocasiones merodea al filo de la carretera.

Los aborígenes locales llamaban “Bujupuya” o “Buchupuya” (no preciso con exactitud la escritura y la pronunciación correcta), a un espíritu que vivía ahí y al que atribuían la creación de las montañas, de las colinas y de los valles, además de las personas, de los animales y de las plantas. Tenían la certeza de que cuando “Bujupuya” estaba feliz, el lago se llenaba y cuando estaba enojado o insatisfecho, se vaciaba. Por ello realizaban un sinfín de ceremonias para mantenerlo contento. Pero había otro espíritu que los aborígenes creían que también lo habitaba, era “Byrik”, un ente maligno que, según ellos, los atormentaba.

Hasta ahora hay quienes afirman que el Lago George es un centro de actividad extraterrestre cuyos objetos proyectan destellos en tonos amarillos y celestes que se reflejan sobre la superficie, especialmente en noches con neblina. El 16 de enero de 1996, una madre y su hija presenciaron OVNIS en un campo adyacente. Dijeron haber visto algo muy grande con hileras de luces de colores que incluso se acercó a su automóvil, iluminándolo.

Mientras las conversaciones sobre estas leyendas apológicas emergen en el momento de nuestra presencia en aquellas orillas, nos invade un fascinante recelo, la curiosidad y el encanto se funden en un atrayente temor. Mencionamos lo que se ha escuchado sobre otro inexplicable fenómeno que ocurre en el área, aquel cambio repentino que convierte, de pronto, un caluroso día soleado de verano en una oscura tempestad arrasadora, de aguaceros, truenos y relámpagos intimidantes. Cuentan que un hombre que, bajo un apacible y despejado cielo azul, tomaba sol en su bote sobre el Lago George,  se retiró el chaleco salvavidas para obtener un mejor bronceado, pero de manera sorpresiva el clima cambió y se produjo una terrible tormenta. El bote se hundió, él pudo salvarse, pero perdió su chaleco salvavidas. De inmediato, salió de nuevo el sol.

En este momento, 20h30, la oscuridad en verano empieza a llegar. Perdemos visibilidad de lo que está frente a nosotros. El celeste se torna plomizo. No es posible evadir la aprensión y pensamos que es mejor regresar al auto.

Una vez dentro, ya en nuestros respectivos puestos, mi sobrina recuerda otra historia sobre la carretera fantasmal al borde del lago, la misma en la que nos encontramos ahora. Lo narra mientras escuchamos sin encender aún el motor para marcharnos. Se trata de una leyenda urbana creada a partir de una niña real, Brenda Lynch, que el 12 de enero de 1958 se ahogó en estas aguas. Dicen que es la niña vestida de blanco que, posterior a esa fecha, se la ha visto con frecuencia al filo de la carretera. En varias ocasiones detuvo los carros para pedir a los conductores que la llevasen a la casa de su abuela en Queanbeyan. Al llegar, la criatura desaparecía y la abuela, que aún vivía, afirmaba que su nieta se ahogó en el Lago George hace muchos años atrás.

Un silencio domina el ambiente cuando observamos, sorprendidos, la presencia repentina e inesperada de una vieja furgoneta blanca estacionada a un costado, cerca de nosotros. La conductora es una mujer muy mayor de pelo blanco, despeinado. Los ojos pequeños y el rostro apergaminado. Parece baja de estatura. Nos mira con disimulo y cautela.

Entre risas, bromas, nervios, credulidad y escepticismo, entre un miedo aceptado con duda y un deseo inquietante por lo desconocido y fantasmal, encendemos el auto. Seguimos el camino hasta llegar a Canberra, donde las luces de la ciudad nos apaciguan y aquietan el temor.

Dos noches después reconocemos a la anciana de la antigua furgoneta observándonos de nuevo, en el parqueadero de la famosa Torre Telstra, en la cumbre de la Montaña Negra, en Canberra. ¿Coincidencia? Sonreímos al aceptar una inquietud jocosa e intimidante a la vez: ¿será el espectro de la abuela que aún busca el cuerpo de la niña ahogada en el lago e indaga entre las personas que se interesan en las leyendas del lugar?

El Lago George es uno más de tantos e incontables tesoros australianos cuyos misterios y leyendas lo hacen mucho más fascinante y encantador. Un espacio único en el mundo como casi toda la naturaleza australiana, llena de riquezas y sorpresas que son parte de los paisajes de un país, de un continente que embelesa con la fortuna de su patrimonio natural no visto en otras tierras del planeta.

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* María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Ha publicado tres novelas y tres libros de cuentos: Más allá de la piel (1998), De nuevo tus ojos (2010), Te regalo mi cordura (2012), Cuando duermen los jilgueros (2016, España), Pinceladas (2018), Siempre de Azul, cuentos escritos en Pandemia (2021). Estudió Psicología Clínica en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Integró el taller de escritura con el escritor Abdón Ubidia e hizo el diplomado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de los Hemisferios. Ha realizado cursos abiertos de literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar, taller de literatura con el escritor mexicano Alberto Chimal y taller de crónica en loscronistas.net con el escritor Rubén Darío Buitrón.

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