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Los fantasmas de tía Martha. Crónica de Nancy Carrillo

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Los niños crecimos y la tía no dejaba de asombrarnos. Siempre ligada al inframundo, contaba que todas las personas que por entonces morían venían a despedirse de ella la noche anterior…
Por Nancy Carrillo*
Uno de los personajes más bonitos de mi niñez fue la tía Martha. Así la llamábamos parientes y no parientes. Su figura singular, unas veces amable y otras muy seria, será difícil de olvidar.
Cuando éramos niños nos sentábamos junto a ella a escuchar los innumerables cuentos sobre muertos, aparecidos, duendes y fantasmas que continuamente le visitaban y le dejaban mensajes.
Su descripción de los personajes del otro mundo nos dejaba atemorizados, inundados de pánico. Después de esas historias ya no salíamos al patio en la noche, rezábamos con devoción y no mentíamos porque podían aparecer María Angula o cualquier otro personaje del más allá.
Nos decía que las niñas de ojos grandes eran las preferidas por el duende, un pequeño que llevaba un gran sombrero y en las noches, si habíamos cometido algún pecadillo, se acercaba a nuestra cama y tiraba de las sábanas. Otras veces se mostraba agradable, se paraba en el umbral de tu puerta y te llamaba. Inocente adrenalina que subía al máximo nivel. Mis hermanas y yo nos mirábamos de reojo para comprobar si teníamos ojos grandes y nos tomábamos las manos, las apretábamos muy fuerte para no caer en la tentación de seguir al duende.
Esas historias sirvieron más tarde para que los oyentes más jóvenes armaran escenas para amedrentar a vecinos y amigos.
Mi hermano y sus amigos pasaban sus vacaciones en una ciudad pequeña, en donde un pariente de la Tía tenía una casa muy vieja. Cuentan que, en una ocasión, para matar el ocio de las vacaciones fueron a un terreno deshabitado. Allí encontraron una calavera. No se atrevieron a tocarla, pero sí armaron un partido de fútbol con la improvisada pelota. Pero todos entendieron que el castigo por semejante desacato se venía. Arrepentidos por la falta de respeto al dueño de la calavera se acostaron temprano y anticipándose a lo que podía pasar ocuparon una sola habitación.
A las doce de la noche, hora nefasta, escucharon pasos y una voz profunda, enronquecida y maléfica que gritaba sus nombres. Se apretujaron bajo las sábanas sosteniéndose unos a otros porque esperaban lo peor y así fue: el supuesto dueño de la calavera se acercó a la cama y tiró de las cobijas. Sus corazones latían a mil y empezaron a llorar y suplicar. El bromista se dio cuenta de que había llegado muy lejos y se descubrió (demasiado tarde), que uno de los amigos vomitaba sin freno, temblaba y se llevaba las manos al pecho. Sufría del corazón y estaba al borde de un infarto. Arrepentido, el hacedor de la macabra broma tomó al amigo en sus brazos y corrió buscando ayuda médica, todos tras él, rezando para que no sucediera lo peor. Ventajosamente vivían al frente de un hospital y el amigo se salvó.
Los niños crecimos y la tía no dejaba de asombrarnos. Siempre ligada al inframundo, contaba que todas las personas que por entonces morían venían a despedirse la noche anterior, así lo hizo -según ella- inclusive el presidente José María Velasco Ibarra. Algunos días anteriores a su muerte le visitó y le dijo «hasta siempre, amiga Martha, vota por el mejor candidato, aunque en la posteridad existirán muchos impostores que intentarán imitarme». Fanática velasquista, salía a las calles para defender al polémico gobernante cuando las pugnas políticas alborotaban al país.
En una de las entradas triunfales de Velasco Ibarra a la ciudad, desde un balcón mi tía le lanzó una guirnalda de flores, emulando a Manuela Saénz y al Libertador Simón Bolívar.
Yo la escuchaba y quería ser una de esas heroínas que diera la vida por la patria y se vieran recompensadas por un gran amor, pero, más tarde, cuando mi curiosidad me llevó a investigar sobre Manuela y el Libertador, terminé convencida de que los hombres son iguales en todos los tiempos.
Pero así y todo, l­­­­­­a tía tuvo una vida austera, sufrió las consecuencias de la pobreza y la falta de afecto. Su madre, una mujer viuda e inválida, le regaló a una vecina y empezó a cambiar trabajo de sol a sol por un pedazo de pan y nada de educación. Cuando pudo, escapó de aquella tutela y viajó a una ciudad más grande en donde nadie le conocía y sabía de sus orígenes.
Empezó a construir una nueva vida, a reinventarse. No sé cómo conoció al que fue su marido, pero no acertó en la elección: más que una ayuda el señor fue una carga y cuando hacía trastadas la tía le castigaba como a hijo malcriado, paliza tras paliza, la pedagogía del momento, cuando no existían psicólogos para largos e inciertos tratamientos. No fue acoso ni maltrato de pareja, era la metodología de aquel tiempo. ¿Cómo se enseña la honradez y la responsabilidad a un borracho que saca a crédito la bebida y luego pide que le envían la factura a la esposa?, la tía pagaba, pero advertía que la próxima ocasión no lo haría, violencia familiar, quién sabe, pero a veces la vara acompañada de la explicación hace milagros.
La Tía nunca se dio por vencida. Trabajaba en lo que podía, pero no le faltaba el pan, sacrificaba sus horas de sueño si esto equivalía a unos sucres más para alimentar a los suyos que en total fueron cinco.
Finalmente consiguió un trabajo estable en una fábrica, aprendió con facilidad la tarea que le encomendaron y allí permaneció muchos años hasta su jubilación. Empezó a gozar de ciertos beneficios, como una casa y salario fijo, con el que educó a los hijos. La Tía, soñadora del más allá, tenía los pies en la tierra y formó a sus vástagos como personas honradas, estudiosas, trabajadoras.
Nadie le había enseñado que primero hay que educar en valores, los que proporciona el hogar y hace de los seres humanos fuertes y esforzados, ella y los de su generación le tomaron la delantera a la educación actual. Ahora se enseñan otros valores, la sociedad los propicia y alienta, los medios los proclaman, son menos trascendentes, útiles para una vida vanidosa, superflua, egoísta.
La primera generación fue de profesionales destacados, la fortuna le sonreía a través de los hijos y se cumplió la trillada frase de que lo que ella no tuvo lo tuvieron sus descendientes, es decir, estudios, trabajos, holgura económica.
Los nietos y bisnietos ya fueron muchos, otro nivel: viajan, fueron a los mejores colegios, ocupan cargos importantes. No sé si ella gozó del progreso de esta generación que crece en la abundancia. Vivió muchos años y se resistía a morir, porque al fin la vida le sonreía.
La última vez que le vi estaba muy viejecita, me contaba de sus nietos y trataba de recordar los nombres y las proezas de cada uno.
Cuando tía Martha murió pensé que para ella había llegado el momento de comprobar que todo lo que nos contaba era cierto, aunque no habría necesidad, pues ella vivió toda su vida con esa certeza.
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