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Un dolor imposible. Por María Augusta Pérez

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Por María Augusta Pérez*

Yo dormía, yo no entendía nada.

Tuve que esperar a que llamaran de nuevo. Fue mi mami quien contestó esta vez. Un rostro que se arrugaba, golpes en la cama, llantos, gritos. Era mi primo el que se había ido. El que me llevaba solo tres años. El que se fue abriendo la herida del dolor imposible.

Hay edades que no acompañan a la palabra muerte. Parece que el cerebro se negara a asociarlas. A sus treinta y un años, mi primo murió. Un accidente lo convirtió en silencio una madrugada de mayo del año 2006.

Tras recibir la noticia, nos dirigimos hacia el Valle de los Chillos para acompañar a mis tíos y a mi otro primo, su hermano.

En el camino recibía llamadas para ver si ya habíamos llegado, si sabíamos algo más. Pero no. Mi prima insistía en que al llegar le dijera que era mentira, que por favor…

Sola, en el asiento trasero, sin más esfuerzo que el sostener un sueño espantado por el dolor, me di cuenta de que la cercanía iba agitando mi respiración. Era como si los latidos se extendieran hasta mi garganta y retumbaran en mis oídos, para terminar más tarde en un inexplicable dolor de dientes. Sí, los que se supone que no deberían doler. Mi mandíbula se convertía en el receptor de un interminable llanto contenido.

Dos de la mañana. Pasamos un redondel. No era ese, debía ser el siguiente. Carros de policía, luces, agentes, mi tía sentada en una vereda habitando un cuerpo que parecía dejarse ir. Sus ojos cerrados. No había lágrimas ni gritos. Un dolor que iba más allá del dolor.

Yo temía que se desmayara, que el sufrimiento la apagara, así nomás. Le levantaba los brazos tratando de obligarla a respirar. Se incorporó. Caminábamos, se detenía. Nos iluminaban las luces de los autos, aún era de noche.

Medicina legal se llevaría el cuerpo que nunca vi.

Cuatro de la mañana. Primos, tíos, deudos todos, apoyados en un muro en la avenida Mariana de Jesús, esperábamos que finalizara la autopsia. Llegaron los resultados. La ausencia ya estaba, solo que ahora dolía un poco más.

Y sí, de pronto Luis ya no era el primo, el sobrino, el nieto, el padre. Era el cuerpo que vestirían, acicalarían y trasladarían hasta la funeraria para que, más tarde, pudiéramos darle el encuentro.

Eso nos daba tiempo para completar la misión que nadie hubiera deseado. Uno detrás de otro fuimos parqueando los autos al pie de la casa de mis abuelitos. Debíamos contarles lo sucedido. Dos paramédicos nos acompañaban.

Por miedo a atestiguar una reacción que me sobrepasara retrasé mi entrada. Cuando vi a mi abuelito él decía que sí, que le había sentido, que a la madrugada había escuchado ruidos en la sala y al salir a ver quién era no encontró a nadie.

Siete… ocho de la mañana. Volvimos a la casa. Sin que mi primo la hubiera habitado nunca, yo tropezaba con su ausencia a cada paso. El silencio dolía. Ya sola, en mi cuarto, me volví procesión, me volví llanto, me volví penitencia.

Ahora quedaba tiempo para vestirme del color que llevaba por dentro.

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*María Augusta Pérez es integrante de la Escuela de Cronistas del Ecuador.

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