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Soy dama de compañía. Por Magaly Villacrés, desde España

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Por Magaly Villacrés, desde España*

“Riobambeña pudorosa”, “más riobambeña que el chancho hornado” y un sinfín de apodos más solían decirme en la universidad, allá por los años 90, cuando todavía creía en la pureza sexual y en llegar virgen al altar, que los políticos no robaban, que Abdón Calderón murió en la batalla de Pichincha sosteniendo la bandera con la boca y que Ecuador tenía el segundo himno nacional más bonito del mundo (no podía ser el primero, como siempre…).

Crecí escuchando que la vida licenciosa era garantía para ir derechito al infierno, porque una buena mujer es de su casa, se entrega a un solo hombre y ese primer amor nunca se olvida.

Viéndolo así, mejor ni pensar de las pasiones carnales. De ese deleite profano no se podía hablar en la mesa familiar. Si alguien pronunciaba la palabra sexo, las trompetas del Apocalipsis sonaban iracundas y los ojos de los adultos se encendían como intensas llamas a punto de quemarnos hasta las orejas.

Así sentenciaba mi difunta abuelita Lola: “Para dedicarse al jolgorio, antes debe haber casorio”. Es decir, iglesia, velo y corona, torta de novios, fiesta con la familia, alcohol y comida, mocosos correteando por el salón mientras metían sus dedos en la nariz y después en el pastel.

Nunca faltaba el primo borracho que a la medianoche se animaba a confesar su amor, ni el par de tíos que se caían a puñetes por los terrenos en herencia.

Una vez sucedido, los recién desposados podían introducirse oficialmente en el gozo febril de la noche de bodas, con bendición y ganas. ¡Que vivan los novios!

Vista la cosa, la lujuria y el placer extraconyugal era tierra fangosa por donde uno no debía cruzar ni mucho menos desear. Ese gozo vil estaba reservado para las infortunadas que nunca se bautizaron ni pisaron colegio católico – por suerte, fui bautizada y soy ex alumna marianita-, pero si la desesperación por la soltería o la picazón nocturna en zonas erógenas nos alcanzaba, era preferible conseguir un novio ingenuo que quiera copular antes que procrear. Si el incauto proviene de pueblo es mucho mejor, porque son mansos, aunque con cara de mensos.

Ahora pienso en las bandidas que comparten cama, catre, silla y pared con el hombre que ellas desean y quieren, y me entra una sana envidia (aunque la envidia, ya sabemos, no puede ser sana). Nada de exigir compromisos ni demandar cariño. Todo se resuelve en una sola noche, romance pasajero y nada más. Como dice la canción de la mexicana Thalia: “Pero no me acuerdo, no me acuerdo, y si no me acuerdo, no pasó”.

Estas eran las mal vistas “damas de compañía”. Señoritas o señoras, muy dispuestas a saciar y ser saciadas, y que se conocen el Kamasutra mejor que el camino de regreso a su casa. Más preocupadas por la lencería, el perfume y las uñas, que de fregar los platos y dar de comer a ningún marido panzón que, para colmo de males, también es infiel porque, aunque no lo crea, siempre hay otra con más mal gusto que usted.

Una vez liberada esta letanía, quiero confesar que siempre me llamó la atención eso de ser dama de compañía, no solo por el intercambio corporal, sino por la sensación de morbo por hacer algo prohibido, llamativo, clandestino, inmoral o como quieran llamarlo.

He deseado secretamente ser correteada como gallina en patio ajeno, apretada como cajón que no cierra, despojada de mis prendas íntimas como si fueran robadas o peor aún, como si fueran de mi hermana (nunca me prestó nada). Pero la vida, para mal o bien, me llevó por otros senderos.

No me volví carishina (fémina con actitudes hombrunas) sino que, como buena mujer, estudié, trabajé, fui obediente -aunque no siempre-, aprendí a cocinar y apenas a mis cincuenta años estrené el título de dama de compañía, pero de otro modo: no me cuelgo como chimpancé de ningún tubo ni me dejan billetes enganchados en mi ropa interior, mucho menos me persiguen machos febriles con manos sudorosas enloquecidos por toquetear mi cuerpo.  

Soy acompañante de una viejecita que demanda mi tiempo, afectos y cuidados, y aunque no uso pestañas postizas, tacones, corsetes ajustados ni hilos dentales, me hace feliz compartir las horas a su lado.

¿Acaso imaginaba usted, lector, que yo le iba a comentar mis acrobacias sexuales con amantes incógnitos y furtivos?, ¿o que tal vez podía enseñarle cómo aportar a la economía del hogar sin que su marido supiera que anda ofertando sus carnes y sus afectos? Lamento decepcionarle.

Si usted es hombre, y esperaba leer un fino detalle de técnicas amatorias para alargar el momento y el placer, o si es mujer y se quedó con ganas de transformarse por las noches en una arpía seductora, libertina y desatada, les recomiendo a ambos darse baños en agua helada, enjuagarse la boca con detergente o lejía y rezar cada noche cien avemarías.

¡Pecadores!

___________________________________________________

*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio. Actualmente reside en España.

 

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Comment (1)

  1. Bertha Contero

    07 Oct 2023

    Hermosísima pieza jocosa y divertida,expresada en forma espontánea que nos permite sonreír
    ante un tema tan cotidiano que resume el oficio más antiguo de la vida.

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