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«Abrazo de lodo». Una crónica de Natalia Dávila

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ABRAZO DE LODO

Por Natalia Dávila*

Hace ocho meses conocí a Getssy. Es una chica joven, de 18 años. La conocí por un proyecto que en aquel entonces yo dirigía. Un proyecto para fortalecer los barrios a través del arte y la cultura.

En aquellos meses, de septiembre a noviembre, nos vimos con frecuencia. Iba con su bebé recién nacido, su pareja y Stalin, otro chico de su colectivo. Llegaban por las mañanas a los cursos de formación para fortalecer a su organización.

Son parte de un grupo de jóvenes gestores culturales llamado “Shungo Hatary”. Hacen caminatas por senderos del Pichincha y llevan un trabajo para conservar su patrimonio cultural. Son habitantes de una comunidad ancestral en el centro de la urbanidad de Quito. Ellos son de La Comuna.

La Comuna es antigua, de aquellos habitantes de Quito que estuvieron aquí antes que los españoles e incas. Y su territorio, ahora bastante reducido, iba desde la parte alta del Pichincha hasta lo que hoy se conoce como el barrio de Santa Clara de San Millán. De ahí que su nombre sea “Comuna de Santa Clara de San Millán”.

El año pasado conocí a doña Margarita, presidenta del Cabildo de La Comuna. Cuando subí a conocerla en la Casa del Cabildo me impresionó pasar tan de repente de un territorio cultural a otro, como si cambiara de dimensión.

La esquemática y abandonada residencialidad del barrio La Gasca fue reemplazada por el ruido, las ventas en la vereda y muchas, pero muchas canchas deportivas y gente, mucha gente.

La Comuna tiene una reputación negativa, como suele tener aquello que no conocemos y que desde nuestro prestigio queremos adjetivar.

Pero La Comuna se rige por esas leyes, con la autonomía ganada a partir de sus luchas con las que consiguieron su reconocimiento en 1911. No es un barrio. Es una comuna.

Las comunas se gobiernan bajo sus propias leyes con el afán de cuidar sus territorios y mantener sus lógicas comunitarias y sociales. Toda comuna que conozco es más organizada que cualquier desaliñado barrio de Quito. Y en la comuna tendrás más garantía de protección y seguridad que en una esquina de barrio adinerado… Siempre y cuando seas de la comuna.

Así que llegué donde Margarita.

En ese entonces, cerca de las fiestas en honor a Santa Clara, me invitó a las celebraciones. Solo pude asistir a una: a la primera misa en la iglesia antigua de la comunidad, en la 10 de Agosto y Alonso de Mercadillo, junto a la plaza del mismo nombre, ahora tomada por personas de la calle.

Al finalizar la misa, Santa Clarita salió cargada en andas por los comuneros y fue recibida por payasos, capariches y la banda de pueblo.

Con la Santa abriendo camino avanzamos por la Colón, bailando en su honor, viendo caer la noche mientras subíamos hasta el Cabildo, casi llegando a la Av. Occidental.

Las fiestas continuarían toda la semana. Fui invitada a la salida que iniciaba a las 4:00 am, desde la iglesia nueva cerca del Cabildo. Pero, aunque el corazón lo deseaba, el cuerpo no me dio y me lo perdí.

Me sorprendieron las numerosas canchas de fútbol, volley y cocos. La más sorprendente es la cancha para jugar máximas. Es enorme.

En la esquina inferior hay un lugar donde se ubicaba una cancha pequeña, donde jugaban volley. Jugaban. Antes. Ahora ya no.

Nadie quiere volver a esa cancha. Se volvió un lugar de la memoria. En una gigantografía están los rostros de los comuneros que fallecieron el 31 de enero de 2022, mientras jugaban volley. Un río de lodo se precipitó sobre ellos y un abrazo desbordado de agua enlodada se los llevó.

Días después de conocer a Margarita conocí a los gestores del proyecto educativo de Pambachupa: Loretta y Gabriel. Tenían una escuela popular en la casa barrial, unas cuadras más abajo de la Comuna. Y aunque ahora Pambachupa es barrio aparte, hasta hace poco era todavía territorio de la comuna ancestral.

En algún momento del 2022, Loretta y Gabriel organizaron una exhibición para mostrar los efectos del aluvión. En la casa barrial expusieron fotos, textos y objetos que llegaron hasta ese lugar cuando pasó por allí el río de lodo.

A la exposición llegaron los vecinos de La Gasca, Santa Clara, La Comuna. Estuvo un hombre, ya mayor, que al ver las imágenes y los objetos se les acercó. Hizo una única petición: que le regalaran un oso de peluche gris. Estaba así por el lodo que lo había cubierto.

Claro. Se lo podía llevar.

Les agradeció. Antes de salir, les contó que ese oso no fue arrastrado solo. Fue arrastrado con su nieta, que nunca más volvió.

Margarita habla del temor. Cada lluvia los pone nerviosos. Es difícil no ponerse así luego de lo que ocurrió.

A Getssy, a su bebé, a su pareja, a Stalin, a Margarita, a todos los vi hasta noviembre del año pasado.

Y ayer los retomé en la memoria porque, de nuevo, un aluvión bajó. Ya no fueron 28 muertos, fueron dos. Dos que no debieron haber sido dos, sino ninguno. Dos con nombres y apellidos.

Y allí permanecen los comuneros mirando con recelo las quebradas del Tejado y Pambachupa. Saben que cada lluvia es un aviso de que la naturaleza retoma, en cualquier momento, el curso de su topografía taponada.

Abril de 2024

______________________________________

*Natalia Dávila es integrante de la Escuela de Cronistas del Ecuador, dirigida por Rubén Darío Buitrón

*Fotografía de Luis Azuero

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Comment (1)

  1. Marco Carrera

    05 May 2024

    Muy buena descripción e inter relación de los personajes alrededor de un hecho que no es la primera vez que sucede y tampoco será la última, las comunas son una realidad que se han quedado en el tiempo y no se compaginan con el crecimiento urbano.

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