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«Las dos madres de Martín». Una crónica de Sara Acosta

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Lucía Palacios y Sofía Martínez, profesionales guayaquileñas, son una pareja que se ama. Viven juntas desde hace más de 30 años. Cuando decidieron tener un hijo su existencia y su amor se completó, como un milagro de la vida. Ellas han derrotado la discriminación y los prejuicios. En un ambiente de cariño y ternura, forman a su pequeño hijo en la lucha por la inclusión y la diversidad.

Por Sara Acosta*

La decoración y luces de un patio acogedor con plantas y árbol de mango dan la bienvenida a la celebración del baby shower de Martín. Lucía viste un traje materno celeste, irradia magia y felicidad. Su anhelo de tener un hijo entre sus brazos está a punto de ser real, saluda a familia y amistades reunidas en este evento importante y emotivo. Seguro que Martín estará saltando de alegría en el vientre de Lucía.

Con voz entrecortada, Lucía agradece y recorre con pinceladas sus sueños y fantasías infantiles de ser madre. No ha seguido las reglas
convencionales. Ha formado una familia diferente y se ha sometido a una reproducción asistida que conlleva riesgos, pero allí, con lágrimas, escucho un tierno mensaje que derriba muros y estereotipos sobre la diversidad de familias, sobre lo importante que es la capacidad de las figuras parentales de dar amor y cuidados en un contexto de acogida y calidez.

Martín Palacios ve la luz un 19 de noviembre del 2016 a las doce horas y cinco minutos, en pleno resplandecer del mediodía. Según la astrología, el sol está en la casa diez y quienes nacen a esa hora son personas que necesitan desempeñarse en ámbitos muy visibles a nivel social o profesional. Veo a Martin en sus juegos, acaparando la atención del grupo, su mirada dulce y sus preguntas
revelan su desarrollo intelectual.

Martin nace por cesárea en el Hospital de la Mujer “Alfredo G. Paulson”, antes denominado Maternidad Sotomayor. Para su madre, Lucía Palacios, de 45 años, tener en su regazo a Martín es el milagro realizado. ¡Una bendición! Martín llega familiarizado con la voz de su madre, quien cada noche canta y dice palabras cargadas de amor que se derriten entre sus labios.

En su pubertad, con el aparecimiento de la menstruación, Lucía empezó a soñar con un hijo, pero no estaba segura de llegar a cumplir este anhelo. Intuía que no iba a concebir, pero ese deseo siguió anidándose en su corazón. Desde su infancia guarda un carrusel de cuerda y ahora es parte de los pequeños tesoros de su hijo.

Martín llega envuelto en una colcha tejida con hilos de amor y ternura, de muchos colores que representan a esas figuras significativas en su vida. Lucía teje una chambra de color blanco y recuerda que en el colegio de monjas donde estudió le enseñaron a tejer.

Lucía Palacios y Sofía Martínez se conocen en las aulas universitarias. Entre conversaciones y debates académicos, cada una se descubre y
encuentran similitudes en sus ideales por una sociedad más justa y equitativa. Comprenden lo complejo que es en esta sociedad la
aceptación de una convivencia de pareja del mismo sexo. Las miro y las admiro con respeto y afecto por la coherencia de sus vidas, el respeto ganado en la comunidad por ser excelentes profesionales y por su honestidad. Llevan treinta años de unión en una época de lazos frágiles. La admiración mutua y la construcción de un proyecto en conjunto orienta este vínculo.

Ambas tienen experiencia de trabajo en comunidades indígenas y campesinas, vivencias que aportan a la necesidad de aceptar a los otros.
Lucía es una mujer de rostro armonioso, facciones perfiladas, con una impecable sonrisa. Una estudiante de la universidad me dice: Lucía es una mujer muy guapa. Reservada, los que no la conocen pueden percibirla poco expresiva, pero con el círculo más cercano es muy tierna y emana mucha sensibilidad. Lo que nadie pone en duda es su capacidad intelectual, su profesionalismo, su interés por la investigación social. Se autodefine como poco sociable y a veces dice: “Tengo características de Asperger”, al decir un comentario a cielo abierto que puede causar sorpresa a los otros.

Sofía, en cambio, es una mujer alta, de contextura media, de rostro armonioso, bonitas facciones, formal y sencilla para vestir. Sociable, muy acogedora y protectora, especialmente con los jóvenes. Sintoniza con Lucía por el interés en la investigación social e ideología. Es una docente de vocación.

Su sueño era ser voluntaria en África, trabajar con población más vulnerable. Su inclinación de servicio la caracteriza, por lo que ingresa a
una comunidad religiosa con la aspiración de ser monja. Realiza el proceso de formación, pero, finalmente, su espíritu de libre pensadora la hace vacilar y no concluye su formación religiosa.

Por sus aptitudes de maestra ingresa a laborar en una institución educativa salesiana donde con esmero orienta a los jóvenes y rescata sus fortalezas para sus proyectos de vida. Lo mismo hace después, en la docencia universitaria dentro de la carrera de Ciencias Sociales.

En su adultez piensa en la posibilidad de tener un hijo, sin embargo reflexiona que un niño no debe sufrir discriminación por la orientación sexual de sus madres o padres. Pero asume la opción de tener un hijo cuando Lucía, de manera decidida, se prepara para su proceso de reproducción asistida y Sofía la acompaña con dedicación y ternura.

Comparten momentos de alegría durante el embarazo, pero también temores e incertidumbres por los riesgos físicos y las expectativas de la crianza y cuidados de su futuro niño. Martín le llama “Mimi” a Sofía.

Durante el embarazo, Lucía prepara su salud física y emocional, realiza ejercicios de yoga, acupuntura, meditación con el apoyo de una
terapeuta. Los temores rondan sus pensamientos, pero los va soltando con el acompañamiento de su pareja y sus amigas.
En un momento se asusta porque en una prueba el médico le dice que tenía probabilidad de tener seis hijos y piensa: ¡Cómo atender a seis! Sofía y Fátima, la hermana de Lucía, hacen conjeturas acerca de organizar el cuidado de seis hijos. Luego, el temor se disipa cuando el galeno confirma que en el vientre de Lucía hay un solo niño.

Ahora Martín corre por el patio de la casa, se monta en un carrito, ríe con gestos de felicidad, abre sus grandes ojos de color miel que resaltan con su piel blanca, dorada por el sol del trópico.

Yo quisiera comerlo a besos y pienso que Martín es un niño bendecido. Tiene a sus dos madres que lo aman y otras personas que están atentas para cuidarlo. Nació bajo el sol radiante.

¿Cómo llega la noticia del embarazo de Lucía a las familias? Lucía y Sofía invitan a la familia a un restaurante ubicado en Urdesa, en el
centro norte de Guayaquil. La comida es un momento especial para compartir, un espacio para conectar emociones, contar historias,
anunciar acontecimientos. Los eventos significativos de la vida se reservan para compartir la velada con personas especiales en el camino
de la vida.

Lucia y Sofía ponen atención especial a esos pequeños detalles que hacen la diferencia, ellas se caracterizan por ser buenas anfitrionas,
colocan a un lado de la servilleta la copia de la ecografía, Martin anidándose a la vida para llegar un puerto cálido, donde lo esperan con
sonrisas y parabienes como las hadas de los cuentos infantiles. ¡Cada familia y amistad le lleva un don! La noticia fue un momento de mucha emoción y alegría, sin preguntas. En el ambiente flotan las respuestas.

Lucía queda huérfana de madre a los siete años y las relaciones con su padre y madrasta no fluyen armónicamente con ella y sus hermanos. Marca la distancia con el padre, por lo que cualquier cuestionamiento ante la opción de vida de su hija no tiene valor, aunque le queda claro que hay que tener prudencia y cuidado en una sociedad que discrimina.

Antonio, hermano de Lucía, reacciona y pone una barrera, pero luego los lazos se fortalecen y comenta: “Agradezco a la familia de Sofía Martínez porque ha podido dar una familia a mis hermanas Lucía y Fátima”.

La casa de Sofía y Lucía se caracteriza por ser un centro de acogida para familia, amistades, estudiantes… Un espacio de convergencia para la distracción, la conversación, el acompañamiento en momentos complejos.

La familia de Sofía conocía a su pareja desde el inicio de su amistad en la universidad. El afecto y el cariño hacia ella se ha ido fortaleciendo y ahora es otro miembro de la familia. Martín es el nieto número 33. Una abuela tiene 100 años y el otro abuelo pasa de los 80.

Una tarde de domingo visito a Martín. Me saluda con un beso y Lucía le dice: “Tía Sarita viene a visitarlo”. Rápidamente me lleva a la sala de juegos, comienza a armar piezas de Lego, me siento a jugar con él. Martin desea ser el primero en armar y mostrar su trabajo, se emociona con los juegos digitales y lo acompaño. Cuando va perdiendo llora, me rio y seguimos. Salta cuando gana, en algunos ratos con intención, dejo que lo haga, en otros él vence con su esfuerzo. Es una tarde divertida comiendo canguil preparado por Lucía. El sol se va ocultando y el ambiente de la casa queda cargado de la vitalidad de Martín.

Las dos madres organizan los horarios y rutinas para Martín: clases, juegos y otras actividades de estimulación regulan de manera estricta el tiempo de juego en la tablet. Lucía es muy rigurosa en fijar el tiempo. Martín llora por un rato y Sofía parece que quisiera cederle unos minutos más, pero, de manera rotunda, Lucía marca el límite. Ambas lo miran con ternura, quizás pensando en el camino que deberá transitar Martín hasta su mayoría de edad.

Martín está en los años de las preguntas. Sus madres lo van preparando con cuentos e historias infantiles sobre la variedad de familias. Su tío, abuelo y primos de diversas edades son las figuras masculinas con quienes interactúa.

Julio, un amigo de confianza de Lucía y Sofía, es una figura paternal, le gusta mucho jugar con él y su hija Lucerito. Lucía y Sofía se asesoran con profesionales para guiar a Martín. Con el pasar de los años irá comprendiendo y armando su historia como cada niño lo hace en cualquier tipo de familia, pero encontrará en cada rincón de su corazón y de su hogar las memorias trenzadas de amor.
La relación de Lucía y Sofía guía a otras personas jóvenes y adultas que sufren discriminación por su orientación sexual y acuden donde ellas para hablar y esclarecer interrogantes. La experiencia pueda aportar a cada persona a vivir su sexualidad más auténtica.
El sol se oculta y cae la noche el día del baby shower de Martín, el ambiente fraterno, la música y todas las emociones de la familia Palacios Martínez quedan impregnados en cada rincón de casa. Las amigas de Lucía y Sofía se van con lágrimas de alegría y agradecimiento por compartir un evento singular de dos mujeres que llevan en su vida la bandera del amor por vivir y la militancia por los derechos humanos.

Martin recorrerá otras experiencias, nutrido de sólidos valores sociales y humanos para seguir abriendo caminos para la igualdad y equidad. En diez años, ya adolescente, quizás el escenario del país sea más inclusivo. Entre sus recuerdos, él encontrará entre sus pertenencias esta crónica escrita por tía Sarita, narrada con inmenso amor para aportar a Martín otras comprensiones de la hermosa historia de amor de sus madres.

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*Sara Palacios (Guayaquil). Es psicóloga clínica y docente. Colaboradora permanente de loscronistas.net 

*Los nombres y apellidos de Martín, Lucía y Sofía están cambiados para proteger su intimidad. La fotografía es referencial.

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