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Christian Bozar revive un trauma de infancia al presenciar un incendio. Helena, su amiga incondicional, lo acompaña en un largo recorrido en búsqueda de respuestas.

*Por Ivanny Salinas*

Mientras el sol desaparece en el horizonte, Christian Bozar camina de regreso a casa. En la entrada de su edificio, dos niños descalzos, semidesnudos, están tendidos en camillas improvisadas.

Sus cuerpos, sin caparazón que los proteja, muestran llagas profundas, enrojecidas, que se descascaran como la corteza de un árbol viejo.

Ante la escena, la respiración de Christian se detiene un momento y solo logra abrir la boca cuando una náusea recorre su garganta. Una sensación de oscura solidaridad une sus pensamientos a las dos pequeñas víctimas del incendio.

Tambaleante, se abre paso entre la gente para entrar al ascensor.

En el tercer piso lo espera su gato Sócrates, agitado por los restos de humo y el bullicio que ha generado el incendio del inmueble vecino.

Por varias noches, imágenes indeseables y sonidos que parecen alaridos le provocan pesadillas recurrentes.

En su cama da vueltas, no logra encontrar la posición de reposo. Atento al reloj que marca las 6:59 de la mañana, envía un mensaje a su amiga Helena.

—¿Tienes tiempo para un café?… Estoy con el pecho cerrado, un zumbido insoportable en los oídos, necesito hablar contigo.

Helena lo conoce bien. Sabe de su propensión al misterio, su miedo a los afectos cercanos, su naturaleza melancólica y sus ideas atormentadas.

Christian llega a toda prisa al lugar de encuentro. Su pelo alborotado y las sombras oscuras bajo los ojos dan cuenta de su mala noche. Las cicatrices de su brazo derecho parecen hincharse y enrojecer.

—Creo que, cuando era niño, pasó algo grave. Algo de lo que nadie habla en mi familia.

Gotas de sudor recorren su rostro fruncido mientras, segundos enmudecidos, captan la atención de su amiga.

 Ella, siempre con un libro en la mano, acomoda con cuidado la foto que hace de marcapáginas. Lo cierra.

Cristian da un profundo suspiro que anticipa un intento de poner palabras a sus dudas. Le explica que, al principio, no encuentra relación entre el incendio de su vecindario y esta incertidumbre que lo acongoja.

Después de varias horas de buscar información en internet hay sospechas que toman sentido. Entre líneas de noticias de la época, la referencia a un gran incendio en una localidad vecina calza con las imágenes de sus recurrentes pesadillas.

Sobre todo con la de un joven adolescente que no debe tener más de 13 años… Su estilizada figura corre en una habitación en llamas mientras busca una salida. Gritos mudos dan cuenta de una desesperación en el momento justo en que está a punto de alcanzar la luz que lo lleva a una ventana. Su cuerpo se desintegra como la arena en contacto con el mar…Luego, se despierta.

Con la mano como reteniendo su frente y la pesadilla, Christian dice:

—Se parece a mí… ¡Pero estoy seguro que no soy yo!

Todos sus pensamientos se conjugan en una teoría imposible.

¿Por qué no tiene recuerdos de sus primeros años?

Muy pocas fotos de su infancia, y ¿las cicatrices? Su madre dice que fueron provocadas por los alambres de púa de la hacienda. Y en casa… Esos silencios que hoy parecen llenarse de sentidos.

Helena, cómplice de sus delirios, lo acompaña a visitar el pueblo vecino.

Allí encuentran a Don Clemente, un viejo comerciante con memoria de bibliotecario. Le dice que ninguna familia Bozar habitó la zona en los últimos 40 años, sin embargo, recuerda el incendio de la casa de los Bozantti.

—Un padre algo rudo, de pocas palabras. Los dos niños del matrimonio eran muy unidos a pesar de tener ocho años de diferencia, venían a menudo a la tienda con su madre.

Entre viejos recuerdos que aún conserva, encuentra el recorte de periódico cuya portada anuncia:

En la ventosa tarde del 3 de agosto de 1992, la familia Bozantti pierde a su hijo mayor y al abuelo. Ambos mueren carbonizados dentro de su casa. 

Le cuenta que no se confirmó nunca la causa de la tragedia. En todo caso, los seguros hicieron lo necesario. La familia modificó su apellido, encontró otra ciudad para establecerse y no se supo más de ellos.

Cuando Christian termina de leer la noticia, su corazón se dilata con violencia, la presión sube, todo su cuerpo se estremece ante la certeza.

—Es como si todo esto tiene que ver conmigo.

Helena, con el corazón en desasosiego, mueve la cabeza de un lado a otro. Lo escucha como solo ella sabe hacerlo, la mirada franca directo a su alma. Con una mezcla de ternura y compasión lo deja hablar, sin pausa.

Al atardecer, solo en su apartamento, Christian se sienta al borde de la cama, relee el último párrafo de la noticia.

Uno de los niños salió vivo… Todo quedó en cenizas… Sentimos el fallecimiento de…

Como un estallido de luz. En ese preciso instante, las imágenes como en un film casero.

Un nuevo llamado matutino alerta a Helena.

Apresurada, toma su bolso y, sin olvidar su libro, se dirige al apartamento de Christian.

Sentados en el salón, Christian, con los ojos inundados de llanto, una mueca pálida y una voz estrangulada, deja salir el recuerdo aprisionado y la angustia acumulada.

El viento silba entre los árboles mientras el padre discute con el abuelo en tono alto y de enfado. El padre sale de casa tirando la puerta con fuerza.

Christian no está lejos de la escena. Ve al abuelo poner su mano en el pecho, inhalar profundo para avanzar con pasos pesados a recostarse.

En lugar de acompañarlo, perturbado va a su dormitorio, con gesto automático y nervioso juega con un encendedor que encuentra a su paso, sin pensarlo enciende un papel. Concentrado en la flama azul anaranjada, solo cuando siente el ardor entre sus dedos lanza con rapidez la hoja al papelero.

En cuestión de segundos, las llamas de las cortinas se reflejan en las ventanas y se expanden de prisa.

Su hermano, Elías Bozantti, lo saca de su sopor, lo tira de la mano y de un empujón lo manda en dirección a la puerta de entrada mientras él corre a ver a su abuelo que tose, asfixiado por el humo.

Presume que fue Imposible para Elías recoger el pesado cuerpo del abuelo.

Los muebles tan achuñuscados, como la casa, perdieron su vigor, mientras Elías y su abuelo, instintivamente, juntaron sus cuerpos en un abrazo.

El mismo viento que afuera hacía danzar las copas de los árboles fue cómplice de propagar el fuego.

Christian recupera hoy una verdad que lo libera de su encierro.

Helena, sin pensarlo, se levanta, lo envuelve en su regazo. Christian acepta su protección, cierra los ojos y se empequeñece como un niño.

La grieta profunda en su alma encuentra respuestas, logra respirar con una seguridad que viene de lejos.

Sócrates, siempre cerca, ronronea mientras da un salto inesperado hacia la mesa y deja caer el libro de Helena. Del interior se desprende una foto antigua en la que aparecen ella y Christian.

Helena ya no necesita excusas. Un soplo de vida cruza los labios de Christian y ella se apresura a capturarlo con un beso.

_______________________________________

*Ivanny Salinas Bartoletti (Santiago de Chile) emigró a Ecuador a los 10 años de edad. Se educó en el colegio La Asunción y se graduó como psicóloga clínica en la Universidad Católica de Guayaquil. Es Máster en Psicología por la Universidad de Borgoña, Francia, país donde reside. Publica frecuentemente sus cuentos en el portal loscronistas.net

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Comment (1)

  1. Pat Soto

    05 Jul 2022

    Profundo y sensible, las heridas de situaciones que sólo duran minutos se quedan de por vida en el alma

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