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Terapia de la rata. Un cuento de José Luis Tapia R.

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José Luis Tapia R.*

Venía huyendo de algo de lo que me era imposible escapar. Quería liberarme de un león que descansaba en mis espaldas y destrozaba a quien quisiera acercarse. Había estado reuniendo los cojones necesarios por varios meses para lograr salir. No me arrepiento. Seguí la corazonada y salí huyendo de esa porqueriza llamada habitación. Haciendo retrospectiva de los asuntos, todo sucedió cual estrategia del destino para consumar la casualidad de nuestro encuentro.

Estaba avergonzado por la hora y por llegar sin avisar. Toqué el timbre sin saber si mi amigo estaba o no. Guillermo es teatrero y la mayor parte del año suele pasar de gira por Sudamérica. Timbré por quince minutos que se hicieron eternos. Cuando estaba por dar media vuelta, sentí el alivio de ver a Guille junto a su novia Margot, en pijamas, parados en el portal. Ya me había resignado a buscar algún parque de arbustos grandes para pernoctar, pero terminé matando el frío con un cafecito y dos tamales.

Guillermo corrió a ver seis colchas, las sobrepuso en un rincón del estudio y se inventó una cama para mí. Algo me decía que Guillermo intuía el motivo de mi visita. Como si supiera que andaba buscando algo que me ayude con mi terapia.

Día uno

La abstinencia me había traído de vuelta a tu ciudad. La desesperación por consumirlo/evitar consumirlo todo me llevó a adoptar este refugio. Mi mundo había estado girando en torno a una piedra blanca los últimos cinco años y esta era mi manera de escapar de aquello. Se estaba dando una conversación muy amena en la casa, pero yo permanecí callado la mayor parte de la noche. Cuando hablaba, mi cordura se diluía a media frase y me quedaba de nuevo en silencio, inmerso en deseos que no convenían. Guillermo y Margot ya conocían mis momentos de abstracción y parchaban ese vacío con cualquier ocurrencia para luego romper el hielo a punta de carcajadas.

Cuando sucedió por tercera vez, aquel tipo de consideración me supo insultante. Interrumpí la risotada planteándoles hacer patacones en retribución a los tamales de la madrugada anterior. La oferta se dio de manera penosa y ellos aceptaron por compromiso. Fue la excusa más sana que se me había ocurrido para salir de esa casa. Había llegado el momento en el que me fastidiaba hasta el sonido de mi voz. De camino a comprar los plátanos, pensaba en lo que siempre me dijeron en el grupo de recuperación: «No puedes superarlo tú solo; necesitas de algún poder superior». El sudor frío empapaba mis manos al recordar lo solo que estaba en esta lucha.

Mis arcadas comenzaban a llamar la atención del barrio. Me invadía una sensación de tristeza que solo desaparecería si iba en busca de lo mío, allá por la zona del terminal terrestre. En esta vida no consideraba superior a nadie más que al león posado en mi espalda. Pensé que nada podría evitar una nueva fuga a la realidad cuando, de la nada, un olor me envolvió y ensanchó mis fosas nasales. Te vi allí, tirada boca abajo, al pie de la alcantarilla esquinera en la vecindad. Tus dientes eran dos ganchos naranjas que apuntaban hacia arriba, tus bigotes, larguísimos y de un blanco brillante, no se movían ante la fuerza del viento. Tus ojos brillaban como si hubieras muerto llorando. Fue el espectáculo más morboso que viví desde que llegué a esta ciudad. El fantasma de la piedra dejó de acosarme durante la hora y media en la que te observé de cabo a rabo. Mis manos ya no tenían el sudor helado que llegaba con la noche, y mi mente se embelesaba sabiendo que te verías diferente el día de mañana. Tuve unas cuantas arcadas, ya no por la ansiedad, sino por el asco que le dabas a mi olfato. — Una rata muerta será mi poder superior —me dije y no me sentí para nada mal.

Día dos

La ansiedad y el sudor frío volvieron al día siguiente. Lo que ayer parecía una aventura fácil de emprender, hoy era un monte al que jamás iba a llegar escalando. El cielo del domingo terminaba de agrisarse a medida que le daba sorbos a mi café. Escuché las primeras gotas de lluvia cayendo en el techo y salí disparado a tu tumba. Me rodeaba una nube de pesimismo mientras avanzaba. Tenía ganas de cagar y de llorar a la vez, solo por el hecho de pensar que pudiera no encontrarte. Cada paso que daba lo sentía kilométrico. Llegué ralentizando el paso cuando te ubiqué desde lejos. Verte otra vez hizo que mi alivio también se sintiera gigante. Las moscas ya se habían dado cuenta de nuestro secreto y estaban ayudándote a coquetear con tu inevitable destino. Comprobé el milagro de tu poder, cuando cualquier síntoma de rendición se esfumó de mi cabeza con solo verte más disminuida. Las moscas buscaban el orificio indicado para entrar a ti.

Día tres

La noche anterior fue bohemia pura. Una prueba de fuego para mí.

Cuando estaba borracho, no había forma de detenerme. La alegría de la ebriedad me llevaba de paseo al vacío sin que me diera cuenta. No sé si tú me ayudaste; porque no recuerdo haber ido a verte en toda la noche. Quizás operaste desde el más allá. En todo caso, hoy me levanté con la alegría de haber pasado un día más sin verle los ojos a Medusa. Todos se sorprendieron alegremente de lo acomedido que me había vuelto al ofrecerme para los mandados. Yo decía que me gustaba mucho el camino a la tienda. Y como era habitual en nuestras citas, me derretí de la fascinación al verte. Estabas toda hinchada. Eras una esfera con patas cortas y garras largas. Tus ojos se habían hundido y su brillo, casi ausente, yacía en el fondo de sus cuencas. Tu cola se veía delgadísima en comparación al volumen de tu cuerpo. Tus dientes pasaron de rectángulos a cuadraditos naranjas.

Me imagino a muchas moscas y gusanos comiendo dentro de ti. Tus entrañas se movían desde adentro y formaban líneas en tu barriga. Yo solo puedo dar fe del grupo de bailarinas que hacían carrusel alrededor de la protuberancia que había entre tus patas cuya hinchazón no me permitió determinar tu sexo.

Día cuatro

Hoy no tuve que levantarme temprano. Mis amigos y yo despertamos a las doce y media del día. Me ofrecí a comprar, esta vez unas tortillas de maíz y algo de yogurt.

Amanecí tan libre de ese pensamiento mañanero del drogo que comenzaba a olvidar la importancia de mi terapia. Nacía en mí la idea de que esto no era más que el regodeo de una perversión. Cuando me acerqué hacia nuestra esquina pude ver, horrorizado, como un carro familiar, manejado por un jovencito con cara de estúpido, atestaba su peso contra tu cuerpo. Un chillido vino de tus adentros disparando a pedazos tus entrañas. Uno de ellos llegó hasta mi mejilla izquierda. Entré en desesperación. La llanta había corrompido tu descomposición, el proceso no siguió su ritmo natural y mi terapia estaba perdida. Corrí lleno de lágrimas y me arrodillé frente a ti. Eran lágrimas de felicidad porque mi rata, ahora plana y bañada en sus jugos, resultaba más encantadora que en su antigua versión. Fue un día difícil, pero gracias a ese nuevo encanto, terminé limpio un día más.

Día cinco

Luego del día anterior, estaba claro que mi recaída se podía dar en cualquier momento. Creo que hay un punto en el que te das cuenta de ello, cuando también sientes que la victoria es inevitable. Tal como sucede con tu degradación. El vicio se despedía de sus ganas y mis pensamientos tenían más lógica que nunca. Día a día iba recuperando gustos olvidados. La necesidad de humillarte con mi escarnio, al igual que cualquier trampa mental, iba mermándose.

Tu cuerpo ya era una plasta seca. Un dibujo animado con fondo verde césped. Las hebras del llano se fusionaron con tus huesos, entrañas y cartílagos. Ahora sí eras digna de ser vista. Las ratas así no dan asco. Son un adorno más de la carretera. En cuanto mí, el bochorno de mis arcadas y la palidez poco a poco desaparecían. Estaba listo para reaparecer ante la sociedad. Nadie fue testigo de mi progreso y pensar en eso me daba aún más seguridad.

Día seis

Ya no tengo dinero. Por suerte reservé el boleto de regreso desde el día en que vine. No tengo deseos de irme, pero me llamaron de un trabajo en el que van a pagar muy bien. Hay que pintar una casa aniñada y si no estoy allá mañana en la mañana, contratarán a otro. Las últimas noches en esta ciudad fueron divertidas. Pude demostrar a mis amigos mi verdadera personalidad y también reconocer la de ellos. Por primera vez, desde hace años, mi cuerpo y mente actuaron 133 Dosier simultáneos en una reunión. Todo te lo agradezco a ti, porque, aunque no sé si por elevarme el ego o por reducir mi atención hacia lo prohibido, siento que fuiste la mayor motivación que tuve durante toda esta época. Mientras no olvide lo que vivimos juntos, podré avanzar sin pensar en nada que me haga sentir miserable. Es liberador verter mi testimonio en papel y sellar mi desapego de ti por medio de esta carta. Me siento inmensamente agradecido de haber tenido en mi vida a alguien como tú. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí a cambio de absolutamente nada.

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*Monolagarto es un cuentista ecuatoriano nacido el mismo día que nacieron todas las moscas del planeta. Escritor de relatos y guionista cinematográfico, cuyas temáticas se balancean en la línea que limita lo crudo con lo romántico de esta actual sociedad. Absurdista y banal escritor, ha publicado sus relatos en varias revistas digitales del país y el continente.

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