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Por Gina López*

¿Recuerdas, Pedro? Era un día del mes de julio de alguna de esas mañanas hermosas en Santa Marianita y habíamos decidido caminar desde ahí hasta San Mateo, por la playa, por la arena, tu refugio desde siempre.

Citabas el azul del cielo, las gaviotas, las rocas con las que jugabas, decías que el viento te traía murmullos desde lejos. Hablábamos de poesía, de los amigos, de la vida.

Bajo el sol limpio la palabra surgía, cita tras cita. Los grandes maestros de tu obra y María Isabel (tu compañera de tantos años) te pedía a gritos que te colocaras el sombrero para cuidar tu rostro. El trayecto nos tomó unas cuantas horas.

Caminamos, pensamos, recordamos, pasar de una playa a la otra fue toda una aventura. Recuerdo que pudimos almorzar ahí mismo en una parrilla improvisada que una familia manaba había montado tras pescar y luego asar el botín en la playa. Nos invitaron porque todos ellos conocían al poeta Gil, el hombre del grafitti en el centro de la ciudad.

En el poco tiempo que viví en Manta (2018) pude compartir tus locuras, tus sueños, tu jodido carácter, a veces, pero también tu enorme sonrisa y picardía cuando querías conseguir algo.

En otra ocasión paseamos los tres por la playa del Murciélago, donde María Isabel nos tomó fotos, una y otra vez. Fue una caminata divertida hasta la muralla que divide el malecón con la Autoridad Portuaria.

Fueron tiempos de sol, buena comida y aprendizaje. Recuerdo tu mirada, siempre expresiva, con tus emociones y tu necesidad de escribir y escribir. El atardecer llegaba y los colores inundaban el espacio mientras íbamos de regreso para disfrutar de aquella cazuela de mariscos que te encantaba.

Si podría calificarte de alguna manera, el adjetivo, Pedro, sería, un sobreviviente; sobreviviente de las drogas, de los golpes, del alcohol, del desamor –especialmente cuando la infancia te marcó con tanta dureza-. Definitivamente, el infinitivo sería sobrevivir.

Pasando por algunos  centros psiquiátricos y/o centros de rehabilitación a lo largo del trayecto conseguiste muchas veces dejar por épocas los vicios, la locura, el desorden, el desamparo quizá de tu propia existencia. Y nunca dejaste de hacernos saber lo que viviste en los lugares donde estuviste, por ejemplo:

“Se ve pasar a las del Voluntariado

voluntariosas:

van a cambiar de pañales a la Muerte.

Preparar los alimentos y la caridad”.

“Se duerme temprano para soñar con nada.

¡Déjenme tranquilo! de la locura vengo

en la locura estoy.

En el psiquiátrico “Sagrado Corazón” jugamos futbol los angelitos medicados”.

Viviste de la hermandad de tus amigos, de la tenacidad de amanecer un día más luego de pasar la prueba una noche más en ese reto llamado Manta: a veces sin amor, sin cuidado, sin paz, y cuando a los 11 años probaste el fruto prohibido, el licor letal, tu vida se convirtió en poesía sin filtro, directa, dura, honesta, bordeando tu mundo:

“Le fermenta la sangre, quiere matarlos a todos,

comprendo que vive entre ratas.

Comprendo lo peor: vive entre hombres”

Fuiste tallerista del maestro Miguel Donoso Pareja y cuentan que él pasaba buena parte del tiempo de los cursos hablando de ti, su pupilo favorito en Manta, quien a temprana edad ya había devorado parte de su biblioteca personal, los libros que conservaste en tu  memoria privilegiada. Sin Donoso Pareja quizás no habríamos conseguido saber de tu existencia y talento. A los 17 años escribiste “Paren la guerra que yo no juego” y  ahí comienza la leyenda viviente de Pedro Gil, como la autodenominabas.

Quizá Ubaldo – tu hermano- comenzó la condena del imposible abandono de la literatura. Quizá tu paranoia y tu esquizofrenia justificaron tantas nubes oscuras. Quizá tu propia infancia en el cementerio te llevó a jugar toda la vida con la ruleta rusa, igual que el poeta Medardo Ángel Silva, cuando escribes del poeta decapitado:

“Enfermedades que el joven adquirió

en los viajes de su espíritu.

se lo cuenta a su amada, ella le dice que son cosas de niños

hasta que, amparado por los anteojos de la noche,

decide jugar ruleta rusa

con la coqueta calavera.

 lo fatal.

una bala, un llanto, un cadáver

y la muerte triunfante

silba, silba, silba”.

Quizá, quizá Pedro, muchas cosas, pero finalmente lo más difícil, fue sobrevivirte, fue soportarte, quererte, verte rodeado de poetas que te admiraban. Fuiste el único de tu generación que se acercó a la poesía social sin el uso del lenguaje literario, osadía sincera la tuya.  Y al  final quizá la lección es para todos:

“Dices que soy malo en las calles

Que he puteado a la madre de las calles

Que soy malo incluso en la cama,

pero tú eres malísimo en la poesía”.

Ojalá sane tu sufrimiento de larga risa bañado por las dudas: –“¿Por qué la gente no ríe, si tan solo cuesta unas lágrimas?” nos preguntabas.

Ahora, cuando a Dios levantas tu canto de la propia juventud incurable, imborrable, ojala te hayas acercado realmente a él y a su cobijo, cuando al final lo presientes en “El Ángel recaído”:

“Papá cerca está mi día. El fin de la aventura.

Tengo la tristeza de tu hijo.

Estoy triste hasta la muerte. Un poeta, Cristo”.

Ojalá Pedro querido, ese acercamiento a tu “papá personal” te permita descansar en el paz y el combate de tu poesía, porque acá el mar de tus palabras y tu legado de sal continuarán haciendo olas.

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*Gina López es escritora y estudiosa de la literatura ecuatoriana y universal. Vivió en Estados Unidos unos años, donde cultivó sus aficiones estéticas. Es miembro de la comunidad de loscronistas.net

*Fotografía tomada de diario El Comercio

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