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Treinta y siete meses y una noche de luna

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Un grupo de mujeres decide vivir un encierro de más de tres años para evitar ser víctimas de una interminable guerra que se produce afuera. Cuando parece que su existencia estará marcada por el autoencarcelamiento, un suceso imprevisto cambia las cosas.

Por Ivanny Salinas*

Somos cuatro mujeres atrapadas en un mundo reducido, minúsculo y frío.
Afuera el viento sacude los árboles con furia, mientras los hombres están ocupados en su tarea de destrucción.
Desde hace más de treinta y siete meses la luz natural nos es esquiva, hemos elegido el peligro de compartir nuestra intimidad a cambio de sobrevivir al anuncio de una guerra que nos confinó en este encierro.
Irene, con un aire glacial, trata de mantener sus manos en movimiento. Teje dejando su traslúcida piel y sus venas al descubierto.
En cada punto de tejido, el sonido de los palillos es como un ronroneo que permite a su mente reproducir momentos, frases y eventos de una vida que parece lejana.
En nuestra mesa el reloj, como brújula, avanza sin tregua. Es el único objeto que nos recuerda que los días que pasan nos secan como a estas paredes de grietas y moho.
Cada vez con más frecuencia, Teresa se queja de una opresión en el pecho que la deja sin respiración. De vez en cuando, y con voz entrecortada, logra rencontrar el buen humor que la acompañaba en otros tiempos.
Como en una prueba de obstáculos un chiste ligero sale de su boca, no sin antes librar un combate con la gran bola de pelos que dice tener en su garganta.

Entonces, un alivio momentáneo nos levanta las comisuras de los labios, dejando escapar algunas sonrisas. A todas menos a Emilia.
Ella transita por un mundo nebuloso, su ánimo creativo no se conforma con lo insoportable del largo encierro a varios metros bajo tierra.
En una lucha tan íntima como persistente, lo único que le permite seguir con vida es imaginar las paredes fracturadas como cuadros de arte moderno y emanaciones de perfumes exóticos que le recuerdan las maderas de los puertos.
– La estaremos perdiendo? Me pregunto.
Entre tanto yo, Victoria Tesón, a mis 65 años, con las manos literalmente en la masa, me dedico a gastar nuestro único tesoro; la harina y semillas olvidadas en los laberintos de este viejo molino. Y a pensar.
El tiempo no tiene plazos, es solo una idea efímera que tratamos de hilar en retazos para vivir. Mientras vivimos.

En círculo y en silencio cada una observa con incredulidad a la otra.
Las hebras de pelo carmesí sin intensidad, como un casco de nieve mojada y sucia instalado entre los hombros vencidos. Hendiduras profundas color violeta acogidas por un rostro amarillento en los que reposan sin gracia unos ojos semiabiertos.

Y así, con fiebre en los labios, absorbidas por los escenarios repetidos, ya no buscamos salidas. Hemos olvidado por qué estamos aquí.
Olvidadas y olvidadizas. Cuando las fuerzas empiezan a abandonarnos, justo la primera noche de nuestro cuarto año de encierro, las tinieblas invaden nuestro refugio y traen consigo un búho de cabeza y ojos redondos.
Con mirada fija contempla al grupo, hace crujir su pico, infla su pecho y hace brotar de su vientre un sonido agudo que parece el eco de la deseada libertad.
Irene, sumida en sus nostalgias maternales, recuerda que un día vio a su hijo bronceado y festivo jugando con un animal parecido.
Inmóviles retenemos la respiración, la quietud misteriosa de la criatura tiene un aire tan insolente como perfecto.
—¡Mal augurio! dice Teresa.
—¡Tiene luz en sus ojos, es buena suerte!, dice Emilia.
—Un cambio está próximo, pienso yo.

Decidida a no dejar ir al animal, comparto con él las semillas de mi pan. Un mes después, todas nos habituamos a la presencia inofensiva del intruso.
Las noches empiezan a tomar formas de vuelos imaginarios al exterior de nuestro exilio.
Una noche, la ligera brisa de un claro de luna trae al sótano un hilo de luz que entra por un agujero. Cuando me acerco veo al búho en lo alto, cerca del cielo. Tengo que alcanzarlo.
Guiada por mi instinto dejo a un lado mis miedos y abro con facilidad la pesada puerta que nos separa de la escalera.
Parada en el primer peldaño, mis párpados, cansados como un telón, se dejan caer.
En un estado vertiginoso me percibo junto al búho, confundidos en una misma silueta veo a través de sus grandes ojos negros.
Allí estoy yo, más pequeña de lo que me recuerdo, con una violenta delgadez entre tres mujeres a punto de desaparecer en un universo en pausa, decadente y sin sentido.
Ululando aún más fuerte, con elegancia y cordura, el animal me sustrae de mis divagaciones.
Con un solo movimiento pongo en un saco un pedazo de tejido, un par de risas y dos panes, mientras una corriente de aire, salvaje y seca, me arranca como un árbol, de raíz, del fondo de la tierra.
Mi  inspiración suena en mis oídos como un silbido jadeante, todo mi cuerpo está comprometido, siento escalofríos.

Los tramos de la escalera se reducen, el dolor de mis piernas en desuso se torna insignificante al lado de mis pulsaciones aceleradas.

Un paso, dos, todo lento, uno tras otro avanzo, arriesgo. Me atrevo a existir.

___________________________________________

*Ivanny Salinas Bartoletti (Santiago de Chile) a los 10 años emigra a Ecuador. Formada en colegio La Asunción y graduada como psicóloga clínica en la Universidad Católica de Guayaquil. Es Máster en Psicología por la Universidad de Borgoña, Francia, país donde reside.

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