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«Pastoral americana» o la suave caída. Vinicio Manotoa comenta la novela de Philip Roth

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Aunque hay miradas que han entendido Pastoral Americana (1997) como el saldo de cuentas con el pasado heroico de los años sesenta, el autor de esta reseña considera que la novela es una incisiva reconstrucción de un presente que ha perdido todo sistema de referencia.

Por Vinicio Manotoa Benavides*

Contrariamente a lo que podemos llegar a creer, hay cosas peores que la muerte. Aunque advertir la forma cómo la vida atraviesa las existencias individuales, trastornándolas en unos casos, o sellándolas en la canción de la rutina en otros, supone una lectura distanciada de nosotros mismos. A veces, cuando la pregunta por la identidad parece totalizar las búsquedas literarias de una gran parte de la literatura contemporánea, es reconfortante y estremecedor encontrarse con libros que, desde su límite y desmesura, reescriben la historia de la ficción. Más que una estrategia de subversión del canon, se trata de un continuum formal donde tienen lugar un conjunto de desplazamientos afectivos que traman la imagen de una sociedad en descomposición. Philip Roth concibe la historia como una conjetura imposible del porvenir. La presencia de EE.UU. es a Roth lo que el Imperio Austro-Húngaro fue a Robert Musil: una descomunal maquinaria indivisible, absoluta y despiadada que devora a todos los individuos en su proceso de autogeneración. Para un escritor judío, comprometido quizá con la necesidad ontológica de pensar el lugar de su comunidad después de la II Guerra Mundial, la revisión crítica de los fundamentos de su época parece ser una condena ineludible. Pero Roth hace de su destino una elección a la vez desafortunada y dichosa.  Mientras el peso del pasado sobre sus hombros impone un ritmo que lo lleva a trabajar la ficción como un arte de filigrana, la incertidumbre que se aproxima con el fin de siglo lo lleva a reinventarse en una dimensión ficticia que cuestiona la posibilidad de arraigo del individuo.

Aunque hay miradas que han comprendido Pastoral Americana (1997) como el saldo de cuentas con el pasado heroico de los años sesenta, yo considero que la novela es una incisiva reconstrucción de un presente que ha perdido todo sistema de referencia. La hegemonía estadounidense en el mundo fue percibida a nivel interno como la posibilidad de un amplio sector de la población de acceder a altos niveles de vida. Prosperidad, progreso, riqueza y felicidad se convirtieron entonces en encarnaciones de valores universales que tenían como territorio de posibilidad a las capas medias norteamericanas. En cuestión de una generación, el Estado de Bienestar emergió en Occidente como un modelo que puso en entredicho las bondades del Estado Comunista del bloque soviético. Eric Hobsbawm considera que la llamada ‘Guerra Fría’ que ha sido vendida a los consumidores como un fenómeno que puso al planeta al borde del exterminio, fue, también, un tiempo donde se libraron batallas más sutiles, silenciosas y discretas que tuvieron como punto de conflicto la mentalidad de los jóvenes. Pero después de 1990, todas aquellas apuestas discursivas que sostuvieron la realidad empezaron a desmoronarse. Me imagino que Philip Roth respondió a la zozobra de no saber si el mundo que conoció volverá a ser el que fue, preso quizá de la amargura y de la sospecha, con la creación de un personaje que sirviese simultáneamente como extensión de sus dudas y viaje interior del otro que no pudo llegar a ser.

Nathan Zuckerman no es sólo un alter-ego. Se trata de un novelista de edad avanzada que ha recibido las glorias del reconocimiento de su comunidad. Apático al caos que se cierne sobre su cabeza, le interesa el chisme. Cínico, en este sentido, se encuentra atento al juego social a su alrededor. Sabemos de él relativamente poco. Casi nada de su obra. Pinceladas absurdas sobre una superficie vacía modelan, sin embargo, las coordenadas del hombre que ha transitado de forma inconsciente la vida. No sabemos, tampoco, si ha fracaso o alcanzado la felicidad. Si las trampas, las tribulaciones y las pérdidas han alterado su psicología. Sólo ha abierto una ventana que nos muestra a un niño perdido en un mundo de adultos, donde él es el espectador fascinado de una épica cotidiana, pero carece de los medios necesarios para contar la historia de esa obsesión. De esta manera, entre Roth y Zuckerman oscila el abismo del reconocimiento. Es como si, ambos, se atrajesen para luego repelerse. Hasta la llegada del Sueco, todo parece ser la diatriba abúlica y sin norte de un escritor que no ha aprendido, pese a los años de oficio, que la ficción y la realidad son, pese a todo, los síntomas inequívocos de un padecimiento mayor: la existencia.

La repentina llegada del Sueco, la posibilidad de conocer una historia de desgracias, la reconstrucción fallida de un pasado inescrutable hacen que Zuckerman se aleje poco a poco de la novela hasta terminar desapareciendo. Gracias a esta anulación, podemos conocer la complejidad de una época signada por la promesa, la caída y la redención imposible. Las tres partes de la novela hablan, de esta manera, de tres instancias de vida donde el secreto familiar como leitmotiv de la narración instaura una reflexión sobre el sentido político de la memoria. A través de una carta, Zuckerman sabe que el Sueco, prototipo del héroe americano, que él junto al resto de su comunidad habían admirado en sus días de colegio, tiene algo que contarle. Al contrario del policial, no se realiza investigación alguna porque los involucrados callan o simplemente no están interesados. Línea a línea, no obstante, la vida del Sueco, de su familia y de su desamparo se vierte en el libro hasta mostrarnos la historia de un linaje trunco. Como su padre, el Sueco encarna los valores burgueses de una sociedad que los ha aceptado, más por temor que por tolerancia. Pero un detalle, aparentemente insignificante, es el punto de quiebre de este devenir: la ausencia de la hija. ¿Qué significa recordar? ¿Cuáles son las implicaciones epistémicas y estéticas del recuerdo? Si como dijo Borges, escribimos para vencer el olvido que seremos, la vida del Sueco confirma que todos estamos destinados al silencio.

Como Tolstoi, Philip Roth está obsesionado por los procesos constitutivos de los núcleos familiares. Ambos comparten la oscura intuición de que es puertas adentro donde se fragua la pesadilla social. Pero no es la imagen del microcosmos la que late en su interés cognitivo. Sino una profunda reflexión sobre los vasos comunicantes que pueden establecerse entre los deberes sociales y los anhelos íntimos. Merry, la única hija del Sueco, es presentada como la víctima de una época que pretendió estallar el sistema de valores de la sociedad norteamericana. Pero eso lo sabemos de refilón. Siendo una niña ha cometido un acto de terrorismo que le costó la vida a una persona, y significó también el fin de la dicha y estabilidad familiar. Hijos que se levantaron contra el mundo que sus padres construyeron con sangre, la generación de los sesenta se representa como una amenaza terrible al orden:

Y entonces comprendió que no había sobrevivido. Fuera cual fuese la verdad, al margen de lo que realmente le hubiera ocurrido, su determinación de dejar tras ella, arruinada, la despreciable vida de sus padres la había conducido al desastre de destruirse a sí misma (295).

La desgracia que implosiona en el núcleo familiar de los Levov es un proceso lento, corrosivo e irreversible que inicia desde el interior, porque los trasgresores auténticos, parece decirnos Roth, viven dentro de nosotros. No hay forma de recuperarse de él, como tampoco hay maneras de recobrar el pasado. Todos ansiamos quizá habitar nuevamente el paraíso perdido. Pero el porvenir está hecho de fuerzas impredecibles que tienen la capacidad de desmoronar los edificios más fuertes. Así la vida del Sueco y con él, la vida de toda su comunidad, marcha en retirada. Su modo de existencia no ha dado para más y aceptar esto hecho impone, no obstante, un esfuerzo mayor al de haberlo fraguado. Duele reconocerlo y duele aún más recordar la falta de fundamentos que entrañan las decisiones de nuestras vidas.

Pero no hay acto de constricción, sino de interrogación: ¿podemos empezar de nuevo? Sabrina Duque habla sobre los nietos que se levantaron en Nicaragua contra el mundo de sus abuelos, representados en el régimen dictatorial de Ortega. En este caso, se atisba, en cambio, un sacudón de conciencia que nos habla del peligro de las ideologías y de las creencias. Porque si hay algo que el Sueco no puede perdonarse, es el haber sido él el delator: el responsable de haber convertido a su hija en un paria. Y todo por obedecer al modelo de vida que creía defender. La traición de la sangre.

J.M. Coetzee afirmaba que Roth tenía una vocación natural por la demolición de los géneros. Que a medida que revisaba el devenir histórico de la comunidad judía en EE.UU., tomaba prestado de aquí y allá para realizar una operación estética que ponía en evidencia la ficción de los relatos históricos. Deliberada o no, esta forma de deconstrucción basada en la focalización del universo en lo minúsculo le permitió hacer de Pastoral Americana (1997) una tentativa bíblica para dar voz a la banalidad. Las vidas banales que marcan la respiración de la novela traducen una visión cerrada de la complejidad de la existencia. Por eso el Sueco no pudo ver el interior de su hija. Vivir en función del futuro o acorde al dictamen de la posteridad puede convertirnos en fantasmas furiosos y erráticos sin capacidad de autocuestionamiento. Roth, que no alcanzó a ser el Zuckerman cínico que desaparece de sus relatos, así como el Sueco nunca conoció realmente a Merry, se sintió aplastado por un presente totalizado por la espectacularidad de una política fuera de curso. Así como nosotros no sabemos cómo lidiar con los miedos heredados de nuestros padres ni mucho menos con la falta de horizonte que aparece ante nuestros ojos. Quisiéramos estar ciegos; nos duele mirar el vacío.

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*Vinicio Manotoa, escritor y docente, es colaborador y ha participado en distintas actividades de loscronistas.net

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