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En la cárcel de Latacunga el pan es la única moneda

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Si usted ingresa como reo, por cualquiera sea la razón, es como que caminara al filo de la

cornisa: el mínimo descuido y las secuelas en su vida pueden ser letales. No hay

cómo escoger a sus compañeros de habitación, es un azar: le puede tocar con

personas tranquilas o con quienes son capaces hasta de violarlo mientras duerme.

Por Diego Montenegro*

Allí se puede encontrar con famosos de la vida real y del surrealismo. Quien ingresa

comparte con otras cuatro personas una habitación de siete metros de largo por

cuatro metros de ancho. Todos comen lo mismo, lo que varía es la cantidad, según el

grado de amistad que tenga con los rancheros. Hay que bañarse al aire libre y frente

a todos, entre las 08:00 y las 10:30 o entre las 16:00 y las 18:00, ese es el horario del

suministro de agua.

Para la distracción de 190 personas hay un patio en el que caben dos canchas de

voley.

Si usted ingresa, por cualquiera sea la razón, es como que caminara al filo de la

cornisa, el mínimo descuido y las secuelas en su vida pueden ser letales. No hay

cómo escoger a sus compañeros de habitación, es un azar: le puede tocar con

personas tranquilas o con quienes son capaces hasta de violarle mientras duerme. Las

camas son literas de cemento y hasta conseguir un colchón tiene que chupar el frío

del concreto y soportar su dureza.

Adentro se encuentra con asesinos, violadores, ladrones, narcotraficantes,

estafadores, drogadictos, deudores de pensiones alimenticias, políticos, cuenteros…

Si usted se deja, todos están en posibilidad de darle la bienvenida a su manera. Hay

que morir de pie y no de rodillas. Si le agreden reaccione con agresión. Para que le

respeten tiene que demostrar que usted puede ser como ellos, o peor. Esa es la regla

de sobrevivencia, no hay otra opción.

En la cárcel de Latacunga (su nombre oficial es Centro de Rehabilitación Social

Regional de Cotopaxi, catalogado de máxima seguridad) cada minuto es un suplicio y

una prueba de fortaleza.

Allí, los creyentes cada amanecer dicen: “Gracias Señor por un día menos, no nos

quites el pan y que hoy se cumpla tu voluntad”. Así empieza el día, antes de salir a la

formación a las 07:00 para la lista. En el patio, los reos están agrupados según los

delitos cometidos. Sorprende el número de personas de la tercera edad, la mayoría

cumple largas penas por violación.

José T. tiene 68 años. Siempre se lo encuentra en la misma esquina del patio que

tiene forma triangular. Sentado sobre un rústico banco armado con envases plásticos

reciclados y cubierto con fundas plásticas espera por clientes. Ante la necesidad, él

aprendió el oficio de zapatero. Consiguió una aguja y parcha el calzado con pedazos

de ropa que botan los presos en los tachos de basura.

Luce una chompa que en algún momento fue negra y ahora tiene las mangas

desflecadas.

Ya lleva en prisión 13 años. Cuando tenía 55 enviudó. Una mañana trabajando en su

parcela, en una comunidad llamada El Corazón (cantón La Maná, en Cotopaxi), una

niña de 12 años, vecina, se acercó a pedir que le regalara unas hortalizas. Él accedió y

le dijo que cuando necesitara acudiera, sin vergüenza. Eso hizo la niña campesina, la

confianza entre los dos fue subiendo y ya almorzaban juntos, luego almorzaban y

merendaban hasta que una noche durmieron juntos. La menor de edad decidió

quedarse a vivir allí, a escondidas de sus padres.

Una tía de ella descubrió que José la tenía en su casa. Pusieron la denuncia y lo

detuvieron. Fue sentenciado a 16 años y no se arrepiente. “Ella se convirtió en mi

nueva compañera, yo no le obligué a que se quedara en mi casa, lo hizo por su

voluntad, pero eso no entendieron las autoridades. La llegué a querer mucho”. Clava

su mirada en el piso y se desencaja por la nostalgia, tiene un gesto de profunda pena.

Interrumpe el relato y dice que mejor ya no quiere hablar de ese tema.

Don Iquique (como le conocen en la cárcel) tiene 76 años. Es trigueño, mal encarado

y la piel de su rostro tiene erupciones. En su nariz, sus mejillas y su mentón hay un

sinnúmero de abscesos como si fueran pequeñas pelotas. Llaman la atención esas

laceraciones. Según él, es por su desenfrenado deseo de tener sexo con vacas y

burras. Desde que falleció su mujer no pudo encontrar otra compañera sentimental y

una tarde, en su terreno, empezó a lamer la vagina de una ternera, luego lo hizo con

una vaca, que un día expulsó un líquido que mojó su cara. Desde entonces

empezaron a aparecer las laceraciones. Sintió temor y se alejó de los animales.

Una tarde le dejaron al cuidado de su nieta de 13 años y la violó. Cumple una

sentencia de 21 años y le faltan siete. Quien le denunció fue su hija, la madre de la

víctima. Ahora solo quiere salir de la cárcel para matar a la culpable de estar

encerrado tantos años. “Solo por eso quiero mi libertad, el único pendiente que tengo

afuera es matar a mi hija a machetazos y volver acá para morir en mi celda”.

A él no le visitan y no sabe nada de su familia. Para subsistir logró instalar una

pequeña tienda en su celda. Ahí vende, principalmente, pan que hace comprar en el

comisariato que hay dentro del reclusorio. Si usted necesita, él le da una funda de

pan y antes de que se cumpla una semana del préstamo tiene que devolver dos

fundas del mismo producto. La ganancia es para su consumo.

En Ecuador, el 15% de reos purgan penas por violencia sexual. El 29% fueron

detenidos por drogas y el 26% por delitos contra la propiedad. El 13% de detenidos

está tras las rejas por incumplimiento en el pago de pensiones alimenticias. El 12%,

por asesinatos y el 5% por delincuencia organizada.

Las historias estremecedoras rondan por todos los rincones de la cárcel regional. El

21 de agosto pasado, un grupo de cinco personas ingresó al Centro de

Rehabilitación. Les asignaron la celda número 30. Ya cuando los nuevos estaban

instalados, Gokú, quien ya lleva siete años detenido, entró con tres más a darles la

bienvenida.

La bienvenida consistía en contarles que purga su encierro por asesinato. Una tarde

intentó asaltar a una pareja de novios en La Marín (centro de Quito) y frustraron su

intento. El novio practicaba artes marciales y lo sometió hasta dejarle en el piso casi

sin respiración. Abrazó a su novia y siguieron caminando, Gokú se levantó y le atacó

por la espalda con un puñal. Clavó 13 veces el cuchillo en el cuerpo de su víctima y

luego con las manos ensangrentadas manoseó a la novia hasta que llegaron policías

en moto y lo detuvieron.

Luego de contar su historia, a la fuerza empieza a despojar de la ropa y el calzado a

los nuevos reos. Le atraen las chompas y pantalones finos y los zapatos de marca. Al

que se resiste lo amenaza de manera inclemente y su rostro se transforma. Parece un

monstruo indomable. Es uno de los más temidos en el Centro de Detención.

Sanguinario con quienes no le colaboran (con quienes no le regalan comida o útiles

de aseo) y protector con quienes entienden que tiene una leona (hambre) insaciable.

Aquel 21 de agosto, un reo llevaba puesto unos zapatos deportivos Puma,

seminuevos. Gokú quiso quitárselos. Se fueron a los golpes y terminaron

ensangrentados, pero de pie. Él no tenía armas y era muy ágil para esquivar golpes

aunque no golpeaba con certeza. “En el patio nos vemos. Allá te mato sin compasión,

de aquí no sales vivo porque yo soy la ley”, dijo y salió de la celda.

Al siguiente día, en la mañana, en la fila del desayuno se paseó cerca del reo que

tenía los zapatos Puma y era uno de los acompañantes de Gokú. “Oye, dile a tu jefe

que dónde le puedo encontrar para regalarle su desayuno”. Con un irrenunciable

desdén, el hombre respondió: “Mándale conmigo”. Eso hizo. Luego, le esperó a la

salida de las duchas y le agradeció por ese gesto.

– Gracias, tío. Aquí nadie regala nada. Si tiene problemas con alguien me avisa para

protegerle.

– Bueno, gracias. Cuando ya me vaya también te dejo regalando mis zapatos.

– Esa es, usted es una buena persona. Yo los vendo en otro pabellón y ya tengo para

comprar pan y compartir con los de mi celda.

– No te preocupes, cuenta con eso.

El diálogo fue el inicio de una amistad con intereses de por medio. A él le interesaba

que le regalara comida y al otro, que le protegiera. Pasearse con Gokú era una

garantía. Es más temido que Maluma, un escurridizo ladrón que merodea de celda en

celda pidiendo panes. Dentro de la cárcel aprendió a jugar voley para pasar el tiempo

y “hacer algo diferente”. Hacen buena dupla teniéndole como servidor a Mr. Been.

En la prisión de Latacunga también se puede encontrar a Gepetto, El Chavo, Kiko,

Gárgamel… No son reales pero tienen un acentuado parecido con esos personajes. El

Chavo es muy servicial, él consigue todo lo que se le pide (legal o ilegal). Desde una

cuchara hasta un cuchillo, pasando por un ladrillo o una niquelina. ¿De dónde saca?

Sus contactos con caporales de los pabellones, con guardias de seguridad, con gente

que tiene afuera. En cambio, Gárgamel es muy trabajador y se gana el pan del día con

esfuerzo.

Él se ofrece para llevar los bidones de agua a las celdas (en los baños no hay agua). Su

recorrido es desde el sector de las duchas hasta los cuartos ubicados en los primeros,

segundos y terceros pisos. Por un viaje con cuatro galones de cinco litros cada uno

cobra dos panes. Es tranquilo y conversón. Gárgamel fue una especie de psicólogo

con padre e hijo de apellido Zambrano que fueron detenidos por estar involucrados

en un asesinato.

El padre tiene 46 años y el hijo, 20. Su historia es similar a los crímenes pasionales de

las novelas venezolanas. Zambrano hijo acostumbraba a consumir licor con el amigo

de toda la vida. Le invitaba a su casa, cantaban, reían y bebían. Una noche de viernes

el invitado aguantó hasta el amanecer y mientras su amigo dueño de casa dormía en

el sillón, el invitado entró a la habitación de la hija de Zambrano. Intentó abusar de

ella. Y por los gritos despertó su padre para auxiliarla.

En medio de la resaca, Zambrano hijo despertó y clavó 21 puñaladas a su amigo.

Luego, con la ayuda de su padre, llevó el cadáver a enterrarlo en el terreno de la casa.

Los familiares del fallecido empezaron a buscarlo y denunciaron la desaparición. Las

investigaciones fijaron como principales implicados a los dueños de casa. Padre e hijo

Zambrano fueron detenidos. En la cárcel de Latacunga contaron la macabra historia.

El joven fue sentenciado a 21 años y su padre liberado porque no tuvo participación

en el crimen.

La despedida entre padre e hijo fue conmovedora. Un abrazo interminable,

posiblemente, la última vez que estarían tan juntos. Lágrimas y gemidos. Zambrano

padre: Dé recomendando a muchos para que cuidaran de su retoño. Fue una

despedida triste, muy triste, inolvidable.

También se comprometió a hacer los depósitos para que protegieran a su hijo dentro

de la cárcel.

USD 25 (por única vez) para tener colchón, USD 10 (por semana) para tener derecho

a una llamada por teléfono y a mensajes de WhatsApp todos los días, y USD 15

(semanales) para que le cuiden de los malandros que llegan. Esas son las cuotas

básicas.

Luego de los hechos de violencia agravados registrados en los últimos meses en las

cárceles del Ecuador, José T. y Don Iquique esperan que se cumpla la promesa del

Gobierno: indulto para las personas de la tercera edad, aunque sean violadores.

__________________________________

*Diego Montenegro Andrade (Ibarra) es periodista de larga trayectoria. Fue editor en El Comercio y hoy dirige su portal Código Enfoque. 

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