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Edmundo y yo siempre soñamos con tener nuestra propia casita, desde que nos unimos hace 20 años. El trabajo de loteros nos permitió tener nuestra chocita de ladrillos cruzados en la entrada a la Ocho, mientras hemos venido esquivando las balas, el polvo y el griterío del comercio informal. No ha sido fácil. La regeneración urbana nos guapeó el barrio y nos otorgó dignidad, sin embargo, no sospechábamos que, desde que le dimos cobijo al vago del marido de mi hija mayor, Melissa, nuestra vida se volvería un infierno.

Esta muchachita de mierda se comió el sánduche antes del recreo. Ni por más que me arrodillé para que abandonara al hachero del barrio, Melissa se emperró. Dijo que ya era una mujer hecha y derecha, aunque con 15 años la machona no sabía ni siquiera hacer un huevo frito.

Como ya fue una realidad lo que me temía, nos obligó a dividir el cuarto que compartía con la hermanita en dos. Una sábana para darle una privacidad que no se la había ganado y que terminó dañando a mi conchito: Paola.

Ese invitado no solo me trajo más carga familiar en plena pobreza. Mario tenía ínfulas de sabido y de matón de vecindario. Hacía chácharas, decía pertenecer a los Guayakiller y amenazaba que si lo jodíamos nos fregaría la existencia.

Quería infundirnos miedo. Edmundo lo trataba como un culicagado y yo mucho más. Nunca pensamos que sus alcances irían a costarnos tanto.

Yo recorría a diario el mercado de La Causarina, contando ayoras y viendo cuál caserita me vendía más barato la libra de pollo, pescado o la verdura más fresca: las paisanitas siempre han sido generosas.

Corría a preparar la cocoa con el pan dulce y, si es que alcanzaba, un huevito duro o preparar la albacora para almorzar encebollado.

Melissa seguía durmiendo desnuda, boca abierta, abrazada al amante y Paolita peleando con los zapatos de mocasín para ir a la escuela. Edmundo se encargaba de peinar a la niña, haciéndole dos colitas en el pelo y plancharle el uniforme blanco. Siempre ha sido un padre devoto.
Nos vestíamos al instante. Ambos con gorra para protegernos del sol. Edmundo con un jean viejo azul, camiseta negra con el logo de la Lotería Nacional y esa gran sonrisa que resaltaba en su piel morena. Mi licra desteñida negra, camiseta del mismo color y zapatillas de plástico y con plataforma para aumentar cinco centímetros a mis 1.55 metros y la emoción y la cintura para coquetear con los compradores del Pozo Millonario. Llevar rapidito a Paola a la escuela mientras le rezaba al Santísimo que Melissa pudiera cuidar a su hermana cuando regresara de la primaria. Nunca cumplió.

Confiar en que la Metrovía pasara rápido, siempre había clientes que nos esperaban a veces con paciencia, otras veces medios cabreados (en especial los veteranos) sentados en las bancas de fierro en Nueve de Octubre y Pedro Carbo, frente a nuestro puesto de metal con ventanas verde militar donde ofrecíamos Lotto, Pozo Millonario, Raspaditas y Sueldazos: variedad de caramelos: Kaumal, Bon bon bum y Tumix; y cigarrillos por unidad: Elephant, Líder, Marlboro. Para mucha gente éramos los más buscados, siempre risueños y vendedores de confianza.

Paolita debía ser recogida por su hermana en la primaria “La Nueva Prosperina”, pero Melissa nunca nos hacía el favor, enviaba a Mario a verla. Él vendía Crippy a los muchachitos del sector para hacer tiempo y luego se encargaba de Paolita, que en forma de saludo, le colocaba el dedo corazón jugueteando en la palma de su mano.

Melissa los esperaba acostada en el mueble de nuestra pequeña salita y luego Mario se encerraba con Paolita para bañarla. A veces la envolvía con la toalla y la secaba con mucho cariño. Se metía en la ducha con la niña, la desvestía y empezaba a tocarla, pero solo tenía ocho años. Introducía sus dedos en su vaginita y le mostraba su verga, que no hubiese querido que la conociera nunca. Paolita gritaba mientras Melissa veía la televisión con el volumen en 50. La muchacha de mierda estaba sorda.

En las noches, antes de que llegáramos, Paolita seguía acosada por Mario. La amenazaba con una Glock si no le servía la merienda o si no se sentaba sobre sus piernas. La niña era su monigote mientras Melissa revisaba su Facebook con audífonos en su celular imitación de Samsung y nunca veía lo que pasaba.

Una noche la niña se negó a dormir en el mismo cuarto con la hermana y el cuñado.

Solo movía la cabeza en forma de negación. Yo intentaba que hablase con su papá y conmigo, pero a Edmundo lo empujaba con sus pequeñas manos cada vez que se acercaba. Él se resentía porque ella era su consentida.

Algo raro pasaba y decidimos investigar. En la escuela, las profesoras empezaron a quejarse porque Paolita ya no sacaba 10 en sus lecciones, como antes. Su materia favorita era la aritmética, pero se olvidó de cómo sumar y de las tablas de multiplicar, que antes las sabía al derecho y al revés.

Le preguntamos a Melissa, pero, como siempre, tenía quemado el cerebro con la droga. En cuanto llegábamos a la casa, Mario, con su bividí blanco, pantaloneta OP y zapatillas Nike, nos evitaba y salía diciendo que se iba a camellar al callejón de la vuelta.

Los cachetitos de Paola empezaron a desinflarse. La carita tierna de una niña de ocho años se convirtió en el reflejo de la pesadilla que estaba viviendo. Dejó de comerse sus Inacakes y de cantar imitando a la Granja de Zenón frente al televisor de 40 pulgadas. En las madrugadas iba corriendo a nuestro dormitorio tiritando y con fiebre, ya no sabíamos qué hacer.

La llevamos al dispensario “Los Brazos de Cristo” y luego de un chequeo minucioso el médico nos dijo que Paolita había sido ultrajada, tenía su calzoncito de lacitos rosa con manchas de sangre. Edmundo y yo nos desesperamos, fuimos a la iglesia de San Francisco, que nos ha dado tantas gracias en anteriores ocasiones, y frente a su altar de pan de oro juramos venganza.

Un sábado por la noche, Mario y Melissa se fueron a loquear. Tenían un marroneo y se pusieron todas sus galas. Melissa con falda negra de cuerina, zapatos de tacón de aguja, blusa pupera y pestañas del largo de la paja de la escoba. Mario con jean tubo, camisa hawaiana, cadena gruesa imitación plata y zapatos blancos Fila.

Como nos advirtieron que no regresarían hasta el domingo en la mañana, nos pusimos a rebuscar todas sus cosas, en especial la droga que Mario tenía en el cuarto escondida bajo el colchón, en las cajoneras, en los bolsillos de los pantalones.

Fuimos al patio, hicimos un hueco de al menos tres metros de profundidad y ahí enterramos toda la droga que encontramos.
Mario y Melissa llegaron al otro día, bastante tragueados. Querían seguir festejando porque jugaba la selección ecuatoriana contra Chile. Edmundo sacó una jaba de biela que tenía añejada para ocasiones especiales y la puso a helar. Yo preparé un levantamuertos con harta albacora, yuca, cebollita y chifle, para acompañar, y jugo recién exprimido de naranja.

Edmundo, Mario y Melissa se sentaron alrededor de la mesa de plástico para comer y mirar el partido. Mario y Melissa se tomaron las cervezas una por una, sin descanso.

Al ver que se doblaban de la borrachera aprovechamos para ponerle Racumín en polvo a los platos de sopa, mezclándolos bien para que no se note el color. El limón ayudó a que desapareciera el mal sabor. Mario y Melissa comieron con gusto y hasta pidieron una porción de arroz.

Diez minutos después, el veneno surtió efecto. Los cohetes y voladores estallaban afuera porque Ecuador había ganado, así que nadie escuchó los gritos de dolor de Melisa y Mario porque el veneno les comía los intestinos y Edmundo les remató con un palazo en los cráneos de los dos.

Paolita me abrazó duro, duro. Lloraba porque presentía que algo pasaba, pero le juré que todo estaba bien y la dejé mirando la tele.

Arrastramos los cuerpos hasta el patio, llegamos al hueco donde escondimos la droga y les botamos encima. Echar la arena y el cemento para tapar el hueco fue la felicidad para nosotros. Nunca más Mario le tocaría a la niña y Melissa volvería a drogarse. La historia quedó enterrada para siempre.

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*Viviana Garcés-Vargas, salinense, es escritora y periodista. Integra la mesa de redacción de loscronistas.net y próximamente publicará su primer libro de cuentos.

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