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Una crónica en la que la autora muestra todo el poder que tienen la melancolía y la nostalgia, pero también donde celebra a la ciudad donde nació y donde dibuja los recuerdos y los personajes que fueron parte esencial de su crecimiento como ser humano desde su condición de mujer.

Por Magaly Villacrés*

La vida es similar a un ticket de viaje que te lleva a algún lugar desconocido. El mundo nos arroja en un determinado sitio y de a poco nuestras raíces se van extendiendo y van llegando a destinos imprevistos, insólitos, ya sea por causa de las circunstancias o por decisiones de vida necesarias.

A quienes migramos de ciudad en ciudad, de país en país, por trabajo, estudio u otro motivo, nos une un hilo común: vamos detrás de un objetivo, pero llevamos un puñado de nostalgia atorado en el pecho, tan proporcional a la distancia: mientras más lejos, más lloramos.

Riobamba es mi casa natal y el lugar que me reclama donde sea que me encuentre.

De cielo azul, aunque en su mayoría nublado y las escasas ocasiones en que le cede el paso al sol, mantiene escondida en el firmamento una caprichosa nube gris que anuncia el aguacero de más tarde, como para no olvidar que ese frío andino es el poncho eterno bajo el cual todos nos guarecemos.

Su viento irreverente no conoce pudor ni caballerosidad, pues lo mismo arrastra el polvo, despeina el cabello, arrebata sombreros, levanta faldas de señoras, señoritas y monjas y los anacos de las indígenas.

Es una ciudad custodiada por un helado gigante, el nevado Chimborazo, que decora casi todos mis recuerdos con su vieja presencia. El volcán y yo guardamos un secreto. De pequeña temía perderme en el camino de regreso a casa después de la escuela. Entonces, aprendí a orientarme con mi mirada fija en dirección hacia él, y gracias a esta indicación de mi madre nunca me desvié.

Esa montaña vestida de novia era el límite de mi patria personal.

Los años de mi niñez, adolescencia y parte de la juventud transcurrieron entre colegios católicos, las casas de las compañeras de aula, las calles empedradas, las plazas, los barrios antiguos: San Alfonso, Villa María, Plaza Dávalos, La Loma de Quito y La Panadería.

Los disparates y los continuos encuentros para hacer las tareas entre amigas, que se alargaban en medio del alboroto y las carcajadas. Física, Matemáticas y Química, materias que muy poco me resolvieron la vida, pero aprendí que bajo la guía correcta la ciencia es un camino agradable.

Me fortifica reconocer en ellas un afecto inalterable que no tiene fin. Cada una tomó un rumbo, con sus heridas y glorias, pero al llamado de alguien simplemente acudimos todas.

Esas cuadras interminables para la conversación con las amigas y los enamorados bobos, con tiendas y vecinas que conocían los más íntimos secretos que guardan los hogares, con faroles de luz amarilla y tenue que producían un extraño efecto de penumbra; podrían ser las seis de la tarde, pero, en Riobamba, todo luce como la medianoche.

Comprar el pan por la tarde aún se considera un ritual. Es usual encontrar a padres y abuelos haciendo fila en las panaderías para cumplir con el mandato familiar de arribar a la casa con una bolsa de pan fresco y si se conseguían “palanquetas” (pan de agua) de la tradicional panadería “La Vienesa”, la alegría era doble y el café sabía mucho mejor.

El zaguán, la silleta, el taburete, la aldaba, el cucurucho, la horqueta, el guardafrío, la caspiroleta, el claustro, la mantilla, la enagua y el paletó son términos de un diccionario antiguo que se resiste a morir. Si alguien pronunciara ahora una de esas palabras, los más jóvenes no lo entenderían, pero algunos de nosotros sí. Porque los recuerdos del pasado están bordados en el alma que nunca aprenderá a olvidar.

Crecí escuchando poemas convertidos en música. Las infaltables melodías del trío Los Panchos, de Xavier Solís, de Raúl “Shaw” Moreno y su himno Las palmeras: “Dame tus besos con frenesí/ tesoro mío dime que sí/ con las palmeras yo he de vivir/ con las palmeras yo he de morir (…)”. Las letras eran declaraciones de un amor trascendental, interminable y único con el que todos soñamos y talvez seguimos esperando.

Así transcurrieron mis primeros años en esta ciudad, la tierra que me acunó y que aún aguarda mi regreso. Allí no pasa el tiempo, allí se estacionan las memorias, las tardes de color sepia y los abrazos de mis padres.

El reloj de arena no se detiene jamás. La vida avanza, nos obliga a crecer y nos impulsa a buscar un futuro; pero es como si el futuro estuviese en un lugar ajeno al hogar. Atrás quedan las alegrías, los sueños, los amigos y los amores. Empacamos cosas, recuerdos, miedos, pero no el corazón porque, aunque uno se marcha, el corazón se queda, pues jamás olvida dónde inició la existencia, dónde vivió sus momentos más intensos, dónde fue feliz.

Una mañana despertamos y lo lejano se convierte en cercano, lo ajeno se vuelve cotidiano y aquel vecindario extraño se transforma en un sitio familiar a fuerza del paso diario. Aprendemos a llamar amigos a quienes apenas conocemos, pero solamente por instinto de supervivencia. Así se disfrazan las penas.

Bajo la coraza humana se esconde la verdadera piel, la que siempre añora, la que siempre extraña. La que busca el refugio paterno para volver a la niñez, para dejar de vivir con miedo.

Recuerdo una historia sobre mi padre, quien por sus excelentes calificaciones ganó una beca para ir a estudiar en el Normal Juan Montalvo en la capital. Él, un joven humilde y parroquiano, aún no había experimentado el significado de la nostalgia, aunque sí el de la pobreza. Mas, si a la pobreza la rodea el cariño deja de verse tan gris, deja de verse tan mala, porque donde hay amor hasta el hambre se calma.

No solo le afligía el hecho de dejar a su abuela y a su querido pueblo de Gonzol, sino, además, debía despedirse de “Pepe”, su gallo fino y cantor que lo despertaba por las mañanas. Ahí empezó a entender que el éxito personal conlleva una suma de ausencias, de lejanías, de desarraigos, de renunciamientos.

Años después, fui yo quien se despedía de él, de mi familia, de mi refugio, porque la vida es como una ruleta de eventos que se divierte a costa de nuestro destino. Un día lo tenemos todo, al siguiente somos desterrados y huérfanos.

Para algunos la lejanía es una larga noche. En cambio yo encontré en las letras una lámpara con la que pude alumbrar mi propia oscuridad. Aún sigo aprendiendo a adaptarme, a sobrevivir, a vencer obstáculos y a mirar con paciencia mi interior, mi pasado, mi vida en soledad.

Es como si el alma, que todo lo adivina, nos susurrara cada noche el poema de Miguel de Unamuno: “Agranda la puerta, padre, / porque no puedo pasar;/ la hiciste para los niños, / yo he crecido, a mi pesar. /Si no me agrandas la puerta, / achícame por piedad, /vuélveme a la edad bendita / en que vivir es soñar”.

_________________________________________

*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973), licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista semanal del diario digital «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la Revista Oceanum, en Asturias, España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio. Colaboradora de loscronistas.net

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Comment (1)

  1. Olga Segovia

    05 Oct 2021

    Buen día.
    Cada vez que Magui publica una de sus creaciones mágicas hace que sienta su preciosa imagen y presencia…su voz melodiosa su dulce declamar con el alma…
    Felicidades por compartir en este medio tan
    valiosos escritos, hacen que sin lugar a dudas la mente y el alma se vuelvan a conectar…

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