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Diario de un despojo

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Por Viviana Garcés-Vargas*

“Nunca creyó en mí. Ni siquiera cuando le mostré los mordiscones en el cuello o la bividí rasgada. Ella no me quiso escuchar”.

Fue lo último que se encontró en el cuaderno universitario de Alexandra y que tenía sigilosamente escondido en su cajonera. Era el secreto que se escuchaba entre las vecinas cuchichear en las jardineras que servían para adecentar las calles Pedro Moncayo y Capitán Nájera.

Alexandra anotaba todo en su cuaderno empastado con la carátula de BTS. Muchas de esas páginas que se percibían escritas con lágrimas en su interior eran la única manera de expresar los pensamientos e ideas que jamás pudo expresar dentro de casa, mucho menos a su mamá. Así era su diario, escrito con diferentes tonos de esferos para diferenciar sus estados de ánimo, que poco a poco empezaron a manifestarse de forma angustiosa.

Lunes, 15 de marzo (plumón naranja)
Vivimos en una casa donde el calor y los reclamos no se aguantan. Soy la mayor de cuatro hermanos, muchas veces hago el papel de mamá y papá, ya que mi ella pasa trabajando o con el nuevo marido al que, desde que ingresó a la casa, no he querido verle la jeta. Es tortuoso habitar en un espacio de 6×6 metros, de dos habitaciones y la fachada con pintura desgastada por el sol y la humedad. Hay un solo baño, un ventilador destartalado y varios cachivaches que yo debo arreglar. Cocino, lavo y vigilo que mis hermanos hagan los deberes, mientras mi mamá grita, hasta quedarse afónica, que soy una machona.

Jueves, 18 de junio (plumón morado)
No uso shorts cortos desde que Pancho entra a la casa. Las miradas sugerente y escondidas de Pancho me producen escalofríos. Tenía 15 años cuando lo conocí y aún ahora no sé cómo evadir el dolor, mientras trato de que mis hermanitos más pequeños no oigan cómo mi mamá y Pancho hacen retumbar las paredes por el escándalo de gemidos y jadeos y una cama en que los resortes chirrían cada vez que él se queda a dormir.

Viernes, 19 de junio (Plumón gris)
Desde que me viene la regla mi mamá presiona más. Dice que yo debo preparar el desayuno para mis ñaños, porque ya soy una mujer y es mi obligación como tal. Ricacao con una cucharada de leche, pan fresco al que madrugo para comprarlo caliente y barato a primera hora del día y el queso que venden por cuartos de libra en la tienda. Mi mamá viene cada vez con menos dinero a fin de mes y Pancho llega mejor vestido. No creo que sea una coincidencia.

 

Sábado, 20 de junio (Marcador negro)
Es la primera fiesta quinceañera a la cual he sido invitada. Mi mamá se niega a dejarme ir, mientras Pancho autoriza mi permiso y se ofrece a llevarme en su taxi. Verme con labial rosa, delineador en los ojos y un vestido largo y estrecho, de color lila, heredado de mi mamá, hace que Pancho detenga el auto algunas cuadras más allá e intente abrazarme y tocarme los muslos. Le retiro de un manazo su puerca intención y él con voz tosca dice que soy una malcriada, que solo lo hace para que yo esté pilas con los chicos de mi edad. En la fiesta no quiero bailar, no quisiera volver a la casa, se me quitaron las ganas de pasarla bien. Regreso en la noche, caminando y pensando que no le puedo contar nada a mi mamá. Abro la puerta y la encuentro durmiendo abrazada a Pancho.

Domingo, 21 de junio (plumón rojo intenso)
Mi mamá sale con los más chiquitos al parque Ramón Unamuno porque mi hermanito tiene campeonato de básquet. Me quedo terminando el deber de química, son las 10 de la mañana cuando siento que la puerta de rejas se abre. Es Ramón, apesta a guanchaca, salto de inmediato mientras él trata de ponerse sobrio.
-¿Por qué huyes? Anda, ven que te voy a enseñar a besar. Suéltate el pelo, cada vez te pareces más a tu madre, no, eres más rica que ella. Se me acerca, corro a la cocina y le pego con un sartén en la panza. Me escupe en la cara, solo puedo ir a la acera a intentar respirar el aire combinado con el humo que genera la metrovía. Por la tarde, busco hablar con mi mamá, aún tiemblo de terror.
-¿Ya limpiaste la casa? (Pasa la mano por la mesa del comedor), ¿ves lo mugroso que está? Saca el trapo y ponte a sacar el polvo.
-Pero, mami…
-¿Qué fue? Ya suficiente tengo con tus hermanos para escucharte a ti también. Bien limpiecito, que Pancho siempre dice que esto parece un cuchitril.
No puedo llorar en el cuarto que comparto con mis hermanos, tampoco tengo chance de encerrarme en el baño. No tengo salida.

Lunes, 29 de junio (marcador negro)
Mi mamá toca la puerta del dormitorio y, en tono bondadoso, me pide hablar con ella.
-¡Ale (solo me llama así cuando necesita un favor), ven acá!
Nos sentamos en las sillas Pycca de color blanco que rodean la mesa  del comedor.
-Mira, mijita, ya mucha pendejada con querer ser bachiller. Hay que hacer sacrificios. Eres más útil en la casa que en el colegio, soñando pajaritos. Se pone de pie. Se me acerca, me grita:

-¡Aterriza! Mientras me amenaza alzando la mano me dice: ¡Cuidadito me contestas o te estampo contra la pared!

Lunes, 1 de julio (marcador verde)
Durante un mes busco cupo en colegios fiscales. Me faltan dos años para terminar este encierro. Mi mamá no firma los papeles para la matrícula. Me arrincona y me abandona. Pancho ya vive en la casa y es otra carga más. Debo lavarle los calzoncillos mugrosos a mano porque si no se estiran. Nos obliga a decirle “papá” y cada vez se acerca más a mí.

Martes, 30 de agosto (marcador verde)
Ya no se me permite escuchar música porque Pancho debe dormir después de sus borracheras con los vecinos del barrio o con la cooperativa de taxis. ¡Pobre infeliz! Esta mañana, mientras cocinaba el refrito para la menestra, se me acercó por detrás, me mordió en el cuello, babea, grito como una loca, un vecino se acerca por la ventana y al ver la escena le da un plomazo entra y le da un plomazo en el ojo. Pancho chilla del dolor como un chancho en matadero hasta que llega mi mamá llega y asustada pregunta qué pasó. Al verlo rabiar me señala de inmediato, diciendo que lo estoy provocando por cómo estoy vestida. Solo llevo un pantalón de calentador, camiseta de algodón que me queda inmensa y el cabello cogido en forma de cebolla. «Te largas de aquí, buscona», dice indignada, me da una cachetada y me jalonea de la camiseta con furia. Me quita el celular, tomo la poca ropa que tengo, mi diario, plumas de colores y me lanza a la bodega que hay al lado de la casa.

 

Viernes, 2 de septiembre (marcador gris)

Mi mamá solo me abre la puerta de la casa para que le deje limpia y cocine para Pancho y mis hermanos. Me aísla en un minúsculo espacio de cuatro paredes con un foco quemado, una colchoneta tan suave que se siente el helado frío por las noches y las cucarachas a las cuales debo estar poniéndoles “el secreto de la abuelita” para que no me caminen por la cabeza las pocas horas que duermo. Pancho intenta ser generoso conmigo, me compra tangos, tostitos, choco cakes, plumas brillosas, se las tiro en la puerta. No le creo ni el padre nuestro.

 

Domingo, 4 de septiembre (plumón rojo)

Mi mamá y hermanos van a hacer compras al mercado de las cuatro manzanas, hay promoción de adornos navideños, les ha prometido que comprará un árbol para decorarlo con ellos. Yo necesito bañarme, pues todos han salido y trato de relajarme. De pronto, Pancho sale en bóxer del dormitorio que comparte con mi mamá. Muestra la barriga prominente de cerveza, su cabeza calva, su bigote mal afeitado y su olor a trago. Tiene grandes ojeras que delatan su chuchaqui. Trato de esquivarlo, vacila entre las sillas de plástico y le pongo dos de ellas en medio de ambos para marcar distancia. Las quita de un empujón. Se tira encima de mí y trata de quitarme la bividí, la jala con fuerza y la termina rasgando justo donde está el pequeño escote. Sonríe de forma morbosa, pasándose la lengua por medio de los labios. Me agarra de la cintura y me lleva de un solo Le jalón hacia él. Desesperada, le golpeo con los puños en el pecho para oponerme al terror de sus brazos. Pataleo con fuerza, pero nadie me escucha. En ese momento pasa una caravana de emelecistas celebrando el partido ganado en el Capwell.

Le pido un poco de piedad y Pancho ríe como un payaso de circo barato. Se baja la trusa y me sienta en sus piernas. Escarba debajo de mi calzón e intento morderlo para que pare. Lloro y me tapa la boca para que no se escuchen mis gritos. Trata de calmarme y dice que me gustará. Lame mi cuello y recorre con su lengua mi cuerpo mientras me estremezco del asco. Intento escapar y veo que Pancho ha puesto seguro a la puerta y lleva consigo las llaves. Me amenaza con un machete si sigo forcejeando. Me convierto en una estatua. No quiero ver, mucho menos sentir. De nuevo me tapa la boca con sus manos gruesas, embadurnadas de grasa de motor. Me penetra y en unos segundos termina, satisfecho, dándome una palmadita en las nalgas. Recojo mi ropa y me voy a bañar, quiero que el agua de la ducha me ahogue y no me deje respirar más.

Me aseguro que ya no se escuchen ruidos en la casa para salir del baño. Restriego con coraje el cuerpo para borrar las sombras que impregnó Pancho en mí. Me duelen las caderas y siento las piernas muy débiles para caminar rápido. Logro colocarme la camiseta y el calentador y veo que Pancho ha regresado a su cama a seguir durmiendo. Mi mamá y hermanitos llegan un par de horas después. Han traído encebollado para almorzar. Mamá dice que debemos compartir como una familia mientras intento esconder las lágrimas y Pancho reparte los chifles, cuenta chistes y bebe con mamá un par de cervezas.

 

Miércoles, 7 de septiembre (plumón amarillo)

Tercer día sin poder dormir, mi cabeza solo recuerda, es una pesadilla que se repite cada vez que intento descansar. Mi mamá está sola en la casa, tiene día libre, los niños están en la escuela y Pancho ha ido a dar vueltas para ver si se gana un par de dólares. Intento hablar con ella, pero no necesita quejas de muchachitas mentirosas. Le muestro el chupete que ha cambiado de color a verdoso, dice que no tengo vergüenza en ser una grilla. Le muestro la bividi rota que ella me había comprado hace fuuu…

-¿Quieres que Pancho se vaya, verdad? ¿No quieres que vuelva a ser feliz? Grita como una histérica y dice ¡Eres una víbora, Alexandra, una víbora!

 

Martes, 14 de septiembre (marcador naranja)

Mi regla es como un reloj, nunca se atrasa. Debía bajarme el lunes pueden ser los nervios.

 

Lunes, 20 de septiembre (marcador rojo)

Sigue sin bajarme, no tengo a quién preguntar. Aprovecho que mi mamá no está en la casa y me llevo las monedas de dólar que están escondidas debajo del mueble. Me siento mareada y con ganas de vomitar. Voy a la farmacia y pregunto con recelo si tienen pruebas caseras de embarazo. Me venden la más barata. Regreso a la casa y me meto en el baño, aparecen dos rayitas en el test.

 

Sábado, 25 de septiembre (marcador verde)

Pienso que la barriga ya se me va a notar, aún no ha pasado un mes y tiemblo cada vez que escucho un portazo o cualquier sonido muy fuerte. No quiero comer, todos los olores me provocan náuseas y mi mamá apenas me contesta el saludo, mientras Pancho me guiña el ojo cada vez que tiene chance.

 

Domingo, 26 de septiembre (plumón plateado)

Es el cumpleaños de mamá. Todos han salido a celebrar en el centro comercial. Yo no quise. Me siento tan sola y confundida, no cuento con nadie. Pienso lo que quiero hacer. Dudo mientras busco algo que no sé qué es. Decido. Últimamente hubo una plaga de ratas en el barrio y Pancho compró “Campeón” para exterminarlos. Tomo la funda del raticida y me lo trago. Mi cuerpo cae de inmediato al suelo y comienzo a botar espuma por la boca. A mi lado queda la camiseta rota en el escote con una nota con plumón rojo: “gracias, mami, por creer en mí”.

Fue lo último que se encontró en el cuaderno universitario de Alexandra y que tenía sigilosamente escondido en su cajonera. Era el secreto que se escuchaba entre las vecinas cuchichear en las jardineras que servían para adecentar las calles Pedro Moncayo y Capitán Nájera.

Alexandra anotaba todo en su cuaderno empastado con la carátula de BTS. Muchas de esas páginas que se percibían escritas con lágrimas en su interior eran la única manera de expresar los pensamientos e ideas que jamás pudo expresar dentro de casa, mucho menos a su mamá. Así era su diario, escrito con diferentes tonos de esferos para diferenciar sus estados de ánimo, que poco a poco empezaron a manifestarse de forma angustiosa.

Lunes, 15 de marzo (plumón naranja)
Vivimos en una casa donde el calor y los reclamos no se aguantan. Soy la mayor de cuatro hermanos, muchas veces hago el papel de mamá y papá, ya que mi ella pasa trabajando o con el nuevo marido al que, desde que ingresó a la casa, no he querido verle la jeta. Es tortuoso habitar en un espacio de 6×6 metros, de dos habitaciones y la fachada con pintura desgastada por el sol y la humedad. Hay un solo baño, un ventilador destartalado y varIos cachivaches que yo debo arreglar. Cocino, lavo y vigilo que mis hermanos hagan los deberes, mientras mi mamá grita, hasta quedarse afónica, que soy una machona.

Jueves, 18 de junio (plumón morado)
No uso shorts cortos desde que Pancho entra a la casa. Las miradas sugerente y escondidas de Pancho me producen escalofríos. Tenía 15 años cuando lo conocí y aún ahora no sé cómo evadir el dolor, mientras trato de que mis hermanitos más pequeños no oigan cómo mi mamá y Pancho hacen retumbar las paredes por el escándalo de gemidos y jadeos y una cama en que los resortes chirrían cada vez que él se queda a dormir.

Viernes, 19 de junio (Plumón gris)
Desde que me viene la regla mi mamá presiona más. Dice que yo debo preparar el desayuno para mis ñaños, porque ya soy una mujer y es mi obligación como tal. Ricacao con una cucharada de leche, pan fresco al que madrugo para comprarlo caliente y barato a primera hora del día y el queso que venden por cuartos de libra en la tienda. Mi mamá viene cada vez con menos dinero a fin de mes y Pancho llega mejor vestido. No creo que sea una coincidencia.

 

Sábado, 20 de junio (Marcador negro)
Es la primera fiesta quinceañera a la cual he sido invitada. Mi mamá se niega a dejarme ir, mientras Pancho autoriza mi permiso y se ofrece a llevarme en su taxi. Verme con labial rosa, delineador en los ojos y un vestido largo y estrecho, de color lila, heredado de mi mamá, hace que Pancho detenga el auto algunas cuadras más allá e intente abrazarme y tocarme los muslos. Le retiro de un manazo su puerca intención y él con voz tosca dice que soy una malcriada, que solo lo hace para que yo esté pilas con los chicos de mi edad. En la fiesta no quiero bailar, no quisiera volver a la casa, se me quitaron las ganas de pasarla bien. Regreso en la noche, caminando y pensando que no le puedo contar nada a mi mamá. Abro la puerta y la encuentro durmiendo abrazada a Pancho.

Domingo, 21 de junio (plumón rojo intenso)
Mi mamá sale con los más chiquitos al parque Ramón Unamuno porque mi hermanito tiene campeonato de básquet. Me quedo terminando el deber de química, son las 10 de la mañana cuando siento que la puerta de rejas se abre. Es Ramón, apesta a guanchaca, salto de inmediato mientras él trata de ponerse sobrio.
-¿Por qué huyes? Anda, ven que te voy a enseñar a besar. Suéltate el pelo, cada vez te pareces más a tu madre, no, eres más rica que ella. Se me acerca, corro a la cocina y le pego con un sartén en la panza. Me escupe en la cara, solo puedo ir a la acera a intentar respirar el aire combinado con el humo que genera la metrovía. Por la tarde, busco hablar con mi mamá, aún tiemblo de terror.
-¿Ya limpiaste la casa? (Pasa la mano por la mesa del comedor), ¿ves lo mugroso que está? Saca el trapo y ponte a sacar el polvo.
-Pero, mami…
-¿Qué fue? Ya suficiente tengo con tus hermanos para escucharte a ti también. Bien limpiecito, que Pancho siempre dice que esto parece un cuchitril.
No puedo llorar en el cuarto que comparto con mis hermanos, tampoco tengo chance de encerrarme en el baño. No tengo salida.

Lunes, 29 de junio (marcador negro)
Mi mamá toca la puerta del dormitorio y, en tono bondadoso, me pide hablar con ella.
-¡Ale (solo me llama así cuando necesita un favor), ven acá!
Nos sentamos en las sillas Pycca de color blanco que rodean la mesa  del comedor.
-Mira, mijita, ya mucha pendejada con querer ser bachiller. Hay que hacer sacrificios. Eres más útil en la casa que en el colegio, soñando pajaritos. Se pone de pie. Se me acerca, me grita:

-¡Aterriza! Mientras me amenaza alzando la mano me dice: ¡Cuidadito me contestas o te estampo contra la pared!

Lunes, 1 de julio (marcador verde)
Durante un mes busco cupo en colegios fiscales. Me faltan dos años para terminar este encierro. Mi mamá no firma los papeles para la matrícula. Me arrincona y me abandona. Pancho ya vive en la casa y es otra carga más. Debo lavarle los calzoncillos mugrosos a mano porque si no se estiran. Nos obliga a decirle “papá” y cada vez se acerca más a mí.

Martes, 30 de agosto (marcador verde)
Ya no se me permite escuchar música porque Pancho debe dormir después de sus borracheras con los vecinos del barrio o con la cooperativa de taxis. ¡Pobre infeliz! Esta mañana, mientras cocinaba el refrito para la menestra, se me acercó por detrás, me mordió en el cuello, babea, grito como una loca, un vecino se acerca por la ventana y al ver la escena le da un plomazo entra y le da un plomazo en el ojo. Pancho chilla del dolor como un chancho en matadero hasta que llega mi mamá llega y asustada pregunta qué pasó. Al verlo rabiar me señala de inmediato, diciendo que lo estoy provocando por cómo estoy vestida. Solo llevo un pantalón de calentador, camiseta de algodón que me queda inmensa y el cabello cogido en forma de cebolla. «Te largas de aquí, buscona», dice indignada, me da una cachetada y me jalonea de la camiseta con furia. Me quita el celular, tomo la poca ropa que tengo, mi diario, plumas de colores y me lanza a la bodega que hay al lado de la casa.

 

Viernes, 2 de septiembre (marcador gris)

Mi mamá solo me abre la puerta de la casa para que le deje limpia y cocine para Pancho y mis hermanos. Me aísla en un minúsculo espacio de cuatro paredes con un foco quemado, una colchoneta tan suave que se siente el helado frío por las noches y las cucarachas a las cuales debo estar poniéndoles “el secreto de la abuelita” para que no me caminen por la cabeza las pocas horas que duermo. Pancho intenta ser generoso conmigo, me compra tangos, tostitos, choco cakes, plumas brillosas, se las tiro en la puerta. No le creo ni el padre nuestro.

 

Domingo, 4 de septiembre (plumón rojo)

Mi mamá y hermanos van a hacer compras al mercado de las cuatro manzanas, hay promoción de adornos navideños, les ha prometido que comprará un árbol para decorarlo con ellos. Yo necesito bañarme, pues todos han salido y trato de relajarme. De pronto, Pancho sale en bóxer del dormitorio que comparte con mi mamá. Muestra la barriga prominente de cerveza, su cabeza calva, su bigote mal afeitado y su olor a trago. Tiene grandes ojeras que delatan su chuchaqui. Trato de esquivarlo, vacila entre las sillas de plástico y le pongo dos de ellas en medio de ambos para marcar distancia. Las quita de un empujón. Se tira encima de mí y trata de quitarme la bividí, la jala con fuerza y la termina rasgando justo donde está el pequeño escote. Sonríe de forma morbosa, pasándose la lengua por medio de los labios. Me agarra de la cintura y me lleva de un solo Le jalón hacia él. Desesperada, le golpeo con los puños en el pecho para oponerme al terror de sus brazos. Pataleo con fuerza, pero nadie me escucha. En ese momento pasa una caravana de emelecistas celebrando el partido ganado en el Capwell.

Le pido un poco de piedad y Pancho ríe como un payaso de circo barato. Se baja la trusa y me sienta en sus piernas. Escarba debajo de mi calzón e intento morderlo para que pare. Lloro y me tapa la boca para que no se escuchen mis gritos. Trata de calmarme y dice que me gustará. Lame mi cuello y recorre con su lengua mi cuerpo mientras me estremezco del asco. Intento escapar y veo que Pancho ha puesto seguro a la puerta y lleva consigo las llaves. Me amenaza con un machete si sigo forcejeando. Me convierto en una estatua. No quiero ver, mucho menos sentir. De nuevo me tapa la boca con sus manos gruesas, embadurnadas de grasa de motor. Me penetra y en unos segundos termina, satisfecho, dándome una palmadita en las nalgas. Recojo mi ropa y me voy a bañar, quiero que el agua de la ducha me ahogue y no me deje respirar más.

Me aseguro que ya no se escuchen ruidos en la casa para salir del baño. Restriego con coraje el cuerpo para borrar las sombras que impregnó Pancho en mí. Me duelen las caderas y siento las piernas muy débiles para caminar rápido. Logro colocarme la camiseta y el calentador y veo que Pancho ha regresado a su cama a seguir durmiendo. Mi mamá y hermanitos llegan un par de horas después. Han traído encebollado para almorzar. Mamá dice que debemos compartir como una familia mientras intento esconder las lágrimas y Pancho reparte los chifles, cuenta chistes y bebe con mamá un par de cervezas.

 

Miércoles, 7 de septiembre (plumón amarillo)

Tercer día sin poder dormir, mi cabeza solo recuerda, es una pesadilla que se repite cada vez que intento descansar. Mi mamá está sola en la casa, tiene día libre, los niños están en la escuela y Pancho ha ido a dar vueltas para ver si se gana un par de dólares. Intento hablar con ella, pero no necesita quejas de muchachitas mentirosas. Le muestro el chupete que ha cambiado de color a verdoso, dice que no tengo vergüenza en ser una grilla. Le muestro la bividi rota que ella me había comprado hace fuuu…

-¿Quieres que Pancho se vaya, verdad? ¿No quieres que vuelva a ser feliz? Grita como una histérica y dice ¡Eres una víbora, Alexandra, una víbora!

 

Martes, 14 de septiembre (marcador naranja)

Mi regla es como un reloj, nunca se atrasa. Debía bajarme el lunes. Puede ser por los nervios.

 

Lunes, 20 de septiembre (marcador rojo)

Sigue sin bajarme, no tengo a quién preguntar. Aprovecho que mi mamá no está en la casa y me llevo las monedas de dólar que están escondidas debajo del mueble. Me siento mareada y con ganas de vomitar. Voy a la farmacia y pregunto con recelo si tienen pruebas caseras de embarazo. Me venden la más barata. Regreso a la casa y me meto en el baño, aparecen dos rayitas en el test.

 

Sábado, 25 de septiembre (marcador verde)

Pienso que la barriga ya se me va a notar, aún no ha pasado un mes y tiemblo cada vez que escucho un portazo o cualquier sonido muy fuerte. No quiero comer, todos los olores me provocan náuseas y mi mamá apenas me contesta el saludo, mientras Pancho me guiña el ojo cada vez que tiene chance.

 

Domingo, 26 de septiembre (plumón plateado)

Es el cumpleaños de mamá. Todos han salido a celebrar en el centro comercial. Yo no quise. Me siento tan sola y confundida, no cuento con nadie. Pienso lo que quiero hacer. Dudo mientras busco algo que no sé qué es. Decido. Últimamente hubo una plaga de ratas en el barrio y Pancho compró “Campeón” para exterminarlos. Tomo la funda del raticida y me lo trago. Mi cuerpo cae de inmediato al suelo y comienzo a botar espuma por la boca. A mi lado queda la camiseta rota en el escote con una nota con plumón rojo: “gracias, mami, por creer en mí”.

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*Viviana Garcés-Vargas (salinense) es periodista y escritora. Cada domingo publica un relato en este portal y próximamente aparecerá su primer libro de cuentos. Integra la mesa de redacción de loscronistas.net 

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