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Por Pedro Vargas*

El bus se iba. Fredo corría detrás gritando. Chiflaba poniéndose dos dedos en los labios para que el chofer lo escuchara y lo esperase. El bus frenó en seco. Fredo siguió corriendo. Y antes de poner un pie en el escalón observó un trozo de papel pegado a su zapato. Intentó despegarlo. Pero la cara de impaciencia del chofer lo llevó a abordar el bus.

—Ya me lo quitaré arriba-, pensó Fredo.

Se acomodó en la última fila de la línea 14, donde era su costumbre sentarse. Tomó el papel que estaba pegado con goma de mascar en la punta de su zapato e intentó arrugarlo para lanzarlo por la ventana. Al hacerlo observó que había algo escrito en el trozo de hoja amarillenta. Aquello le hizo recordar a su viejo profesor de literatura y escritura creativa: lean hasta cuando duerman. Sean curiosos. Si encuentran un papel en la calle, recójanlo. Puede que se lleven alguna sorpresa­­.

Entonces, lo desdobló y leyó la inscripción: Soy Candy. Van a matarme. 5-29 edificio el Vigía.

Un frío lo recorrió completo. Enseguida imaginó a la mujer golpeada y atada en un sótano o al soporte de una cama. Quizás encerrada en el closet. Un segundo después dudó del mensaje.

—Como si no tuviese preocupaciones la gente se pone con su bromitas de mierda, pensó mientras doblaba el papelito—.

Lo guardó en su bolso junto a su merienda. Esa noche le tocaba turno en la fábrica de procesamiento de pescado donde trabajaba. Como siempre, al entrar por fue invadido por la rutina de todos los días: limpiar y cocinar atunes. Lo odiaba, pero necesitaba el trabajo. Sin embargo, el mensaje del papel se le caló en la cabeza. Lo perseguía como un gato a un ratón. Le daba vueltas. Se reía solo. Se preocupaba.

—Y si es verdad que hay una mujer en peligro. Si de mí depende que se salve-, volvió a pensar.

Recurrió a su fe y oró para que la mujer resistiera ocho horas más que le tomaba salir del trabajo.

Cuando su turno terminó fue hasta la Policía, en la calle P-1 de la ciudadela La Pradera. Cuando estuvo en el portal del edificio sacó el papel y volvió a leer el mensaje. Quería asegurarse que lo que había entendido era lo que estaba escrito. Entró. Se paró frente al escritorio y antes que alguien saliera a atenderlo dejó el edificio, recriminándose.

— ¿Qué vas hacer? Estás loco. Nadie va a creer esto. Te tomarán por un bromista pesado. Te encarcelarán y no necesitas otro problema en tu vida. Lárgate de aquí—.

Empezó a caminar de vuelta a la parada de bus para regresar a casa. Pero sentía haberle fallado a Candy.

—Perdóname. No puedo hacer nada por ti. Tu mensaje fue encontrado por un cobarde. Por un nadie que no puede ni con su propia vida—.

Como siempre, se volvió a sentar en la última fila. Entre sus dedos sostenía el papel, que era lo único que lo unía al remolino que tenía en su pecho. Quiso volver a lanzarlo por la ventana pero se detuvo. Cuando llegó a la parada del parque central pudo observar la torre del edificio El Vigía y supo que la única manera de saber la verdad era entrando.

En la puerta había un guardia.

— ¿A quién busca?-, le preguntó.

­­—La verdad, a nadie. Solo quería saber si no hay vacantes para limpieza o para lo que sea. Necesito trabajar-, dijo Fredo.

—Eres el número ocho de esta última hora haciendo la misma pregunta. Así que: ¿cuál crees tú que es la respuesta?

Fredo se quedó en silencio.

—Además de que me haces perder tiempo, eres retardado. No hay trabajo y sácatela de aquí-, dijo el guardia.

­­—Tengo una semana sin comer, necesito hablar con alguien de administración. ¡Por favor!—.

—O te vas o llamo a la Policía-, dijo el guardia.

En ese instante, una mujer vestida de secretaria atravesó el living. Había observado parte de la discusión y le señaló con el dedo un pasillo. -Es por allí. Al fondo es la oficina de administración. Ve y pregunta. Dile que te mandó la dueña del departamento número 30, la del quinto piso, le dices-.

Fredo caminó por el pasillo oscuro, llegó hasta la puerta de la oficina y sin que lo vieran entró en el ascensor. Presionó el botón, las puertas se abrieron y marcó el número cinco. Mientras subía podía mirarse en las paredes de espejo las ojeras, el cuenco de los ojos tan pronunciados como si fuese una calavera. Pero aquello no era más que un distractor para no llegar a un momento consciente y reflexionar lo que estaba haciendo. Si reflexionara, seguro no estuviese allí, sino empezando su otro trabajo como vendedor de granizados.

El ascensor paró. Las puertas se abrieron. Al intentar dar un paso fuera Fredo se dio cuenta que las piernas le temblaban. No podía dar un paso. Se prendió de las paredes y salió sin saber a dónde ir. Alzó la mirada y en la puerta con metal dorado estaba el número 28. Una puerta después el apartamento que buscaba y donde estaría Candy o su mayor estupidez. Finalmente tocó la puerta del departamento 29. Una voz del otro lado le dijo: pase, está abierto. Cuando Fredo entró, la mujer de 89 años que se apoyaba en un bastón se asustó.

— ¿Quién es usted? Soy Dagofredo, pero puede llamarme Fredo. El nuevo chico de limpieza y gasfitería. Venía porque reportaron una fuga de agua en su cocina—.

Hace unos días había leído en el periódico que en el 60 por ciento de las casas había fugas de agua y esperaba que eso le ayudara en su mentira.

—Y si viene por la fuga, donde están sus herramientas, dijo la anciana—.

—Bueno, vine a ver qué tan grave es el daño y como soy nuevo pues aún no sé bien donde guardan las herramientas—.

Entonces Fredo se dirigió a la cocina. Y su impulso fue frenado por un grito de la anciana.

—La fuga es en el baño de la habitación principal. No en la cocina— La anciana, apoyada en su bastón, se retiró por el pasillo refunfuñando.

Fredo olvidó la fuga y se puso a buscar por todo el sitio. Al final del pasillo por el que se había marchado la anciana halló una habitación con una puerta roja. Estaba cerrada y al poner su oído contra la madera no podía escucharse nada.

Como si el lugar perteneciera a otra dimensión, fue a la cocina por un cuchillo para abrir la puerta y luego de varios intentos la cerradura cedió. La empujó despacio. Estaba oscuro. Una oscuridad pesada que aunque se pusiese la palma de su mano cerca a los ojos no podía verla. Recorrió el lugar como quien juega a la gallina ciega. Unas manos que le tocaron la cara arrastraron unas cadenas. Cuando intentó salir, la puerta se cerró como si alguien la hubiese azotado. Las luces se prendieron y a Fredo lo rodeaban dos hombres y dos mujeres. Todos vestidos de negro.

— ¿Buscas a Candy? Yo soy Candy-, dijo una de ellas.

Fredo la reconoció. Era la secretaria que lo había enviado hasta la oficina de administración. Levantó el dedo, la señaló y antes de que pudiera decir algo, las luces se apagaron y gritó como si le hubiesen enterrado un cuchillo en el corazón.

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*Pedro Vargas es periodista de diario La Marea, de Manta. Nacido en Junín (Manabí), está radicado en Manta desde hace 18 años.

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Comment (1)

  1. Wilmer Zambrano

    06 Mar 2021

    Excelente trabajo Pedro Vargas. Felicidades amigo del alma

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