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*Por Eduardo León

Uno se imagina tantas cosas, algunas tediosas como cuando llega quincena, fin de mes y ciertos trámites se vuelven engorrosos. Vamos caminando con esa mala actitud por la vida pensando que nos espera un mal rato, un desgaste innecesario o hasta un desenlace fatal.

Justamente, ese día miércoles de pandemia las actividades de Christian lo llevaban a un centro comercial ubicado en el cantón Daule.

La fila del banco había trastocado su ya de por sí en mal genio. Aquella columna con distanciamiento social copaba toda la agencia bancaria, incluso continuaba y abarrotaba los pasillos del exterior del local.

Con su cara de derrota camina hasta lo que él pensaba podría ser el final de la procesión. En esos momentos, Christian putea a la vida por la mala suerte, piensa que las agencias cercanas a lo mejor tienen menos congestión, entre otras cosas.

Por suerte había un guardia que iba poniendo orden, así que la viveza criolla, era algo de lo que no debía preocuparse. Entre tanta mala vibra, buscaba hacer provechoso el tiempo que estaba perdiendo y era buen momento para retomar sus cursos de tecnología y licencias.

Pero apareció en escena Carla, de ojos lindos, verde-azulados, cabello castaño, piel blanca como leche deslactosada y una sonrisa hermosa que es obvio imaginarse por qué su mascarilla blanca con destellos de corazones la esconden.

Camina junto a Christian y le pregunta si es el último. Ahora con actitud ganadora, él toma pose de “gallo bello”, sonríe, le contesta que las niñas bonitas nunca llegan al último y le cede su puesto.

Ahora el tiempo pasaba volando y la conversación fluía de una manera hasta cierto punto coqueta. Las coincidencias iban apareciendo, los dos vivían por el sector, tanto ella como él eran solteros.

Sus sonrisas los delataban, su conversación no pasaba inadvertida, hasta los vendedores de las islas podían darse cuenta de esta extraña coincidencia porque, dígame usted lector, ¿cuántas veces le ha pasado esto?

Christian deseaba el número de teléfono de Carla, pero no sabía cómo pedírselo. No quería arruinar el momento, hace tiempo que no vivía uno así de perfecto. El cajero de ventanilla lo llama, estimado usuario, es su turno. Sabe que no hay chance de despedirse, tantas preguntas y no disparó las concretas, se angustia, ve a Carla y le sonríe. Ella solo se despide de la mano.

Al salir de la agencia bancaria Christian pensaba en esperarla, pero podía parecer acosador, no sabía cóHo actuar. Su celular timbra, era una llamada de un importante proveedor de servicios tecnológicos, justo sobre un proyecto que había presentado hace poco a una empresa telefónica.

Cuando vio su reloj llevaba en la llamada alrededor de siete minutos y la cerró sin despedirse. Corrió, como hace tiempo no lo hacía, hacia el ventanal del banco, se asomó y Carla ya no estaba. Su derrota, su reproche hacia sí mismo, dónde buscarla si se encontraba en el centro comercial más grande del Ecuador.

En esos arranques de impotencia vuela al supermercado, toma un carrito de compras para amagar y busca por todas las perchas a Carla. No perdía las esperanzas, por ahí debía de andar, tenía que aparecer, incluso preguntaba a los empleados del local si la habían visto, dando la descripción que el lector ya sabe.

Pasó media hora y nada. Entró en depresión, se refutaba a cada momento que cómo algo tan lindo se le había escapado de las manos.

Caminó cabizbajo hasta el parqueadero para subirse al auto, puso la marcha, subió el volumen y por si acaso dio una vuelta por todos los exteriores del centro comercial, el paradero de buses, la estación de gasolina colindante.

Nada, parecía que se había esfumado, pero en el último instante, justo en el semáforo que estaba en rojo, logró verla entrando a la distribuidora farmacéutica de La Aurora.

En una maniobra desesperada acelera golpeando la llanta con la vereda y metiéndose en contravía. Christian frena a raya, baja el vidrio y grita alocado el nombre de Carla como si se hubiera ganado la lotería.

Carla se sentía incómoda y avergonzada. Se acercó dubitativa y le le hizo una pregunta a Christian: ¿No creo que acabas de hacer semejante show solo para pedirme mi número de celular?

Christian sonríe, se disculpa y se lo confiesa: ¡Sí! Eres lo más lindo que me ha pasado durante el confinamiento. Es como si fueras la cura al virus. Carla le dice qué cursi, pero al mismo tiempo has sido tan sweet con este gesto. Apunta mi número que nunca repito las cosas, así que anótalo bien.  Ambos sonríen, ella termina sus compras y él se presta para llevarla. Los vendedores ambulantes los ven alejarse lentamente.

La próxima vez no reniegues por ser el último en la fila.

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*Eduardo León, guayaquileño, es poeta y narrador. Integra la plantilla de colaboradores de loscronistas.net

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