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Entrada al infierno

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La cirugía fue exitosa, escuché decir al urólogo cuando se percató de que empezaba a despertar. Parecía hablar con otra persona, ambos dentro de una caverna.

¿Exitosa para quién o para qué? En las conversaciones previas a la intervención quirúrgica tenía la duda de que el adjetivo “exitoso” mucho tendría que ver no en la calidad de los médicos para realizar una operación, sino en lo que podría suceder conmigo en el futuro, en el cambio radical que significaría para mi vida.

Despertaba de a poco y observé al médico, sonriente, y a Diana, que apretaba mi mano derecha, enternecida. Cada uno estaba a un lado de la cama.

Yo no me sentía feliz por lo que el urólogo calificó como “un éxito”. Regresaba poco a poco de un lugar incierto, de alguna parte mucho más distante del punto al que me habrá llevado la anestesia, y era regresar a mí pero, al mismo tiempo, no era regresar a mí porque sabía lo que se venía. Había hablado tanto con el médico y había leído tanto sobre el tema que lo tenía claro: nada volvería a ser como antes.

Miré a Diana e imaginé que, a partir de entonces, mi existencia y la de ella serían de otro color, de un color desconocido y opaco donde todo parecería absurdo, surreal.

Las víctimas seríamos los dos y ese golpe no sabía a quién le afectaría más o quién estaría dispuesto a soportarlo más que el otro.

Estaba consciente de que venía una etapa de sufrimiento, de ese extraño sentimiento que te duele, te hunde, te revuelca, te arrastra, te humilla, te suena irreversible.

El urólogo tomó una silla, una pata chirrió y se sentó a mi lado. Se acercó con un pequeño simulador en una pantalla, fue señalando con su dedo meñique lo que se veía en el aparato y dijo que, al extirpar la próstata por completo, el cáncer había sido derrotado porque el tumor ya no estaba en mi cuerpo. Terminada la explicación mostró una amplia sonrisa que ni Diana ni yo pudimos compartir.

Era irónico lo que empezaba a ocurrir: ya no existía el tumor cancerígeno que un día cualquiera asaltó mi cotidianidad y que al extirparlo me permitía seguir con mi vida, pero ya no tenía la posibilidad de una erección, una simple erección, porque en la cirugía radical se afectaban las vesículas seminales. Nunca más habría semen, nunca más eyaculación.

El urólogo me felicitó. Yo, que soy ateo pero con educación familiar católica, no sabía si era pertinente rogar a Dios para que regresara el tiempo y no fuera necesaria ninguna cirugía o que me ayudara a vivir sin uno de los elementos básicos de la existencia: el sexo.

“Con los años podrías recuperar la capacidad de erección, pero nunca más habrá ni eyaculación ni espermatozoides. Aún si lo quisieras, sería imposible que puedas dejar embarazada a una mujer”.

Lo recuerdo palabra por palabra ahora que, dos años después, mi pene y yo somos un par de extraños funcionales. Él necesita de mí para conducir la orina desde adentro hacia afuera del cuerpo y yo requiero de él para vaciar la vejiga.

Aún recuerdo -y nunca lo olvidaré- el shock que significó para mí la noticia de que tenía cáncer a la próstata. Así, con esa sencillez y esa crudeza. Cáncer a la próstata. Cáncer suena a sinónimo de muerte o de peligro de muerte. Y esta tragedia personal había llegado hasta mí.

No creo en castigos ni en sanciones espirituales ni celestiales, pero si existiera el infierno debería ser así: un pantano en el que vas avanzando sin voluntad de hacerlo, pero tampoco con la posibilidad de detenerte, volver y poner fin al peligro.

-¿Y qué puedo hacer, doctor?

Sí, había entrado a un territorio desconocido y ciego. Cada segundo que pasaba sin que el médico me dijera algo era más profundo el pantano en que me hallaba.

Rechazaba de forma tajante la idea, como queriendo que volviera la época en que la principal función de mi pene y de mi cerebro era dar placer a las mujeres y tener la certeza de que ese placer lo daba yo. Siempre fui un machista militante. Qué podía hacer.

Hasta entonces, incluida Diana, había hecho el amor o me había acostado con unas veinte mujeres.

Lo había disfrutado mucho, algunas veces muchísimo, tanto que varias veces confundía la idea de estar enamorado con la de amar a una mujer.

Era esa delgada línea que existe entre el placer y el amor que muchos somos incapaces de frenar y no cruzarla porque el placer y el amor de pareja pudieran llegar a parecerse tanto que en un momento se confundan y luego se vuelvan un nudo que se convertiría en algo complejo, muy difícil de desatar.

Y, entonces, en esa confusión entre el placer y el amor lo más probable es que las dos personas resulten heridas por una contradictoria fusión de vacío y pertenencia.

El médico me habló, finalmente. Habrán pasado unos segundos de reflexión, pero era mi vida la que estaba en análisis.

-Es extraño que alguien de tu edad tenga cáncer de próstata. Por lo general, se trata de un mal congénito, en muchos casos inevitable, pero te ataca a partir de los 60 años.  Son muy extraños los casos de gente como tú, que está en los 40, donde ocurre algo así.

Tenía 46 años y medio y ya me encontraba en un asunto casi relativo a la tercera edad. Yo sabía que papá había muerto por ese cáncer, pero pasados los 80 años, y que un primo hermano también falleció por la misma causa, a los 59 años.

Mi asunto con la próstata fue un descuido imperdonable. Estaba dedicado a fondo a concretar un proyecto de la empresa donde trabajaba y olvidé que cada doce meses me realizaba un ABC completo de todo mi cuerpo.

¿Por qué dejé que eso pasara? ¿Por qué no advertí -a pesar de que me habían avisado del peligro de heredar la enfermedad de los hombres de la familia? ¿Cómo era posible que hubiera olvidado algo tan importante?

Escuchaba al urólogo como si me hablara desde una cueva, con tonos muy cercanos y otros, muy lejanos. Porque, quizás, no quería que me dijera la verdad. Porque todo en mí se rebelaba en contra de una realidad irreparable.

“La prostatitis es una enfermedad que un día empieza a atacar con fuerza, sin descanso. Síntomas que te advierten que, si no te cuidas y vas al médico lo más pronto, empezaba una vida distinta a todo lo que había vivido hasta entonces. Y no habías venido hace un año y medio”.

Sí, era como una voz castigadora, superior, implacable. Y era la ratificación de todo lo que me estaba pasando: deseos frecuentes de orinar y no poder dormir de largo porque debía levantarme e ir al baño cinco, diez, veinte veces, molestias en el abdomen inferior y en el área genital, dolor al orinar, goteo posterior, micciones nocturnas excesivas, retención urinaria, escalofríos y fiebre, ardor interno durante las eyaculaciones.

A pesar de la tristeza, me gustaba recordar la primera vez que fuimos con Diana a visitar al médico. Aún no teníamos idea de lo que me estaba ocurriendo: “Podrías haber contraído una cistisis, que no es nada preocupante o, quizás, se te haya inflamado la próstata, que sí requiere ponerle mucha atención”.

Alguno de los colores de mi vida empezaba a entrar en una zona de peligro. Era como si la pared de la sala espezara a despintarse, de pronto, sin motivo algunos.

Mi intuición me lo decía, pero escuché al urólogo: “La cistisis es la inflamación de la vejiga. La mayoría de las veces, la inflamación es causada por una infección bacteriana y se llama infección urinaria”.

Me había enfermado de cistisis el último año de colegio y pensé que, si era solo eso, si se trataba de algo similar, bastaría con un tratamiento a base de píldoras y de líquidos que debía tomar. No recordaba cuántos días duró aquel episodio, pero, al final, me curé.

Sin embargo, entré en duda. ¿Más de treinta años después volvía la infección? ¿Por qué?

Nada de esto conversé con Diana o con el urólogo. Me hice los exámenes. Tres días después le entregué al médico los resultados de los exámenes. Los vio. No dijo nada. Me miró. Observó el hermoso rostro de María, no supe ese momento si lo hacía por preocupación, tristeza o dificultad para decirme algo escabroso con ella presente. Luego volvió a mirarme. Y hubo un minúsculo silencio de años, de siglos, que empezó a pesar en alguna parte de mi alma, aunque nunca he sabido si la tengo.

El alma. A veces creo que es la distancia entre nuestro interior y la vida cotidiana. A veces es un sólido puente de hormigón entre lo uno y lo otro. A veces un puente colgante. A veces un frágil puente destrozado por una crecida de río, un viento demasiado fuerte o un peso excesivo y extenuante.

Pero son simples analogías. Otras veces pienso en el alma como un pequeñísimo demonio que me conecta o me desconecta de la existencia cuando quiere, muchas veces sin ninguna razón, sin ningún sentido.

Y ahí estaba el alma, licuando su dolor y su historia, procesando su preocupación, estremeciéndomelo todo.

“Mira -empezó despacio-, lo que veo aquí es que no tienes cistisis y que el problema está en la próstata. Déjame hacerte un tacto rectal para analizar. No quiero adelantarme”.

El tacto rectal. Me lo hacía cada año porque en la oficina anterior donde trabajaba nos obligaban a que nos sometiéramos a exámenes completos, de dos días de permanencia en el Hospital Metropolitano, quizás el mejor de Quito, para conocer nuestro estado de salud y, si fuera necesario, ponernos bajo tratamiento y recuperarnos.
No creo que lo hacían porque en aquella empresa sentían aprecio por sus gerentes y directores, sino porque necesitaban que nosotros pusiéramos toda la energía y la vitalidad en la cadena de producción y administración.

Para quienes ya habíamos pasado la barrera de los 40 años (yo tenía 44) era obligatorio el tacto rectal, la ecografía pélvica, la colonoscopia y la endoscopia. Era como desnudarse, quedarse con el esqueleto y las vísceras al aire, dejar que unas personas extrañas analicen milímetro a milímetro, con los equipos más sofisticados,  lo que podrías o no podrías tener, lo que podría faltar o sobrar, lo que empezaba a presentar desperfectos como un automóvil de medio uso o lo que aún no necesitaba ningún tipo de reparación.

Me producía terror la endoscopia, ese tubo que te introducen por la boca y laringe mientras te asfixia y te ahoga y una minúscula cámara de televisión va mostrando la exploración que, según explicaban los técnicos, permite visualizar las zonas de esófago irritadas por el ácido gástrico, su extensión y sus posibles complicaciones.

Lo nuevo, esta vez y ya por mi voluntad y preocupación, era pasar del tacto rectal a la ecografía pélvica, como un paso al vacío: recorrer un túnel que te podía llevar hasta la luz o que, en dirección contraria, era el camino hacia lo más oscuro.

Pablo, el amigo urólogo, me llevó hasta la esquina de su departamento, donde tenía un bar bien surtido, me invitó a tomar un vaso de vodka, insistió en puede ser una prostatitis y que no me preocupara, porque tiene cura con un tratamiento de fármacos.

No le creí. Veía en su mirada urgentes ganas de escapar del momento y no me equivoqué: me recomendó que fuera donde otro especialista para la “segunda opinión” y que, en mi caso, debía ser lo más pronto.

La premura y la necesidad con la que me recomendó que me viera otro médico me invadió de incertidumbre.

Suelo dibujar en mi mente escenarios futuros catastróficos y esta vez lo volví a hacer. Entraba en un pozo. Caía. La vida empezaba a negarme la posibilidad de una existencia amable. Se venían las sombras móviles e infinitas.

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*Rubén Darío Buitrón, quiteño, es poeta, narrador y periodista. Ha trabajado en los más importantes medios de comunicación del país. Es director-fundador de loscronistas.net 

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