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Allá donde el miedo y el peligro son parte del trazado urbano

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No. Quito no está lleno de ellos, pero tiene bastantes. Los suficientes como para desmentir a la proverbial seguridad citadina que se ha forjado a través de sus casi 500 años de historia.

Son los barrios duros. Esos conglomerados sociales llenos de historias de miedo, vértigo y peligro; todas ciertas. Pero, asimismo, repletos de aventuras que salen a flote en la parla cotidiana de los quiteños, siempre exagerados, cada vez que quieren demostrar que son los más templados, aunque muy pocos los hayan visitado de verdad.

Son barriadas a las cuales no se puede ingresar seguro sin un salvoconducto o el acompañamiento de sus capos; y donde una visita se parece mucho a una montaña rusa llena de trampas y vericuetos sombríos.

Son búnkers urbanos que funcionan según sus propias reglas y tienen una cruel historia invisible; con unos anales totalmente ciertos.

Ser un extraño caminando solo por cualquier calle del barrio es como andar con una tarjeta de róbenme o asáltenme grabada en la frente, explica Juan Manuel, un joven obrero que trabaja en una fábrica de Calderón y que vive, por pura necesidad, en la Lucha de los Pobres alta, la más alejada y pobre de este estrato social emplazado en el suroriente de la capital ecuatoriana.

Si es una mujer se complica aún más, casi balbucea el pequeño pero robusto hombre mientras observa con disimulo el entorno inmediato, para asegurarse que no hay ningún soplón. Las violaciones son aquí el pan de cada día, afirma mientras se apresura en cruzar el umbral de una modesta casa de techos de zinc, paredes de bloque sin revoque, un patio de juguete y un perro flaco, cuyos ladridos se parecen mucho a un mal presagio.

Difícil es la vida aquí, confiesa Blanca Augusta, una contundente mujer que trabaja arreglando una casa en Cumbayá. Aunque la mayoría de los 50 000 cristianos (33 459 según el último censo) que vivimos acá somos buenos, honestos y trabajadores, afirma con la suficiencia de una funcionaria del INEC mientras acelera el paso y se pierde por una de las oscuras esquinas del arrabal.

El caso de La Lucha, como se lo conoce vulgarmente, se repite -con sus particularidades y diferencias propias- con barrios de similar densidad y perspectiva como La Ferroviaria, La Forestal, La Nueva Aurora, La Colmena Alta, en el sur; Toctiuco y La Libertad, en el centro; o Atucucho, la Roldós o La Bota, en el norte capitalino.

Casi todos estos recintos urbanos son conocidos en el argot taxístico como los hasta allá no llego, asevera Pablo Aníbal, un dueño de un taxi con 25 años de oficio que reside en El Calzado, al sureste quiteño.

A muchos colegas les han robado, asaltado y golpeado hasta casi matarles cuando realizaban recorridos por alguno de esos barrios, afirma rotundo. Si no hubiera sido por el sistema de comunicación interna que tenemos, varios hubieran marcado calavera, asevera mientras arregla maquinalmente un muñeco del Barcelona colgado del retrovisor de su Aveo y arranca raudamente, en su continua lucha de quemar llanta para ganarse el sustento de cada día.

En este barrio, hasta los militares tienen que entrar con escolta policial, afirma irónico un morenazo con más músculos que La Roca mientras sonríe con una mueca desdeñosa y conmiserativa.

Más parco que un fiscal amenazado, el hombretón solo dice llamarse Jimmy y que llegó a La Bota desde Tumbabiro, un poblado del noroeste imbabureño, mientras camina con flexibilidad y energía -como si estuviera bailando algo en tik tok- y se aleja calle arriba por la ruinosa calzada de la pomposamente bautizada como avenida La Bota, la vía principal de este depauperado y conflictivo suburbio ubicado al nororiente de Quito.

Cuídense, que aquí hasta a los fantasmas les dejan desnudos, es la última admonición del imbabureño.

Robos, arranches, tráfico de estupefacientes, prostitución camuflada y reyertas cotidianas describen de forma ajustada la cotidianidad de muchos de estos barrios. Y todas estas prácticas aumentan exponencialmente en las noches.

Pasadas las siete de la noche, los Dos Puentes se convierte en una verdadera boca de lobo y el peligro acecha en cada esquina, afirma Hugo Balseca, un vecino nacido en esa barriada mientras sus recuerdos se pierden en las décadas de los 60 y 70, “cuando vivir en la Paya, la Miller, la Bahía o la Oleary era un verdadero privilegio. Y más seguro que vivir en una ciudad amurallada”.

Hay dos constantes que parecen hermanas de pecho de la inseguridad en esos suburbios: la migración y la pobreza.

El 67% de los residentes de esos barrios ha migrado del campo y otras ciudades a la capital. El contingente de extranjeros –venezolanos, colombianos y peruanos, principalmente- también es significativo.

Eso ha hecho que Quito se convierta en la ciudad más poblada del país (2 800 000 habitantes) y esté en un crecimiento descontrolado.

La gran mayoría de este contingente migratorio decidió probar suerte en la excarita de Dios porque su terruño era un erial, sin ninguna proyección económica; una tierra enferma, como dice Pueblo Blanco, una de las canciones más celebradas de Serrat.

La tierrita ya no producía nada y tocó bajar a la ciudad a ver si mejoraban las cosas. Pero aquí la cosa está peor, dice Hilda Encarnación Cajilema, una mujer tempranamente avejentada, nacida en Cunchibamba, Tungurahua, y que subsiste vendiendo frutas y verduras en calles aledañas a los mercados, como el Central de Quito.

Hay días que no alcanza ni para poner un fideíto en el perol, afirma la dama, quien apenas tiene 37 años, pero parece una anciana. Una vejez prematura que suma otro factor negativo que inclina su precario equilibrio de vida hacia la miseria: los productos que vende no son propios sino conseguidos a consignación. Y son los traficantes de los alimentos los que ponen el valor final de sus ganancias, que casi siempre son miserables.

Lo mismo pasa con los que venden partes de celulares y otros artículos electrónicos afines, afirma mientras se escabulle raudamente por la calle Flores un hombre gordo y chiquito, dueño de unos ojos saltones que parecían reunir toda la picardía del mundo en cada mirada.

Estas vicisitudes y desembocan en otro problema de difícil solución para estas barriadas populares: la tugurización. Este es un mal urbano que muerde más duro que los perros que casi todos los vecinos tienen para proteger sus, casi siempre, escasas propiedades.

El 70% de los residentes de Toctiuco, Santa Lucía Alta, el barrio León (por poner tres ejemplos al azar) arrienda una vivienda. Muchos dueños de los predios abusan de la coyuntura y hacen pequeñas fortunas para salvarse de su propia miseria.

Por el arriendo de un cuchitril de no más de 3 x 4 metros, con servicios básicos restringidos, como el agua potable, se pagan hasta USD 150 mensuales. Eso hace que muchos necesitados subarrienden, lo que aumenta la precariedad de la vivienda.

Todas estas condicionantes de riesgo elevan la conflictividad de esas zonas. Son barrios de fuego con una cerilla a punto de ser encendida.

El mercado de la droga es uno de estos fósforos. Hay sitios convertidos en hipermercados de la cocaína, la base, la marihuana y hasta drogas de moda como la H.

Al final de la calle Rocafuerte, en el entorno del ex penal García Moreno, en San Roque, la venta es libre. Y lo sabe hasta el vecino más recatado, aunque todos se guardan muy bien en denunciar el ilícito pues saben que su vida está en juego. Y como en Italia o EE.UU. la mafia no perdona, susurra un anónimo y arriesgado vecino mientras pone sus pies en polvorosa a la voz de ya.

Claro, este comercio es mellizo del que se realiza en los sitios donde se enciende la noche, la cultura despega o el romance lanza sus luces de luciérnaga. En la Foch (la zona), La Floresta, La Ronda, San Marcos o San Blas la droga forma parte del menú cotidiano.

Obviamente, la prostitución y la inseguridad son directamente proporcionales a esta demanda de diversión, placer y oropel.

Y aunque por la pandemia del coronavirus estas zonas están paradas, el comercio de la droga no ha disminuido significativamente. Y siempre hay compradores que se arriesgan y vendedores que también se juegan el físico. El comercio de la carne tampoco está ausente, aunque es más clandestino que nunca.

¿Algún otro factor que aumente la el peligro y la desesperanza en esas zonas? Pues…, la falta de resguardo policial y la escasa inversión municipal en el mejoramiento de los equipamientos y otros servicios urbanos necesarios.

Ni el Municipio ni la Policía Nacional tienen dinero para estos menesteres. Y como la informalidad crece a un ritmo mucho más rápido que las finanzas de esas entidades, el panorama tiene visos de volverse más oscuro.

La falta de organización es otro enemigo poderoso de la seguridad ciudadana. Y da pábulo a la aparición de los capos o mandamases.

La idiosincrasia ecuatoriana mete la cuchara hasta el fondo en este asunto. Cada quien mira para su lado, cada familia se cubre con su propia cobija…  Como dice el refrán: cada quien mata su toro. Esta actitud egoísta ayuda a la prevalencia de los seudocaudillos barriales, que se aprovechan en su propio beneficio.

La pandemia no ha puesto sino una frazada de humo sobre todos estos males en estos barrios duros.

El virus aquietó a los más débiles y vulnerables (que igual nunca pudieron hacer cuarentena porque tenían que trabajar para sobrevivir) pero no a los peces gordos y gerifaltes, quienes siguen con su rutina de depredadores, como tigres que probaron carne humana y ya no aceptan otro tipo de presas, explica un periodista que reside en uno de estos arrabales pero exige mantener su identidad en estricto anonimato.

Acá las noches son más frías y opresivas… El miedo siempre está presente y el peligro puede estar esperando en cualquier esquina, susurra en voz quedita y con pesar el hombre, como si rezara.

No obstante, todavía queda espacio para la esperanza. Son senderos, aún sinuosos e inciertos, que están abriendo personas y colectivos con una mente más despierta y una gran vocación de servicio social.

Aún son un puñado de visionarios, pero su número aumenta e ilusiona. Y aunque La Floresta, La Tola Colonial, La Ronda, La Loma Grande o San Marcos no se encasillan en ese grupo de barrios superconflictivos, son una especie de pioneros en esa tarea quijotesca de recuperar el entorno para poder vivir y caminar en paz. Mariana Andrade, Rocío Bastidas, Lenin Campaña, Fabiola Paz y Guido Díaz son algunos botones referenciales.

Guadalupe Panchi y Gabriela Yánez aúnan sus estrategias y le ponen cuerpo a sus sueños en dos barrios duros y pesados: La Colmena y La Ferroviaria. Lo hacen de consuno con otros visionarios como el Colectivo Chakiñán y Los Líderes de la Ferroviaria, respectivamente.

Son pocos ejemplos. Existen otros más, desde luego. Y aunque la cosa está peliaguda en estos momentos, su praxis nos indica que todavía podemos. Que sí hay como.

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*Víctor Vizuete E., escritor y periodista, vive en el valle de Los Chillos. Es integrante de la Mesa de Redacción de loscronistas.net

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