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Coronavirus/ La imposible despedida final

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*Por Viviana Garcés-Vargas

SANTA ELENA.- Tomar “café con roscas”, ir a la tienda a comprar jabas de cerveza y consumirlas en la vereda entre quienes acompañan a los deudos o rezar el rosario, en silencio, mientras a un lado se cuentan anécdotas del finado.

Son los ritos que ya no se pueden cumplir, los actos que debido a la pandemia se quedaron en el llanto y pesar de la soledad.

Los arreglos florales quedan en el olvido, así como la música para reflejar el duelo en las salas de velaciones. La tristeza se la lleva en las oraciones, para quien anteponga su fe y en el mutismo que será una reacción muy común en los familiares. El coronavirus nos mostró su cara más angustiosa, donde la soledad prima por la carencia de abrazos y brilla más por el pésame en redes sociales, teléfono o plataformas digitales.

Docente especializado en historia y geografía, Freddy Avilés, asegura que los egipcios, romanos y griegos, desde la antigüedad, supieron otorgarle un significado especial a la muerte.

El difunto, al momento de partir, suele ir acompañado de objetos y alimentos que hayan tenido un significado simbólico en vida, ya que la muerte es otra forma de vida. Los egipcios momificaban a sus muertos para garantizar que su cuerpo permaneciera íntegro hasta su nuevo destino.

Los griegos depositaban a sus difuntos en necrópolis (lugares donde se encuentran enterrados restos humanos pertenecientes a culturas anteriores a la era cristiana) o, de igual manera, algunas culturas pertenecientes a la costa ecuatoriana como la manteña o huancavilca que sepultaban a sus seres queridos en vasijas donde se agregaban joyas y alimentos y eso determinaba su estado social. A veces eran inhumados junto con algún familiar.

El ser humano ha tenido que ir adaptándose a los cambios en los rituales. En Roma, antes del cristianismo, era común incinerar a los difuntos y desde la década del 60 se permitió hacerlo dentro de la Iglesia Católica, siempre y cuando sea dentro de las creencias de esta religión.

El psicólogo clínico Gabriel Ordoñez asevera que el ser humano es simbólico por naturaleza y necesita darle un significado a todos los eventos que atraviesa en su ciclo vital. Por tanto, no poder expresar su dolor a través de los símbolos propios de nuestra cultura genera que el proceso de duelo se agrave en tiempo y en sentimiento.

Pero en la pandemia, el especialista en salud mental observa que no es culpa nuestra no poder participar en rituales característicos de la pérdida, pero que, hoy por hoy, gracias a las nuevas tecnologías, se puede acompañar de una manera diferente. El proceso normal de un duelo puede durar en seis meses y si no se supera en este periodo hablamos de un duelo patológico que nos puede enfermar. En estos casos se necesita ayuda especializada, que puede incluirse antes, por prevención. El no tener contacto con el ser perdido aumenta significativamente el dolor ya que nos da una sensación de no cumplir, de no despedirse, de no entender que esa persona ya no está.

El psicólogo propone algunos rituales para que la calamidad sanitaria no impida homenajear al ser querido que ha fenecido:

-Recoger las pertenencias, ya sea para guardarlas por un tiempo breve o regalarlas a quien les pueda servir o, en su caso, desecharlas, puesto que ya no habrá quien las use.

-Recoger las fotos y almacenarlas en un álbum, quizá dejar una imagen significativa que les permita hacer la novena. La exposición visual de fotos, nos lleva a recordar hechos y ahondar la pena. Hasta que no se supere el duelo, no es conveniente.

-Escribir una carta de despedida en donde se pueda expresar todo lo que se considera que ha quedado por decir. Al final de la carta se debe procurar perdonar o pedir perdón y terminar agradeciendo la presencia del ser por el tiempo que compartió con su familia.

Carmen Pozo, ama de casa, se vio profundamente afectada por la muerte de su suegro. El 23 de abril, sus lágrimas no la dejaban pronunciar palabra. Se había comunicado con Don Nico días antes de su fallecimiento y se encontraba consternada. Estuvo internado tres días en una clínica privada de Salinas, pero falleció por un infarto. Su esposo habla muy poco y sus cuñados no encuentran consuelo. Uno de ellos fue quien lo acompañó hasta el cementerio por las prohibiciones sanitarias. Tenía 83 años y se encontraba lúcido antes de enfermar. “Nos hemos entregado fervientemente a la oración y sé que con el paso del tiempo, el dolor se irá”.

Patricia, ingeniera de 34 años, luego de un mes de haber despedido a su tío paterno vía Facebook live, reconoce que, en especial para su papá, su homenaje fue bastante triste. “Una pérdida irreparable, fue repentina, pero en estos tiempos de pandemia no podemos darnos el lujo de un duelo largo, tenemos que recordarlo con los momentos más felices cuando nos veíamos. La fe nos mueve en estos momentos, Dios es nuestro único refugio y mucha gente debería comprenderlo”. Tío Viche falleció en casa, antes de llegar a un centro médico en Guayaquil.

¿Pero, cuántos de estos testimonios hemos leído, escuchado o visto? Quizá decenas o cientos. Volvernos empáticos es parte de la solidaridad propia del ser humano. A veces un sentido pésame no es suficiente. Pero la pandemia nos dejó sin palabras, sin abrazos y sin la calidez y los sentimientos de una despedida en un velorio.

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*Viviana Garcés-Vargas es escritora y periodista salinense. Es parte del equipo del portal digital loscronistas.net

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