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Cada pasajero carga su propio cuento en el terminal de Puyo

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*Por Emilia Trujillo León

Piedad tiene 73 años, mide 1.45, nació en Ibarra y presume de su descendencia cuencana. Está casada con Cosme hace sesenta años, un colono, ex conscripto, un hombre como él dice criado con sancocho de carne, morocho y arroz de cebada. Ella recuerda que viajaba con una de sus cuatro hermanas a Quito, desde el Terminal Terrestre, iban a visitar a su madre en el hospital. Esto hace más de cuarenta años. Siempre con equipaje ligero, un par de blusas, ropa interior y medias. El viaje duraba entre siete a ocho horas. Con niños llorando y el sol ardiente en las ventanas. Las tres primeras horas realmente difíciles.

El bus atravesaba por el churo singuna, en la vía Baños, una curva peligrosa donde según los Kichwa habita el espíritu de la muerte. También la conocen como “El Triángulo de las Bermudas” de la Amazonía.  Más cien personas han muerto allí. A pesar de correr este riesgo, Puyo siempre ha sido la única entrada a la Sierra Centro. Los baneños lo llaman La Salida del Paraíso, los extranjeros La Puerta al Yasuní y los de Puyo Ciudad Canela, (marca creada por el alcalde Germán Flores en el 2015).

Muchos dicen que Flores leyó El país de la Canela, del escritor colombiano William Ospina, o revivió en sus sueños a Fray Álvaro Valladares y este le contó sobre el cultivo “emblemático”. La canela representa nada más que el 0,25% de la producción agrícola en la provincia. Pero el nombre está. Cualquiera que llegue a la ciudad puede ver rótulos de bienvenida con este lema.

Piedad cursó la primaria en una escuelita de la Floresta, en Quito. Recuerda que cuando subía la Colón luego de clases, se acentuaban en su cabeza las luces de los postes y le explotaba la jaqueca.

“Llegaba a casa llorando y con la vista nublada, casi desmayando del dolor, me iba cogiendo de las paredes para llegar. Mi papacito me llevó al hospital un día que casi me muero. Era terrible, me daban todos los días batido de naranja con huevo, cuando salí de ahí, mi papá me seguía dando eso disqué para curarme. ¡Qué asco!”.

Su padre era militar y tuvieron que trasladarse con sus ocho hermanos a Puyo, donde conoció a Cosme. Para contar la historia de cómo se conocieron los dos se observan, ella enojada y él con ganas de reír. En esta historia, el solo la escucha.

“Aquí no había agua ni baños: De cagar en un servicio higiénico, llegamos a cagar en un hueco. Teníamos que ir a cogerla de un pozo frente a nuestra casa. Iban algunos guambras a molestarnos, uno de esos él. Así que ahí le conocí: en un pozo de agua. Mi mamá no quería saber nada, no me dejaba salir, me daba duro, fue un amor imposible, hasta que cumplí 19 años y me casé.

El Terminal “Ciudad de Puyo”, quedaba frente al Mercado Mariscal, en pleno centro. Y operaba una sola cooperativa (la Pastaza). Durante la alcaldía de Rafael Sancho en el 79, luego de la dictadura militar, se construyó su nueva infraestructura. Ahora está ubicado en la Avenida Monseñor Alberto Zambrano, a unos dos kilómetros del Redondel del Artesano. Todo está muy cerca, para llegar desde cualquier barrio, los taxistas cobran entre $1,25 y $2.00.

En el ingreso al Terminal hay cajeros de cooperativas, servicio de encomiendas, taxis y 12 confiterías. En una de estas trabaja Martha desde hace 13 años, hoy tiene 32 y una hija de 14. Los viernes y domingos le faltan manos para vender. Los viernes la gente llega a la ciudad y los domingos se va. La mayoría son estudiantes y servidores públicos.

“Hemos estado ubicados en varios lugares, antes de que remodelaran estábamos en las afueras, luego junto al Terminal y hace como cinco años estamos en el ingreso y en buenas condiciones”.

Martha vende aguas, dulces, chochos con tostado, snacks y yogurth. La confitería Shirley (nombre de su hija) hace turno de madrugada una vez cada 11 días.

Lo más grave que ha pasado aquí es cuando un hombre antes de subirse al bus le dio un paro cardíaco. Antes llegaban los borrachos porque vendíamos licores, pero cada administración cambia las normas. Aunque es mejor así, porque la gente alcohólica se va y así estamos tranquilos. Lo que no faltan son las peleas. Los controladores discuten mucho por ganar pasajeros. Los buses salen flechados para ganar a la gente en la ruta, eso es peligrosísimo, matan perros o niños. A ellos no les importa.

Comprar los boletos para viajar es encontrarse a más de diez hombres ofreciendo transporte, vestidos de pantalón, camisa de tela y corbata, zapatos negros llenos de polvo. En sus manos llevan billetes doblados, las monedas les suenan en sus bolsillos cuando caminan y la humedad de la ciudad se exterioriza en sus rostros. El Terminal de Puyo no huele a aceite para empanadas con café, como el aroma de los terminales de la Sierra. Recuerdo cuando viajé a Cuenca, puedo percibir ese olor a café pasado. Acá huele a aromatizante artificial, ese que se te introduce hasta el cerebro y te provoca dolor de cabeza. De las 12 cooperativas de transporte casi todas viajan a Quito, Ambato y Riobamba, ciudades cercanas a Puyo, para hacer compras, estudiar o visitar un médico.

La sala de espera tiene 45 sillas, las ventanas tienen marcas de manos y el piso siempre está limpio. El panorama cambia con la hora del viaje. En las afueras hay remolques que venden pinchos de carne y papas fritas, sus clientes fieles son los borrachos que buscan regresar a casa. Es muy fácil encontrar un taxi en el terminal.

Wilfrido Bravo es de Babahoyo. Trabaja hace dos años como mesero en el restaurante Don Omar. Su turno es desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana. Allí vende encebollados, guatita y caldos de bagre desde hace más de diez años. Wilfrido dice que la hora pico es a la medianoche, todos los días.

Visité el local a las tres de la mañana. Los vidrios sobre las mesas están marcados por el trapo con detergente. Hay platos sucios con restos de arroz y yuca. Wilfrido se apresura a recoger los restos de comida y atender a la gente que sigue llegando. La mayoría son borrachitos. Pero muchos son pasajeros o gente que vive cerca de allí.

“A los que conozco les cobro luego de que coman, pero a los que no, se les cobra anticipado. Porque a veces quieren pasarse de vivos, comen y se van”.

A esas horas, y más cuando es viernes o sábado, llegan chicas en tacones con aliento a cerveza, autos escandalosos que se parquean frente al restaurante, viajeros hambrientos y somnolientos, algo aturdidos por la bulla. Es un contraste de ánimos. Los primeros siguen de fiesta y los otros solo quieren llegar a su cama o al asiento del bus. El plato favorito de los borrachos es el caldo de bagre.

“Entre semana, la gente del Puyo viene a comer, los que viaja vienen a desayunar. El restaurante está abierto las 24 horas del día, solo cerramos el lunes”.

Todo lo que pasa en Puyo es de conocimiento público. En una ciudad de al menos 35 mil habitantes se puede saber rápidamente si algún vecino golpeó a su esposa, si hubo un niño ahogado en el río, si alguien murió por derrame cerebral, sobre todo si alguien fue asesinado.

De las violaciones a mujeres no se habla mucho, puede ser que las estadísticas no sean importantes en comparación a las cincuenta denuncias diarias en todo el Ecuador. En Pastaza se registran entre 40 y 50 cada trimestre del año.

El 15 junio del 2019, todos en el Terminal murmuraban sobre lo que había ocurrido en la madrugada. Una joven de 16 años llegaba desde Macas, cuando todos los pasajeros bajaron, el controlador la detuvo mientras el chofer se apresuraba a cerrar las puertas. Fue violentada sexualmente por los dos hombres. La noticia fue olvidada pronto, algunos medios la contaron como un evento casual, como el robo a algún almacén. Al parecer nadie exigió justicia.

La gente no viaja mucho entre semana, los lunes, los buses van casi vacíos. Por eso se detienen en cada pueblo cercano a ver si lo llenan. En Baños, que está a una hora y media de Puyo, siempre hay turistas, se quedan en Ambato o Quito. Los que van a la Costa prefieren viajar a la madrugada. Y los que quieren ir al Tena o Macas, que están entre 70 y 100 kilómetros de distancia, casi ni entran al terminal, toman los buses en las vías.

El chofer de la cooperativa San Francisco, Don Víctor, es un militar retirado, tiene dos hijas y cinco nietos. Compró el bus con el dinero de la jubilación y ahora el mismo lo maneja. Su ayudante, Christian, un joven de 21 años. Víctor lo mira antes de asegurar algo, sabe que Christian conoce su picardía y podría hacerle quedar mal.

Los fines de semana llegan muchos estudiantes. Dice que es muy gracioso porque los muchachos se bajan desesperados. Seguro llegan con hambre, toda la semana comiendo atún con fideo.  No hay nada como la comida de mamita. Ríe y continúa. – Con las justas avanzan a pagar el pasaje.

Él conoce todas las rutas alternas para llegar a los destinos finales, sabe que cuando hay derrumbes en la vía a Baños podría irse a Quito por el Tena, pero si hay procesión por Semana Santa deberán tomar la ruta de Patate.

A Macas, Cuenca o Lago Agrio casi no pasa nada, en serio, cuando viajan a Quito o Ambato hasta medio se conoce a la gente, esas rutas largas o vienen gringos, petroleros o gente mal encarada. Y cuando se suben borrachos, le vemos la pinta, es que si, con tal que paguen el pasaje y no hagan relajo, nosotros le llevamos. A la final la gente si quiere ir cómoda, que se compre carro o pague taxi.

Christian se ríe y mueve la cabeza. Está pendiente de todo, de la gente que va subiendo al bus, del equipaje. Es ágil y no para de gritar ¡A Quito!, ¡Baños!, ¡Ambato! Conoce a Don Víctor desde que era un niño, era su vecino y siempre han estado en contacto. Vive con sus abuelos, su madre está España con otra familia y no conoce a su padre. Estudió un semestre de Derecho en la Universidad Autónoma de los Andes (Uniandes), pero la dejó, no explica sus motivos.

A mí siempre me ha gustado viajar y andar por todo lado, además Don Víctor es como mi papá. En Navidad, estuve en su casa y a veces cuando tenemos libre le ayudo a cortar la yerba de la casa y me paga. Mis abuelitos son mi vida, pero me quieren controlar, por eso casi no paso en la casa. Ya que tenga más plata, capaz me voy a vivir solo; igual mi mamá les manda un mensual.

Hace más de una década, el Terminal Ciudad de Puyo estaba abandonado y viejo, la gente solo llegaba, compraba sus boletos y se subía al bus. No había sitios para comer ni borrachos. Ahora, detrás del Terminal está el Parque Acuático. A partir de la inauguración de este, el sector se volvió comercial. La gente de Puyo dice que las personas que llegan allá son el “mal turismo”.

Solo llegan, se bañan y traen su comida. Tiene que verles a los de anaco comiendo en los carros. Traen arroz, papas y pollo. No van ni a visitar el centro ni otros lugares turístico

Ella es Clemencia, vive en el Barrio Libertad, a donde pertenece el Terminal. Dice que el Parque Acuático es muy lindo y bien hecho, pero no es lo que esperaban sus vecinos. Ahora hay escándalos, pandilleros y ladrones. Clemencia vive sola, su primer hijo murió con cáncer y su segunda hija vive en Ambato. Todos nacieron allá, pero su exesposo es puyense. Se quedó con la casa construida durante el matrimonio desde que sus hijos eran adolescentes. Es divorciada. Cada vez que habla frunce el ceño y se queja.

“Una no puede dormir tranquila los fines de semana, ahora hay karaokes, bares de mala muerte”.

Clemencia casi no viaja, su hija la visita una vez al mes.

“Sí, me ha tocado ir en bus a Ambato, pero siempre compro dos asientos para ir cómoda, como sufro de la espalda pues que pague la plata y no el cuerpo”.

Ahora todo está remodelado, las veredas, el ingreso, las ventanillas de las cooperativas, los baños. Muchos usuarios aún llevan su ropa en cartones, todavía compran su comida en tarrina y comen en el bus. Los controladores siguen vistiendo igual y lo que pasa alrededor sigue fastidiando a Clemencia. Muchos somos como ella, nos molesta el olor a la pobreza, el hambre ajena y la incomodidad de nuestra condición de clase media. Es que en el terminal se observan muchas cosas, es el espejo de la ciudad, allí no entran ni alcaldes ni prefectos ni asambleístas, a menos que sea para algún evento masivo.

Por el terminal de Puyo han pasado estudiantes de la universidad San Pancho, contratistas y banqueros. Los primeros porque el gran prestigio social llega si tus papás pueden pagar esa universidad, pero el viaje en bus es inevitable, el hambre también. Los contratistas, porque viajan a Quito o Guayaquil a traer sus nuevos autos comprados con el anticipo de las obras y los últimos porque podrían ser candidatos y quieren mostrarse humildes y populares.

Piedad casi no viaja en bus por su jaqueca, se le acentúa más y cuando lo hace debe suplicar el asiento detrás del chofer:

“Así puedo ver el paisaje y no me mareo”.

En Puyo, donde nadie puede saber qué día hará mucho sol o caerá mucha lluvia, ocurren a diario un sinfín de historias si las observas desde el asiento de un bus. Cada pasajero carga su propio cuento.

_______________

*Emilia Trujillo León, periodista, escritora y cinéfila, nació y vive en Puyo, una de las ciudades más bellas de la amazonia ecuatoriana. Es integrante del grupo loscronistas.net y publica sus historias en esta revista digital.

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Comments (2)

  1. Hans Meza

    15 May 2020

    Espectacular, recorrí varios lugares en mi cabeza, algunos que hasta había olvidado. Creo que cada uno tiene su propia historia de lo vivido, pero todos compartimos el sentir de Puyo como nuestra casa grande a la que siempre queremos regresar.

    • Los Cronistas

      15 May 2020

      Muchas gracias por tu comentario, Hans.

      Saludos,
      Rubén Darío Buitrón
      Director
      loscronistas.net

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