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Por Lucas Bertellotti

“Siempre hay algo shockeante en verlo otra vez. No en vivo desde la televisión sino parado frente a vos, luciendo como nunca. Entonces, el atleta más grande del mundo está en peligro de ser el hombre más hermoso. Si Ali nunca abriera la boca, igual inspiraría tanto amor como odio. Porque él es el Príncipe del Cielo, así lo dice el silencio alrededor de su cuerpo cuando luce reluciente”.

Norman Mailer sabía a la perfección que lo mejor para esa calurosa y densa noche de Kinshasa, Zaire, era comer algo liviano y descansar en su cómoda habitación del hotel Intercontinental.

Pero el instinto aventurero y el desafío permanente a sus propias posibilidades lo lanzaron a una serie de banquetes exagerados e innecesarios con algunos periodistas o personajes del mundillo del boxeo. Comió bife, pescado, puré de papa. Tomó whiskey y ron.

También fumó y pasó algún rato en el casino, donde perdió bastante plata. Cuando llegó a su cuarto, se sintió mareado.

En un rato debía encontrarse con Muhammad Ali en su campamento de entrenamiento de Nsele, a unos 20 minutos en auto de la ciudad. Por la tarde, durante uno de sus tantos irónicos y juguetones diálogos, el boxeador invitó al escritor a compartir con él el primer turno de ejercicios físicos del día. El horario de reunión era a las 3 de la madrugada, el momento exacto en el que cuatro días más tarde se daría una de las peleas más grandes de la historia del boxeo, Ali-Foreman.

Lo que probablemente haya atraído tanto a Ali de Mailer era su ego, que flotaba alrededor de él como si fuera parte de su cuerpo, imposible de quitar o disimular. Quizás se veía reflejado en ese aspecto.

Esa relación, no de amistad pero sí de admiración, no de agobio pero sí de cortos pero buenos momentos, produjo una rotura de barreras en el estilo de Mailer.

En The Fight, crónica que pinta el detrás de escena de The Rumble in the Jungle, su prosa parece flotar como una mariposa y picar como una abeja.

Mailer sabe que es soberbio y arrogante. Y lo asume. Por momentos, se incluye como un personaje más dentro de la crónica.

Pero no se conforma con eso. También le gusta publicar lo que los protagonistas piensan de él: “Un hombre de sabiduría”, dijo Ali. “El campeón entre los escritores”, alegó Foreman. “Un genio”, exageró Don King. A él no le importa. Le dedica un párrafo a los críticos para aclarar que se quiere a sí mismo y que es importante en la historia. No hay vueltas.

Su escritura no tiene inhibiciones. Mailer no tiene miedo de volar. Así describe la caída de Foreman en el octavo round: “Los brazos de Foreman volaron hacia los costados como un hombre que salta con un paracaídas desde un avión, y en esta posición trató de no caer al centro del ring. En todo ese tiempo, sus ojos estuvieron en los de Ali. Miró sin furia como si Ali, claro, fuera el hombre que reconocía como el mejor del mundo y lo viera en sus días finales. Cayó al piso como un hombre de dos metros y 60 años que acaba de escuchar trágicas noticias”.

Días antes del combate, Mailer estaba fascinado por la excusa que Foreman le dio para no saludarlo. “Perdón por no darle la mano, pero, como verá, las tengo en mis bolsillos”, le dijo el por aquel entonces campeón mundial y favorito para la pelea.

Al escritor le pareció un detalle especialmente fascinante: “Las manos eran sus instrumentos y las mantuvo en sus bolsillos de la misma forma en que un cazador hace descansar su rifle en su estuche”.

Por sus contactos y presencia, logró ingresar al vestuario de Ali previo a la pelea. Era un vestuario perdedor, no había espíritu. Los únicos gritos eran los del propio boxeador, mientras deslizaba los pies hacia un lado y otro y tiraba algún jab al aire: “No hay nada que temer. Sólo un día más en la dramática vida de Muhammad Ali”.

El único que acompañaba con aplausos era Roy Williams, uno de sus sparrings que todavía masticaba bronca por la suspensión de su combate ante Henry Clark por un retraso en la programación.

Bundini, su histórico asistente, no le seguía el juego. Estaba enojado porque había descartado la bata que le había preparado con los colores de Zaire. “Un campeón del mundo debe tener la oportunidad de elegir qué ropa usar. Y ésta que traje yo es mucho más linda”, le dijo Ali.

Mezclados en esas secuencias con tiempo justo y habilidad, Mailer aporta algunas anécdotas que enriquecen la crónica.

Preocupado por la delincuencia que podría florecer con la llegada de turistas para la pelea, el presidente de Zaire, Mobutu, ordenó la detención de 300 reconocidos ladrones. Los retuvieron en el subsuelo del mismo estadio donde sería la pelea.

La policía acribilló a 50 del grupo y liberó a los otros 250, que se encargaron de dar a conocer la historia. Por una semana, Zaire fue el país más seguro del mundo.

Joyce Carol Oates escribía sobre el boxeo como una especie de lucha de gladiadores en la que todo lo que pasaba era digno de ser contado por su especial salvajismo.

Julio Cortázar entendía al deporte como un verdadero arte.

Mailer era distinto. Como Hemingway, lo llevaba en la sangre.

Probablemente ambos le hubieran regalado su obra al diablo por un físico digno y una técnica depurada como para convertirse en profesionales.

Por eso, no solo sabe sino que encuentra las palabras justas para contarlo. Detalla la manera en la que Ali elegía a sus sparrings previamente a la pelea.

No se trataba de una elección azarosa, sino de un plan meticuloso y estratégico. En su preparación, creía que lo mejor no era medirse ante un rival con características similares a su futuro adversario.

Para enfrentarse a Foreman guanteaba con Larry Holmes (que años más tarde sería el que le diera el empujón final a Ali) para aguantar los golpes.

Hacer de la tolerancia al dolor una virtud. Con Eddie “Bossman” Jones, de un tamaño similar a él, apoyaba la espalda en las cuerdas y no se movía. Cada tanto tiraba un contraataque, pero su intención no era pegar.

Atrapado en las cuerdas como en una telaraña, estudiaba las mejores formas de esquivar, recibir y lanzar. Por último, con Roy Williams se ejercitaba en la lucha libre. Cómo usar sus brazos para descansar. Depositar la cabeza entre los hombros del rival sin sentir peligro. Desgastar.

Comenta con un tono alegre el detalle de que Angelo Dundee, eterno entrenador de Ali, desajustara las cuerdas del ring antes de que Foreman apareciera en escena, sin levantar la mirada.

Lo hace para que su boxeador pueda moverse con más soltura en ese sector del cuadrilátero, donde sacará a relucir su estrategia. Describe a la pelea como una partida de ajedrez, en la que Ali sólo se moverá al centro del tablero para asestar el golpe final.

Pero lo divertido, si se entiende que Mailer no es tan buen escritor como Ali boxeador, se trata de la exhibición y la lucha constante por demostrar. En la jungla, ahí donde se dio una de las mejores peleas de la historia, no faltaron los egos, una de las palabras favoritas del viejo Norman:

“Ego es la gran palabra del siglo 20. Si hay una sola palabra que nuestro siglo (XX) ha agregado a la potencialidad del lenguaje, es ego.

Todo lo que hicimos en este siglo, desde monumentales festines hasta pesadillas de destrucciones humanas, ha sido en función de ese extraordinario estado de la psiquis que nos da la autoridad de declarar que estamos seguros de nosotros mismos cuando en realidad no lo estamos”.

“No creo que pueda lograrlo”.

Después de correr unos cinco kilómetros, Mailer estaba vencido. Las piernas no le respondían. El estómago era una fiesta no esperada de fuegos artificiales.

El aire parecía desaparecido. Los excesos se presentaban y no lo dejaban avanzar hasta no cobrar la cuenta.

“No te preocupes, Norm. Voy a acelerar y nos encontramos en un rato”, contestó Ali mientras se deslizaba sin demasiado esfuerzo. Aunque probablemente haya sido un momento algo humillante y de derrota, Mailer, que en esa época tenía 51 años y había escrito Los ejércitos de la noche, libro con el que ganó el Pulitzer, y Los desnudos y los muertos, ya había conseguido su victoria: una historia muy particular con uno de los personajes que más lo fascinaban.

En The Fight, el lector percibirá que Mailer puede ser derribado pero nunca noqueado.

Como Ali, es de esos tipos que nunca pierden.

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