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Por Rubén Darío Buitrón*

Su voz se quiebra pero se vuelve luz. Luz de humo, luz de montañas, luz de vientos poderosos que han vuelto a sembrar la tierra.

Detrás del humo, en el humo, en la luz del humo está Jorge Enrique Adoum.

Detrás están el poeta, el filósofo, el político, el militante, el exiliado, el guerrero de la metáfora, el amante del cigarro y el vodka y las mujeres y los libros y la ciudad, esta ciudad que él no cambia ni siquiera por París, esa ciudad donde quiere morir cuando los años le digan que ha llegado el momento de apartarse de las huellas porque estas ya han calado en la historia personal y colectiva.

Siempre. Ahora. Mañana.

Aunque el peso de sus 82 años lo haya convertido en un ser frágil, tierno, de decires lentos y pausados, pero resplandecientes e iluminadores.

“Soy cáncer, obviamente”, dice sonriendo. Nació un 29 de junio. Está enfermo pero no pierde su chispa, su vitalidad, su memoria para recordar que el poeta español Rafael Alberti le dijo un día que cuando llegue a octogenario empiece a contar los años al revés hasta que la juventud regrese y, entonces sí, morir en plenitud.

Nada de viejito, bisabuelo o anciano. Simplemente Jorge Enrique. Aquel Jorge Enrique que no deja de leer, por ejemplo, las novelas ‘La hermana’ y ‘La sombra del viento’, que lee ‘Las costumbres de los ecuatorianos’ (Osvaldo Hurtado), que lee ‘El invitado’ (Carlos Arcos), que lee tres o cuatro libros al mismo tiempo porque “el tiempo está para eso mismo”.

No deja de ser crítico. Rompe lanzas contra los medios de comunicación que manejan un discurso “anti” y que están llenos de prejuicios. Golpea con sus conceptos a los viejos políticos que han sido “nefastos para el país”.

Confía en el actual Presidente, de quien no le asombra, dice, que sea “tan atacado, porque es lógico que quien promete cambios radicales sea blanco de los conservadores radicales”.

La transformación del país llegará por una élite, afirma siguiendo con sus ojos la trayectoria de la voluta de humo del cigarro. “Pero debe ser una élite honesta, lúcida, valiente…”.

Con Adoum hay muchos temas de que hablar. Muchos.

Pero esta tarde la lluvia golpea los vidrios de los ventanales del departamento en los altos del edificio Torres de la Colón, donde el poeta vive con Nicole, su esposa francesa, donde la ciudad de pronto se pone gris, triste, melancólica, donde la ciudad se abraza a sí misma para que el frío no la mate.

Y ahora tenemos que hablar de la ciudad que el poeta tanto ama aunque haya nacido en Ambato, aunque haya vivido en París más de 20 años.

La palabra ‘Quito’ lo llena de intensidades, guitarras, madrugadas, amores clandestinos arrimados contra un portal o bajo un balcón.

Lo llena de irreverencias y conspiraciones y proclamas y esperanzas.

Lo llena de certezas porque es la ciudad donde siempre ha querido vivir y quiere morir.

Le gusta la gente quiteña, la geografía, las atmósferas de los rincones coloniales, las esquinas por donde tantas ocasiones pasó, se quedó, cantó, se tomó un trago, compuso un verso, abrazó a una chiquilla, contempló la luna, respiró el primer sol de los amaneceres traviesos.

Le gusta que los quiteños se sientan quiteños en medio de la desazón de ser ecuatorianos, de no tener un sentido de nación, de negar inconscientemente a la patria por su extraño e impreciso nombre de Ecuador que, al final, significa nada y todo.

Valora profundamente que exista un orgullo de ser quiteño. Ser quiteño en la mitad de un generalizado y patético sentimiento de inferioridad que se expresa en cosas sencillas y al mismo tiempo conmovedoras.

Gesticula y explica cómo los ecuatorianos estrechamos la mano del ser superior, casi temblando y casi temerosos, cómo nos agachamos ante el extranjero, cómo damos rodeos para decir sí o no, cómo bajamos la mirada cuando alguien nos conmina o desafía.

Y cómo, cuando intentamos sacarnos la camisa de ese complejo, nos volvemos agresivos, arrogantes, violentos. No, nada de eso es ser quiteño. O no debería ser una condición del nacido en esta tierra.

No debieran ser quiteños el burócrata prepotente, la secretaria de la oficina poderosa, el alevoso chofer de bus…

En todo eso hay una esencia: no aceptarnos como somos, no aceptarnos mestizos, venidos de españoles, pero también de indios, cholos, negros, mulatos…

Hay una riqueza notable y maravillosa en esa mezcla, en esos rasgos, y, sin embargo, no somos capaces de encontrar motivos para que el orgullo y la identidad nos den la dignidad.

Adoum recuerda que los conquistadores españoles ya miraban a Quito con preocupación, con recelo. En aquellos años eran pocos los nacidos en la ciudad y, sin embargo, esos pocos hacían temblar al imperio.

La Iglesia y el poder realista dejaron muchos documentos donde consta que esta “es una ciudad peligrosa por intelectual, beligerante, irreverente, rebelde, altiva, imposible de someter”.

Al poeta le parece que somos un pueblo mágico, misterioso, insondable: “Cualesquiera diría que los quiteños somos tolerantes, tímidos, agachados, pero de pronto estallamos, de pronto somos la luz del devenir”.

En ese devenir recuerda el 2 de Agosto, el 10 de Agosto, el 24 de Mayo, la revolución de las alcabalas, la revolución juliana, la revolución liberal, el derrocamiento de Arroyo del Río, las caídas de Velasco Ibarra…

“En la universidad teníamos ideales, teníamos coraje, teníamos caminos trazados para ir por la transformación”.

Y, ¿ahora? No lo sabe, no está seguro. Percibe e intuye que la juventud actual tiene otra manera de asumir su rol en la vida.

Estudiar, graduarse, salir de la universidad, encontrar un empleo, no pensar en los demás, no aportar a los cambios urgentes que demanda un país…

Pero percibe e intuye que puede estar equivocado cuando repasa la última década y las caídas de Abdalá Bucaram, de Jamil Mahuad, de Lucio Gutiérrez. El surgimiento del movimiento de los forajidos, el triunfo de Rafael Correa.

Es como si la revolución que él soñó, cantó y configuró en sus largos insomnios y escondidos miedos, aún fuera posible, aún fuera un argumento para seguir viviendo hasta que algo distinto empiece a navegar entre la gente.

Orgulloso de eso. De un Quito valiente, digno, un Quito de mujeres inteligentes y sutilmente sensuales, de un Quito de pasillos y serenatas, de cuerdas y rondadores, de versos y sinfonías, bohemias y clarinadas.

¿Romántico? ¿Cursi? No creo, refuta Adoum. “Los quiteños tenemos muchas razones para mirar al mundo con la cabeza en alto. Tenemos grandes poetas, maravillosos novelistas, poderosos muralistas, conmovedores artistas plásticos, exquisitos artesanos, notables pensadores, heroicos líderes populares”.

El poeta se lleva el cigarro a la boca. Despacio, con la mano temblorosa. Deja un espacio para exorcizar sus males. Me mira y permanece en silencio.

“No recuerdo de qué estábamos hablando”, susurra como avergonzado, como abochornado, pero susurra y también sonríe como si eso no importara, como si Quito no fuera un tema para una entrevista formal donde la pregunta y la respuesta, el viejo formato, lo resuelven todo.

No, no importa. Hay que dejarlo poemizar la vida, pintar la ciudad con sus palabras estremecedoras y contundentes, describir los detalles de los conventos y las iglesias, caminar los parques y las plazas, tocar con sus manos los monumentos, subir al Panecillo o al Itchimbía o a La Tola o a San Juan, recordar con exactitud las dimensiones físicas y legendarias del tranvía o del Teatro Sucre, escuchar su aguda crítica contra quienes no transitan por la propia historia de La Mariscal o El Placer o La Carolina, reunirse en la Lonchería Italiana o en el Capri o en el murcielagario de La Ronda contra quienes miran afuera en busca de una identidad .

Tampoco importa que en la mitad de la conversación llegue el médico, un poeta maravilloso llamado Eduardo Villacís Mey- thaler, y que Nicole nos pida con suavidad y delicadeza hacer una pausa para que el médico pueda chequear a Jorge Enrique, para que este hombre aparentemente invencible, aparentemente invulnerable, se pruebe a sí mismo que sigue vivo, y que desde esta vida que nos contagia cuando regresa del chequeo y se sienta despacio y vuelve a encender el cigarro y disfruta el placer del humo denso que sube y se expande y difumina y disuelve en el ambiente donde hila frases, conceptos, ideas, planteamientos y propuestas alrededor de este amor confeso por una ciudad que emana luz y oscuridad, leyendas y paisajes, momentos humanos irrepetibles en otra geografía, en cualquier otra geografía que Adoum ha recorrido con sus pasos y sus versos.

Por eso quiere que lo entierren como a sus antepasados, en una vasija de barro donde el amor pueda multiplicarse, donde el futuro sea el fulgor de un pasado capaz de juntar, para siempre, las cenizas de Oswaldo Guayasamín, Jorge Carrera Andrade, César Dávila Andrade, Eduardo Kingman, Alfredo Pareja Diezcanseco, Luis Alberto Valencia, Benjamín Carrión, Ernesto Albán Mosquera.

Por todo eso su voz se quiebra, pero se vuelve luz.

Detrás del humo, en el humo, en la luz del humo se queda Jorge Enrique Adoum.

Se queda el poeta, filósofo, político, militante, exiliado, guerrero de la metáfora, amante del cigarro y el vodka y las mujeres y los libros y la ciudad, esta ciudad donde el poeta quiere morir cuando los años le digan que ha llegado el momento de apartarse para siempre de las huellas.

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*Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y director-fundador del portal digital loscronistas.org

Este perfil de Jorge Enrique Adoum lo publicó en diario El Comercio tres meses antes de su muerte en julio de 2009.

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