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Death and lovely (canción de Tom Waits)

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Por Tatiana Mendoza*

El mundo está dividido en dos grupos: santos y mártires. Decidí ser ninguno de los dos.

Vivir en el sur de Guayaquil es habitar en el infierno de una ciudad que de por sí ya es detestable.  Busco un escape, provocarme que la herida borre las otras más profundas, ésta es la marca del habitante del manglar.

Francisco y sus cuarenta vueltas al sol caminaban por la casa de mi tía, con Emelec y Vilma Palma en su boca. Era su recurrencia. Cuando bajé a la sala sus ojos se clavaron en mis tetas.

Ese domingo Barcelona había ganado, así que mi blusa tenía el escudo, sin nada que sostuviera mis jóvenes senos. Jugar a la mirada seductora es la piel que quiere estallar cuando la mierda en el camino se acumula. Entonces prefieres escapar dañándote sin dañar.

-Lo único malo que usted tiene es que es barcelonista-, fueron las primeras palabras de Francisco.

-Puede ser-, contesté.

Marzo no es un buen mes para la ciudad. Llueve y hay grillos, llueve y esperas sobrevivir a una inundación, llueve, pero no es el cielo.

Ilusionarse nunca es un buen plan, pero yo era la otra de un tipo con novia. Me esperaba todos los días en el parque lineal para tocarnos, sin que el guardia se dé cuenta de sus manos empapadas de mi catarata del Niágara, que sus dedos huelen a fornicación porque aún creo en Dios.

Francisco llegó el sábado a la casa con bielas. La casa estaba sola. Éramos el Zhumir y yo. Éramos.

-Tatiana, traje Club, conversemos un rato y ponte rock latino.

– ¿Algo más?, pregunté.

Seescuchaba algo de Soda Stereo, la maldita manera de poner una banda sonora para cada momento, pero ni Cerati pudo ayudarme a bajar la tensión.

Francisco parloteaba su tristeza de hombre casado con esposa viviendo en otro país. Freud me dio una cachetada cuando la insinuación de nuestras edades le recordó a José José. Mi vagina deseaba compañía, pero no había peor duda que la de saber si este tipo era bueno en la cama.

Un soliloquio en mi cabeza y Francisco me besó. Un beso que decía “no he cogido en meses” y mi resistencia sacó al hombrecito machito. No había más que decir frente a mi “ándate”.

De nuevo soy la otra. Contesta mi llamada y no puede. Es sábado, está con Marcela. Debo entender y seguir el manual de la infidelidad. Malditas reglas que confunden mientras me coge de vez en cuando. El diablo es un señor que nunca falla.

Llamada:

-Francisco, ¿puedo verte esta noche?

– ¿Cómo así ahora me quieres ver?

-Tengo ganas.

-Me voy a estacionar a las 8 pm en la esquina. Ahí te veré.

Siempre fui una puta de las que no cobran. El vestido negro acentuaba mis tetas y paraba mi frágil trasero. El vestido verde sonaba a hippie. El color negro era mi mejor opción y el alma que ese día regalaría daría satisfacción a lo que ya estaba por explotar.

Terminé de beber el Zhumir. Hice un soliloquio con mi vagina y le rogué que calmara la agonía que trae la lujuria disfrazada de vacío.

Su auto olía delicioso. Mis piernas desnudas se abrieron un poco, no llevaba calzón y deseaba que mi aroma le llegara a su rostro.

Colocó la mano al volante y la otra en mi pierna. Sus dedos se deslizaban, jugaban al control y yo las abría lentamente para cerrarlas de un solo. Francisco estaba rojo, mi vagina hinchada.

Llegamos al lugar. Frente al Mall del Sur hay bares para meter a las amantes, pero si ya estaba jugando a eso, yo tenía que hacerlo bien. La mesa se llenó de bielas y Francisco estaba feliz.

Se puede ser Agrado (como el personaje de Almodóvar) mientras el corazón es una radio con una sola emisora entonando todo tiempo a Gilbert O’ Sullivan y con la vagina soy un acorde de INXS. Se puede. Todo se puede.

Francisco se sentó a mi lado y me besó. Después de la quinta biela ya nada importaba. Cogí sus dedos y me los introduje en mi vagina, caliente y húmeda. Empezó a moverla duro, empujaba uno de sus dedos para que mi clítoris despertara. Lo hizo. Y su verga tuvo un encuentro con Cristo.

Moteles Éxtasis estaba cerca. Estacionó el carro y entramos a la habitación. Antes de desnudarnos me dio la homilía del uso de preservativo para evitar enfermedades y embarazo. Mala introducción.

Vi su verga, colocó el condón y me abrió a la letanía del sexo sin amor, de líquidos expulsados y vagina esclava. En segundos pasé a montarlo. Lo hacía duro pensando en que era su Lolita, ese fue mi afrodisíaco de la noche. No recuerdo más.

Tres de la mañana y la calle 25 de julio estaba oscura. Un travesti le practica sexo oral a un hombre. Desde la ventana del carro veo su lengua, le lame todo. Francisco menciona algo, cierro los ojos.

Estoy en la ducha. Esta vez la banda sonora la toca Tom Waits y un mensaje de Francisco me dice que fue una noche espectacular.

Si no soy mártir ni santa, solo me queda el papel de puta.

_____________

*Tatiana Mendoza, escritora manabita, integra el equipo de loscronistas.org

 

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