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Víctor Vizuete Espinosa*

Ninguno… Nadie puede presumir de ser quiteño de cepa si no ha visitado, al menos una vez en su vida, el Café Popular. Es que tomar una tácita de humeante café con leche, con un pan duro untado con una capa micrométrica de mantequilla, un jugo de naranjilla, tomate o mora y un par de huevos al gusto en ese minirrestaurante es como jurar a la bandera azul grana que identifica a la capital ecuatoriana. Más todavía, si sus propietarios son hinchas a muerte de la ‘noble institución’, el Deportivo Quito, el equipo de fútbol profesional que nació ,justo, en la Plaza del Teatro.

Es que este salvavidas gastronómico de las clases populares, emplazado en la calle Manabí, entre Montúfar y Flores, es el obligado matahambres matutino, desde hace 77 años, de cientos de capitalinos que laboran o viven en el Centro Histórico. Un letrerito de madera con letras en bajorrelieve y otro igual de chiquito, en hierro forjado, pegado a la fachada señalan el lugar.

El Café Popular es pequeño, como un tinto… y con la pandemia se ha reducido más, hasta parecer un expresso. Esa fue la única solución que les quedó a Luis Enrique y Milton Rivadeneira Coronel, que heredaron el negocio de Alicia Coronel, su madre fallecida hace pocos años, para sobrevivir y, sobre todo, no dejar morir a un referente del Quito de siempre.

La pequeña, casi liliputense puerta de madera, da paso al interior de la cafetería, que está dividida en tres secciones, incluida la cocina. En la entrada, una lisa estantería de madera repleta de panes y algunos quesos recibe a los comensales. El ingreso es angosto y sólo permite el paso en una dirección, como el contraflujo. Las mesas se apiñan entre sí, como en una procesión. No son mesas de mantel largo ni de mantel chico… simplemente, no tienen mantel.

En un costado, junto a una pared divisoria, se ubica una barra pequeña desde donde Henry (Luis Enrique) dirige las acciones como si fuera un capitán. Desde allí colabora con sus tres empleadas colocando una tela de mantequilla en cada pan (suave o de agua) y cobra con la prolijidad de un recaudador del SRI. Cada café completo cuesta USD 1,50. Con un platito de nata el valor sube a USD 2.

Viejas gráficas de lugares del Quito antiguo se reparten en desorden por las paredes del recinto. No falta la fotografía de doña Alicia en sus mejores años, un televisor jurásico y un altar dedicado al Deportivo Quito, porque en la cafetería -como ya se dijo-son hinchas de la Academia.

Un extintor moribundo colgado con descuido en una esquina y dos fotos amarillentas del Che Guevara (una con Fidel Castro) completan la propuesta decorativa del local.

En la trastienda hay otra mesa habilitada y un servicio higiénico, también de corte liliputense. En la cocina se acomodan la refrigeradora de rigor, las cocinas y muchas ollas, trastes y sartenes.

La cocina se vuelve un manicomio desde las 06:30, cuán empiezan a llegar los primeros clientes, afirma Henry con autoridad. Pero la acción comienza a eso de las 04:30, cuando se paran las ollas y empieza la tarea de hervir la leche

Henry regenera el negocio desde el fallecimiento de su madre, quien lo heredó de su madre, Clelia, que lo inauguró en 1942.

El Popular es una institución de la Plaza del Teatro, afirma Manuel Manobanda, un abogado que tiene una oficina por la zona y sólo camina unos cuantos pasos para tomar su manjar mañanero. Todos conocen el lugar… es económico y bien despachado, afirma complacido.

Vienen desde oficinistas de terno y corbata hasta gente humilde que no tienen para gastar más que un dolarito y medio, afirma Henry. “Hasta los Guerra, que vivían al lado, venían a desayunar aquí, incluido Ernesto, ‘El trompudo’, quien también fue entrenador del otro equipo del barrio, el Real Manabí”.

Cada mañana, desde las 04:00 hasta que se acaba la leche, Henry y su equipo preparan y sirven una media de 150 desayunos completos… Dan de baja a unos 500 panes, 50 litros de leche, 300 huevos y cuatro ollotas de jugo… Y todo el mundo sale agradecido.

_______________________________________

*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

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Comment (1)

  1. María Dolores Montaño

    27 Ago 2023

    Me gusta mucho como escribe Víctor esas crónicas que nos hace sentir la esencia de Quito y sus lugares.

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