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Amontonados en el bus, un recuerdo de Ecuador. Por Magaly Villacrés, desde España

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«Para evitar toda clase de infortunios, es preferible viajar con la cartera o la mochila al frente. Así, al menos, embiste a los galanes como toro bravo, antes de que alguna mano imprudente nos acaricie o se nos lleve las pertenencias. También se recomienda usar un pantalón cómodo y holgado, por si acaso deba extender la pierna dos metros para poder avanzar, o peor aún, dar paso a algún viajante que quedó enredado en su robusta pantorrilla. Si lleva falda, entonces que Dios la ampare y ojalá le quieran dar el apellido a la criatura».

Por Magaly Villacrés Obregón, desde España*

Resido desde hace un tiempo en la isla de Tenerife, España, y entre los grandes cambios vividos, además de la cultura, la comida y el clima, está el transporte. Exacto. Aquí el transporte público es un sistema de traslado para la gente, y no un arrastramiento masivo, manoseo colectivo, gritos y carreras en tacones detrás del bus hasta perderlo definitivamente
al virar la esquina, entre otras aventuras; tal como sucede en mi santa patria ecuatoriana.
Ahí es cuando, sin querer queriendo, proclamo a la madre del conductor y le deseo toda clase de males, pestes, plagas y maleficios. ¡Chofer hijuep…! es la sentencia más leve y barata que he gritado dentro de mí, aunque ganas no me han faltado de vociferarlo a todo pulmón. ¡Estas son las cositas que nos hacen especiales!
Dice el refrán, “si quiere conocer al pueblo ecuatoriano súbase en un bus de servicio urbano”, y cuánta verdad existe en semejante frase. Tomar el autobús en mi diminuto país es un acto de arrojo y valentía. La mayoría de gente está acostumbrada a esperar el bus bajo el sol incandescente del mediodía, en mitad de un aguacero torrencial con granizada y ventarrón o, peor aún, sentir el brusco paso veloz del automotor porque una ola de agua y mugre nos empapa hasta la ropa interior sin piedad.
Para alcanzar un autobús la estrategia es la siguiente: una vez divisado el armatoste que va meciendo en el parabrisas un CD rayado o un zapatito de recién nacido, ya sea como adorno o conjuro contra el mal de ojo, todos nos amontonamos en la vereda como gacelas hambrientas para intentar entrar en el vehículo a como dé lugar.
No importa si hay veinte seres humanos colgados de la puerta y doscientos más, entre asientos, pasillos, ventanas y techo, ¡usted arrójese y confíe!
El vehículo aún no ha frenado y todos vamos de bruces para cumplir el cometido, mientras otros empujan a los demás pasajeros. A la par se escuchan las típicas frases del joven controlador, “en el fondo hay puesto, no empuje”, “caballero, deje pasar a la damita”.

Y en ese breve recorrido vehicular rápidamente hemos examinadas, piropeadas, compartido olores y perfumes, pasando por una suerte de examen de papanicolau y hasta una prueba de embarazo. En época de pandemia, bien podíamos salir vacunadas.
Por esta razón, y para evitar toda clase de infortunios, es preferible viajar con la cartera o la mochila al frente. Así, al menos, embiste a los galanes como toro bravo, antes de que alguna mano imprudente nos acaricie o se nos lleve las pertenencias.
También se recomienda usar un pantalón cómodo y holgado, por si acaso deba extender la pierna dos metros para poder avanzar, o peor aún, dar paso a algún viajante que quedó enredado en su robusta pantorrilla. Si lleva falda, entonces que Dios la ampare y ojalá le quieran dar el apellido a la criatura. Hay veces en la vida que todo es cuestión de destino y, quizás, entre tanto apretujamiento encuentre el amor de su vida o, al menos, algún romance pasajero.
La música en los autobuses es un tema que merece análisis sociológico, psicológico, económico, ancestral y otras hierbas más. Apenas uno empieza a adaptarse al ritmo del vallenato, cuando cambian de emisora y pasamos a rata inmunda, animal rastrero (…), de Paquita la del barrio. En mi mente empiezo a ponerle nombre y apellido al infeliz destinatario de esta melodía, cuando de golpe suena “Gerardo Morán, el más querido”, con su éxito: En vida que me quisieras, de muerto
ya para qué (…), llevada por el sentimiento, casi llamo al innombrable para pedirle perdón. ¡Detente, bestia!, diría mi amigo Matías.
Recupero la cordura y en cuestión de segundos voy de la melancolía al odio, de la alegría al llanto, o del yoga interior al intento de suicidio. Para culminar este desfile de pasiones musicales suena un tema de la banda Black Sabbath.
Ahí sí me van a disculpar los metaleros, pero me entran ganas de lanzarme por una de las ventanas. Pero todas están dañadas y no hay cómo escapar. Ni modo.
Durante el recorrido tampoco es raro sentir un brazo ajeno cruzándonos el cuello o una pierna masculina enganchada en nuestra entrepierna. En este punto nos conviene tomarlo con calma y no caer en éxtasis profundo debido a la carencia amatoria ni intentar nada violento. De ser posible, hAy  de entablar charla con los dueños de los miembros que nos atraviesan, aunque solo sea por cortesía o instinto de supervivencia. Sé de lo que escribo, hágame caso.
Yo aún conservo un par de buenas amistades logradas en medio del estrechamiento corporal del transporte. No somos amigos íntimos, pero sí vivimos un momento memorable.
Recuerdo una vez haber conseguido milagrosamente un asiento en la Cooperativa 22 de Julio, cerca del pasillo, en la ruta Riobamba-Ambato.
Durante el trayecto subía más gente, ya que los buses acostumbran a recoger feligreses en carretera. Uno de ellos ingresó y se colocó a mi lado, mientras hacía equilibrio para sostenerse del manoseado tubo del techo y no salir disparado por la ventana.
De repente, entre frenazo y arrancada descubrí que algo rozaba insistentemente mi brazo. Medio inquieta y con asco, más que con miedo, volví mi cara para descubrir que se trataba de su paquete reproductor que buscaba un cómodo asilo sobre mi hombro.
Cruzaron por mi cabeza toda clase de venganzas. Incluso recordé a la compatriota Lorena Bobbit, pero no tenía cuchillo a la mano para hacer justicia. Así que acudí a mi cortesía innata, me hice a un lado y le sugerí sentarse sobre el reposabrazos de mi asiento. No hizo falta insistir, el joven acomodó sus piezas epidérmicas y las posaderas sobre el artefacto.
Así nació una sana amistad. Él era estudiante de agronomía en una universidad y yo, pues yo siempre he sido esto que leen: una mujer jodida, charlona, bromista, golosa, buena amiga, viajera por obligación y que escribe de todo y de nada, a la vez.
Ahora los dejo, porque acaba de llegar el autobús, acá en Epaña, y ningún feroz paisano intentará meterme la mano.

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*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y la transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio. Actualmente reside en España.

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