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 Por Víctor Vizuete Espinosa*

Aunque nos suene loco, incongruente y hasta cursi, muchas cosas que nos definen como individuos forman parte de ese microscópico registro de vida bautizado como ADN, un código que es único y definido para cada grupo, clan, tribu, ayllu…

En mi caso, uno de esos tópicos congénitos que me llegó incorporado en el atavío familiar es ese meloso gustito por las mascotas; más específicamente, por los perros. Afición que la tuvieron mis bisabuelos, abuelos, padres, tíos… Y que la heredaron nuestros hijos, nietos, sobrinos, primos…

Lo mío, especialmente en mi niñez, se pareció mucho a una de esas canastas que llevaba mi vieja al mercado y llenaba con lo que podía. Así, casi sin quererlo, cayeron en mis manos perros, gatos, gallos, pavos, loras…

Entre los seis y ocho años tuve un conejo arisco, talla basquetbolista de la NBA y orejas LXX que, dado mi tamaño en ese tiempo, más parecía un canguro negro que me pateaba de lo lindo cada vez que quería abrazarlo o jugar con él.

Este logomorfo boxeador solía descansar -mejor dicho esconderse- en un inmenso tubo de cemento que había en una esquina del patio. Obviamente, tratar de sacarlo sin un rasguño de ese búnker era una de mis proezas cotidianas. Salomón se llamaba el orejudo, aunque no tenía ni una pizca de la sapiencia que se le atribuye al famoso rey judío.

También tuve una guacamaya orate, más boquisuelta que cualquier político de ahora y que armaba el zafarrancho cada vez que le daba la regalada gana.

Esa primorosa y colorida ave, traída por mi tío René, profesor de escuela en la amazónica Zamora, se pasaba todo el día repitiendo «lora patoja, lora patoja» o rompiendo con el mayor desparpajo los conservadores oídos de los residentes del entorno con las palabras más cochinas que en ese tiempo se podían esgrimir: frases que repetía sin fisuras y que oía pronunciar a una vecina que era una adelantada en eso de la igualdad de géneros y puteaba del modo más democrático a todo lo que le molestaba o no era de su agrado. Y en modo parlantes de la más elevada amplificación y potencia.

Ahhh, hasta unos pavos fueron mascotas ocasionales de mi niñez. Los criaba mi abuelita Rosa con un único y específico objetivo: chumarles y torcerles el pescuezo en Navidad y Año Nuevo.Pero, lastimosamente, esas avecitas siempre fueron causa de las mayores lágrimas de mi abue, pues casi todas siempre desaparecían antes de las famosas fechas. Los robaban los vecinos o agarraban el camino y se iban solas, nomás, pues en ese tiempo la casita familiar donde residíamos no tenía un gran cerramiento. Mejor dicho, no tenía cerramiento y daba directamente a la calle.

Patos y gallos también tuvimos en casa, pero nunca me gustaron para mascotas. Eran muy independientes y bulliciosos para mi carácter.

Gatos también tuve. Varios y de todos los colores y razas. De unos tres me acuerdo porque eran más ariscos que algunos influencers actuales. La verdad es que los mininos son las mascotas que menos me gustan porque son la independencia andando y se van y regresan cuando quieren, como el modus vivendi de los matrimonios actuales. Además, son misteriosos y conocen el secreto de la vida… Cuando un gato me mira fijamente parece que estoy frente a frente a una majestuosa esfinge que, con voz arcana y profunda, me lanza de sopetón la famosa pregunta de cuál es el animal que en su niñez camina en cuatro patas, con dos en su juventud y con tres en su senectud…

Perritos, ni hablar. Siempre hubo uno en mi bitácora de vida. Ahora mismo medra y come de mi cada más esclerótico sueldo un Snauzer más tímido y nervioso que un centro delantero de la Tri. Paradójicamente, se llama Zeus, el dios del trueno.

Hasta hace dos años lo acompañaba su padre, Junior Barbosa. Este era la contraparte de su retoño y llegó a mi hogar cuando apenas era un cachorro destetado. Arribó como un sumiso total, sin atisbo de las profusas pestañas y la famosa barba que caracteriza a estos canes que los alemanes diseñaron para que sean cazadores infalibles de ratas, ratones y otros roedores perniciosos.

No obstante, a partir del año, el Junior se volvió un guardián infatigable e inquebrantable. Y hasta el vuelo de una mosca le ponía en alerta roja.

Era dulce como una chola de Guano con nosotros, pero con los extraños se ponía más díscolo y revoltoso que un manifestante en las protestas callejeras. Ese comportamiento ponía en alerta a todos los vecinos del conjunto donde resido. Y en vez de molestarse, me agradecían por eso.

Penosamente, mi Junior empezó a sentir los rigores propios de la edad y fue enfermando de varias dolencias paulatinamente. La artritis y la insuficiencia cardiaca fueron minando su energía y su carisma de perro bravo de forma rápida y eficiente. Nos acompañó 15 años y se murió de repente, un día prematuro, en una tarde fría y de mal agüero. Hasta ahora lo recordamos con cariño y unción, como siempre se recuerda a quienes se ama.

Zeus, su hijo biológico, le sobrevive, aunque es la otra cara de la moneda, la contraparte más perfecta.

Qué podría rescatar de este Snauzer que tiene el nombre del dios más duro del Olimpo griego pero que es más dócil y manso que el más apacible de los animalitos de San Francisco, el de Asís, aunque cuando los niños del conjunto juegan y hacen travesuras frente a mi patio se vuelve orate y ladra con más fuerza que los Rottweiler entrenados para romper manifestaciones.

Dentro de casa, Zeus es más callado que un juez corrupto y nunca dice esta boca es mía. A ese comportamiento que, para mí es una gran virtud, el mimado suma una gran cantidad de prácticas cariñosas que, simplemente, lo hacen adorable.

Zeus es un goloso consumado, pero hace una dieta de refugiado, porque todo lo que no es su sopita con pollo desmenuzado le cae de la patada y lo enferma sin remedio.

A veces, por sus 11 añitos, le duelen las articulaciones y se pone triste, pero no malgenio. Entonces toca medicarle y mimarle con más corazón. Y así seguimos, todavía, mi compañero peludo y yo, tratando de sacarle a la vida hasta el último segundo.

A Zeus le proporciono religiosamente sus tres raciones diarias de comida, le doy diariamente sus huesitos para sus dientes y le puteo sin misericordia cuando se defeca u orina donde no debe.

También le digo lindo y esas huevadas que nos sugieren los expertos animalistas. Todo como debe ser. Bañarlo no, peor lavarle los dientes, porque de eso se encarga mi hijo.

Por todo lo contado, ustedes sacarán como conclusión que mi relación con los cánidos siempre ha sido como la miel sobre los pristiños. Sin embargo, como dice el tan trillado refrán, nada es perfecto en este mundo. En mi ya largo transitar por este planeta he vivido algunos episodios que más bien han sido medio tirantes y medios cojudos, más bien. Como de un amor-odio que salta a la más mínima chispa.

Las tres veces que he tenido que vacunarme contra la rabia por otras tantas mordeduras avalan esa rara convivencia.

La primera me marcó, definitivamente. La recuerdo como si fuera ayer, aunque ya han pasado sus muy buenos 50 y tantos años.

Yo era joven aún y más enamoradizo que Sandro de América, que traía de cabeza a todas las quinceañeras de esa época. Era, creo, casi casi como el Maluma, que donde pone el ojo…, felices los cuatro.

Fue una noche cualquiera, junto a un árbol de los tantos que formaban el viejo parque Hermano Miguel (ahora los centros comerciales de la Ipiales), donde me embarcaba en un colectivo de la línea El Tejar-Ferroviaria, que me dejaba en la puerta de mi casa.

Estaba con mi enamorada de entonces esperando el bus detrás de un árbol…, destrampa que destrampa (así se decía antes, no sé cómo habrán bautizado ahora a los besos nerviosos y atolondrados).

Nos besábamos con todas las de la ley: ella con sus bracitos en mi cuello y yo con mis manos donde debían estar, o sea…, sobre sus nalgas. De pronto, sin ningún aviso ni señal, un perro más negro que mi conciencia apareció de la nada, me dio un mordisco criminal en la mano derecha y desapareció más rápido que un político descubierto in fraganti.

La herida se infectó y, como era un can desconocido que nadie supo de dónde salió, tuvieron que colocarme 14 inyecciones antirrábicas alrededor de mi ombligo. Una por día.

Hasta me prohibieron respirar fuerte (como las Semanas Santas de hace años), peor emocionarme con una “mucha” o algo más delicioso mientras duraba el tratamiento. Y lo que fue más tenebroso todavía fue que el médico me advirtió que si jugaba fútbol me quedaría irremediablemente loco, si es que no marcaba calavera. ¿Se imaginan un peor castigo?

En consecuencia, fueron dos semanas y pico de mantenerme más recatado que el Dalai Lama (un santo de verdad y no fingido).

¿Y las otras dos mordidas? Esas fueron causadas por dos perritos en defensa propia, pero como murieron rabiosos, otra vez tuvieron que inyectarme la antirrábica, aunque estas dos veces ya fueron solo siete y cinco dosis, respectivamente… En honor a la verdad, creo que a estos dos animalitos fui yo quien les contagió yo la hidrofobia, porque en esos tiempos era más bravo que un Pitbull…

Esas experiencias, ya se imaginarán, condicionaron mi relación de amor con los perritos, especialmente con los callejeros. Y como ya estoy más lento que cualquier trámite municipal o estatal y no podría salir a la carrera antes de que algún lobo audaz se aficione de mis todavía suculentas pantorrillas o se acuerde del espíritu de cuerpo que ahora pulula portodas partes, prefiero cumplir a rajatabla aquel refrán medio italiano que dice “más vale cincue minuti de mariconi que toda la vida morto”.

______________________________________

*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

*En la imagen superior, Zeus posa para la cámara.

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