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Cuando tenía 18 años trabajé como asistente de Walleska Pareja, una abogada feminista de quien aprendí muchísimo. Le gustaba que le dijera Walle. La recuerdo con cariño y respeto porque siempre fue muy paciente y generosa conmigo. Me enseñó, entre otras cosas, a perderle el miedo a la palabra feminista.

Antes de eso le tenía miedo a la palabra feminista porque cada vez que quería hablar sobre las mujeres y sus derechos, me anticipaba con una frase a manera de comodín, de esas tipo “no soy feminista, pero…” o “ni machismo ni feminismo, igualdad…”.

Recuerdo que alrededor de las 17:00 de la tarde de un martes de marzo de 2009, salí de su oficina (en la calle Piedrahita, en el centro de Quito) y caminé hacia la parada de bus a tomar el de la ruta “Hospital del Sur–Guápulo”. Ese transporte me dejaba justo en la iglesia de Guápulo, a 300 metros de mi casa. Estaba a punto de subir al bus cuando  la  Walle pasó a mi lado con su auto, bajó la ventana y me dijo: “Vamos, te acerco”. Y, nada, me subí a su carro.

Para acercarme tenía que desviarse mucho, porque ella vivía por el sector del Quito Tennis, al norte de la ciudad, y tomar Guápulo como vía no era un camino corto, pero siempre que podía me acercaba a casa. Conversábamos de derechos de las mujeres, derechos humanos, política… Disfrutaba mucho aprender de ella.

Las ideas iban y venían, cuando, en medio de la conversación, entró una llamada telefónica en la que le pedían la confirmación del domicilio para entregarle un paquete. Ante el requerimiento, ella contestó: “en la calle Afganistán, No. XX en el sector del Quito Tennis”. Al colgar,  le pregunté, ingenuamente: “¿Existe una calle llamada Afganistán en Quito?”, obviamente, me respondió que sí.

A propósito de su domicilio en la calle Afganistán, solté un comentario con repudio a la opresión de las mujeres en ese país:

-No es que sea feminista, pero a las mujeres en Afganistán les han prohibido todo, excepto caminar primero que los hombres en terrenos minados y parir hijos hasta el prolapso uterino.

De repente, Walle detuvo el auto, me miró fijamente y me dijo de la manera más dulce: “No está mal ser feminista, tú eres feminista”.

Me quedé pensando y luego le agradecí sin saber muy bien por qué le agradecía. No dimensionaba sus generosas palabras y lo que, con los años, significarían en mi vida…

Unos minutos antes de que llegáramos a mi casa, sacó de su cartera un libro (estaba viejito), y me lo regaló.

–Te hará llorar, pero es hermoso, dijo.

Era “Mil Soles Espléndidos” de Khaled Hosseini. Lo empecé a leer apenas pisé mi habitación.

No pude parar de leerlo, lo devoré en una noche/madrugada.

El texto, efectivamente, me hizo llorar… Lloré porque entre la ficción  y la realidad de Afganistán, país donde está ambientada la novela, me adentré en la vida de sufrimiento, maltrato, ansiedad y terror de las mujeres… Desde que nacen hasta que mueren.

Luego empecé a tener conciencia de las palabras de la Walle, de la importancia política del feminismo y de ser feminista.

Esta pequeña pero significativa parte de mi vida ha marcado mi camino y no hay un solo día en el que no viva pensando en los problemas de las mujeres, entre ellos los repudiables horrores en Afganistán. Desde aquella conversación en el carro de la Walle sobre Afganistán y “Mil soles espléndidos”, hasta el día de hoy he seguido con atención lo que pasa ahí y vale ahora compartir algunos dolores.

Los derechos de las mujeres en Afganistán han sido un botín político, una forma de demostrar quién está al mando. Te doy y te quito.

En la Constitución de 1964 se alcanzaron ciertos derechos fundamentales, básicos para la existencia en condiciones de dignidad. No obstante, en la década de 1990, con la guerra civil y la llegada al poder de los talibanes, entre 1996 y 2001, a las mujeres se las redujo a la condición de objeto.

Aparecieron prohibiciones de todo tipo, por ejemplo: no podían pintarse las uñas (si lo hacían, incluso les podían cortar los dedos), tampoco caminar solas en la vía pública ni usar tacones. Estaba prohibido hacerse atender por médicos varones. Les estaba impedido hacer uso de parques, gimnasios, baños públicos y tampoco podían cerrar tratos comerciales o hacer algún tipo de negocio. Ni se diga  mostrar alguna parte de su cuerpo, pues tenían la obligación de usar burka. El mal uso del burka implicaba un castigo consistente en azotes y palizas en público.

Las mujeres no podían hablar ni dar la mano a ningún hombre, excepto a sus mahram (esposo, padre, hermano), y menos aún podían reír en público. No podían movilizarse en bicicleta ni en moto y si lo hacían en taxi, tenían que ir acompañadas por sus mahram.

Estaba terminantemente prohibido para ellas escuchar música y ver películas, entre otras cosas. Y no podían trabajar ni ir a la escuela.

Los conflictos geopolíticos de la región desencadenaron en la ocupación estadounidense de Afganistán en el 2001 (cuestiones de las que no me ocuparé ahora, ni pretenderé hacer juicios de carácter moral), los cuales, obviamente, trajeron cambios políticos internos. Es complejo, insisto: hablamos de la pregunta ética de si el mal se puede combatir con otro mal, pero la respuesta, si es que la hay, es de una magnitud enorme, que por ahora me rebasa y que no puedo responder.

Sin querer romantizar las ocupaciones de unos paises a otros, lo que actualmente sucede en Afganistán tras la salida de los militares estadounidenses me ha obligado a repensar algunas cosas.

En agosto de 2021, cuando los talibanes retomaron el poder, escribí un artículo en el que critiqué a la prensa mundial reclamando el hecho de que solo en ese momento encendían las alarmas de preocupación por la situación de las mujeres y niñas, pero que eso no era mas que amarillismo porque la vida de las mujeres también corrió peligro en medio de la guerra y durante los veinte años de ocupación estadounidense. Denuncié que ahí la prensa no dijo absolutamente nada.

En ningún lugar del planeta la vida de las mujeres es segura, lo sabemos. Solo podemos hablar de probabilidades y estados mayores o menores de violencia.

Pero, en particular, la situación de Afganistán tiene un matiz: en ese país se ha vivido tragedia tras tragedia y  los medios solo se alarmaron cuando los talibanes recuperaron el poder y los gringos se iban. Si a los problemas económicos y a las violencias estructurales se les añade guerra, “paz”, ocupación, golpes de estado, recuperación del poder, etcétera, ¡tienes un lodazal!

Un lodo que, sobre todo, embarra a las mujeres.

Ante la retirada estadounidense, durante unas dos semanas se realizaron coberturas periodísticas en Kabul y se escribieron artículos y notas sobre lo que significaría para las mujeres y niñas que los talibanes retomaran el control del país asiático. Las predicciones eran catastróficas.

Entre las noticias de ese entonces, vi en un video la historia de una niña llamada Parwana, quien en ese tiempo tenía nueve añitos. Lo que le pasó me caló profundamente, se me metió en el tuétano y me hizo llorar, así como lloré cuando leí “Mil Soles Espléndidos”.

Esta niña fue vendida por su padre a un hombre mayor, de 55 años, por un poco más de dos mil dólares americanos.

Mientras  la compraventa se “perfeccionaba” con la entrega de la pequeñita a ese hombre, Parwana lloraba desconsoladamente, se arrodilló en la arena, puso sus dos manitos a la altura de su corazón y empezó a suplicarle a su padre que no la vendiera…

La venta ya estaba hecha. El sujeto, 46 años mayor, ya era su dueño.

¡Horroroso! Escribir esto me parece terriblemente cruel y es desesperanzador llegar al punto de pensar que un país que permite la venta de niñas no puede estar peor…

Y ahora, por mandato de los talibanes, se añade una vieja prohibición al canasto de la desgracia: las mujeres y niñas otra vez no pueden estudiar. Se les ha prohibido hacerlo en escuelas, colegios y universidades. Así como en la década de los 90.

¿Se podría estar peor? Sí… Y no se trata de una apología del conformismo o del “mal menor”, se trata de objetividad.

Se trata de los talibanes, esos malditos radicales cuyo objetivo es reducir a las mujeres a fantasmas al prohibirles todo lo que signifique vivir en dignidad.

Mujeres y niñas ya no pueden ni siquiera pisar centros educativos,. Pero ellas no se quedarán calladas: activistas feministas afganas se están organizando para que puedan estudiar de manera clandestina.

Muchas mujeres han salido a protestar a las calles en conjunto, otras lo han hecho solas. Sea individual o colectivamente, siempre a sabiendas de que su vida corre peligro. Pese a los golpes y arrestos, salen a reclamar su derecho a estudiar y han amenazado con seguirlo haciendo.

Hoy, mientras contemplo mis propósitos para el 2023,  pienso que en Afganistán mujeres y niñas están implorando por educación y entonces reafirmo que el feminismo y sus luchas han sido, son y seguirán siendo absolutamente necesarias.

_____________________________________

*Sougand Hessamzadeh (Quito, 1991) es abogada y PhD en Derecho. Integra la asociación de abogadas feministas ecuatorianas y es activista por los derechos de las mujeres. Dicta cátedra de Género en universidades del país y es colaboradora del portal loscronistas.net

*En la fotografía, mujeres afganas expresan en las calles su rechazo a la disposición gubernamental de que ellas no pueden estudiar ni en los colegios ni en las universidades.

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Comments (2)

  1. Ana Paz

    02 Ene 2023

    Qué difícil ser mujer y poder vivir con dignidad. Estos párrafos me han hecho llorar por que tengo una hija y no me imagino como un padre puede vender a su hija y que está práctica sea normal en otros países donde los derechos de las mujeres no son respetados ni tomados en cuenta.

    • Los Cronistas

      04 Ene 2023

      Muchas gracias por leernos, Ana. Y gracias por sentir lo que muchas mujeres sienten.

      Un abrazo de año nuevo,

      Rubén Darío

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