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La torera, la rubicunda caminante del Quito ingenuo. Crónica de Víctor Vizuete Espinosa

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Por Víctor Vizuete Espinosa*

Para mis dos hermanas y yo, niños de barrio pobre sin más distracciones que las que ofrecía el monótono camino de ida y vuelta desde nuestras escuelas sembradas en el viejo Quito a la modesta casa arrabalera ubicada en Los Dos Puentes, era una verdadera fiesta verla aparecer así, de improviso, como un polícromo fantasma, al doblar alguna de las añejas esquinas de la Imbabura, la Bolívar, la Benalcázar, la Bahía o la Avenida (24 de Mayo).

Si caminábamos junto a mi padre, siempre respetuoso de todas las personas, nos codeábamos con disimulo y nos mordíamos la lengua para que de nuestra boca no saliera ese grito estentóreo que siempre se nos escapaba cuando íbamos solos; y era el preámbulo para salir disparados en sentido contrario al de la persona agraviada.

Entonces La Torera, quien era la ofendida, esgrimía una endeble vara de eucalipto o un paraguas casi difunto y hacía como que nos perseguía, en un inútil amago porque ya en ese tiempo, la menuda, frágil pero emperifollada dama, ya no estaba para perseguir ni los sueños peor a unos mozalbetes que corrían como liebres.

Otras veces, en cambio, la veíamos desaparecer por una de esas callejas sin perfil definido que terminaban en la General Miller, a la altura de San Diego, donde se esfumaba en un abrir y cerrar de ojos, como una duende vestida con una larga falda carmesí, zapatones de alto tacón, blusa llena de encajes y arabescos y un sombrerote rojo chillón de esos que tapan hasta las conciencias. Ahhh, también llevaba muchas veces un sutil velo de tul, que se sumaba al gran sombrero.

Que la señorita Anita Bermeo (como se llamaba en cristiano esa personita mínima que parecía un nervioso petirrojo pero con la gallardía de un pingüino) rentaba un pequeño cuartito por ese entono, nos contaba mi papá quien, como todos los vecinos de esa época, se sabía la vida, milagros y pecados de todos los vecinos de su barrio y aledaños.

Corría la década de los sesentas y Quito seguía siendo un pueblo chico e infierno grande, aunque ya se estiraba como los adolescentes de este tiempo, que no quieren parar sino hasta alcanzar el cielo.

Según mi viejo, Anita era de noble cuna y había nacido en Baños de Agua Santa. No obstante, un desengaño amoroso terminó por desquiciarla y transmutar de edén en un erial, transformando su camino en un círculo vicioso, sin aristas ni salidas.

Una leyenda urbana ambateña habla de que el mal de amores de la dama, que era costurera de oficio, tuvo su origen en la plaza de toros de esa ciudad, en una corrida donde ella asistió y quedó flechada por uno de los maestros de la muleta. El encuentro tuvo bitácora y hasta fijó fecha de matrimonio en Quito… Un enlace que nunca se dio porque el matador la ‘toreo’ mejor que a un bravo burel y acabó por enajenarla.

Pero estas historias son algunas de las muchas especulaciones sobre la vida de Anita Bermeo que existen. Como todos los mitos, la vida y andadura de La Torera están llenas de velos y misterios.

Lo cierto es sin conocer la causa original, su mente se trastornó, adoptó comportamientos sui géneris, adquirió varias manías y se convirtió en un personaje callejero. A más de su manera estrafalaria en el vestir, optó por el maquillaje extremo, que coloreaba de cerezas sus mejillas y hasta llevaba un pito colgado en su cuello, para parar el tránsito cuando iba a cruzar las estrechas calles citadinas.

En cambio el apodo que le acompañaría siempre, como una cruz, tiene fecha y lugar de nacimiento más creíbles, pero no definitivos. Se dice que el remoquete nació en uno de los famosísimos corsos de inocentes y carnaval que celebraban los quiteños de antaño. Anita Bermeo había ido vestida como para la ocasión, llena de colores esplendorosos y chillones. De pronto, uno de los guambras quiteños, siempre chuscos y con la sal característica a flor de piel, le gritó torera, torera, torera, por el polícromo atuendo parecido al de los toreros que ella vestía.

Y como La Torera se quedó. Hasta que falleció, a la edad de 90 años, el 11 de enero de 1984, en el Asilo de Ancianos Corazón de María, adonde fueron a parar sus ya esqueléticas carnes gracias a la ayuda de las hermanas que regentan el centro.

Su vida se había ido apagando desde unos años antes, luego de una caída que le fracturó una de sus piernas y le confiscó el único placer que tenía: caminar por las calles quiteñas como siempre lo hacía: mostrando sus mejores galas, con sus mejillas llenas de rubor ingenuo y sus amagos de perseguir mozalbetes malcriados.

_______________________________________

*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

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Comment (1)

  1. Nancy Carrillo

    24 Nov 2022

    Me encantó, estoy segura que cuando la lea a mis estudiantes estarán curiosos y fascinados con esta divertida historia.

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