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«Del otro lado del mar». Una crónica de Magaly Villacrés

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Por Magaly Villacrés*

Yo tenía 47 años y él 52, ambos rozando la edad de los romances improbables en la que todo parece estar definido en el futuro que nos resta.

Yo, sin una pareja que valga la pena, con familia y amigas entrañables, libros, vino, música y chocolates. Él, con su vida en una isla lejana, trabajo estable, agenda organizada, deporte, cine. Pero, así como la vida en ocasiones puede mostrarse algo sosa y rutinaria, también nos puede sorprender con una propuesta nocturna y descabellada de un pedido de matrimonio, desde el otro extremo del continente europeo en medio de una pandemia y por video llamada.

Soy emocional, a ratos ciclotímica, brava, febril y obsesiva con mis pasiones, pero aún suelo conservar la cordura frente a decisiones radicales como para abandonar de golpe una soledad tan cómoda y a la vez, desconcertante. Había decidido pasar el resto de mis días sola como única manera de evitarme el llanto, aunque a veces la soledad sea un camino que se transita sangrando y en ciertas noches los fantasmas del sueño me esperan bajo mi cama con un cargamento de visiones terribles.

Dice mi terapeuta que, “a veces el amor cuando llega suele ser muy ciego, pero cuando se marcha suele ser muy lúcido”, entonces, bajo la lupa de mis truncas relaciones pasadas el balance seguía en números rojos, con huellas aún visibles de mis batallas privadas y con un inmenso mar de distancia de por medio, con todo eso dije que sí.

Esta decisión posee todos los matices de los dramas noveleros, lleva emoción, misterio, alegría, encuentros, despedidas y algunos episodios inesperados, como la celebración de la boda sin la presencia física del novio, solo un poder notarial y un amigo que se prestó como reemplazo, sin invitados, sin baile, sin fiesta ni pastel.

Hasta ahí nadie sospechaba que el inicio de la convivencia definitiva sería una pesada agonía. La oficina del Consulado Español en Ecuador exige citas, formularios, declaraciones, certificados, escrituras y otras docenas de hojas y letras muertas para legalizar un matrimonio que lleva casi dos años en pausa, debido a engorrosos trámites que anteceden por casarme con un extranjero.

 

Sin embargo, apenas surge el tiempo él atraviesa el mundo para enseñarme a querer en formas insospechadas y quererme a mí por encima de las rosas, de la edad y las apariencias.

Como es lógico, siempre lo voy a esperar al aeropuerto para no perder ni un instante a su lado; lo veo llegar arrastrando sus maletas, una mochila en la espalda que lo asemeja a un niño, sus ojos marrones desvariando ansiosos entre la multitud, su sonrisa espontánea cuando me divisa perdida por mi tamaño en medio de la confusión de otras bienvenidas y otras despedidas, nos apresuramos para encontrarnos y apenas siento su abrazo apretado me eleva el alma desde el suelo y ahuyenta las nostalgias con su olor a perfume de hombre, el roce arisco de su barba tras 24 horas de viaje, su boca buscando la mía fuera de las mascarillas, después el traslado en el taxi acurrucada bajo su brazo, mientras nos reconocemos el cuerpo a tropezones, y su voz aguda en mi oído murmurando cuánto ansiaba llegar.

Llevamos catorce años de conocernos, más dos años de habernos elegido como compañeros de vida y todavía siento por él la misma indefinible alquimia de la primera vez, una atracción poderosa que el tiempo ha combinado con otras emociones, pero que sigue siendo tan fuerte y fundamental en nuestra relación. No sé en qué consiste ni cómo definirla, porque no sólo es sexual, se alimenta de un magnetismo férreo que nos arrastra como un imán.

Dicen que las largas separaciones son peligrosas porque el amor resbala por arenas inciertas, pero confiamos mutuamente en que el otro no engaña, no miente, mantiene el equilibrio en los instantes de flaqueza, aunque soy yo quien más demanda ese soporte y siempre es él quien me ayuda a enderezar el timón los días que desciendo a mis aguas más oscuras y pierdo el rumbo.

En nuestros momentos secretos se mezcla el deseo y la tristeza, me aferro a su cuerpo como un náufrago que no quiere morir ahogado y busco en él placer y consuelo, dos cosas que este hombre del otro lado del mar sabe dar.

Nuestro amor recién estrenado es la primera página de un cuaderno en blanco que aún está por escribir, en los escasos días que podemos pasar juntos me besa, me abraza, me mira con la curiosidad de un niño a punto de soltar un avispero y en medio del enjambre de palabras que suelto por minuto lo envuelvo por completo con mis argumentos para intentar disimular los miedos, mientras él me rodea lentamente con sus abrazos de alivio.

Si creyera en fórmulas espirituales o letanías religiosas me convencería de que existe un karma que nos convoca a reencontrarnos y amarnos en cada vida posible. Este hombre es un vendaval con aire fresco, los problemas no lo despeinan, tiene inagotable fortaleza para las batallas diarias, nada lo apabulla, es curioso y a la vez, lo invade una calma budista cuando se trata de soportar mi mal genio, los altibajos, las dudas, por lo mismo resulta buen compañero en las adversidades. Es casi una especie en extinción.

Cuando lo veo merodeando por el departamento me doy cuenta que su energía vibrante no deja ni un espacio para mis dudas porque ocupa todo por completo, alterando las frágiles rutinas que la soledad suele tejer en el tiempo.

En varias ocasiones salimos a cenar a algún restaurante y nos dejamos tentar por suculentos platos de mariscos con especias, jarras de sangría, cervezas que se beben como agua. En las noches nos atosigamos de manjares mortales de jamón serrano, quesos maduros, chocolates crujientes, turrones tradicionales recubiertos de almendras, y todo capricho español elaborado con las manos de quienes ignoran los remordimientos posteriores al pecado de la gula.

Los días a su lado me rejuvenecen, siento otra vez mi pulso, mi propio cuerpo olvidado por años, me palpo los pechos, los muslos amplios, mi cuello blanco, el vientre que a veces se anuda por las penas antiguas, las manos tibias reconociéndome. Esta soy yo, soy una mujer y me acompaña un hombre y frente al espejo repito mi nombre para despertarme, ya no soy una alma rota y desahuciada, no me opacó la bruma del dolor, no he desaparecido aún. Esta mujer de casi medio siglo de vida, despistada, llorona, exagerada y pálida soy yo.

Pienso en la sólida presencia de él, siento que se me eriza la piel y no puedo menos que sonreír ante la profunda atracción que ejerce en mí, que estremece mis raíces humanas a pesar de la lejanía, y es capaz de hacer replegar a los viejos fantasmas.

Cierro un instante los ojos y recuerdo con nitidez la primera vez que se plantó frente a mí en el aeropuerto, el primer beso, el primer abrazo, el descubrimiento asombroso de un amor surgido cuando menos lo buscamos, de un cariño que nos tomó por asalto cuando nos creímos inmunes a cualquier historia intrascendente, de la complicidad creada desde el inicio, como si nos hubiéramos preparado toda la vida para este encuentro; de la fluidez en la calma, la suave confianza con que aprendimos a amarnos, como lo hace un par de viejos que ha compartido una vida juntos.

 

Lloro y grito en silencio que quiero verte volver porque estoy tan llena de amor que siento estallar mi corazón con la fuerza de un alud. Te imagino por las tardes, cuando regresas a casa después del trabajo y te recuestas en tu cama vacía donde conservas la almohada que te regalé con una foto impresa de los dos.

A pesar de la distancia aún te siento a mi lado, tu clara sonrisa, tu piel de color ébano, los secretos susurrados a baja voz, el silencio mutuo. Te observo moviéndote igual que las palmeras de tu isla y envolviéndote al mismo ritmo de tu gracia para bailar, tu recia disciplina, tu intensidad impredecible, tu generosidad, tu nobleza evidente.

Lentamente me besas y vuelves a atraparme, como cada vez en este tiempo; me engancho en tus hombros, recorro tu espalda y aspiro tu olor sano que siempre me conmueve, rendida al amor y agradecida, mientras por mis mejillas corre un hilo de lágrimas inevitables.

Lloro de lástima por mí, por la mujer que fui y quedó atrás y porque quiero vivir cien años para quererte más, pero supongo que también lloro de felicidad, por este amor tardío que ha venido a cambiarme la vida desde el otro lado del mar…

______________________________________

*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista semanal del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio.

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Comment (1)

  1. María Angélica Muñoz Jiménez

    20 Ago 2023

    Es un relato embriagador, capata la atención desde la primera línea hasta la última. El amor a la distancia, el amor maduro, el amor entre dos culturas. Descrito con fluidez apremiante como el fuego de los amantes, me he sentido con cada imagen galopando en un caballo a lo largo de la playa. Gracias Magaly por expresar con voz femenina lo que siente una mujer.

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