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La tragedia de la blusa blanca de rayas horizontales un poco más blancas

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Por Sougand Hessamzadeh*

Era su primer día de trabajo formal, estaba entusiasmada, se alisó el cabello, se maquilló levemente, solo base, un poco de rubor, delineador negro dentro del lagrimal y una colita de gato al extremo del ojo. Vistió un jean apretado color azul, una blusa blanca con rayas horizontales un poco más blancas y encima un abrigo rojo, rojísimo (hacía bastante frío esa mañana).

Parecía una caperuza dulce e incapaz de matar una mosca. Ah, y calzó unos mocasines negros que tenían una hebilla plateada en el centro. Se miró en el espejo de la sala de su casa y se sintió guapísima. Salió de la casa 45 minutos antes de las 8:00, tiempo suficiente para llegar puntual a su destino. La cuestión es que ella vivía en un lugar en el cual los buses y taxis pasan sin horarios. Lo hacían cuando les daba la gana.

Ese día no les dio la gana, ningún taxi ni bus, entonces decidió jalar dedo. Eran las 7:40. Solo faltaban 20 minutos para llegar. Su hermano jalaba dedo con frecuencia y le comentó que los autos que subían por esa calle sabían que en ese sector el transporte público era un problema y que por eso paraban nomás. Sacó el dedo pulgar y empezó a moverlo de adentro hacia afuera. Lo hacía con miedo. Una camioneta Ford 150 negra se detuvo. Ella se subió y saludó con desconfianza.

-Me quedo en la Floresta, muchas gracias, lo que pasa es que por acá no suben buses y estoy atrasada.

-No pasa nada, tranquila.

El sujeto de la camioneta se levantó las gafas oscuras, la miró, sonriéndole con los ojos, y luego continuó manejando.

Mientras tanto, dos pensamientos le taladraban el cerebro. 1) Llegaría tarde y siendo el primer día de trabajo iba a dar una pésima impresión; 2) Se reprochaba haber subido al carro de un extraño, si pasaba algo sería su propia culpa.

Pensaba y a la vez miraba de reojo el brazo derecho del conductor, completamente pintado de negro, los tatuajes no tenían diseño, era como si le hubieran pasado brea negra desde el inicio del hombro hasta la muñeca.  Las 7:40. ¿Quién usa ropa sin mangas a esa hora en Quito? El tipo era musculoso. Mucha gente musculosa se siente orgullosa de serlo y presume sus horas de gimnasio y régimen dietético rico en proteínas. Tal vez era eso, el hombre era un aficionado u obsesionado con el ejercicio físico y/o al levantamiento de pesas.

Llegaron a la Floresta, en el semáforo ella le pidió detenerse. Agradeció efusivamente y le dio un fuerte apretón de manos. El sujeto le deseó un buen día y ella le correspondió.

El hombre del brazo tatuado de negro le pidió que, al bajar, por favor cierre despacio la puerta. Ella así lo hizo.

Una vez en La Floresta, cruzó la calle del parque y respiró hondo, sintió alivio porque no le pasó nada malo.

Esperó dos minutos en la calle y tres hombres le gritaron “¡qué rica está esa Caperucita Roja!” desde un auto descapotable. Ella viró el rostro, no prestó atención, sacó el dedo índice con desespero para tomar un taxi. Diez segundos después, un taxi amarillo nuevito se detuvo.

-A la Fundación Fabián Ponce, por favor. ¿Sí conoce? Es por la Diez de Agosto, justo frente al Ministerio de Finanzas.

El taxista tomó el rumbo. El tráfico a esa hora era un poco pesado. Ella veía su reloj cada cuadra. Los autos avanzaban, pero lentos. Llegaron a la altura de la Universidad Católica y los carros parecían no moverse… Miró su reloj y este marcaba las 7:58. Se quiso bajar del taxi.

-Muchas gracias, señor, déjeme aquí nomás o no llego.

-Dólar cincuenta la carrera mínima, señorita.

-Tenga dos dólares y quédese con el vuelto.

Bajó y empezó a correr. Llegó a la Seis de Diciembre y luego se metió por la Páez, donde quedaba la matriz del Servicio de Rentas. Eran las 8:10. Se cansó. Empezó a caminar hasta la Diez de Sgosto. Llegó a su destino.

La Fundación conoció el día de la entrevista previa, así que la identificaba muy bien. Las instalaciones eran un tanto precarias. El edificio era color crema y las paredes de la fachada estaban brotadas de hongos por la humedad. La oficina de servicios legales gratuitos se situaba en el sexto piso. No había ascensor, entonces subió por las escaleras. Jadeaba. Estaba un poco sudada, el leve maquillaje quedó en nada. Eran las 8:20.

-Buenos días, mil disculpas… Tuve un percance familiar.

-Buenos días, siéntate acá. Ya mismo sale el doctor a recibirte.

Le indicaron dónde se instalaría y le pasaron siete carpetas ordenadas en orden alfabético. Las pestañas decían apellidos completos primero, nombres completos después. Dentro de las carpetas constaba un formulario de verificación, ahí se señalaban algunos datos para, posteriormente, tras un análisis por parte de la abogada en jefe, se sabía si los aplicantes podían ser sujetos del servicio jurídico gratuito.

Puso las carpetas en un archivero que tenía pestañas para cada una de ellas. Mientras lo hacía pensaba en su mente mil escenarios trágicos sobre el autostop. ¿Qué tal si el tipo la obligaba a algo? ¿Qué tal si la tocaba? ¿Qué tal si la drogaba? ¿Qué tal si la violaba?

Pensó que si hubiera pasado algo habría sido su culpa, ella se lo habría buscado. ¿Por qué meterse en autos ajenos?

El tipo del tatuaje negro en el brazo resultó ser un hombre amable que quiso ayudar y hacer su buena obra en el día, por suerte. Se repetía a sí misma que corrió con suerte.

Entre los vaivenes de llegar al trabajo y luego hacerse cargo de las carpetas recordó que no le había avisado a su novio su minitragedia. Tomó el celular y le mandó un mensaje por su BlackBerry.

El mensaje decía: “Llegué bien. Tarde, pero bien. Ya sabes cómo es de difícil salir de mi casa. A este paso creo que tengo que comprar un carro. Que tengas un buen día. Te amo mucho. Nos vemos a las 20:00, a esa hora salgo de la Universidad. ¿Me pasas viendo por la U?”

Una vez mandado el mensaje volvió a concentrarse en sus labores. A medida que se iba olvidando del percance de la mañana empezaba a incrementarse la ansiedad sobre el trabajo. Solo soy una estudiante de cuarto semestre de la carrera de derecho, se reprochaba. ¿Por qué me meto en esto? Aún no sé hacer divorcios…

La primera carpeta, la de la señora Almeida González Yoselim Silvana, trataba sobre un divorcio por causal. Su cónyuge Vásquez Chuquín Luis Miguel había abandonado el hogar. No tenían bienes, pero sí un hijo en común. De primera mano, en ese caso había que establecer un curador para el menor de edad, pero era su primer día y ella no sabía eso, estaba aprendiendo.

Vibró el BlackBerry y recibió un mensaje de su novio: “Hola, amor. Me alegra que hayas llegado bien, bueno lo del auto si debería estar en tu radar. Cómprate un pichirilo, un amigo de mi papá está vendiendo uno, ya voy a averiguar. Sí, te paso viendo por la U, justo mi ñaña me prestó el carro así que nos vemos de noche. Te amo”.

La jornada de trabajo era por medio tiempo y la hora de salida era a las 14:00. A las 14:10 se levantó de su asiento y le dijo a la abogada en jefe:

-Doctora, me voy. Ahí le dejo las carpetas organizadas. Leí el caso de la señora Yoselim Almeida, mañana cuadro la primera reunión con ella. Me voy a clases.

-Nos vemos mañana a las 8:00, por favor.

-A las 7:59 estaré aquí.

Bajó las gradas y salió a la calle principal, aún le quedaba tiempo para llegar a su clase de Derecho de Familia, que empezaba a las 16:00, entonces decidió caminar. Pensó que así también hacía un poco de ejercicio. En un kiosko de la esquina compró tres tabacos, suficientes para todo el viaje. Quiso encender un cigarrillo con fósforos de una caja amarilla, fósforos Sol. No logró prenderlo en el primer intento porque el viento soplaba fuerte en sentido contrario, intentó dos veces y lo prendió.

También compró un chicle Trident -sin azúcar- sabor a menta. Le tocó hacer eso porque la señora del kiosko no vendía tabacos mentolados. Ella fumaba Marlboro mentolado. Ese día compró Marlboro rojo y para disimular la fuerza del sabor masticaba el chicle mientras fumaba.

Caminó una hora. En ese tiempo se fumó los tres tabacos de golpe. Se olvidó de comprar fósforos junto con los tabacos, entonces cuando el tabaco estaba a punto de terminar encendía el siguiente.

Los tres tabacos no fueron suficientes para todo el viaje. Se terminaron enseguida.

En su cabeza resonaba una canción de Rulo y la Contrabanda: “Mi cenicienta”.

“Tú eres mi cenicienta

Que nunca tiene prisa

Una bala perdida, hecha a mi medida.

Cuando me siento herido

Me subes a un tejado y allí

La vida es menos puta si estás a mi lado”.

¿Cuándo la vida es puta? ¿Cómo puede ser menos puta? Se preguntaba.

Luego tarareó otra estrofa de la canción que decía:

“Si se me tuercen mis mañanitas

Tú me escupes una sonrisa…

Si me declaro en guerra

Dices que no entiendes de banderas”.

La tarareaba acordándose de su novio… Lo amaba tanto y sentía que él también la amaba.

Llegó a la universidad. Entre tabacos y canciones se puso a leer el código civil. Odiaba Derecho de Familia, Derecho Civil, en general, una ñoña académica. La materia era pesada, aburrida y, sobre todo, la profesora era una amargada… Se sentía que le pesaba la vida y destilaba pereza a la hora de dictar clase.

La hora terminó y ella estaba exhausta, había sido un día bastante movido, sobre todo desde el marco emocional.

Salió de la universidad a esperar a su novio. Se sentó en una banca de piedra que quedaba en las afueras de una iglesia junto a su universidad. Estaba distraída leyendo en Google sobre las curadurías y escuchó una voz conocida que gritaba su nombre. Él llegó. Quince minutos tarde, pero llegó. Ella se dirigió hasta el auto de la hermana de su novio, sonriéndole de manera pícara… Se subió y al cerrar la puerta se le cayó el celular.

-Espera, mi celular.

Lo recogió y se volvió a subir al auto. Saludaron con un beso en la boca y él le preguntó sobre su día. Ella le contó sus travesías y él le dijo que había tenido un día aburrido sin nada por contar.

Ella vivía muy cerca de la universidad, a tres cuadras. El plan era que él la iba a retirar de la universidad para luego ir a la casa de ella. No lo dijeron, pero estaba implícito.

Llegaron a la casa…

La casa era de sus papás y vivían ahí con sus hermanos, era una casa de familia. Pero esa noche no había nadie, porque sus papás y hermanos se habían ido a Guayaquil.

Entraron, ella subió las gradas de dos en dos para llegar rápido al baño de su habitación. Tenía baño privado. Hasta tanto él se acomodó y se acostó en la cama. Antes se quitó los zapatos, las medias y la chaqueta de cuero. La cama estaba desatendida. Al salir del baño, ella reclamó:

-Podías haber tendido la cama antes de echarte, ¿no?

-Da lo mismo, si igual la vamos a destender.

Ella se rio y le dijo:

-Tengo hambre ¿qué te apetece comer?

-A ti, respondió él.

-Ya, en serio, ¿pizza o pollo? Ya sabes que el único delivery que llega acá es El Hornero.

-Pizza, pídete una hawaiana y la otra de cualquier otro sabor.

-¿Cualquiera? Verás que en ese menú hay pizza de maduro y choclo, jajaja.

-Sí, hawaiana y la otra que sea la que vos quieras.

Llamó a la pizzería El Hornero y ordenó una pizza mediana hawaiana y una pizza mediana de todas las carnes. Una Sprite de un litro y un brownie con helado. Pidió que empacaran por separado el helado y el brownie. La cuenta fue de $32,58. Ella pagó con tarjeta de crédito.

-¿Cuánto salió?

-Todo bien, yo invito. Estás en mi casa.

-Me olvidaba que estoy con una mujer empoderada que no necesita nadie que le pague ni le invite a nada.

-Ser una mujer empoderada no tiene nada que ver con invitar a comer. Eres mi novio, lo hago con cariño.

-Jaja. Bueno, Simone de Beauvoir

Se acostaron juntos en la cama destendida, se besaron apasionadamente, desde el cuello hasta el abdomen.

Timbraron, llegó la comida, habían pasado ya 30 minutos de besuqueos.

Subieron la comida a la habitación y la asentaron en la cama. Faltaban vasos para la gaseosa, así que bajaron por ellos a la cocina.

Empezaron a comer.

Él empezó a devorar la pizza hawaiana y ella comió el brownie con helado, una probada de brownie seguida de una probada de helado.

-¿Por qué comes el postre primero?

-Porque es lo más rico… Luego me lleno y no avanzo lo más rico.

Ella acabó el brownie con helado y después comió tres pedazos de pizza, dos de todas las carnes y una hawaiana.

Él acabó con casi toda la pizza hawaiana.

Retiraron las sobras de comida de la cama, la volvieron a empacar y la metieron en el refrigerador que estaba abajo, en la cocina.

Cuando subían las gradas tras el paso por la cocina, él le tocó las nalgas, ella se dio vuelta y lo miró con amor.

Una vez en la habitación tendieron la cama para estar más cómodos y acostarse y ver una película con tranquilidad.

-Veamos “Media noche en París”-, sugirió ella.

-Dale, me la repito porque ya la he visto.

-Por aquí tengo el DVD pirata, aguanta lo busco.

El DVD no estaba en su habitación, así que fue a buscarlo en la de su hermana. Encontró el DVD. Colocó la película y la primera escena que se proyectó fue la de hombre disfrazado de Tarzán junto con una mujer que tenía el pecho desnudo.

-¡Carajo, esto es porno! Jajaja-, dijo él.

-Jaja, sí, a los 11 años de edad yo no veía porno.

Tras el fiasco, apagaron la televisión.

El novio se tumba en la cama con gestos de hartazgo… Ella aún estaba vestida tal cual como salió en la mañana. Para estar más cómoda se quitó el abrigo rojo y se acostó junto a él.

Miraron juntos el techo e intentaron descifrar las formas que se creaban en él. Veían de todo, desde animales de zoológico hasta sus propios rostros. Luego ella se dio la vuelta porque se aburrió. Él la tomó por la cintura y luego empezaron a besarse… Él le besaba el cuello, ella le besaba el cuello…

Él intentó quitarle la blusa blanca con rayas horizontales un poco más blancas, ella se resistió, pero siguió besándolo el cuello.

Él le arrancó los botones de la blusa blanca con rayas horizontales un poco más blancas y le empezó a besar los senos. Ella lo miró fijamente y le dijo:

– No quiero

-¿Estás jodiendo? Nos estamos besando de la manera más caliente, ¿no?

-Sí, pero no quiero más

-¿Qué te pasa? Lo hemos hecho cientos de veces… Ya sé, estás jugando, te estás haciendo la bravita.

-¡¡Te digo que no!!

Haciendo caso omiso, él empezó a desvestirla… Le quitó por completo la blusa blanca de rayas horizontales más blancas y le mordió los senos. Luego le bajó el jean apretado con grosería y se lo dejó en la mitad de las piernas. La penetró una vez.

Ella lo empujó con fuerza y le dijo que se largara de su casa, que no quería volver a verle jamás.

Él no entendía lo que pasaba, pues eran novios y ser novios te da una licencia para tener relaciones sexuales siempre que quieras, según su mente obtusa.

-¿Qué te pasa? No entiendo, lo hemos hecho antes.

Ella se vistió rápidamente y le pidió por última vez que se fuera. Él se fue, sin darse cuenta que acababa de convertirse en un violador.

Cuando él se fue, ella se metió debajo de las cobijas. Su respiración se agitaba cada vez más. Extendió la mano hasta la mesa de noche para alcanzar su celular y en el estado del BlackBerry escribió: “El peligro de hoy no estuvo en manos de extraños”.

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*Sougand Hessamzadeh es PhD en Ciencias Sociales y abogada, catedrática universitaria y activista por los derechos de las mujeres y la población GLBTIQ. Esta es su primera colaboración para loscronistas.net

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