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«Un escritor incómodo», por Javier Vásconez

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¿Cuáles son las razones profundas del escritor Javier Vásconez para consagrarse a la literatura? ¿Cuáles son las claves de su obra? ¿Cómo ha sido, hasta ahora, su trayectoria en el mundo de las letras? En este texto, exclusivo para loscronistas.net, el autor hace un mapa de su tránsito por la escritura y argumenta el por qué de su estilo y sus temas. Cuestiona, además, al pacato, sectario y mediocre mundo literario ecuatoriano.

Por Javier Vásconez*

Toda idea, al fin y al cabo, es una idea demencial.                                                                                                                        Thomas Bernhard

A veces pienso que haber nacido en el páramo tiene su ventaja, pues los páramos son lugares recónditos y poco frecuentados, el lugar perfecto para otear a la distancia el mundo, aunque también hay una desventaja: su aislamiento. Tal vez se me adelantaron tres ilustres damas y escritoras inglesas, las hermanas Brontë, al momento de percibir y contar el páramo.

Ecuador es país de autores poderosos, algunos vinculados a la naturaleza. Jorge Carrera Andrade se ocupaba del idioma de los pájaros, Gangotena amaba el silencio y las piedras del páramo, Efraín Jara Idrovo se deleitaba desde Galápagos. En términos generales, Ecuador ha sido injustamente excluido del panorama de la novela latinoamericana, salvo por unos pocos nombres —Pablo Palacio, Jorge Icaza, Alfredo Pareja—. Durante mucho tiempo nos mantuvimos aislados, sin comunicación, recluidos en una asfixiante vasija de barro, sin habernos preocupado por establecer un vínculo literario con los países vecinos, ni con otras latitudes.

¿Cómo vivir y escribir en el páramo? Este país está lejos de todo y aún más de sí mismo. Permítanme que haga una digresión. Al salir del colegio en 1965, apenas cumplidos los diecinueve años, me marché a Europa. Ese pasado universitario, tanto el de España como el de París, me parece inexistente. Salvo por un par de cursos del profesor Blecua en Pamplona y unas cuantas clases de Bryce Echenique en la Universidad de Vincennes, el resto fue irrelevante para mí. Porque la literatura, en mi opinión, siempre ha estado en la calle. En esos años de París, durante el verano yo me transformaba en mochilero devorador de libros. Así inicié mi vida de andariego hasta llegar al Sur de Estados Unidos, a Oxford, Mississippi, tras los pasos de Faulkner, con quien he sostenido una relación de absoluta y pasional admiración. Entonces, fueron las lecturas de aquellos años las que configuraron mi futuro gusto literario. Hice de la novela una forma de conocimiento. ¿Qué estaba buscando? ¿Adónde iba?  Yo demandaba un libro que ni yo mismo conocía y que aún seguía extraviado en mi cabeza. En esos días había no sólo la satisfacción y el descubrimiento de algunos escritores —Proust, Céline, Conrad, Henry James, Lautréamont, Sade, Pavese y Lawrence Durrell—, sino la proeza de haber aprendido a mirar más allá de la bohemia. En efecto, más que ninguna otra cosa, Europa con su capacidad para interpretar el mundo, me había adiestrado en el arte de mirar. En mi opinión, saber mirar es la clave secreta de un escritor.

Francia fue mi residencia, mi centro vital, sobre todo París. ¿Quién no se vuelve escritor al extraviarse por los barrios de esta ciudad? Luego, todo cambió. Sin nostalgia, casi por un accidente, resolví abandonar París en 1974. Regresaba a Quito con las manos vacías, sin traer un libro escrito por mí. El país había cambiado, gracias al descubrimiento del petróleo, la gente tomaba vino y en las peñas musicales se cantaban canciones argentinas y chilenas, pero yo estaba demasiado insatisfecho, desolado, incluso indignado para ser parte de esa alegría colectiva. Tardé un tiempo en adaptarme, en asimilar la cansina jerga revolucionaria cubana de los años setenta. Tenía la sensación de estar fuera de todo. Vivía en estado de desconfianza, descorazonado por la manera cómo aquí se enfocaba y se entendía la literatura dominada por el realismo social. Me resultaba difícil asimilar día tras día ese especie de manual elaborado por algunos poetas y escritores supuestamente comprometidos políticamente que hacían de comisarios, de inquisidores, y que controlaban desde la Casa de la Cultura la batuta del poder, mientras en el resto de América Latina circulaba un aluvión de novelas extraordinarias, como Conversación en la Catedral, El siglo de las luces, Pedro Páramo, La región más transparente y La vida breve. De hecho, la Casa de la Cultura estaba tomada por funcionarios sin imaginación, por escritores sin una verdadera escritura y sin sueños: vampiros. En el año 1976 aparece Entre Marx y una mujer desnuda, de Jorge Enrique Adoum, novela postiza y bastante profesional, aparentemente renovadora, que pretendía ser heredera de Rayuela. Al leerla empecé a fabricarme una prótesis contra los postulados culturales de esa gente. Para ser sincero, lo que me hubiese gustado habría sido meterme en la conciencia de un hombre y escribir una novela que me sacara de todo ese falso experimentalismo. Quería aportar algo al polen de la mente humana como si fuera una geografía ignota y apasionante.

Supongo que, a partir de un momento determinado, tras haber publicado Ciudad lejana, en 1982, me convertí en un escritor incómodo. Fue mi primer libro, pero también fue un libro feliz y lo sería para toda la vida. Después vino El hombre de la mirada oblicua (1989), el cual provocó una cierta incomodidad por otros motivos. Los lectores se habían habituado a la ciudad barroca de Ciudad lejana y por lo tanto se hizo una lectura mezquina de este libro. Se ignoró olímpicamente el cuento «La carta inconclusa», que sería rescatado muchos años después no por su aspecto formal, por su estilo epistolar, sino por el personaje de Ana, ‘La Torera’. A nadie parece interesarle el estilo en este país, quizá porque es una exigencia relacionada con lo individual y estético sobre lo social.

Un día descubrí que mi enfermedad —la epilepsia— podía ser el punto de partida oportuno para abordar otro tipo de literatura. La libertad y ubicuidad de esta postura me iba a conducir a la palabra desde otros ángulos. Descubrí que mis dolencias podían ser una maniobra de protección y aprendizaje, el vehículo en el cual iba a desplazarme en cualquier dirección, incluso podía contaminarme desvergonzadamente con la literatura de otros escritores. De toda esa asimilación, nació la metamorfosis de mis futuros libros. Fue cuando ahondé y me di de bruces con autores como Céline, Naipaul y Thomas Bernhard. En cuanto publiqué El viajero de Praga, cambió todo. La novela es la historia de un médico checo que viaja a una línea imaginaria, y también es un homenaje a los llamados géneros menores —novela de espionaje, novela negra, novela de viaje—, y además pretende ser un retrato soslayado de la guerra fría. Es la visión de un país y un repaso sobre la enfermedad, el amor y la soledad. Entre la ambigüedad de las palabras y la oscuridad de la epilepsia, había logrado encontrar mi ciudad, el silencio, el aspecto vigilante del volcán, la nostalgia de la infancia. Ahora ya no estaba solo. Por fin tenía lo que necesitaba. Podía hablar ante la presencia reservada del doctor Kronz, la voz insinuada de Sofía o la figura esquiva de Roldán y la de todos los demás personajes.

Para alejarme del estilo experimental y realista exigido por la literatura latinoamericana de ese momento, del realismo brillante, pero agotado por algunos escritores del boom —Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Cabrera Infante—, yo había optado por otra solución. Aproximarme a una corriente más intimista, subterránea, que se venía desarrollando con escritores como Sergio Pitol, Clarice Lispector y Rubem Fonseca, por citar a algunos. Debía cultivar la estética del disimulo. Bajo esta perspectiva, los hechos se difuminaban hasta llegar a la distorsión y las cosas dejaban de ser lo que eran. La consigna era buscar lo indeterminado y narrar a partir de la conjetura, con la memoria concentrada en el tal vez y el quizás. Escribir como si estuviera guardando un secreto. Había que atravesar la realidad desde la conciencia de los personajes y exponerla sin más como un hecho ocurrido.

Bajo esas circunstancias, ¿cómo vivir y escribir desde el páramo?  ¿Cómo no ser incómodo? El deseo de escuchar mi propia voz me exigía armar mi propia genealogía literaria, sin someterme ni a las modas ni a las ideologías del momento. Lo primero que hice fue ignorar —a riesgo de quedarme solo— la absurda simplificación sartreana sobre el compromiso. Por supuesto, olvidarme de Cuba. Hubo una gran tensión y resistencia de parte del poeta Roberto Fernández Retamar a la hora de premiar Ciudad lejana (el cual había sido enviado por el editor Diego Cornejo a Casa de las Américas) por el contenido de «Angelote, amor mío». El personaje es gay y los gais, según el poeta cubano, hacían mucho daño a la Revolución. Sin embargo, he de añadir que la editorial Arte y literatura de Cuba publicó en 2013 La sombra del apostador.

Llegados a este punto, me di cuenta de que era necesario esquivar la tradición de la novela latinoamericana realista y convertirme en una especie de traidor. De hecho, para escribir El viajero de Praga, no sólo hice una interpretación y hasta una lectura muy personal de la historia del país y de su modesta literatura, sino también de toda América Latina, pues, sin lugar a dudas, yo ambicionaba otra cosa. Había empezado a desconfiar del dogmatismo formal de ciertas novelas del boom, por más brillantes que fueran, y de sus limitaciones para profundizar en los personajes. Yo buscaba algo más. Y así llegué a la conclusión, utilizando palabras de Juan Benet de «que el último objeto de la literatura no es describir la realidad, sino envolverla». De eso se trataba. De indagar en la conciencia de los personajes y utilizar varios escenarios al mismo tiempo, hasta envolverlos con las palabras.

Sin duda la aventura nos provoca miedo, incluso nos aterra y también nos atrae, pero a veces es necesaria y nos enriquece con su aire refrescante, hasta que finalmente arribé a un puerto más o menos seguro, donde habitaban quienes serían mis referentes de toda la vida. Han quedado Shakespeare, Rulfo, Kafka y Faulkner.

Después, de forma gradual, fueron apareciendo el resto de mis libros. Así construí una ciudad, una geografía, unos personajes. ¿Escribimos para los muertos? Al momento de la escritura yo me sumergía en una atmósfera, en una atemporalidad que sin duda se enlazaba a los recuerdos de tantos amigos con los que hablé y soñé en los cafés, de libros, de casas abandonadas, ciudades y amores olvidados. ¿Dónde están? De todas esas pérdidas, de todos aquellos viajes sin retorno nacieron mis novelas y todos mis cuentos. Escribir es soltar los hilos de la memoria y entregarse apasionadamente a las palabras, aunque siempre he ignorado adónde me conduciría tanta escritura.

De nuevo voy a incomodarlos esta noche con El coleccionista de sombras, porque la literatura es el arte de incomodar y es lo que yo vine a hacer en este mundo. Incomodar. He llegado hasta aquí acompañado por el conde Velasteguí, a quien alguna vez vi regentar un casino en La Circasiana. También he seguido el taconeo fúnebre de las muletas de Roldán y la neurosis escritural de Vásconez, acompañado de Denise y de todos los personajes del libro, especialmente de los escritores formando un cuerno de sombras en la biblioteca. He venido con satisfacción para hablar con ustedes tras haber escrito esta novela como un vértigo y un látigo de recuerdos.

En este país buscamos el éxito inmediato, apresurado. Preferimos la exaltación y la moda a la verdad. Pero yo no soy un escritor de éxito, nunca lo he sido y ni siquiera me lo he propuesto, quizás he buscado un cierto prestigio, si éste todavía existe. Pero tal vez mi individualidad tan marcada es lo que me ha convertido en un escritor incómodo, por eso la literatura ha sido mi caparazón contra el espanto del mundo. Hay escritores que hacen del éxito y del abuso del mercado un escudo para protegerse de la escritura. Yo sólo me vanaglorio de poseer algunos lectores y lectoras dispersos aquí y allá, muy leales, exigentes, como los congregados esta noche aquí.

_________________________

*Discurso pronunciado por el autor ecuatoriano javier Vásconez durante la reciente presentación oficial de su nueva novela, «El coleccionista de sombras», en Madrid, España. Este texto es de uso exclusivo de loscronistas.net y no se lo puede reproducir sin permiso del autor.

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Comments (2)

  1. María José Larrea Dávila

    21 Dic 2021

    He leído con atención su discurso. Yo me pregunto: ¿la presencia del páramo no está en otras obras literarias ecuatorianas? ¿Entre las hermanas Brontë y usted no hay otros escritores que hayan hablado desde este escenario? ¿No es desconocer a Gonzalo Zaldumbide, a Iván Égüez, a Alicia Yánez…? Puedo pensar en una posible tesis o leer con mayor atención la literatura ecuatoriana para encontrarme con el páramo y saber qué ha hecho de mosotros este paisaje. Por suerte, en seguida reconoce que hay autores poderosos en Ecuador.
    Su digresión me lleva a conocer su mundo de lector. Lanza nombres con los que me identifico y otros con los que me invita a ir por ellos.
    Europa le enseñó a mirar y esa es la clave: ¿qué miro cuando miro?
    Adaptarse al Ecuador después de casi 10 años de vivir en el exterior lo «desadaptó», pero esa mirada es interesante, no he leído a nadie que haya dicho: «La Casa de la Cultura tomada por gente sin imaginación», esta influencia de Cuba (sin saber ni querer entender eso que hoy ya lo sabemos), dejar de lado grandes novelas mundiales que se leyeron atrasadamente en el país.
    Buenísimo ir por otras lecturas sin caminar con la masa, con «los postulados de la cultura».
    El inicio y trayectoria de sus libros, y la denuncia de no importarnos a los ecuatorianos el estilo.
    Descubrirse en su enfermedad y escribir desde ella le ha dado un giro a sus novelas. Ya no solo se han construido desde la influencia externa de lecturas y experiencias, sino desde su propio interior; una realidad dolorosa y honesta. Ha encontrado su voz con la decisión de ser solitario, lejano de modas e influencias; en este mismo páramo. Ha vagado en un mundo de lector que solo leyendo sus obras lo descubriré.
    Me incita a profundizar en el tratamiento de sus personajes.
    Decide y comparte sus referencias literarias: Shakespeare, Rulfo, Fulkner, Kafka; mucho más solventes en el tiempo.
    «Escribir es soltar los hilos de la memoria y entregarse a la palabra». Me hace pensar que con la palabra tengo que ir más allá de mis propias memorias y recuerdos.
    «La literatura es incomodar» y ese es su propósito, y me resulta constructivo; decidir: qué clase de escritora quiero ser.

    Concluyo para mí, a manera de un decálogo del escritor:
    * El lugar en donde vivo me da las luces para escribir.
    *Leer y leer mucho para decidir con qué escritores me quedo.
    *Mirar y mirar. Reflexionar lo que miro.
    *No ser de ideologías que a la larga fallarán, ser más profunda que los sucesos políticos que me envuelven, y me llevan por caminos por dónde transita una masa.
    *Alimentarme de mi interior y por ahí empezar.
    *Incomodar con mi palabra y mi estilo (sin que resulte artificioso).
    *Ser solitaria en el mundo de las letras.
    *No ir a la caza de lo nuevo. Quedarme en paz con lo que sé, que es válido. No perderme en ese camino de la moda y las influencias que van por otro sendero distinto al mío.
    *Volver a los clásicos.
    *Encontrar mi voz, ir con la palabra más lejos de mí.

  2. Javier Vásconez

    22 Dic 2021

    Estimada María José Larrea, quizás hay un malentendido. Al referirme al páramo lo hice, sobre todo, en términos del aislamiento, lo que significa haber nacido aquí, un aislamiento cultural y literario. Quizá me faltó extenderme y aclarar sobre este punto, ser más específico: no soy, por supuesto, el único que ha escrito sobre el páramo en este país. Más abajo, en el mismo texto, hice alusión al poeta Gangotena.

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