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Muñeca de trapo

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Viviana Garcés-Vargas

«Tengo una muñeca vestida de azul, zapatitos blancos y delantal del sur».

Recuerdo que mi mamá cantaba esa canción cuando yo era muy chica, antes de dormir, mientras me formaba rizos en el cabello con su tenaza y soñaba que era parte de la nobleza.
Continuamente ha tenido esa misión: martirizar y atormentarme.
Siempre he sido expuesta como un producto, sí, uno hermoso, muy agradable a los ojos ajenos, encantadora. Tenía siete años y la gente hacía peticiones con meses de anticipación para que participara como princesita de Navidad.

Mi mamá, encantada, confeccionaba los vestidos: vaporosos, con randa o güipiur. Me maquillaba, aunque no tuviese la edad suficiente, y compraba las coronas y los cetros en las tiendas de disfraces, todo un espectáculo. Entre tanto, me hacía parar de puntillas, colocaba mi tutú e imitaba a las grandes balletistas en medio de la escarcha. Mamá sonreía, era nuestro pacto.
Crecí siendo el único adorno de una casa desolada y triste que era el yacimiento de mamá. Un hogar de dos pisos, jardín moribundo, llaves que goteaban y un piso de mármol sin pulir. Mamá no tenía tiempo para limpiar, pero sí para crear un socavón en mi autoestima, exigiendo perfección, eliminando el plácido consuelo de comer a gusto, obligándome a consumir 900 calorías diarias, a contar los gramos de cada comida para la niña que se estaba convirtiendo en un alambre.
Mamá me había transformado en un cuerpo pequeño y brillante que debía ser expuesto en múltiples vitrinas para obtener réditos.

Me hacía participar en cada torneo para el reinado de belleza y coleccionaba las medallas de hojalata de las competencias de danza y los diplomas conseguidos como premios consuelo en las competencias intercolegiales de Speeling Bee.

Para mamá, yo era su emprendimiento, una muñeca de trapo, una marioneta de cabello negro y sedoso, la Barbie esbelta a la que le vestía ropa provocativa para hipersexualizarla. Mamá quería lucrar de mi delicado reflejo, el destello que solo necesitaba amantes.
Yo anhelaba vivir en un cofre musical. Un alhajero que me refugiara de la desesperación de mamá por convertirme en su fuente de ingresos, de su ansiedad por transformarme en su juguete.

Debía imitar los pasos de Shirley Temple, ella en tap, yo en ballet. Pero lo lamentable era que solo nos parecíamos en que nuestras madres se enriquecieran a costa nuestra, sacando provecho de la coquetería propia de una niña, la sonrisa innata de una adolescente.
Mamá me compró el primer maillot rosa y las zapatillas de media punta del mismo color a los seis años y desde ese momento supe que la manipulación sería parte de mi vida: siete días a la semana, exhaustivos horarios de entrenamiento, todo para ser la primera bailarina, por contar historias a través de la flexibilidad de mi cuerpo.
Estar en escena se transformaba en el desconocimiento del dolor. El padecimiento que me provocaba el uso de las zapatillas de punta, los dolores en las rodillas, los pies, músculos. El compromiso estaba presente: estar lastimada no te excluía de cumplir. Mamá lo veía como un capricho para no obedecerla. Karinita, ¿nunca has soñado en ser princesa o reina? Así me insistía, me lavaba el cerebro mientras me probaba bikinis con menor cantidad de tela, con mayor provocación a la  violencia.

Yo solo me aferraba a la danza. Interpretar el «Lago de los cisnes» y creer que al menos en el ballet podía ser dos criaturas diferentes, podía recrear las pesadillas del ser humano. Pensaba que mamá no tendría ningún tipo de injerencia en la danza, pero no fue así.
La objeción de mamá hacia el ballet siempre fue más resistente: la falta de rédito que le generaba. Su oposición se manifestó arduamente cuando hice el examen de Ser Bachiller y obtuve una beca de licenciatura en danza para estudiar en Guayaquil. A mamá se le acabaría el tesoro de los Llanganatis, sería Rumiñahui tirando todo el oro al lago. Se negó a cualquier petición, a ser madre, se convirtió en la tirana de la historia y en la mujer más obsesiva con la perfección.
La idealización de mamá con la belleza, era para mí era el inframundo y solo deseaba ser amiga de Caronte para que transportara la percepción que mamá tenía sobre la hermosura al Hades sin tantos cuestionamientos y que mi cuerpo pueda danzar libremente en los Campos Elíseos.
A los 18 años vivía atada a las fajas, pestañas sintéticas y a los tacones de 15 centímetros que no soportaba. Coleccionaba pelucas, atuendos de noche con perlas y lentejuelas, trajes de baño que mostraba las miserias que mamá anhelaba operar. Ella aguardaba a que participara en el Miss América del sur, aspiraba a que transformara mi cuerpo con un implante de busto y prótesis de silicona en las nalgas, siempre acompañada de una cinta métrica. La muñeca de trapo nunca fue exquisita ante los ojos de mamá, la muñeca de trapo debía tener un patrocinador.

Mamá buscó en su lista de contactos, hurgó entre los hoteleros, banqueros y deportistas. A los que se les inyectaba los ojos al ver a una jovencita y no podían evitar tratarme como un bonito trofeo. Karinita, te mereces ser la única reina que baila. ¿Recuerdas que ese era tu sueño de pequeña? Decía mi mamá, uno de ellos será tu mecenas de belleza.

El futuro padrino era el gerente de una cadena hotelera internacional. Se presentaba en las revistas nacionales como un esposo y padre de familia ejemplar. Siempre colgaba de su cuello un crucifijo de oro, bendecido por el Papa, consagrado a sus múltiples negocios ilícitos. Abrió las puertas de su oficina, mamá me dejó allí pero jamás me acompañó a alguna de las reuniones. El hombre solía tocar y manosear su mano izquierda sobre mi trasero, mientras que con la derecha firmaba cheques. Necesitaba verificar resultados, comprobar cuál sería su inversión total.

Pagó al menos $5000 y yo tuve que solventar esa inversión desnudándome en sus mejores habitaciones, en shows en la que mi tutor era el único espectador. Él me aplaudía, me tocaba, me besaba en los senos y entre las piernas, yo era su cachivache sexual. Mamá ignoró todas mis advertencias las noches donde me desvelaba sollozando por ser el premio mayor de la subasta de niñas vírgenes; al contrario, ella vivía agradecida, al fin su hija tendría los tres vestidos de coctel que necesitaba para presentarme en la final.

La última presentación sería decisiva, el sponsor formaría parte del jurado, mamá pensó que obtendría la corona y me convertiría en un referente del mundo de la moda en Ecuador. Desfilar en traje de baño era la conclusión de la competencia. Horas antes de la gala, debía pagar la cuota diaria de manoseos y felaciones. El mecenas me citó en uno de sus penthouses. Bebimos un par de copas de whisky para celebrar la corona. Nos relajamos. Decidí vendar sus ojos para otorgarle gratitud infinita. Rogaba que lo atara al espaldar de la fina cama de cedro y así lo hice, con unas cuerdas fuertemente. Embadurné su cuerpo con champán, el que había ayudado tantas noches a tolerar sus aberraciones. Saqué un encendedor del amplio escote que ahora tenía gracias a él y la habitación se alumbró de inmediato con pequeños fuegos que empezaron a arrasar con todo. Si yo no podría volver a bailar en los Campos Elíseos, al menos me acompañaría al infierno.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión” (2021). Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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