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La última pasión, cuentos de Viviana Garcés Vargas

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En el fondo hay una denuncia de lo que ocurre en las calles con direcciones, en los recintos, en las ciudades y los pueblos.  El dolor de las relaciones cimentadas en prejuicios, en la urgencia, en el desconocimiento, en el poder, en la sumisión, en el abuso, en la falta de educación y autoconocimiento. 

Por María José Larrea Dávila*

La última pasión, de Viviana Garcés Vargas, es una selección de veinte relatos agrupados bajo el título de uno de ellos. La fotografía en claroscuro de un cuello descubierto, sensual, se eleva hasta el rostro que continúa en esa misma dirección con una boca que espera; el hombro desnudo se difumina en la negrura de la portada como una aproximación del eros a la sexualidad, tema conductor en cada una de las narraciones.

El agradecimiento evidencia esta disposición de Viviana a escribir para ella y sus lectores, quienes también cumplirán con la función de opinar la obra.

El prólogo de Rubén Darío Buitrón es una constante selección de autores clásicos que posibilita a los futuros escritores a encontrar entre sus líneas las características de la literatura y una serie de consejos para comenzar a escribir y, a pesar de haber escrito, continuar con la corrección hasta llegar al punto en el que el texto se muestre completo para su publicación, sin prisa, como diría Yourcenar.

Los personajes de la obra son parejas breves que se conocen y se relacionan, la mayoría, a través de las redes sociales y sus plataformas, también en los sueños y en las pesadillas: prostitutas, travestis, estudiantes, gente común sin contemplar la edad. Las atmósferas son propias de áreas laborales, gimnasios, asilos, hospitales, aulas, moteles, las propias casas y las habitaciones; covachas, calles populares, el mar.

Sin embargo, el escenario es el cuerpo humano, sus genitales, las zonas erógenas, la piel.

En sus historias utiliza una y otra vez un vocabulario referente a la sexualidad, a la tecnología, a las drogas, a las marcas de moda; una mezcla del español con el inglés.  Y para llegar al erotismo enumera las prendas de vestir, las características físicas, las tallas, diversas canciones y marcas de perfumes; puntualiza las acciones del cuerpo en el momento mismo del acto sexual.

Detrás de cada relato hay otra historia, no la que se lee, sino la que se esconde, tal vez, la que no se quiere mostrar.  La última pasión puede ser una especie de radiografía del devenir de las prácticas sexuales.  La narración es natural, ágil, sin lecciones ni mensajes, como si contara episodios que pudieran ser testimonios o inventos que, de todos modos, suceden en la vida de la gente, con ritmo y secuencia, con finales inesperados, quizá liberadores, y, en muchos, el clímax que nos deja atónitos. Pero el tema principal ─en la cotidianidad se lo nombra pocas veces y cuando se lo hace funciona como broma o con segundas intenciones─, aquí, a partir de la ficción, se lo aborda con franqueza y claridad, desde la ansiedad, la búsqueda o la huida del ser humano.

Viviana Garcés, a través de su obra, valiente, permite la reflexión sobre estas prácticas unidas al manejo de las redes técnicas, al fetichismo, a ciertas frases que tienen que ver con idiosincrasias, con creencias arraigadas, con estereotipos que nos han vendido y hemos comprado sin hacer la mínima reflexión; sobre todo, da a conocer la concepción que tiene la sociedad sobre la sexualidad, pensamientos que parecen inocentes, como si no se afectara con su rutina y con la sola idea a los ecuatorianos. Estas palabras se refieren a todo lo que va por debajo de las prácticas sexuales en la obra y se las percibe a través de sus personajes.

En el fondo hay una denuncia de lo que ocurre en las calles con direcciones, en los recintos, en las ciudades y los pueblos.  El dolor de las relaciones cimentadas en prejuicios, en la urgencia, en el desconocimiento, en el poder, en la sumisión, en el abuso, en la falta de educación y autoconocimiento.  El vacío de una sociedad carente de salidas y de ofertas creativas.  La copia constante de lo que brinda la publicidad y lo que viene de los países extranjeros; el mal uso de las redes.

Pero aquí se requiere puntualizar. Si se analizan estos dos años a raíz de la pandemia, todo se ha ejecutado por medio del Internet y sus aplicaciones: se ha estudiado, se ha trabajado, se ha comprado, se ha comido, por medio de la tecnología que si bien se la utilizaba antes, el virus hizo que toda la humanidad se introdujera, quiera o no, en esta elipsis que no se sabe alrededor de qué planeta gira; después, en unos años, se conocerá las consecuencias.  Si el diario vivir se ha proyectado a través de las pantallas, ¿por qué la práctica sexual tendría que ser distinta?, ¿qué la hace diferente para que no funcione de tal manera?, ¿cuántas parejas por cuestiones de trabajo, de migración, de la pandemia, han vivido separadas utilizando este medio para relacionarse y amarse?, ¿cuántas habrán muerto por arriesgarse a encontrar de manera presencial, furtivamente, en época del coronavirus?

Unas frases tomadas al azar disminuyen la sensación de vacío y de esclavitud para dejar en medio de esta vorágine la emoción propia de la literatura:

“… un par de cervezas verdes por cortesía del verano”.

“… clausurada hasta la remodelación del amor propio”.

“… penetró al ritmo del compás como si fuera una tabla de surf que domina las olas…”.

“Él me había dejado en la puerta del letargo donde aún era feliz y no lo sabía…”.

“Las Peñas siempre ayudan o estorban…”.

“… la literatura nos estaba fundiendo y acercando”.

Y entre ellas, la que más pudiera llamar la atención, esta, mezclada de actualidad y mitología:

─ “¡Mami… mami…!”  Era su inagotable grito lascivo.  Me transformé absurdamente en Yocasta por unos cuantos segundos, hasta que Layo se cruzó en el camino, estimuló mi punto G y me despertó de la pesadilla de un mal polvo”.

Veinte narraciones de luz y sombra que dejan en rojo a la pasión.

_________________________________________

*María José Larrea Dávila, quiteña, nacida en 1970.  Estudió Lengua y Literatura.  Ha sido profesora en colegios de Cuenca. Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito. Perteneció al club de lectura “En perspectiva lila” y es miembro del club “Santa Ana”, de Cuenca. Es colaboradora permanente de loscronistas.net

*En la fotografía, la escritora Viviana Garcés Vargas.

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