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Por Viviana Garcés-Vargas*

El único recuerdo lindo que tengo de la infancia es cuando veía a mi mamá maquillarse. Ella me permitía tomar sus brochas e imitarla. Era la única oportunidad que tenía para verla sonreír sin que saliera corriendo a trabajar, al gimnasio o a los casinos, su gusto culposo.

Me crié en una familia en la cual jamás pude preguntar dónde estaba o quién era mi papá, ya que había un desfile de hombres en el departamento, pero ninguno de ellos era mi padre y tampoco había una sola foto de quién debería serlo. Solo sé que heredé su cabello castaño claro y ojos azules, porque en una de esas pocas ocasiones en las cuales mi madre hablaba de él, pude imaginármelo.

Vivíamos en un departamento en la Kennedy Norte, que fue expropiado en uno de los divorcios de mamá. Dos habitaciones vacías de amor maternal, grandes ventanales donde observaba cómo otros padres jugaban con sus niños y una sala que colgaba con orgullo una copia de «Ternura», el cuadro de Guayasamín, en la que me refugiaba a abrazar a la asistente doméstica cuando mi mamá me decía que era un mariquita. Candelaria era la única persona que me escuchaba y me daba el cariño que no conocía de otras personas. Velaba mis fiebres y me defendía como un hijo cuando mi mamá me decía que sería un don nadie.

En el colegio me conocían como «Sopita»: era el típico personaje que hacía payasadas subido al pupitre, porque siempre aspiré a ser actor. No le hacía caso al bullying pues estaba convencido que a la larga sería una motivación. A pesar del encame diario, tenía chance para vacilar con chicas de promociones inferiores, pero en realidad lo que más disfrutaba era chatear por Messenger y salir con hombres mayores para diversificar. A los 18 ingresé al Instituto de la Televisión (IDTV), porque mis ansias de estudiar actuación y dirección escénica seguían latentes y, de esa manera, además, podía desertar de la realidad de mi casa.

Mi madre empezó a presionarme para que aplicara a todos los castings posibles, debido a que su ludopatía estaba causando estragos en la economía familiar. Marcas de colas, galletas, comida para perros. Necesitaba seguir jugando al póker en los casinos clandestinos para mantenerse estable en un hogar donde nunca se encontraba a gusto y donde se la veía poco.

Navegando en avisos de trabajo por la web encontré un anuncio que se veía atractivo: Audición para hombres de 18 a 25 años. Blancos, fornidos y de preferencia con apariencia caucásica. Enviar fotografía de cuerpo entero y de perfil a www.dicks.ec.

Mi madre se encargó de tomarme las fotos en diferentes ángulos y outfits para enviarlas a la entrevista. Sugirió que una de las instantáneas fuera en ropa interior, para hacerla más atrayente. Fuimos a una tienda de Calvin Klein en Mall del Sol para verificar medidas y nos reímos durante el trayecto. Pocas eran esas ocasiones en las cuales mamá se convertía en mi amiga sin juzgarme. Un calzón negro, brasileño, similar a una tanga, fue lo que ella eligió.

Mamá aprovechó la hora azul para tomar las fotos. Recogió la cortina de poliéster que colgaba en el ventanal de la estancia y, aunque la mirada de desaprobación de Candelaria era evidente, mi madre plasmó los puntos más eróticos de mi cuerpo. Hizo zoom a mi pene sin que yo lo notase y tomó primeros planos de mi rostro y pectorales.
Imprimió las imágenes de su celular y las envío en un sobre manila. A los dos días recibí la primera llamada. La reunión sería a las 8 pm en Samborondón y debía asistir totalmente rasurado.

La cita era en un penthouse con vista panorámica al río Guayas y Daule. Había por lo menos cinco chicos más jóvenes que yo, haciendo ejercicios en un pequeño gimnasio, todos sudorosos. El director del casting nos llamó uno por uno. A mí me pidió que ejercitara unos 30 minutos en la máquina de dorsales y dijo que luego me llamaría. Los demás se encontraban en shorts bastante pequeños y camisetas sin mangas que mostraban sus prominentes masas musculares.

La habitación contigua estaba llena de chicos y solo una mujer, que aparentaba ser la asistente del jefe. Una cama de al menos tres plazas con cortinas oscuras, afiches de Katy Perry, aceites corporales en una de las mesas de plástico, tenga eggs y satisfyer men en una mesa de noche. En el otro buró, preservativos y lubricantes. Por dos horas de grabación ganaría $500. Mamá me prometió que recuperaría el dinero, pues la noche anterior había pasado por una mala racha. Accedí a que me penetren mientras la cámara grababa en primerísimo primer plano cómo ambos cuerpos se contorneaban entre supuestos gemidos de placer. La toma se repitió varias veces hasta que humillado, pero con dinero, me retiré luego de colocarme la camisa blanca, mi jean negro que mostraba mis glúteos bien formados y los convers blancos.

A pesar del poco presupuesto en casa, mamá me mostraba las maravillas de jugar en la ruleta. Había empeñado el air fryer y la cafetera para saldar ese entretenimiento.

-Miguelito, te prometo devolverte la plata (mientras se mordía las uñas de las manos). Te lo restituiré (sollozando).
Debía recuperar los electrodomésticos.

El nuevo casting fue en el antiguo cine Maya. Detrás de las cortinas verdes que decoraban una de las salas había cadenas, esposas y látigos. Eran las 10 pm y mamá me rogó para que fuera a esa hora. Solo había una persona más en esa gran espacio: el jefe de producción. Me ató a un pilar del sitio y empezó a besarme. Su cámara registraba el momento cuando él metía sus manos por debajo de mi pantalón. Me pagaron $750 por aquel espectáculo. Llegué a la madrugada. Candelaria, asustada, me secaba las lágrimas mientras mamá se había obstinado en llevarse la refrigeradora como prenda para jugar al Black Jack.

No había nada qué comer en la alacena. Candelaria, luego de 20 años de fidelidad a mi familia, no soportó más. Se le adeudaban cinco meses desde aquella maldición convertida en vicio. Mamá ya no sabía cómo recuperar los enseres. Había perdido 10 kilos por deambular en las máquinas tragamonedas y la habían despedido del trabajo por quedarse dormida en horas laborales.

Me imploró por tercera vez que asistiera a una audición. Necesitaba el dinero para pagar los estudios. Estaba a punto de vender el carro, la única comodidad que aún nos quedaba.

-Me siento orgullosa de ti, Miguelito (mientras encendía dos cigarrillos a la vez). Por favor, mijito, el Baccarat nos sacará de la miseria. Ya no podía verme a los ojos y Candelaria me suplicaba que ya no me humillara más. La presión de ser el sostén económico de la casa me abrumaba.

Habían inaugurado un nuevo club nocturno, el «Bunkers», en La Atarazana. Mamá me insistió en que sería la última ocasión en que necesitaría de mi ayuda. Era amiga del dueño y sería bastante probable en que me escogieran sin poner objeciones. Insistió en que me pusiera un hipster invisible sin costuras y una camisa negra que ella adquirió en Bassil para la ocasión.

Llegó la noche. Mamá me acompañó a la apertura de “Bunkers”. Se puso un hermoso vestido negro que acentuaba las caderas que aún llamaban la atención a sus 40 años y resaltaba su color de piel canela. Los tacos rojos y un labial del mismo color la hacían parecer veinteañera. Entré de su brazo por la parte de atrás del centro de recreación para prepararme en el camerino. Había grandes luces en el espejo principal y variedad de maquillaje y trajes para los artistas que se presentarían. Era la primera vez que mamá me daba un cálido abrazo. Al posar mi cabeza en su hombro, mis pupilas se dilataron, escuché órdenes y no puse ningún tipo de restricción.

Mamá me pidió que me pusiera una tanga de piel en color nude y empezó a colocarme aceite con brillos en todo el cuerpo, además de bronzer en el rostro para resaltar los ojos azules que tanto le gustaban a ella.

Se encendieron las luces laterales que se observaban desde abajo. Había un tubo en medio del escenario. Solo pude escuchar la voz de mamá: «menéalo, cariño, menéalo» mientras sonaba en el parlante: «It’s raining Men», de The weather girls.

Yo me contorsionaba en la barra vertical mientras mamá recogía el dinero que los asistentes intentaban colocarme en la braga hasta que, confundido entre las luces, la música y los borrachos que intentaban tocarme me di cuenta que mamá ya no estaba, que otra vez se habrá ido al casino, esta vez con más dinero, y que mañana sería, como cada vez que sucedía esto, un día muy triste en la casa semivacía.

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*Viviana Garcés-Vargas, nacida en Salinas, en la península de Santa Elena, es escritora y periodista. Integra la mesa de redacción de loscronistas.net y actualmente prepara su primer libro de cuentos, “La última pasión”. Los temas que apasionan a Viviana se enfocan en la situación de los marginados, los discriminados, las víctimas del patriarcado y el machismo, la gente que no vive una vida políticamente correcta.  

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