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Por María José Larrea Dávila*

Agosto, 28 de 2021

Me pregunto si los aromos de los que habla Lucia Berlin son los mismos que no florecen en la navidad de Zeñó Manué, de Chabuca Granda, o son los que alguna vez aparecieron en mi sueño: «Entraba por el garaje sin fondo de una casa desconocida, sin embargo, se ubicaba en la avenida de Los cerezos hacia Racar.  Como si detrás de la hilera de casas hubiera un barranco que llega al río ─en la realidad hay calles, terrenos todavía fértiles, más casas─.  Me acerqué al vacío.  En la hondonada, en el escampado, había un bosque de flores amarillas.  Desde donde estaba, yo miraba por encima de sus copas».  Es extraño y asombroso que lo recuerde.  Dicen que soñar con flores amarillas es un buen presagio, pero no cuando se trata del amor. A tantos años del sueño, me queda la energía de su color como un impulso a continuar.

“Las ramas del aromo amarillo empapadas de lluvia hacían eco del sonido rozando las ventanas” (Andando Un romance gótico).

Camino.  He dejado a mi hija en el entrenamiento de fútbol, me siento junto a los juegos infantiles vacíos, ato al perro a la pata de la banca hasta que se canse y me ladre, o me canse yo, y volvamos a caminar por la grava, y por la tierra. Cuando hablo del río, parece que me refiriera al campo, a la zona rural, a una hacienda, a las vacaciones.  ¡No!  Cuenca tiene ríos y camino a diario junto al Yanuncay, el segundo en importancia después del Tomebamba.  ¿Pueden los ríos tener alguna jerarquía?  Suficiente es saber que se cuenta con ellos. Todos los días me muestra un distinto hoy y un paisaje cambiante que dice, que habla, que cuenta.

Los aromos de ayer me han conmovido.  En mi trayecto no hay aromos ni guayacanes, pero hay fresnos pequeños que todavía no dejan un tapiz amarillo como el de la esquina de la Miguel Cordero y la Daniel Palacios, alegría al paso antes de llegar al Patricia, un minimercado al que acudo cuando tengo urgencia de un lápiz.  Me envuelve en un pensamiento amarillo.  Hoy, por donde camino no hay aromos ni guayacanes ni fresnos, pero hay ojos de poeta a montones: los mastuerzos.  ¿Qué miran los ojos de poeta?  Trepan los barrancos en cardúmenes naranja.

“Cangrejos y una tortuga chocaron con su pierna; cardúmenes de pececitos le hicieron cosquillas en los tobillos como gotas de lluvia” (La Barca de la Ilusión).

Los ojos de poeta se enredan en los troncos de los sauces, en los eucaliptos se prenden en vez de los koalas; son impertinentes, sus pupilas penetran lo que miran. Los ojos de poeta se han tomado mi jardín desde hace poco, tal vez llegaron con el viento desde el río negro o en los picos de bandadas de pájaros azulgrisnegros, turistas de paso, picotean y se van; sueltan las semillas de esos ojos que se trepan por los bloques ordinarios de la pared que separa mi casa del mercado ─la cubrirán con el tono maduro del zapallo─, los guabisay, las yucas y hasta las orquídeas que perfuman en la noche cuando han absorbido el calor del sol intenso en las mañanas.  ¿Cómo combinará el fucsia junto al naranja Clementina?  Esperaré a que florezca la Cattleya en marzo o en abril.

“Liz y Jay eran tejedores; los chicos hicieron un centenar de ojos de Dios con retales de lana” (La Barca de la Ilusión).

⁂⁂⁂⁂⁂

Cuando camino con mi hija pequeña no es un cuando, es un siempre que durará la infancia. Recuerda cosas de las cuales, al oír desde su voz y su ironía, me avergüenzo; escucho lo que dice. Ha grabado cada sentencia, cada ira manifestada en mi palabra, la impotencia revestida de órdenes y proverbios y refranes.  Me sonrojo. Le pido haciéndole chiquito a mi ser y dándole fuerza a su creatividad: «─Escribe, sería buenísimo un Stand up Comedy con esas palabras y esas intenciones; desde tu voz y tus gestos, no importaría sonrojarme, avergonzarme; matarme de risa y también de llanto».

En el fondo ella reproduce la inconsecuencia de mi palabra entre lo que pienso y lo que digo; mi hija saca a la luz lo estúpida que soy.  Y por favor, que no me digan que no debo insultarme.  Hoy me gusta el sonido de esa palabra donde está y donde estoy, en el sendero por detrás de la casita de bahareque de la Quinta Lucrecia.

Los árboles y el barranco empinado del frente impiden la entrada de la luz y el meandro estático del río provoca el reflejo negro del granito esmerilado del agua como espejo inventándose la paz.  Caminamos como si no hubiera la ciudad, pocos metros acompañadas de un tapial de cantos rodados apretados con pencos y jades y orquídeas silvestres y cactus que no llegan al metro de altura y dejan a la vista las casitas de postal donde la gente celebra matrimonios y fiestas entre tejas, senderos, terrazas, escalones de ladrillo artesanal adornados con geranios y rosales antiguos sin invernaderos, entre ventanales con alféizares anchos que hacen de poyos para contemplar el jardín que en las fiestas se llena de carpas y arreglos florales que siempre quedan bien con el paisaje mientras los transeúntes y los atletas son convidados con la vista.

“─ ¡Estoy enamorada de esta casa, como una institutriz inglesa!” (Andando Un romance gótico).

En su monólogo cómico y satírico, mi hija podría reproducir mis gestos y mi voz:

«Haz bien la cama.  El que hace mal hace dos veces».

«No gastes tu tiempo en los sueños de los otros como mirar el YouTube o el Netflix por horas.  Perder el tiempo es dejar de trabajar por tus sueños y perfeccionar tus habilidades como aprender y practicar el fútbol, el baile deportivo, la guitarra. Hacer las tareas de la escuela.  ¿Cuáles son tus sueños?  ─le pregunto.  ─Quiero ser rockera ─me contesta.  Todo esto te va a servir para cumplir con tu sueño. Tienes 12 años, este es el tiempo. El rato menos pensado bailarás y tocarás y cantarás; y seguirás eligiendo otras habilidades en favor de tu sueño».

«Me encantaría leer contigo El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, para que te construyas, como quisiera construirme yo, en una infinidad de posibilidades sin postergarte nunca».

“Soy una madre espantosa.  Tengo que ponerme bien por mis hijos.  Dios, soy una calamidad” (Navidad, 1974).

Las palabras dirigidas a mi hija no son para ella, son para mí, aunque en el contexto de la caminata, tanto ella como yo creamos que son para ella.  Pienso de labios para afuera; ella escucha y graba. Con mi pensamiento en voz alta la fregué.

⁂⁂⁂⁂⁂

Observar y adaptarse.  Ser lo justo y lo necesario.  Jamás imponer nada o pedir algún cambio de comportamiento.  Hacer en silencio las mismas cosas tediosas de todos los días… No va conmigo. No quejarme porque no se ha lavado los platos después del almuerzo o del café o de lo que se ha comido.  Servir.  Si me pusiera en los zapatos de todas las mujeres, comenzando por las de mi casa: mi abuela, mi madre, mi hermana, mis hijas; renegaría. Nunca termino de hacer las mismas cosas. No sirvo para servir. Pero siempre termino sirviendo.

Hoy, por ejemplo, estaba pensando en mi hijo mayor.  Su perro, este al que lo saco, después de tantos años ha aprendido a escaparse.  Soy quien lo pasea para cansarlo y no pretenda irse, y al mismo tiempo, tengo mi cabeza en uniformes, útiles escolares, computadoras, academias: el inicio del año lectivo de Antonia.

“─ Ya.  Pensé que sería capaz de salir adelante sola” (Las (ex) mujeres).

⁂⁂⁂⁂⁂

En diagonal a la casita de máquinas de la antigua Empresa Eléctrica de Yanuncay cuyas tejas estuvieron por desmoronarse.

“Nadie pensó que el tejado se iba a desplomar.  Era un tejado la mar de bueno, caray” (Mi vida es un libro abierto).

Mientras leía El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, me pregunté si su destrucción importaría a alguien.  Con la lectura de Una noche en el paraíso, de Lucia Berlin, un conjunto de cuentos y relatos con los que reflexiono y siento y viajo en el tiempo, comparo mi vida y me lleva a escribir; me llega la respuesta: ¡sí, es una casita que importa a un colectivo con el gentilicio de cuencanos! Han quitado las viejas piezas curvas de arcilla, las han acomodado apoyándolas una junto a otra en el bahareque de la pared del corredor. Sin ellas el frente es una radiografía oscura de vigas delgaditas y tirantes negros de humedad. Dos hombres de verde fosforescente gritan sin voz con el color chillón de sus chalecos: ¡Cuidado, somos hombres trabajando! Retiran las dudas podridas y van tejiendo una estera con las nuevas del color de las canastas de la Rotary, una plaza artesanal en la Nueve de Octubre; entre duda y duda forman la trama del telar de la techumbre, intercalan pajas secas y doradas hasta formar una alfombra sobre la que descansarán las mismas tejas cocidas hace más de cien años y pocas nuevas, y parecidas, que servirán para reponer las rotas. Así, como se teje el pensamiento, entre duda y duda sobre una alfombra de razones, de creencias, de hallazgos. La casa es patrimonial y su cubierta se reconstruye con las prácticas antiguas.  Me alegra haber pensado y lanzado al aire la pregunta, haber sido escuchada y mirar la acción de la respuesta.

Hoy no pude traer al perro.  Si lloviera ─como parece que será─, ¿dónde nos guareceríamos?  Hasta que venga la lluvia, permanezco sentada sobre una roca muy grande y apoyo mis pies en otra igual, cerca, casi rozando el río.  Desde aquí miro el puente de la Av. Loja.  El río pasa por debajo, inofensivo, bordeando el sur.  Temo que aparezcan.

“Los ratones silvestres se colaban en la casa por todos los agujeros que Tony había taladrado para las cañerías.  Ratones descarados, campando a sus anchas…” (La casa de adobe con tejado de Chapa).

Entre los huecos de las piedras y, del susto, lancé el libro al agua. Algunas veces he visto ratas muy grandes acercarse a las parejas que descansan en la orilla del Tomebamba, las he espantado con terror para que no las alcancen o las rocen; desde el puente del Septenario he gritado: «Cuidado, una rata».  ¿Será este instante?

“¿Una forma de comprender la inmensidad”?  (Itinerario).

⁂⁂⁂⁂⁂

Sin año y sin día, sin tiempo:

“A veces con los años miras atrás y dices, ese fue el comienzo de…” (Una noche en el paraíso).

Mis hijos todavía chicos y no había nacido la tercera, sentados alrededor de la mesa redonda y pequeña de la cocina, así como en Lead Street, Albuquerque, sino en la Avenida Solano, Cuenca, lloré un futuro que se presentó como una profecía.

“¿Hay una palabra que sea lo contrario de déjà vu?  ¿O una palabra para describir que vi todo mi futuro pasar fugazmente ante mis ojos?” (Lead Street, Albuquerque).

Estaba hermosa ─he visto fotos─ y no simpática como mi madre insistía en que me viera, la misma edad de mi hijo hoy: treinta y un años.  Cada uno se llevaba la cuchara a la boca, no sé qué comíamos. Me caían lágrimas sin razón, no estaba triste, no sucedió nada, no entendía qué pasaba. Sentí la indiferencia y, sin embargo, hablé: «Estoy apoyada en la ventana, contemplo el cepillo del jardín, pensativa y lejana en medio de la sala vacía».

“Temblando, se quedó sentada junto a la mesa mucho rato, sola a más no poder” (La Barca de la Ilusión).

Solía hablar en los almuerzos para llenar el vacío. Quince años después, en el 2015, sucedió exactamente así.  Vendí las huellas de mi estilo y de mi gusto. Me fui.

“Me había mudado a Corrales para empezar una nueva vida, criar a mis hijos por el buen camino.  En un pueblecito tranquilo, donde pertenecer a la comunidad.  Me proponía conseguir mi doctorado y dar clases, ser una buena profesora y una buena madre, nada más” (Mi vida es un libro abierto).

Pero regresé dos años después a la misma sala vacía y la volví habitable y cálida una vez más.  Estoy aquí y no sé cuánto tiempo dure el “estoy aquí”.

“El miedo y la desolación le resultaban familiares, como volver a casa. Cenizas” (La Barca de la Ilusión).

⁂⁂⁂⁂⁂

¿Por qué tendríamos hijos?  Parece una pregunta que no cabe cuando se ha tenido hijos. Parece que no me sintiera cómoda y satisfecha y feliz.

“Me encanta lo que hago.  Solo que no quiero tener que hacerlo a las diez y veintidós. ¿Entiendes?” (Tiempo de cerezos en flor).

Después de un divorcio ─sin ser los hijos la razón del matrimonio─ cabe la pregunta. No pensé en ellos al separarme y eran importantes, más que el matrimonio en sí; tal vez estoy equivocada, pero la vida está por encima de cualquier institución. Tanto ellos como el matrimonio requerían de la fuerza del compromiso previo al propio devenir.

“─Hay que tener un crío. Se publicó la semana pasada. Los padres ahora están exentos del servicio. ¿Por qué diablos creéis que me caso, si no?” (Lead Street, Albuquerque).

Los maridos se iban a la guerra de Corea.  Así que, al hecho de tener hijos se le puede adjudicar varias causas para una decisión tan seria.  Cuando tuvimos hijos, las parejas amigas, aunque las guerras del mundo no requerían la presencia de nuestros maridos, tuvimos hijos.

“En ese momento, entonces, creyó que la criatura nacería en un mundo dulce y seguro” (La Barca de la Ilusión).

Cada una más orgullosa que otra.

“Es maravilloso oír a la gente hablar de su trabajo cuando aman lo que hacen” (Una noche en el paraíso).

Como si a esa edad hubiéramos sabido todo, amábamos ser madres y yo tenía apenas veinte, ¿qué podía saber?

“Lo que no habían comprado, lo que de verdad necesitaban, era un manual de mariposas” (La Barca de la Ilusión).

No las he vuelto a ver ni a escuchar ni a saber en absoluto de esas madres desde que dejé mi sala vacía, mi casa y la ciudad.  Ya no somos amigas. Me pregunto si alguna vez lo fuimos. Fueron épocas felices y sin prisas.

“Sabiendo que había tanto que no veía o no comprendía, y ahora es demasiado tarde” (Itinerario).

Durante los dos años que estuve lejos, supuse que transformarían la casa.  Cuando volví, estaba abandonada.  Hay cosas que a la vista carecen de importancia por ser cotidianas y aburridas y no generar ganancias; pero sí, tuvieron importancia: fueron y siguen siendo el escenario de mucha vida.  La misma importancia de cuidar y acompañar al perro, a este que se le ha dado por escapar; como yo, que también lo quiero hacer. En el 2021 son las cosas de las que no se hablan. El perro no es mío y ha adquirido las ansias de mi huida. El perro es de mi hijo y yo soy quien lo saco.  No apareció ningún ratón. Tampoco llovió.

⁂⁂⁂⁂⁂

Ayer tomé café con unas amigas y me preguntaron qué ha sido de mi vida desde que nos vimos la última vez.  Desde marzo de 2020 estamos en pandemia.  No quise hablar, me sofoco, no porque quiera callar, sino, más bien, porque al hablar me desnudo y soy infidente de mí, imprudente y, al mismo tiempo, valiente, aunque me sonroje.

“Hay ciertas cosas de las que la gente nunca habla. No me refiero a las cosas difíciles, como el amor, sino a las más bochornosas, como por ejemplo que los funerales a veces son divertidos o que es emocionante ver arder un edificio” (Polvo al polvo).

Cuando uno se siente víctima ve culpables en todas partes.  Hasta que me pregunté y lo sigo haciendo y aprovecho cualquier situación para librarme del rol: ¿para qué me llega lo que me llega?  Todo lo que percibí y lo viví desde niña se ha repetido de manera diferente en distintas épocas, tal vez, porque nunca me cuestioné, porque creí no tenerlo y solo hasta que reconocí su existencia me despedí, y sigo despidiéndome de ellas. La mitología y la literatura, además del remedo de mi hija, es hallar respuestas, y no sentirme perdida o solitaria en medio de esta humanidad; me quita un velo y me hace reaccionar ante la verdad sin poderme arrancar los ojos como Edipo.

En la niñez se ve, se compara, se asume y se calla.  Aunque no se mencione, aunque no se comparta con nadie: el silencio es un juez obstinado y elaborado, listo, a punto de salir a los labios aunque no salga, ya está dada la sentencia.  Estaba segura de que mi vida era mejor que lo que viven otros, me creía salvada.  Y no era así.  A esa edad no estaba lista para asociar los distintos disfraces y tintes que muestran las apariencias; no miraba al otro como el espejo que insiste en revelarme. La mentira es un tema constante y se oculta de muchísimas formas.  Qué suerte la de los que se decretan sinceros.

Mis compañeras en el colegio vieron una proyección honesta en mí: prefería un cero a copiar, y, sin embargo, envolvía en una servilleta el hígado que mi madre cocinaba de la peor manera y lo botaba en el aparador del comedor para esconderlo; robaba el chocolate para hacer los dulces; no daba lo mejor en mi tiempo ni a tiempo; no fui la hermana que tanto me inculcaron.  Callada. El silencio era violencia. La gente podía creer que mi familia era excepcional.

“La gente del pueblo la había estado observando, y ya casi había decidido que era una mujer trabajadora y una madre como la copa de un pino” (Mi vida es un libro abierto).

Nada es como se ve.  Me empeñé en mostrar lo que no era.  Tampoco sabía que estaba mostrando algo.

Mi madre era linda tanto en apariencia como en el interior, buena gente en el espectro amplio de la palabra, y siendo linda y buena fue despreciada.  Mi padre nunca se sintió cómodo en su propia piel y tampoco en la mía. El desprecio y el inconformismo se fueron forjando en mí.

Las peores fechas de mis días fueron las navidades. Una fecha simbólica e importante para el cristianismo, y, sin embargo, la peor fecha del año en una familia cristiana.  La noche de navidad era buena cuando había invitados o pasábamos en la casa de la otra abuela que alegre cantaba: «Yo no olvido al año viejo / porque me ha dejado cosas muy buenas».  O le hacía la misa al Niñito de la bisabuela, un bulto del siglo XVIII que, a la muerte de mi padre, lo tengo yo.

En las noches de las buenas navidades había pavo con relleno, salsa de ciruela, de membrillo, de arándanos, gravy americano; papas francesas con mantequilla, crema de leche y nuez moscada; hayacas; camote con piña; pristiños; eggnog y la torta de navidad que mami preparaba y la sigue haciendo con anticipación. Aunque no hubiera navidad: había, hay y habrá torta navideña, aunque ella deje de existir, porque esa torta nació y creció conmigo, tanto mi hermana como yo hemos aprendido a hacerla: por lo menos durará el sabor una generación más.

“─ ¡Gracias por la fiesta! ¡Feliz Navidad!” (Hijas)

En el 2016 comimos estos mismos platos después de no habernos reunido por veintinueve años; mis hijos festejaron con su padre. Volvimos a estar juntos un par de años más, hasta que mi papá murió en el 2020.

“Morir es como desparramar mercurio. Enseguida resbala para volver a mezclarse en la amalgama palpitante de la vida” (Perdida en el Louvre).

Como no nos bastó tanto plato delicioso por falta de navidades, cocinamos lo mismo en los bautizos, las primeras comuniones, los matrimonios y cualquier reunión muy grande.

“Los alrededores de Washington Market están desiertos hasta la medianoche del domingo, cuando de repente los mercados de fruta y verdura se abren hacia las calles, desplegando caprichosos estandartes de limones, ciruelas, mandarinas” (Un día brumoso).

Si nos diéramos cuenta de que todo termina, tal vez procuraríamos celebrar auténticamente las fiestas y los días, aunque no sean de fiesta.  ¿No me merecí una bella noche de navidad?  Si la mejor noche del año no la merecí, cómo sería el resto de días. Pero el resto de días siempre fueron mejores. Ahora sé, sin saber, que brillaba, como el perro tan bello que no tiene idea de que es bello, como diría Medardo Ángel Silva: “Como el astro que alumbra a lo lejos… y lo ignora”.  Dentro de la casa me encerraba en mi propio mundo, sin molestar a unos y a otros para evitar algo que presentía peor.

“Todos seguíamos deseando creer en el amor” (Guardas de nuestros hermanos).

Qué gracioso resulta ser lo mismo que sucede en la Asamblea ecuatoriana en este septiembre de 2021: aspirar a tener, aprender «a robar bien”, no trabajar y no votar.  La Asamblea tiene mi rostro. Vivo en un mundo en que todo se hace por debajo.

“¿Si soy fiel a mis convicciones?  Ni siquiera puedo retener una idea más de cinco minutos. Igual que la radio de una camioneta” (Hijas).

Si encuentro en mí aquello de lo que reniego.  Es fácil juzgar, pero si estuviera en medio de esa Asamblea dudaría de todo, no sabría a qué decir sí y a qué decir no; pondría en tela de juicio mis propios principios. Sentiría angustia y tal vez sería el síntoma de haber tomado una mala decisión. ¿Tengo principios?  ¿Y si ellos se parecen a esos que critico?  ¿Y si lo que critico nada tiene que ver con el nombre de principios? Si en mi vida privada, con pocos dilemas, me llegan situaciones en las que demoro la reflexión y la acción, peor en un ambiente viciado.

“─Nada de política, Xavier.  Laura, mi hijo es socialista, un futuro revolucionario. Un típico anarquista chileno hablando del sufrimiento de las masas mientras un ayuda de cámara le cepilla el abrigo” (Andando Un romance gótico).

Ser de una pieza, darse cuenta en seguida de lo que incomoda y reaccionar con decisiones rápidas en mi favor, y en favor de los «principios»: ser clara. Soy permisiva y cualquier respuesta me hace dudar.  Alguien tiene que parar.  Alguien tiene que decir no.  Reconocer.

“En cambio, por la noche, los hombres se movían en un mundo distinto, de clubes nocturnos y casinos y fiestas, con amantes o mujeres de medio pelo. Así era el resto de su vida, de hecho repetían lo mismo que habían visto desde niños” (Andando un romance gótico).

Eso que sucedía, sucede y sigue pasando, y no son necesarios los clubes nocturnos.  Todo ocurre en la misma casa, en las oficinas, en las pantallas de las computadoras y de los teléfonos celulares. Y no soy una mujer de medio pelo, ninguna mujer lo es, pero he sido tratada como tal y ellas también.  Mujeres heridas por hombres y por las mismas mujeres. La humanidad herida.

⁂⁂⁂⁂⁂

“Me casé para no volver a ver a esa chusma” (Navidad. Texas 1956).

Creo que me casé para ser feliz, tener hijos y construir una familia.  Estas respuestas vienen de una pregunta incómoda. Ahora ya no estoy segura de la respuesta. En esa época no sabía qué significa la palabra “feliz”.  Detrás de mis diecinueve años había una historia de diecinueve años, y detrás de sus veinte y cinco años, había una historia de veinte y cinco años. Hay tanto por detrás de los años mencionados. Pensamientos, dogmas y hábitos en cada familia que se junta en matrimonio. Se comparte, se desencaja, se concluye y se trasciende, como la corriente de Vygotski con respecto al aprendizaje de los niños. Todos seguimos aprendiendo a lo largo de la vida.

¿Qué seguridad puedo sostener de lo que decidí en esos años?; solo un eterno «creo que», como posibilidad, como potencia sin certidumbre. Hoy diría, ¿no?, con todo lo aprendido y más dudas que verdades.

“Estaba decidida a que el matrimonio funcionara, a ser una buena esposa” (La casa de adobe con techado de chapa).

Por más buenas intenciones y buenas decisiones no funcionó, podría desdoblarme, decir en tercera persona.

“A sus diecinueve años, no tenía ni idea de lo que significaba ser una buena esposa” (La casa de adobe con tejado de chapa).

Un matrimonio es un contrato en el que intervienen mucho más que dos, según la cultura del lugar donde se ha nacido y se vive. Antes fueron mis suegros y mis padres, mis cuñados y hermanos, los amigos de él y los míos; ahora serían mis hijos y los suyos, los nietos; los padres ancianos y sus muertes, las enfermedades propias y las ajenas, los cerebros rígidos, inflexibles, intolerantes a la velocidad que requiere el cambio.  Todo sería diferente con el mismo final, y en distinta época.  Yo no he visto parejas amables y amorosas hasta el fin. Y yo, como Lisa.

“¡Quiero palabras!  ¡Necesito palabras! ¡Necesito cruzar una palabra contigo!” (Un día brumoso).

No llegaríamos lejos a ninguna parte desde donde nace el Yanuncay hasta donde recibe al Tarqui como afluente, una pareja sin demasiados kilómetros de recorrido en ella.

“Dame una razón para vivir. Por ti y por los chicos” (La Barca de la Ilusión).

⁂⁂⁂⁂⁂

Llego al lugar donde me quedo. Desengancho la correa convencional de nylon azul del collar del perro.  La envuelvo alrededor de la estaca que sostiene la banca, la inserto por donde el aza forma un agujero hasta fijarla nuevamente al collar. Estoy más lejos de donde me suelo quedar, a pocos metros del puente de la Avenida de las Américas.  Me siento cómoda hasta que él se incomode y ya no le sirva orinar algunas veces, y raspar el llano tratando de llamar la atención de los otros perros que pasan por su lado. El sonido del agua es más fuerte que el ruido del tráfico. Suelo matar algunos pájaros de un tiro: camino, canso y divierto al perro, evito el colesterol y Antonia aprende fútbol, observo paisajes y guardo silencio, leo y escribo.

He pasado, una vez más, por la antigua Empresa Eléctrica de Yanuncay.

“Una casa de adobe antigua, de más de cien años” (La casa de adobe de tejado de chapa).

Han terminado de colocar la paja en la parte frontal de la casita de máquinas. Paralelamente están construyendo desde junio de este 2021 la vía “Cuenca Unida en Bici”, una red vial de 13.5 Km. desde donde estoy en la 1 de Mayo, en dos frentes, hasta el parque El Paraíso. Ya recorreré toda la ciclovía.  Se ve bonito y parece cómodo. Rompieron las aceras. Hay espacios encementados. Hay jardineras que hacen de borde entre la avenida y la ciclovía con distintos tipos de follaje.  No se han botado árboles, pero algunos están en medio de bloques modernos de cemento y su manto vegetal es mínimo.  Hay señales de tránsito cada treinta pasos. Hay rampas en diferentes tramos que descienden desde el sendero de tierra y grava hasta la avenida. Hay esquinas que empatan los puentes con los senderos como trocitos de la Ocean Drive en Miami.  Hay voces conformes e inconformes de la ciudadanía. Hay carteles descontentos en la misma vía. Pienso que a finales de septiembre de este 2021 estará terminado el primer frente por donde camino. Señalo las fechas de un trabajo constante, de pocos meses y kilómetros para las bicis.

Ahora que Antonia ha entrado a clases semipresenciales, es decir, asiste al séptimo de básica lunes, miércoles y viernes; martes y jueves recibe las clases por Zoom.  Este Zoom, ¿tendrá que ver con el de la cámara fotográfica?, ¿en esto ha evolucionado el arte de la fotografía? Escribo al ritmo de su permanencia en la escuela. ¿A quién afecto con ello? Escribir requiere pensar y recordar, proyectarme y escribir.  Leo y releo mi carga de no dar en el blanco que saca a la luz las uniones mal hechas. ¿Quién dice las verdades de mí? Antonia con su Stand up Comedy en potencia podría vengarse de su madre.  A veces llego a unas bases hondas en las que me asiento y me hacen abandonar el plan. No porque lo que diga sea profundo realmente, sino porque difícilmente llego a comprender sobre qué estoy cimentada y si ese fundamento no afecta al proceso de cambio de la humanidad; sin embargo, solo escribiendo llego a comprender algo de lo que digo y me alivia.

El eco del tráfico se mezcla contaminando el sonido natural del río. Sin duda bello, aunque no sé si se pudiera asentar en una partitura.  Así como el sonido del motor del carro que se cuida y que se quiere, porque está ligada a la vida de su dueño y a la de su entorno familiar. Cada motor, según la marca, tiene su sonido.

“Volví a casa al volante de la furgoneta nueva. Los chicos estaban entusiasmados. Tenía una cama incorporada, un frigorífico y una cocina” (Mi vida es un libro abierto).

He tenido sueños en los que escucho a mi padre buscarme en el Volkswagen. Me agita el cascabeleo que termina ronroneando constante y rítmico, amortiguando las poleas del cigüeñal, silbando por la culata cuando la presión disminuye o se acelera según el paso de la gasolina y el sonido sale a través de los escapes. Podría ser en mi sueño el gato que duerme a mi lado.  Podría referirme a la avenida como una orquesta automovilística de válvulas y pistones.

“La melodía sonaría en la cabeza de Laura siempre que recordara Junquillos” (Andando Un romance gótico).

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Entre la banca y la depresión hay tres pasos, la caída, centímetros de orilla, piedras y agua; si me resbalara, me hundiría y flotaría embadurnada de limo; esta tarde, a pesar de la lluvia de ayer, no me ahogaría de líquido y sí de frío.

“Entonces empezó a llover y ella se echó a llorar.  Yo le preguntaba, ¿qué pasa, cielo? ¿Qué pasa?  ¿Y sabes lo que me dijo al final?  «Todas las colillas del suelo se están mojando»” (Día de lluvia).

En el centro del torrente, entre movimientos giratorios de agua, hay una hilera de rocas cinceladas y desiguales, no puedo decir que sean cantos rodados, porque son tan grandes y no habrían rodado hasta allí sin la fuerza de un terremoto o una retroexcavadora potente. El agua de las eras las ha redondeado bellas y cómodas sin ellas moverse nada. Cruzar por entre sus espacios extensos de vacío, alargar mis piernas y dar el salto, no podría; caería irremediablemente y la corriente me llevaría golpeándome en cada piedra. El paisaje del frente es distinto al margen de la Primero de Mayo: más amplio, con menos árboles, más césped, menos gente.  Las copas permiten el paso del gris y del azul del cielo, el mismo aire que circula debajo de las nubes y encima del suelo.

“Una fila tras otra, y de pie, apretujados, a todos les brota pelo del cuero cabelludo.  No sauce verde o eucalipto o musgo sino un millón de hebras, filamentos de vello” (Hijas).

Desato al perro paso a paso, a la inversa de cómo lo até, y regresamos. Conforme nos alejamos de la circunvalación se debilita el ruido. Frente a la casa de máquinas, en el brazo muerto que la corriente principal ha abandonado para hacer más ligero su trayecto, se han formado cuencas de aguas estáticas, el perro bebe y se moja el pelaje de su medio cuerpo en esta tarde fría. Con sus patas remueve la arena y el agua deja de verse limpia y quieta.

A unos cuantos metros hay una mujer y tres hombres jóvenes. Toman una bebida azul hielo. Ella está en medio de los tres y se abraza a uno; todos están recostados sobre el llano irregular, junto a una salpicadura de piedras y la bicicleta tumbada.

“Era inevitable verlos, y tenemos ojos para mirar” (Mi vida es un libro abierto).

La pareja se besa como si estuvieran solos mientras los otros dos, apoyados en sus codos y yo, los observamos ensimismados.

“Era tierno, juguetón y apasionado, la besaba por todas partes, los ojos, los pechos, los dedos de los pies” (Un día brumoso).

─Sepan que no es verdad que están tan solos ─les digo en silencio.  Es cierto que desde el sendero nadie los mira, está por encima de la orilla para evitar las inundaciones cuando el Yanuncay se desborda. La poca gente que pasa no se detiene en ellos. Me aparto de los huecos. El perro se sacude el agua unas cuantas veces. Subimos la pendiente.  Vuelvo a la banca frente a los juegos infantiles sin dejar de verlos.

“La ropa se pegaba a sus cuerpos negros, a los hombros y costados fuertes de él, a los pechos y el vientre de ella.  Al compás de las olas su larga melena flotaba y los cubría en zarcillos de niebla negra que luego se escurrían negros e impenetrables en el agua” (Luna nueva).

La pareja sale al camino. Ella no puede sostenerse, es joven; lleva pantuflas de cama, un pantalón calentador flojo y sin forma, gris y desabrido, una camiseta pupera que le cubre los senos, la piel descubierta de su abdomen sin tono muscular, encima un abrigo negro largo sin cerrar, su pelo alborotado y despeinado y salpicado de hierba. Tiene la belleza de su edad y de ella misma. Él la abraza para evitar caerse al paso, es más alto, está bebido como ella y se sostienen mutuamente tambaleándose en el mismo trayecto por donde regresé desde la circunvalación. No puedo describirlo.  Es ella quien me importa.

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Hoy me siento en el mismo sector sobre el llano en declive y no puedo atar al perro sino sostenerlo de mi muñeca y leerle en voz alta para que se sienta acompañado. A pesar de que la caminata hasta el lugar reduce su ansiedad, no hay caminata que valga. Siempre está olfateando y buscando dónde dejar su olor. Es una situación un poco loca la del perro.  Por mantener la nariz pegada al suelo se pierde relacionarse con los perros que pasan por su lado moviéndole la cola. ¿De qué percepción se aparta mi olfato?

Ya colocaron las tejas en el techo de la casita de máquinas.  Sobre la paja tejida colocaron un plástico y, sobre él, las tejas. Son esas cosas que pasan en el río. Un día está movida la tierra y al siguiente la tierra está en su lugar.  ¿Cuántas veces han arreglado sus riveras, tumbado árboles viejos que podrían caer sobre las casas y resembrado, haciendo senderos más altos cuando se ha metido el río y ha cubierto la avenida? Y, después de un tiempo, el paisaje nuevo deja de serlo y parece como si siempre hubiera sido así.  Pasará lo mismo con la ciclovía. El techo de la casita de máquinas creerán que nunca estuvo por caerse.

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“Somos un vívido tapiz de viajeros hasta que hay una epidemia y nos convertimos en víctimas del síndrome de Tourette, atrapadas en una cápsula sofocante, para siempre” (Hijas).

De qué síndrome seré víctima, hasta hoy no me enfermé con el coronavirus, pero mi madre, mi hermano, mi hermana y su familia, sí.  La pasaron fatal sin llegar a complicárseles.  De día en día aparecen síntomas del postcovid.  Yo soy víctima de otras batallas emotivas.   Sentimientos y emociones que no logro dirigir.  Una eterna adolescente y con tantos años.  Tomo decisiones, dejo de comunicarme, me encierro y vivo en un infierno.

Me salva la disciplina que marcan los horarios de idas y venidas con mi hija, con el perro, por el río.  De lo contrario, estaría en un sopor de nebulosa donde pasan los minutos, las horas y los días, y así, sin líneas qué seguir, sin acciones remuneradas, sin llevar ni traer conocimiento, sin salir del bosque en que me encuentro, sin que otra cosa aporte a mi interior.

“Si yo fuera capaz de aceptar como ha hecho ella, aceptar sin más…  La aceptación es fe, dijo Henry Miller.  A él podría estrangularlo también” (Hijas).

Aceptar el estilo, la cotidianidad, el entorno, el yo con voluntad.  El Yanuncay que es el mismo a través de las eras, nunca es el mismo, y no ha dejado de ser.  El Yanuncay no tiene nada que hacer para permanecer, solo existe.  Un día, de pronto, encontrar algo que no he visto, que está aquí.  La vida tan calma de pronto me pone en marcha.  Percibo algo que no veo.  Un cambio.

⁂⁂⁂⁂⁂

Esta semana el perro perdió su collar.  No puedo sacarlo.  Me espera moviéndome la cola en la puerta de la cocina.  Sabe cuándo voy a salir.   Sabe cuándo digo pan.  Sabe cuándo digo vamos.  Salta en sus cuatro patas, feliz de ir al río negro.  Hoy no puedo buscar dónde ha perdido su cadena.  Cuando las cosas desaparecen es porque él las ha enterrado.

Hace poco lo encontré a los pies de la puerta que separa mi casa de la de mis suegros.  Estaba del lado de ellos y no podía entrar.  Estaba agotado. ─ ¿Qué te pasa? ─le pregunté. De pronto, una llamada telefónica, y supe que había trabajado la noche entera enterrando los zapatos del vecindario que dejan fuera de sus casas desde el coronavirus.  Siete pares completos.  Como detective busqué los espacios sueltos de la tierra para cavar. Preguntándole a él como en los Tik Tok cuando la gente habla con los perros y estos bajan las orejas.  Pero mi perro ante los carajos repetidos no hizo más que bostezar y yo sudar; pedí al ángel de la guarda durante dos horas.  Sostuvo un zapato a la vez, no podía sostener más de uno en el hocico. Cavó, guardó y cubrió los cuerpos del delito.  Logré encontrar trece zapatos y ver la sonrisa final de mi vecino que, antes del final, se iba muriendo de la pena de haberlos perdido, y no sentí que me quisiera matar.  ¿Cómo me sentiría si un perro extraño me hiciera lo mismo?

Tuve que hacer levantar la malla y fijarme dónde había huecos para cubrirlos, para que no se escape.  Hasta asegurar el límite aprovechó.  Descubrió que el mismo vecino de los zapatos perdidos tiene una perrita parecida a él.  Entonces comprendió que sí, podía saltar mucho más alto de lo que brincaba antes.  Se iba feliz a jugar y se hizo dueño del territorio de al lado.  Cuando la gente entraba por la puerta principal por donde ingresan algunas familias, él salía corriendo de dónde estuviera con su pelaje al viento.

“Me encanta la melena de la cría.  Nada que ver con mi pelo corto y crespo…  Me lo toco y parece que acaricio a un samoyedo o un chow chow.  Buen chico.  Mata. Colmillo Blanco” (Hijas).

Atemorizaba con su facha de lobo nórdico jaspeado de blanco y negro, y el intenso azul de sus ojos.  ¡Inocente! Una persona, al verle, salió despavorida por donde entró, fue a traerle pan para que la dejara entrar sin abalanzársele, pensaba que la podía morder, y le fue dando trocitos hasta ingresar en la casa.

Con la valla alta y sin huecos, ahora está preso en su jardín donde los mirlos se comen su comida y los gorriones se llevan en sus picos su pelo que parece lana para hacer sus nidos.  Descubrió que su jardín ya no le llena, que hay algo más divertido y libre.  Ha perdido su collar y tendrá que esperar al fin de semana hasta comprar otro, porque no pienso cavar, y poderlo sacar.  Por eso he venido sola.

⁂⁂⁂⁂⁂

El 15 de septiembre salió la noticia en El Comercio de Quito.  En las Islas Feroe, Dinamarca, por una costumbre de cacería de mil doscientos años, mataron a mil cuatrocientos delfines.  Las imágenes salieron en todas las redes, pero los delfines no fueron cazados con redes.  El mar estaba ensangrentado y los cadáveres amontonados en la playa.  ¡Me dolió!  Pero me dolió más darme cuenta de que soy cómplice de la matanza por mi carnívora dieta.  Si mirara la muerte de las reses en los camales, serían las mismas imágenes de las redes.  Una sombra de la racionalidad sale en forma de folclor, de costumbre, de hábito, de fiesta, de ritual.

“La tauromaquia era un arte sublime, exquisito.  Es un rito, pensó Jane mientras sonaba la trompeta.  No una representación, sino una consagración a la muerte”

(Sombra).

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He terminado simultáneamente la lectura y la escritura de esta crónica o reseña extraña.  La techumbre de la casita de máquinas de la antigua Empresa Eléctrica de Yanuncay fue arreglada antes de que se desplomaran sus tejas.  La Cuenca unida en bici seguirá construyéndose a la par con la lectura de Manual para mujeres de la limpieza, de la misma escritora: Lucia Berlin.  El perro tendrá su nuevo collar.  Mi hija permanecerá en su entrenamiento de fútbol, así me exigirá a caminar por el río.  Yo continuaré con una segunda introspección, intentando mirar con nuevos ojos el paisaje, otras casas, otras vías, otros puentes; haciendo de mis días Una noche en el paraíso.

Septiembre, 18 de 2021

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**María José Larrea Dávila, ecuatoriana, nacida en 1970.  Estudió Lengua y Literatura.  Ha sido profesora en colegios de Cuenca. Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito.  Perteneció al club de lectura “En perspectiva lila” y es miembro del club “Santa Ana”, de Cuenca. Es colaboradora permanente de loscronistas.net

**Foto de Lucía Berlin con uno de sus hijos, en Alberquerque

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