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Sangre en la frontera

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Los delfines que revoloteaban en el lago de Maracaibo, ahora convertido en el basurero del Zula, era el sueño recurrente que aparecía cuando vienen a mi memoria los 20 años que viví en Venezuela.

Ese recuerdo que desaparecía cuando evocaba las largas colas que hacía para comprar arepas de yuca con 300 bolos y estábamos destragados porque a mi papá no le alcanzaba, siendo especialista contable, los $2.54 mensuales y teniendo como carga a mi hermana menor, al conchudo de mi pareja y a mí, embarazada de seis meses.

La Victoria era la urbanización donde mi papá había puesto todos sus ahorros. Ese complejo que con la emigración masiva se fue vaciando de habitantes, sonrisas y macetas para decorar con plantas en los jardines. La Victoria se convirtió en una chabola en la cual la energía eléctrica era escasa a pesar de que vivíamos en un país petrolero y donde en la nevera ya no se podía almacenar un cartón de huevos o un litro de leche ante la insuficiencia de ahorros. Mi papá había vendido su Chevrolet Optra para comprar harina de maíz precocida PAN, margarina Mavesa y sardinas Guaymex, ya que con la venta de los pocos muebles que teníamos, intenté colocar una agencia de viajes que no prosperó debido a que el Gobierno no desembolsa el dinero en divisas.

Mi hermano vive desde hace cinco años en la Península de Santa Elena, allá en Ecuador. Me insistió en diferentes ocasiones a que fuera para allá debido a que ganaba en dólares y así podría ayudar a mi papá a que saliera de deudas, ya que él decidió quedarse para cuidar la casa que tanto le había costado y que esta no se llenara de malandros y nos la quitasen. Me encomendó a San Benito, colocándome una medallita que le había pertenecido a mi mamá, para evitar el peligro al cruzar las fronteras.

-“Mija (entre lágrimas): Yo sé que eres una arrecha. Tu piel trigueña te ayudará a resistir el sol y el cuerpo en el que cobijas al chamaquito te ayudará a resistir los golpes que el marica de tu pareja te propina. Cuídate de los malandros y llénate siempre de guaramo para separarte de Raúl y puedas proteger a tu hermana. Rezaré por ti, así como tu mamá lo hace desde el cielo”. Solo pude abrazar, desgarrada, a mi papá, mientras mi hijo me pateaba la barriga. Sabíamos que no era una despedida, sino un final entre los cuatro.

El 25 de junio, sin pasaportes y con tres maletines a cuestas, enrollamos tres camisetas y tres jeans cada una, dos suéteres livianos, camisetas, cobijas, un colchón de plaza y media, sartenes, bidones de agua, shampoo, barras de jabón, cremas dentales, sardinas, arepas y tequeños para comer durante el largo camino; zapatos deportivos, la única muñeca de trapo Tai Pompon que mi mamá le heredó a Juli, un cuchillo artesanal para defensa personal y dos celulares Huawei que nos servirían tanto a Raúl como a mí para comunicarnos con el exterior.

Las lágrimas no cesaban, pero no podíamos dar marcha atrás. Cinco de la mañana. Mi papá, al pie de la ventana, rezaba al cuadro del Hermano Miguel Febres Cordero para que nuestros pasos fueran más ligeros y seguros.

Nuestro primer punto era llegar a Maicao en la Guajira colombiana. Tomar un coche equivalía el costo de $12 por persona en Expreso Brasilia. Raúl había guardado unos cuántos dólares para subsistir durante el camino. Le adorné con una larga trenza a mi July para opacar el calor y el trayecto lo hicimos en casi dos horas, entre empujones y las oraciones de otras migrantes que al igual que nosotros deseaban un futuro, solo un futuro.

Una compatriota nos sugirió ir a un albergue que Acnur había facilitado a los viajeros. La polvareda que ensuciaba nuestra ropa de viaje, el bullicio del éxodo era parte de la rutina a la que nos acostumbramos por cuatro días, quizá los más amables dentro de nuestra ruta. Había un gran campo de carpa con colchonetas donde pasar la estadía.

Esa gracia de Dios se complementaba con baños, fuentes para lavar ropa, regaderas, una llave donde podíamos tomar agua potable en cualquier momento. La amabilidad de darnos de comer tres veces al día no la volvimos a repetir más. No obstante, detrás de las lonas impermeables, mientras intentaba descansar, Raúl buscaba saciar con licor de Cocuy el sexo que yo me negaba a darle por el peso de mi embarazo.

Con July sucedió algo doloroso. Siempre lo calló, o la callaron: era una chamita de nueve años que ya no podía mirarme a los ojos. Intuía lo que habrá pasado, hasta que lo confirmé cuando encontré una de sus braguitas con gotas de sangre. July nunca me confesó, pero supe que fue uno de los voluntarios. Ardí y le di un coñazo a Raúl en toda su vergüenza. Fue expulsado de la tienda a punta de patadas por los exiliados; July y yo decidimos seguir nuestro camino, solas.

De Maicao a La Hormiga, en Putumayo, se hacen 25 horas a pie. Tres noches a la intemperie. July ya no daba más y yo solo sonreía como método de protección. Debía agilizar el trayecto. Había dos hombres que iban dirigiendo a un conjunto de viajeros. El mayor de ellos, con ojos rasgados, cabello negro, lacio, de 1.65 mts, con nariz protuberante y acento extranjero, se hacía notar como el líder.

Yo sabía que para llegar a Ecuador pedían mucho billullo y Raúl se había llevado los pocos dólares que traíamos con nosotros. Le pedí a uno de los caminantes que me diera el número de WhatsApp para contactarme con el traficante. Esa misma tarde, le escribí:

-Hola, necesitamos llegar a Ecuador. Estamos en La Hormiga. ¿Cuánto es por persona?
-¿En camión o a pie?
-¿Existe un descuento si te doy cariño por unas cuantas noches? Tengo senos frondosos y caderas envidiadas por las cuaimas y bastante solicitadas por los hombres.
-Mmm, sí, una rebaja puede ser. ¿Tú y quién más van a viajar?
-Mi hermanita.

Nos reunimos luego de rezar el rosario en la iglesia del Santo Socorro. Yo debía esconder los nervios por mi July, que se había quedado en una tienda cercana, esperándome. Los vitrales de colores y el cuadro de la Virgen que representa a la catedral nos iban a cuidar. El único short jean que tapaba mi bulto ya avanzando y una camiseta que intentaba ocultar los senos llenos de leche esperaban a Miguel, el coyotero que nos llevaría a Tulcán.

Varias mamadas a su pene fueron parte de la reducción del costo. Para Miguel fue un par de minutos que no ameritaban la rebaja, pero, para mí, fue una eternidad humillada con tal de mantenerme en pie.

Nuestra última ruta fue el puente de Rumichaca. Él me decía que debía esforzarme un poco más. Manejaba un camión que simulaba llevar mercadería para importar a Ecuador. Seis horas y media sería el nuevo tiempo de recorrido. Yo iba de copiloto con Miguel porque él estaba entusiasmado con mi propuesta. Soporté todas sus humillaciones y manoseos mientras July viajaba atrás con al menos 20 compatriotas más.

Faltaban diez o quince minutos para llegar al puente y, por obligación de Miguel, yo iba acariciándole los testículos y masturbándolo, mientras un atracón nos impedía llegar más rápido.

Apagó el motor para no gastar más gasolina, mientras me exigía más movimientos y me chantajeaba que si no lo hacía me cobraría la misma tarifa que a los demás y nos dejaría abandonadas en la frontera. Empecé a sacarme el jean, despacio, soportando su mirada lasciva, sus labios húmedos, sus dientes amarillos y apretados. Le haría creer que me poseería las veces que él quisiera. Me agaché y le pedí que necesitaba más espacio para acomodarme a su gusto y cuando vi que se distrajo con algún ruido de afuera, saqué de la pretina el cuchillo artesanal.

Empezamos a besarnos, a tocarnos, mientras yo me aferraba con una mano a la medalla de San Benito. Yo trataba de que se excitara mucho, que cerrara los ojos, que se sumiera en el placer, y fue entonces cuando se lo clavé en el tórax una, dos, varias veces. Mientras se desangraba y gemía de dolor me guardé las llaves del vehículo y me bajé de allí lo más rápido que mi barriga lo permitía.

Abrí la puerta de atrás del camión y saqué a rastras a July, que jugaba con su muñeca de trapo y con mi sonrisa congelada les dije a los demás viajeros que no había problema, que esperaran, que ya faltaban pocos minutos, que en la cabina todo estaba muy bien con el chofer.

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*Viviana Garcés-Vargas, nacida y residente en Salinas, es escritora y periodista. Al momento prepara su primer libro de cuentos, «La última pasión», donde se publicarán sus mejores cuentos publicados en este portal, loscronistas.net, del cual ella también es miembro de la sala de redacción.

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