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Por Viviana Garcés-Vargas*

Empecé a seguir a un tiktoker por Instagram. !Dios! ¡Qué manera de mover la pelvis al bailar, esas camisas apretaditas y esa sonrisa, ¡uff!! ¿Hace mucho calor o solo es mi imaginación? Me convertí en stalker de Alejandro.
Comentaba siempre sus historias y posteos para que conozca de mi existencia. No me rendiría hasta conquistarlo, aunque él decía que su preferencia son los hombres. Luego de un mes, recibí un like suyo en uno de mis comentarios y me emocionó tanto que ya me imaginé hasta vestida de novia. La obstinación comenzó a rendir sus frutos.
Empezamos a intercambiar mensajes directos. Alejandro se mostraba cohibido, pero yo lograba hacerlo hablar. Conversábamos hasta altas horas de la noche y poco a poco fue compartiéndome quién era realmente.
Nunca había tenido pareja formal, de ningún género, y en casa le culpaban su falta de amor familiar porque lo obsesionaba el gimnasio. Desde niño hacía ballet, a pesar de la renuencia de su padre. Se maquillaba sutilmente para desviar la atención de su mayor defecto físico: su nariz. Se ponía lentes de contacto grises, que estaban perjudicando su visión por el abuso de esos adminículos, y, aunque se mostrara muy seguro de sí mismo en las redes, donde muy a menudo destacaba sus pectorales y los tatuajes que adornaban sus brazos tonificados, vivía en realidad como un esclavo de su sexualidad indefinida y sus músculos perfectos. Por esas debilidades me sentí con el deber de ayudarlo en todo lo que necesitara.
De manera ingeniosa le enviaba por WhatsApp fotos de lencería femenina, en donde, candorosamente, le preguntaba cómo me lucía. Cada vez se mostraba más atento y afectuoso. Me sugería dónde podría adquirir la más sexy y cuál escondería mis rollitos. Me solicitaba que la usara y modelara para él y yo encantada ante sus peticiones. Era generoso y en ocasiones me enviaba maquillaje que sabía que se adaptarían a mi tono de piel y a mis rasgos físicos.
Nos convertimos en dos personas muy cercanas, una de la otra, y aunque en reiteradas ocasiones me había reiterado que su público objetivo eran hombres, iba sintiendo mucha curiosidad de mí y yo, apetito de él.
«Solo quiero una probadita», le repetía cada vez que podía, mientras le miraba la retaguardia que estaba a punto de pellizcar. ¡Qué rico estaba el desgraciado! Él empezó a tener deseos de mí y decía que quería merodear en el cuerpo femenino, así que era la oportunidad perfecta para seguir embaucando a sus patrocinadores: yo estaba predispuesta a ser su coartada.
Alejandro tenía un canje comercial con uno de los moteles de moda: «La manzana». Aunque el local no necesitaba mayor promoción, accedía gustoso a los caprichos del tiktoker por la cantidad de usuarios que generaba. Más allá de su timidez, él sabía muy bien cómo embelesar a hombres y mujeres. Tenía un público bastante heterogéneo que le otorgaba ego y publicidad.
Fuimos discretamente al lugar en su Chevrolet Onix negro. Él quería evadir su nerviosismo cantando a todo pulmón, en plena avenida Machala, «Toxic», de Britney Spears. Sonreía a medias y evadía las gotas de sudor que transitaban por su rostro con el acondicionador de aire del auto en el nivel más alto de enfriamiento.
Nos dieron una habitación Imperial, donde el jacuzzi con agua burbujeante y una botella de vino «Brachetto», con dos copas a los costados, nos alentó al deleite.
Me desvistió con encanto. Se deslumbró con mi lencería color piel en la que el corpiño, la tanga y el liguero, todos con encaje transparentes, hicieron que se me fuera acercando. Yo sonreía, feliz. Él tocaba mis senos firmes y los admiraba. Absorbía mis pezones con tal sensualidad que fui derritiéndome a poco.
Recorrió todo mi cuerpo con destreza, con pasión, con ansiedad.

Me deshice de su camisa angosta que mostraba el pecho que me desveló desde el inicio de los posteos. Sus jeans estaban tan ajustados que si respiraba un poco más fuerte me encantaba pensar que se rompieran. Inspeccioné el boxer push up color azul que cubría el pene y que yo moría por masturbarlo. Lo hice, subiendo y bajando mi lengua sin premura. Se estremeció, punto a mi favor.
Colocó su pene muy cerca de mí, pero no se atrevía y no quería forzarlo. Al verme tocarlo no se irguió lo suficiente y entendí que la penetración no sería hoy.
Me senté al borde de la cama de tres plazas, con sábanas blancas de 300 hilos y a un lado encontré un juguete sexual: un masajeador de punto p y un lubricante. Fue suficiente para dejarme llevar por el deseo desbordante.

Alejandro se sentó ligeramente sobre mí, coloqué el vibrador como si fuese parte de mis genitales, él me dio la espalda y ubiqué el lubricante en su próstata. Introduje el masajeador y al hacerlo dominé por completo el coito. Verlo conmocionarse fue delirante. El orgasmo prostático era para mí un mito y para él perder los prejuicios.
Quise seguir contemplándolo. Alejandro se colocó en cuatro. Sus glúteos eran perfectos, tan maleables que los mordisqueé una y otra vez. Se apoyó sobre sus manos y me coloqué por detrás para penetrarlo con el vibrador. Lo agarré de las caderas e hice movimientos circulares alrededor de la próstata, cambiando el ancho de los círculos y experimentando con la velocidad y el tiempo. Creo que no había escuchado el gemido más agradecido hasta ese entonces.
Pactamos no contar a nadie nuestras infidencias, pero él aún dudaba si dejarse llevar por mí. No obstante, accedió a que cada miércoles, luego de su posteo semanal en tiktok, nos volviéramos a ver. Yo necesitaba seguir experimentando, seguir poseyéndolo y demostrándole que él estaba hecho para una mujer como yo.

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*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Nacida y radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva,  busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental. Es integrante del grupo loscronistas.net, portal donde publica sus textos.

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