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Sansón: el evangelio y la carne

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Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. La frase es de Jorge Luis Borges y bien podría resumir la más reciente película ecuatoriana, Sansón, de Pável Quevedo, porque su protagonista, un atormentado boxeador llamado Baldomero, ha interiorizado mentalmente aquel instante definitivo e inacabable que repta hacia su presente y continúa sucediendo: ha matado a un hombre, y como aquel que mata también muere un poco, Baldomero está obligado a proscribirse, a proscribirnos de su mundo, pues cómo podríamos tratar de comprender a quien ha matado si nosotros no.

De repente, un plano nos muestra a Baldomero (a veces con una actuación deficiente cuando tiene largos diálogos) mirándose las manos, como si quisiera arrancárselas o tan solo limpiarlas para siempre, pero no puede, antes debe pedirle a Dios que limpie sus culpas y que su protección divina le otorgue por piedad el don de la inocencia. La plegaria desesperada al supuesto ser perfecto y la mirada arrepentida al cuerpo imperfecto, conjugan una dimensión prácticamente dostoievskiana: un anodino estudiante como Raskólnikov o un boxeador de poca monta como Baldomero necesitan del evangelio divino para extinguir la culpa, pero solo el amor a otro cuerpo que se desea y que se abraza febrilmente puede purificar el cuerpo imperfecto, porque si el Amor es Dios y viceversa, cuando amamos Dios nos habita. Tampoco podemos olvidar que Raskólnikov y Baldomero fueron soberbios: el uno se creyó por encima de la ley humana, en tanto que el otro se creyó mejor boxeador de lo que en verdad era, y como el único límite que detiene o exacerba la soberbia es la destrucción del otro (o la propia), hay que pagarlo caro.

Sin embargo, a diferencia de Crimen y castigo, en donde la fe y el amor, aunque principalmente la fe (claras y suficientes son las palabras que Raskólnikov lee en el evangelio cuando Jesucristo decide resucitar el cuerpo de Lázaro, defenestrado por la lepra, y dice: “Levántate y anda”. La resurrección de Lázaro es la consagración definitiva del misticismo cristiano como único antídoto contra el Mal, del cuerpo como receptáculo de pecado), basta para la purificación del alma humana después de un tránsito en el limbo, es decir, la prisión de Raskólnikov en Siberia, en Sansón no, la fe no basta. De hecho, desde las primeras escenas Baldomero masculla plegarias, pero Dios no lo escucha. Además, la cárcel tampoco le ha servido de nada: únicamente ha visto en su padecimiento que el rostro feo del hombre es el rostro feo de Dios, y que por tanto es también su propio rostro. De modo que sigue orando, así en cada palabra se muerde la lengua y cada sílaba se le hinca en el pecho. Baldomero sigue yendo cuesta abajo por las estrechas calles de un Quito más bien periférico.

Ese ominoso silencio de Dios después de las plegarias de Baldomero, rompe el discurso que empoderaba la fe en Sansón, como fuerza disgregadora del Mal, debido a que para el espectador, el protagonista enfrenta dos limbos: la cárcel física y la cárcel mental, esta última encarnada en la culpa a través de la cual acompañamos al personaje durante la hora y media de la película. Y digo que rompe el discurso porque el trabajo sobre el metal (interesante analogía del director, debido a que por un lado está el oficio del boxeador que deforma la carne y por el otro el metal que no se dobla, que permanece rígido si apenas intervienen las manos) no resulta una fuente de virtud que ennoblezca el corazón. Es entonces cuando el amor, el deseo febril al cuerpo que se desea y se abraza cierra la auténtica metáfora de la película: si a Sansón Dalila lo traicionó cortándole el cabello que le daba su fuerza sobrehumana, y luego lo vendió a los filisteos que le arrancaron los ojos y lo exhibieron como su triunfo personal en un templo lleno de gente que Sansón, tras una última y desesperada plegaria botó abajo, muriendo con sus enemigos gracias a una última oportunidad que le otorgó Dios, Baldomero se cortó el cabello por su propia voluntad para entregarse en cuerpo y alma a una mujer que decidió rescatarlo de los fantasmas de su pasado, para que nunca más hagan falta plegarias desesperadas a un Dios que nunca escucha y que apenas entrega las dádivas de un último instante que nada redime, para que solo entonces Baldomero pueda ver (tal el valor del primer plano final) que los milagros en realidad los hacen los hombres.

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 *Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, asesor de proyectos académicos y narrativos, así como colaborador del diario digital Nuevo Tiempo en la sección de cine Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net

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