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Recuerdo haber llorado mucho cuando era niño, debido a la exclusión que sufría desde la educación básica. Obtenía buenas notas sin esfuerzo desde la escuela; no obstante, hacer amigos siempre fue mucho más complejo.

No me caracterizo por tener carácter violento, pero mis compañeros se burlaban y me hacían bullyng al observar que en clases a pesar de no prestar mayor atención mis calificaciones reflejaban un aprovechamiento sobresaliente.

Tanta era la molestia que pensé hasta qué punto ser inteligente era negativo; procuré dejar de estudiar y empecé a aislarme; a pesar de ello, sin buscarlo, fui escolta del pabellón nacional.

Debido a la constante incomodidad, en especial por el uso de lentes, decidí cambiar mi ciclo de “niño bueno” y tuve algunas reacciones agresivas en contra de varios integrantes de mi clase. En algún momento uno de ellos me tiró la mochila en la cabeza, me volteé y le tomé por el cuello al primer compañero que estaba cerca de mí.

Mis acciones no se justificaban en lo absoluto, en especial por el tipo de agresión que transgredía a los demás estudiantes, y las autoridades decidieron negarme la matrícula para ingresar a sexto curso. Debí cambiarme de colegio para poderme graduar.

Desde la adolescencia era tan triste que dejé de demostrar mis emociones y buscaba estar solo. Sientes que te duele algo, es como un chip dentro de ti que se desactiva para apagarte. A veces es al revés, todo te pone sensible y lloras por recuerdos, por cosas que no hiciste. Como por ejemplo, no haber aprendido a tocar el piano emulando a mi grupo favorito “The Cure”, o buscar algún tipo de aceptación en la juventud como haber sido bueno en los deportes, ya que tengo problemas en las rodillas.

En esa época, el conocimiento o tratamiento para ese tipo de casos era desconocido. “Debes procurar poner de tu parte”, era la frase que decía la gente para curar. No me relacionaba mucho, no soy fanático de los bailes o los grupos grandes. La frialdad se volvió parte de mi personalidad. Varias de las parejas con las que salí siempre me reclamaron por no ser detallista, por qué me cuesta decir “te quiero” o “te amo” o entregar cartas, flores, presentes, que son parte importante de una relación. Intento trabajar en ello, pero también percibo que es duro para alguien que, a sus 42 años, logre cambiar un aspecto que ha existido en mi desde que tengo memoria. Ahora lloro porque pienso en lo lejos que estoy de mis dos hijos,  en el hogarue perdí, etcétera.

En la juventud descubrí lo que eran el trago y el cigarrillo. Al licor lo llegué a conocer a partir de los 14 años en una fiesta. Puedo pasar temporadas largas, 3 o 4 meses sin probar una gota, luego puede ocurrir algo y me da por beber dos a tres días seguidos. Vino tinto como el “Merlot” o “Syrah” y cuando no hay plata, el “Norteño”.

Respecto al cigarrillo fumo la marca “Elephant”, porque la cajetilla de 20 cuesta $2.50 y hay que economizar. Cuando hay dinero, el Marlboro azul. Generalmente puede durar una semana a menos que esté con ansiedad y me acabo en dos o tres días.

No obstante, me negaba a pensar que fuese alcohólico, a pesar de que mi ex esposa me lo repetía constantemente y realmente pensaba que tenía el control de todo. Un día, ella y mi hija se fueron de viaje, me quedé solo y como la niña no vería nada decidí comprar una botella de aguardiente. Empero, mi ex conyugue regresó, decidí acostarme en la cama y dormir, le advertí que no me apetecía discutir y, a pesar de ello, seguía peleando, gritándome hasta que tomó un candelabro de bronce que tenía de la abuela y quiso golpearme con ello.

En la Universidad estudié Comunicación porque no pude entrar a Publicidad. Periodismo fue la opción porque no quería saber de números. El examen de aptitud universitaria me indicaba que tenía opción casi a cualquier carrera. Por algún motivo, mi capacidad oral para convencer o hacer llamados a causas sociales era muy buena.

Desde que estudiaba tuve la oportunidad de trabajar ya sea en faenas pequeñas o muchos más formales como en el museo MAAC, en el cargo de asistente en investigación. Ganaba $200.00 por trabajar medio tiempo gracias a que mi tía laboraba allí en el área de Arqueología  y me puso en contacto con quién sería mi jefe.

A los 21 años me independicé, decidí irme a vivir a la casa de mi abuela y al no pagar alquiler mi mamá y tías colaboraban pagando la pensión universitaria en la Universidad Santiago de Guayaquil.

Tomé esa decisión para emanciparme y evitar los problemas familiares. Luego de ello, al obtener mayor estabilidad financiera, decidí rentar un dormitorio en la terraza de la casa de un amigo y pude emplearme en el mundo de artistas y bohemios y a relacionarme en lo que realmente me llamaba la atención: el cine, el teatro y la literatura. No obstante, el oficio que más he disfrutado ha sido como encargado de comunicación de mi equipo favorito, “El Nacional”.

Mi etapa adulta ha sido dura. Sigo sintiéndome solo debido a la enfermedad que me detectaron cuando tenía 39. De 1.75, lentes, barba abundante, similar a la de un mendigo. Siempre me he visto feo, y es una de las cosas que mi psicólogo dice que debo trabajar, ya que siempre he sido muy crítico con mi apariencia y no me gusta verme en el espejo, a pesar de que uno de los ejercicios que me mandan es a verme bello. Y no es que no haya tenido relaciones, han sido muchas, pero siempre he tenido esa falencia. Por eso, cuando me preguntan, ¿cómo te ves feo si has tenido buenas relaciones amorosas? He dicho que no tengo idea, solo suerte.

Sufro de trastorno de ansiedad bipolar, en donde los cambios de humor no los puedes medir por días sino, posiblemente, por segundos o minutos. Estar tranquilo por la mañana y en la noche, emocionarte y entristecerte; esto se debe a que mi cerebro no segrega serotonina (es un neurotransmisor relacionado con el control de las emociones y el estado de ánimo) y, por ende, al ingerir mis medicamentos logro mantenerme estable. Poseo carné de discapacidad del 49%, es decir tengo limitaciones como no poder conducir automóviles.

Actualmente mi grupo más cercano es el de videojuegos (suelo jugar mucho World of Warcraft). Con mis pocos amigos converso más porque tenemos tópicos en común y aparte de ello conversamos de cómo nos va, nuestras relaciones, etcétera. Así mismo, está mi pequeño grupo de amigos de la universidad, que es mi círculo más cercano, porque en esa etapa empecé a ser más sociable, debido a los intereses en común, como la escritura, el cine. A pesar de la pandemia, seguimos en contacto al menos de forma virtual.

Desde hace seis años trabajo para una institución pública. Gracias a eso, hace tres años pude internarme en una clínica de enfermedades mentales durante un mes, a causa de una recaída por mi divorcio y en donde el alcohol fue un factor fundamental. El sanatorio tiene convenio con el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), así que mis citas médicas y medicamentos, que cuestan alrededor de $95 mensuales, los paga el Seguro. Sin esa ayuda no podría costearlos.

Usualmente, en mi compromiso laboral, son muy comprensibles con mi enfermedad, pero a veces, les cuesta entender los momentos en que no quiero salir ni de mi casa. No lo conciben, porque no llegan a discernir cómo en un momento estoy bien y al otro me siento mal, pero justo de eso se trata mi trastorno, son subidas y bajadas permanentes. El tratamiento busca la inestabilidad y, sobre todo, que la depresión no sea muy profunda o seria.

La relación con mi familia es buena, mejor que años atrás. Son cariñosos, en especial la relación fraternal con mi papá, con el cual me siento más seguro. Con mi mamá existen diferencias debido a que a veces solo escucha lo que ella cree apropiado. El vínculo con mis hermanos es de empatía, conocen que, a pesar de mi poca expresividad, pueden contar conmigo cuando lo crean necesario.

Todos tratan de entenderme y apoyarme; a veces les cuesta mucho creer que es una enfermedad y que requiere medicación. Mis hijos viven en Quito, pero ahora he podido retomar contacto con ellos. Mi hija dice que me extraña y el niño me llama “papito”. Como soy fanático de los cómics procuro crear un lazo con él, regalándole cosas de Batman (siempre me ha interesado porque nunca se da por vencido), para que así, mirando el símbolo, asocie el rostro de su papá. Me llena la relación que tengo con ellos, aunque sean demandantes y lejanos.

Con mi hija mayor, hasta hace poco tiempo nos hacíamos videollamadas, pero la mamá se dio cuenta que ambos niños necesitan contacto físico conmigo así que trato de visitarlos al menos una vez por semana. Con mi exesposa mantenemos una mejor relación. He acordado conversar con ella por mensajes escritos o hablados.

Ella también tiene sus propios problemas, sufre de ansiedad, pero no ha buscado hasta el momento ayuda profesional. A pesar de sus arranques de ira, que ella misma reconoce, es de las personas que no concibe tener problemas. No obstante, me comunico con ella para saber cómo está o para conocer si manejo alguna noticia, porque como periodista obtengo más rápido las primicias.

Los pensamientos recurrentes o suicidas, la eterna sensación de querer morirse, no se van nunca. Solo los controlas. El instinto te detiene. Esas ideas aparecen a veces estando tranquilo, pacífico. Una amiga mía no tuvo tanta suerte. Desde entonces, no dejo de tomar mis medicamentos. Alguna ocasión me trepé al barandal de un departamento y también he intentado cortarme con un cuchillo. En junio de 2020 tuve una recaída debido al encierro de cuatro meses por la pandemia.

Estallé, pasé cuatro días bebiendo y presenté de nuevo un cuadro depresivo y suicida. No podía estar mucho tiempo solo y tuve que regresar a Guayaquil a vivir con mis padres. No lograr un pie fuera de casa, no tener siquiera a quién decir “hola”. La soledad es terrible. Ahora solo viajo a Quito por citas médicas y para visitar a mis hijos.

Prozac (Fluoxetina) me ayuda a activarme, Carbomazepina me mantiene estable y Clonazepam me detiene la ansiedad. Esos medicamentos me han acompañado desde hace dos años. No producen dependencia porque no son del tipo narcótico. No he sentido miedo a los fármacos nunca, solo hacen lo necesario para sobrevivir.

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*Viviana Garcés. Periodista y escritora. Radicada en Salinas, península de Santa Elena. Pertenece al staff de loscronistas.net Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva, busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental.

*Este texto se trabajó en el reciente taller de escritura creativa de loscronistas.net

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Comments (2)

  1. María José Larrea Dávila

    15 Abr 2021

    Me gusta su historia. Me entristece. Me permite comprender que nada sé de los otros y pretendo hacerlos a mi imagen. Que los otros, como yo, tambien respondemos a piélagos desconocidos del yo. Tal vez con ella, con su historia, pueda mirar de manera diferente.

    • Los Cronistas

      18 Abr 2021

      Muchas gracias por escribirnos, María José.

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