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En el barrio de San Juan, en una esquina del parque América, vivía Guillermo, compañero de colegio y uno de los dealers más conocidos de Quito. Mi primo Mario me había encomendado que le comprara dos paquetes de la mejor hierba para llevárselos a Moscú, donde gracias a una beca viviría ocho años estudiando medicina.

Con Mario éramos como hermanos. Nuestras familias vivían a media cuadra,  separados apenas por un tienda de víveres, una carnicería y una imprenta.

Jugábamos fútbol, básquet y ajedrez. Nos íbamos al cine a ver películas pornográficas por las que se pagaba una sola vez y podías quedarte todo el tiempo que quisieras. O asistíamos al estadio a ver jugar a Liga (el equipo que él amaba) contra el Aucas (el club del cual yo era fiel seguidor). Él disfrutaba mucho porque Liga casi siempre ganaba y yo me entristecía.

Aun así, con algunas diferencias, nos queríamos mucho y compartíamos secretos como el del consumo de marihuana. Y cuando nos la metíamos disfrutábamos mucho más de las cosas que hacíamos juntos. Él tenía un año más que yo y se había graduado hacía poquito del colegio, mientras a mí me faltaba un año.

Pero Mario tenía una preocupación: le habían dicho que conseguir hierba en Rusia era muy caro y difícil y él, que sufría de depresión, no quería irse sin una buena cantidad para pasar los días de soledad, frío, nostalgia y aclimatamiento en la vida cotidiana moscovita.

Así que fui a comprar. Guillermo, delgado, vestido de bluejean, de pelo negrísimo, tenía la virtud de un mercadólogo: primero te hacía probar el producto y, si te gustaba, te lo vendía. Su idea era no estafar a sus clientes, por eso tenía tantos. En el mundo de la droga también había unas normas, una ética, una reglas morales que no podías romper porque perdías tu reputación como vendedor.

Del barrio de San Juan al mío, en El Dorado, había unos 15 cuadras. Tenía que cruzar los viejos árboles del parque de La Alameda, pasar por la colonial iglesia de El Belén y seguir caminando hasta llegar al lugar donde me esperaba Mario, en la frutería frente a la Maternidad Isidro Ayora. Una serie de lugares simbólicos, cada uno con su significado.

Pero esa tarde había fumado tanto con Guillermo que empecé a sentir taquicardia y, desesperado y confuso, entré a la iglesia con temor a pedirle a Dios -aunque tenía dudas de que existiera- que me ayudara a tranquilizarme.

Subí las frías escalinatas de gruesos adoquines y la iglesia estaba vacía. Yo era el único arrodillado en una de las bancas de adelante. No sabía cómo rezar ni cómo hacer plegarias, a pesar de que en el colegio de curas donde estudiaba nos martirizaban todos los días con cánticos y oraciones que había que aprenderse de memoria.

De repente, las gruesas paredes de la iglesia comenzaron a agitarse, a temblar como un terremoto. Me pareció escuchar risas estridentes. El ritmo cardíaco se había intensificado y yo no sabía qué hacer ni para dónde ir cuando me vi en La Alameda, bajo un árbol grueso. De pronto, se me acercaron dos policías y me preguntaron que qué me pasaba, que tenía una actitud sospechosa, que les entregara mis documentos.

Me hicieron un cacheo y en los bolsillos solo encontraron mi navaja suiza, unas monedas y unos cigarrillos. Por fortuna, no se les ocurrió pedirles que me sacara los zapatos porque en cada uno de ellos escondía los paquetes, bajo la planta de los pies.

Me volvieron a pedir los documentos y les dije que no tenía cédula de identidad porque recién había cumplido los 17. Les mostré mi carné del colegio. En una acción absurda, uno de los gendarmes se santiguó porque en el carné estaba impresa la imagen de la Dolorosa del Colegio.

Algo sospechaban, pero no sabían qué. De repente, el policía gordo, alto y dueño de una voz ronca le dijo a su compañero que llamara a un patrullero para que me llevaran a una comisaría y me investigaran. Yo le dije que no tenía por qué hacer eso, que no había necesidad.

-Cállate-, me dijo y simuló golpearme en el rostro. Nos estás engañando porque tú no eres quien dices que eres. Tú eres Raúl Rojas, el que vende marihuana en El Dorado y en La Tola.

El compañero del policía gordo, cuyas axilas le sudaban y apestaban, le dijo que no creía necesario llevarme a la cárcel, pero que si me encontraran otra vez me detendrían y me llevarían a la cárcel.

Yo conocía a Raúl Rojas. Era uno de los principales distribuidores en el colegio y sus alrededores. Pero los policías estaban equivocados en buscarlo por La Alameda, pues él operaba por el colegio San Gabriel y el parque Mariana de Jesús, donde le había comprado hierba dos o tres veces.

El ambiente iba enredándose y volviéndose pesado. Yo pensaba que era cuestión de que me pidieran que me sacase los zapatos y todo estaría consumado. Me iría meses o años a prisión por cargar droga bajo la sospecha de que era un dealer.

Pero decidí desafiarlos. Ahí, en la calle, frente a la iglesia de El Belén, les dije que pueden buscarme las veces que quisieran y que no encontrarían nada. Y, además, que chequeen bien si yo me parecía siquiera al tal Raúl Rojas, a quien nunca había visto en mi vida.

-Llama al patrullero- ordenó el policía gordo. Su compañero, entre molesto y obediente, tomó un intercomunicador y cumplió la orden.

¿Era mi perdición? Si descubrían que cargaba los dos paquetes de hierba me quedaría detenido. No tendría cómo avisar a nadie, pues despertaría más sospechas. Mi primo estaría preocupado de que no apareciera, pero tampoco podría hacer nada.

En el patrullero, los tres policías que me llevaban dieron algunas vueltas por colegios femeninos. Se aproximaba el carnaval y las chicas ya se mojaban. El policía que conducía el vehículo me hacía sentir mal, burlándose y provocándome:

-Mira todo lo que te vas a perder. Esas mijitas que se les ve todo cuando se mojan: las tetas, la falda apretada. Y tú preso. Ja, ja, ja.

La idea de que fuera preso me angustiaba cada vez más, hasta que llegamos a la avenida Veinticuatro de Mayo y el auto se detuvo en la comisaría segunda.

Me bajaron a empellones. Cada vez los policías eran más agresivos. Me insultaban. Me ofendían.

La comisaría segunda funcionaba en una casa vetusta de dos pisos, de tumbados altos, de paredes desenconchadas, con ventanales sin vidrios y maloliente.

En la segunda planta, cuyas escaleras rechinaban, estaba el despacho del comisario: las paredes con la pintura descascarada, dos calendarios amarillentos con mujeres semidesnudas, tres escritorios de metal, atiborrados de papeles, y el piso tenía los tablones crujientes y sucios. Al fondo de la oficina una puerta con rejas.

-Enciérralo ahí a hijueputa- dijo un hombre descachalandrado que fungía estar bien vestido, con el cabello sucio y mal peinado y que me recordó al Chulla Romero y Flores.

Yo quise argumentar, reclamar por qué, pero cuando recordé que llevaba en mis pies la mercadería prefería callar.

La dimensión de la celda tenía tres por dos metros. El olor era vomitivo. La estrechez del lugar me recordó que sufría de claustrofobia y pedí que me prestaran un baño para orinar, pero también era para acomodarme los paquetes de hierba.

Los hombres rieron y mostraron sus dentaduras amarillentas.

-¿Quieres que te llevemos a un hotel de lujo para que mees? Ja, ja, ja. Orina ahí mismo, hijo de puta.

Me di la vuelta para que no me vieran sacar el pene y oriné en la esquina del calabozo. El olor se volvió más ácido, más asqueroso.

Cuando me puse cerca de la reja de la celda vi que la mayoría de los hombres se iban y se quedaba uno, el del pelo sucio y el terno ajado.

-¿Usted es el comisario?-, le pregunté.

-Sí, doctor César Augusto Naula Quimballa. ¿Necesitas algo?

Yo no le había pedido todos sus nombres, pero intuí en esa actitud que me quería decir que era pobre y acomplejado y que sería fácil sobornarlo.

-Doctor, -le dije-. ¿Qué le parece si hacemos un negocio?

-Habla-, respondió.

-Tengo merca de 200 dólares. Yo le doy, usted me deja salir y cada cual a lo suyo. ¿Qué le parece?

El abogado se acercó a la celda, me agarró del cuello, me escupió en la cara y me dijo que qué clase de persona creía yo que era él.

No me sorprendió esa respuesta. Estaba seguro de que sí le interesaba, pero tenía que hacer el show del hombre honesto por si acaso vinieran sus compañeros.

-Le insisto. Es un buen negocio para los dos.

El hombre dio vueltas por la oficina destartalada y cada paso que daba con sus envejecidos zapatos de charol estremecía el piso. Se acercó a una ventana y la abrió. Parecía que necesitaba un poco de aire o que le resultaba familia el ruido y el griterío del mercado cercano.

-Dónde la tienes-, preguntó.

-Aquí, conmigo-, le contesté.

-Se dirigió a su escritorio, tomó una llave, se acercó a la celda.

Le pedí que, por favor, no viera dónde tengo la hierba.

Accedió. Se dio la vuelta hasta que yo pudiera sacar los paquetes de los zapatos, lo cual, de paso, fue un alivio porque ya no aguantaba la presión entre las suelas internas de los zapatos y las plantas de los pies.

-Aquí están-, le dije para que volviera a verme.

Tomó los dos paquetes, en silencio, y se los llevó hasta su escritorio, donde los guardó.

-Debo golpearte, me dijo-. Si mis compañeros suben y te encuentran afuera de la celda tienen que creer que te he sacado la información a la fuerza.

Antes de que yo pudiera replicar estaba sangrando por la nariz, sentía golpes en la cabeza, rodillazos en el estómago y un tolete policial con el cual acabó con mis piernas y me dejó en el suelo.

No respondí a los golpes. Era mi libertad o mi encarcelamiento si faltaba a la autoridad. Con los ojos nublados por los golpes con la manopla, y aún en el piso, vi que tomó los paquetes, que se puso uno en el bolsillo de la izquierda y otro en el bolsillo de la derecha, tomó su maletín y, sin decirme nada, salió de la oficina.

Me incorporé, tomé el teléfono del escritorio y marqué a la casa de Mario. Me dijo que estaba preocupado, que no sabía qué hacer. Le dije que luego le contaría, pero que como al día siguiente era su viaje ese rato yo tenía algo urgente que hacer.

Salí de la comisaría sin ubicar dónde me encontraba exactamente. Subí por la calle Rocafuerte y llegué a los túneles de San Roque. Tomé un taxi con los únicos tres dólares que me quedaban y vi cómo el conductor analizaba mi rostro por el retrovisor. “Tuve una caída y voy para mi casa”, le mentí.

Guillermo me abrió la puerta y le conté todo lo que me había pasado. Me exigió que le prometiera que máximo el fin de semana le pagaría de la nueva merca.

Hice el mismo ritual. Tomé los paquetes y me los puse dentro de uno y otro zapato. Antes de irme, Guillermo me dio alcohol y algodón para que me limpiara algo de la sangre del rostro. Después me dijo con un bareto te vas a sentir más aliviado. Fumamos un porro entre los dos y, sí, la verdad es que me sentí mejor.

Salí, hice el mismo trayecto con la confianza de que no volvieran a aparecer los chapas. Pasé por El Churo, apresuré el paso cuando vi las escaleras de piedra de El Belén, subí las cinco cuadras que llevaban a la casa de Mario, mi tía Laura me preguntó por los golpes y le dije que me había enfrentado con dos tipos que quisieron asaltarme.

A Mario nunca le conté lo que había pasado, porque no quería que se sintiera culpable. Lo único que importaba era que viajara tranquilo y que no le faltase la hierba cuando se instalara en Moscú.

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*Rubén Darío Buitrón (Quito) es poeta, narrador y periodista. Ha escrito diez libros sobre distintos géneros y tiene en preparación dos más. Ha ganado premios nacionales de periodismo y de cuento. En la cadena SRRadio mantiene el programa “La otra mirada” y escribe para la revista digital Plan V. Es el director-fundador del portal loscronistas.net 

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