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                                                                                           …mi pecho es un sepulcro de rosas marchitas                                                                                                    (Pasillo ecuatoriano)

 

Dos ancianos sobreviven juntos, con sus rosas y sus recuerdos de tiempos mejores. 

La señorita Albas estiraba la pálida mano y unas cuantas florecitas de papel, rozadas apenas con la punta de sus dedos, flotaban entonces entre unas aguas que iluminadas hasta lo más profundo de su azul, superponían su reflejo sobre el cielo bocabajo. «El corazón es como el mar para los ahogados», decía sin volverle la cara, a la vez que él trataba de sacarla de sus pensamientos, quietos como dos palomas posadas en el alero de la («de nuestra») casa grande pintada de blanco, que silenciosamente se convertía en un recuerdo para él que siempre quiso sentir su hombro, tenerla más cerca que su propio deseo por poseerla, pero apenas alcazaba a ver en medio del ángulo formado por la sien rosada y el pelo claro y ondulado sobre la frente de la señorita Albas, vestida con una blusa floreada y una falda celeste, a un caballo que trotaba a paso lento alrededor de las aguas, con las grupas anchas y las crines brillando al sol, un sol roto, precario, huidizo como ese hombro inalcanzable y violento que de pronto él veía decepcionado, y cerraba con fuerza los puños, furioso e impotente, contra el caballo que ahora engullía feroces bocanadas de agua y flores de papel, una por una, chapoteando clip clop clip clop gotas con tierra mugrienta de la orilla… era lo único que le quedaba entre los dedos…. gotas como carbones helados que caían al lado de su cama, dentro de una olla llena de costras viejas y moluscos, que acabaron despertándolo, salpicándole las venas terrosas, las manchas con pelos de las manos, que a duras penas el viejo puso a la altura de su cara, pero sólo alcanzó a reconocer la oscuridad del cuarto, con cuidado de no volver a caer en ese otro lado hecho de recuerdos (o sea los sueños, o sea pedazos de vida hechos a imagen y semejanza de todos nuestros fracasos), donde probablemente sólo le esperaba la nada.

Eran las tres y media de la mañana.

Una vela en el piso dejaba escapar humo sobrante de su pabilo.

El viejo decía que el tiempo podía medirse según la densidad de las tinieblas, que ésta variaba en base al tamaño de las sombras. Por ejemplo, una sombra de refrigeradora de medio metro en pleno día, indicaba alrededor de las diez; una sombra de unos cinco centímetros de un pajarito desde un eucalipto, podía indicar la inminencia de la tarde. Incluso los muertos, decía, producen una sombra más tenue, o sea, una oscuridad menos densa, pero no por eso menos aterradora. Que la muerte indicaba, entonces, una hora fuera de todo huso horario.

Quiso saltar de la cama, pero de inmediato recordó (sí, uno recuerda porque siente, porque odia, porque ama, lo contrario es la desmemoria, o peor, la inexistencia. Por eso, a veces el amor —y no sólo «el sueño de la razón» como creía Goya— produce monstruos, porque el amor hecho a sangre y fuego ni siquiera padece los horrores de la duermevela, ni siquiera pestañea cuando contempla la carne de su más enfebrecido deseo; el amor, en realidad, es conocimiento, dolor y desvelo) que los sueños no reponían nada, quitaban todo y le dejaban en el muñón de su rodilla derecha una profunda desolación. El muñón y el viejo eran dos seres autónomos, uno más desesperado que el otro por esa inescrutable necesidad de vacío.

(Los segundos pasan, los siente devorándole las entrañas al sentarse al filo de la cama, con el pie solitario buscando la zapatilla a un lado del velador, sobre el cual quiere apoyarse, pero olvida que está incrustado por unas rosas que le espinan el dedo índice y le hacen maldecir su suerte, mientras se chupa la herida, despacioso y torpe, masticada por sus encías fucsias, con el dedo índice viajando, metiéndose en las hendiduras de una carne en la que no es fácil adivinar si hubo dientes alguna vez.)

—De nuevo te dormiste con la ropa buena.

El viejo casi nunca tomaba en cuenta la voz recriminatoria, insistente. Algunas veces parecía sumido en un idiotismo que no lo diferenciaba de su propio muñón.

—Y encima te has manchado de huevo la camiseta recién lavada.

El viejo subió el pie y lo dejó quieto, la zapatilla bailaba torpe.

—¿Y por qué tienes migas en la boca?

Al traspasar el umbral del cuarto, la voz recriminatoria se encarnó en una anciana lunarienta, embutida en un camisón demasiado holgado para su cuerpo triste y larguirucho, armada de unos zapatos negros que colocó airada en el piso de madera sin cepillar, cerca de una silla mal iluminada por un pedazo de luna detrás de la ventana. Sobre la silla estaba la ropa del viejo para ese día: una camisa a cuadros, una chompa de franela y un pantalón de pana. Antes de ponerle la ropa (pero tras ponerle el pie en el piso), la anciana lo llevó al baño frente al cuarto, distanciados el uno del otro únicamente por un pasillo a la intemperie de todo el sobrante esqueleto de la casa semivacía; en el mismo lado del cuarto había una cocina, una bodega, una sala, y a unos cuantos pasos de ésta un patio enorme, mitad tierra y cemento. El baño estaba hecho de loza salpicada de verde mostaza y blanco de escalofrío, y era tan minúsculo que a la anciana le costaba grandes esfuerzos acomodarse con el viejo donde descansaba el escusado, humilde y violento como una advertencia bíblica, para bajarle los calzoncillos sin que aquella verga muerta le pegara de lleno en la mejilla. Sin embargo, esto no le desagradaba tanto como los hedores de la tronera claveteada debajo de un tubo enmohecido que les servía de ducha y que, de olvidarlo, solía pegarle en la nuca al subir la cabeza. Salir de ese espacio tan minúsculo —el lavamanos tragándose el escusado, el escusado tragándose el tubo de la ducha, el tubo de la ducha tragándose el vaso con los cepillos de dientes, tragándose el espejo y el basurero y la loza y a ella, o a lo que quedaba de ella—, después de un esfuerzo así, de una humillación así, luego de haber sentado al viejo en el hueco del escusado le hubiera costado mucho más que quedarse, pues en el fondo sabía que a su edad morir de pie era imposible, ni siquiera tenía sentido. Le dio la espalda al viejo y escuchó cómo pujaba intranquilo, e imaginó un poco de sudor frío resbalando de esa mata de pelo gris que le cubría parte de la frente y la calva, pero, sobre todo, escuchó cómo hacía un esfuerzo para no dejar escapar un ruido vacuno, desesperado, que pese a sus intentos se le salió, y entonces la anciana trató de concentrarse en la cancela junto al tubo, y estiró el cuello y miró a través de ella el pueblo en penumbras (las casitas de adobe, el mercado, la escuela, al menos la escuela), y de pronto el mundo se derrumbó como una cruz de madera en medio de un valle desierto, y el viejo calló, calló nada más, y la anciana quiso creer que no para siempre.

Cuando todo terminó, le pasó las muletas y dejó una lata llena de hojas de eucalipto y pétalos de rosas que prendió con un fósforo para aromatizar el baño. La llama no tardó en incrementarse ni el humo en aparecer antes de cerrar la puerta. Se había puesto una blusa café, un pantalón plomo y unos zapatos bajos. Llevaba el pelo suelto y perfumado con un poco de colonia que el viejo ya no utilizaba. Quiso hacérselo notar lanzándole con disimulo las puntas canosas cerca de la cara, por detrás de la oreja, cuando lo llevaba al patio enganchada en su brazo, pero no olía nada. Airada lo abandonó en la única silla de madera del patio, junto al esqueleto amarillo de un camión de carga abandonado. Le dejó un trozo de pan y fue a la cocina a preparar el desayuno. La silla chirriaba un poco y lanzaba una sombra, de unos diez centímetros, intuyó el viejo, y pensó en las cinco y treinta. Quince minutos después, la luz de la madrugada le dio la razón, alumbrándole la espalda, el hueco de la coronilla, reventándole enseguida en los ojos de sueño entrecerrado. Romario, el angurriento perro de la casa, le raspó el muñón con una de las patas, y el viejo le tiró el pan al pie de los rosales, y los miró igual que cada mañana, subiendo lentamente la vista: con cierto asombro y dulzura, el tallo larguísimo y las hojas movidas por el viento, con cierto espanto y aprehensión, las hileras incontables de espinas, con cierta nostalgia y ganas de llorar, las rosas rojas ardiendo de sol, y creyó que el dolor nos llega a todos sin demora, igualitario y compasivo, porque siempre el dolor puede empeorar, pero la felicidad no (no mejora ni recrudece), es una brisa liviana que muere en una flor que no acaba de abrirse nunca, y es en esa muerte en la que muestra su autoridad absoluta, pues si durara para siempre acaso podría volvernos locos o malvados, sumiéndonos en el abominable hábito de la felicidad misma.

—Fue una mañana de abril en que nos visitó el Viejo Cocodrilo, arrastrando consigo un mal que no entendimos nunca, pero nosotros lo adoramos porque creíamos que a su lado todo sería distinto. Le dimos a cambio posada y comprensión a él y a sus hombres, unos militares tristes, tristísimos, que en las noches cantaban que son astros sin luz, y el Viejo Cocodrilo, del otro lado de la mesa de la posada de don Atanasio, completaba con el trago en la garganta que los pechos que no aman son noches polares. Para ellos, creo, no amaneció nunca. Otros creían que vivían en una madrugada inacabable, imposible, sin sombras (¡pendejadas, por supuesto!), que de tanto iluminarlos los iba borrando de este mundo. Él nos ofreció un mundo nuevo y a nosotros nos dio vergüenza. Por eso, la tarde en que se fue fecundó los rosales muertos de mi Albas, los dejó a nuestro cuidado, pero ya casi todos se han ido…

En la cocina comieron sin ningún apuro y bebieron a soplos el café hirviendo. El viejo rompió el pan, lo remojó con los dedos temblorosos, se lo llevó a la boca abierta (que terminó con la lengua quemada y con puntitos hinchados de rojo sangre por la temperatura de la leche caliente), igual o más temblorosa, lo suficiente como para mancharle de café las comisuras de los labios y amarillarle de huevo la camiseta. La anciana lo limpió como pudo con un trapo y puso una revista encima del mantel de hule, cuyas páginas solía arrancar para hacer madurar babacos y aguacates; la portada mostraba a León Febres-Cordero y Fidel Castro apretándose en blanco y negro la mano. La anciana arrumbó los platos en el lavabo, pero prefirió que el sol calentara un poco más la cocina. A lo mejor, podía evitarse ese dolor que casi siempre le caía en saramontón sobre los dedos.

La casa grande y vieja, pintada de blanco, tenía una pequeña terraza de cemento con balaustres de yeso tosco a la que se accedía por las gradas de la cocina, luego de abrir la puerta de metal de un cuadrado también de cemento. La anciana caminó en dirección hacia uno de los ángulos de la terraza, y a su paso la torre de la iglesia de Viracochapata sobresalía como una presencia siniestra que marginaba techitos rojos, patios polvosos y sin gracia de las casas de ese pueblo callado y triste. No había gente en las calles, salvo los recuerdos con los que trató de poblarlas inútilmente de nuevo. En el ángulo de la terraza había un vidrio gigantesco, casi espejo o casi recuerdo, por el que la anciana pasaba los dedos, quitando una compacta película de polvo, y enseguida pasaba la palma de la mano para mirar su reflejo, y ahí estaba ella, pensativa y cabizbaja, con el tiempo alargando las patas debajo de sus párpados y de su boca, y el sol por fin tostándole las mejillas, y ese perfil detrás suyo, de piel clara y lampiña, recién salido del colegio, de ojitos caídos, achinados y claros como de piel de ardilla, sonrisa segura y brazos fuertes, salidos desvergonzadamente de ese torso firme, cubierto por una chaqueta de cuero que combinaba con un juego de pantalón y botines negros, y contrastaba con una bufanda celeste tejida a crochet, de mal gusto, desflecada, pero que le daba a su figura, si bien algo sucia, de uñas negras y cuello con manchas de aceite de motor, una ternura a la que era imposible no sucumbir o abrazar, y solo bastaba verlo ahí parado, con la mirada sosteniendo su mirada, en un lado donde la terraza no tenía balaustre, sacudiendo la lona negra e inmensa para cubrir el cadáver del camión, al lado del que estaba ese pobre viejo desilusionado, mirando imbécilmente los rosales y acariciando al Romario, al tiempo que la lona invadía el campo de visión de ella, lo invadía negra y lúgubre, como si a cada sacudida se hiciera más grande y burlona, y después de un rato, después de tantas sacudidas, al perderse, dejaba aquella bufanda celeste sobreviviendo en círculos alrededor del viento, y ella qué podía hacer sino quitar la mano de ese vidrio, casi espejo o casi recuerdo, con el rastro del polvo pegado en la punta de los dedos

—Nos conocimos o, más bien, nos miramos, nos miramos calladamente hasta que desnudamos la compasión, la piedad en los ojos de perra tristeza, debajo del techo de la posada de don Atanasio, a tres semanas de la partida de mi Albas, testigos en abstracto de esas existencias obscenas, ajenas, entre risas, y le decía, apegándome: «Tú también.» Y ella me contestaba: «Sí, yo también.» Y nos abrazamos casi cerca del beso, tiritando. Pero encontramos sosiego, comprensión, incluso cierta dulzura. Y a los pocos días le mostré otro dolor, uno hecho de silencios y de carne. En la pierna, bueno, en la rodilla derecha para ser exacto, me habían salido unas yemas de este rosal maldito, clavados en el hueso, las espinas fuera de la piel, todo envuelto en un paño blanco, sanguinolento, que a ella le dio asco tocar.

El viejo durmió sin sobresaltos, el cuerpo apoyado contra el espaldar de la silla convertido en una larga sombra rectangular, altanera y tenebrosa, que los restos del camión abandonado en el patio acabaron por devorarla. El viejo despertó caída la tarde y entró a la sala apenas amoblada con una mesita de noche, unas butacas burdas y unas cuantas versiones de sí mismo colgadas en las paredes (unas pocas acompañado de seres con el gesto blanqueado de sol y de años), agarró una botella de aguardiente sin soltar las muletas y se sirvió unos tragos en un vasito de plástico que tomó de pie, sí, algo encorvado, reducido, pero de pie, y se sintió fuerte y devastado porque en la mesa descansaba ella: Albas, en altorrelieve en una urna de pocos centímetros de largo y de ancho, sin ninguna otra excrecencia más de lenguaje que Albas, como dictada de memoria por alguna fuerza inamovible, seguida de los años (1931-1993). Se sentó en una butaca sin responder a las llamadas del almuerzo. El trago se acababa, los labios ya sin temblar (vueltos una línea horizontal como la muerte), el vasito de plástico en la mano y un pasillo silbado. La urna reflejaba la mitad de la cara del viejo que la veía siempre sin ninguna sombra, iluminada por la luz de la luna que se metía monstruosamente por la ventana, pero sin ninguna sombra.

Cuando todo terminó, sobre la silla del cuarto estaba la camisa a cuadros, la chompa de franela y el pantalón de pana. El viejo y el muñón sentados en la cama; él en calzoncillos, lúcido, cruelmente lúcido de espaldas a ella. La olla de la gotera desocupada y lista. Las muletas cerca del velador incrustado de rosas; el aliento y la noche aguardentosos.

Una vela en el piso dibujaba un minúsculo círculo de luz.

La anciana se quitó la ropa, se embutió en el camisón y se acostó a la izquierda de la cama. El viejo no tardó en hacer lo mismo y taparse con las cobijas. No se miraron, no se tocaron, no se hablaron. Las moscas poblaron ese incómodo silencio entre la negrura y la indiferencia. Apagaron la vela en el piso y, separados, cada cual en su isla de sábanas, intentaron dormir. El viejo trató de perforar las penumbras de los estucos. La anciana de relajarse en las sombras indolentes de la pared. No lo consiguieron. El Romario se subió a la cama y se les apegó, meloso y miserable, rogando que le acariciaran el cogote motoso. Cuando lo hicieron, las manos de los viejos se juntaron por accidente; encontraron una calidez ajena y extraña y, por un instante, la sintieron propia, tibia, posible.

Eran las tres y media de la mañana.

En la oscuridad, el cuerpo de la mujer iba adelgazándose hasta convertirse en una hilacha de ruidos sofocados.

—¿Quedó flotando también hoy en el aire?

—Sí.

—…

—¿Y en el tuyo?

—Lo de siempre…

—….

—Sólo los sueños no tienen sombras.

Las tinieblas poblaron por completo el cuarto.

—¿Sabes?… a veces podría asegurar que él es todos los hombres, pero luego me digo que soy una tonta porque él no era como todos los hombres.

—¿Y por eso lo amabas tanto?

—Lo amo porque a su lado nunca estoy sola.

—¿Y en el mío?

—…

—¿Y en el mío?

—Es al menos una soledad distinta.

—¿Cómo?

Las voces se suspendieron por un momento en las tinieblas y una tos árida resonó en la alcoba. Pasados unos minutos, alguien se atrevió:

—¿Te apegas más?

—Claro— le contestó.

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*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, asesor de proyectos académicos y colaborador del diario digital Nuevo Tiempo en la sección de cine Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net

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