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Más de 15 saltos de agua existen entre Baños de Agua Santa, Tungurahua, y Puyo, Pastaza. Su visita es ideal para quienes aman la aventura. También se pueden realizar deportes extremos como rafting, canyoning y puenting.

 Por Víctor Vizuete Espinosa*

 La cascada está cerca. Mucho antes de divisarla ya se sumerge por los sentidos. La voz del río, que al inicio del recorrido solo era un lejano murmullo, aumenta sin pausa mientras desciende la trocha hasta convertirse en un ensordecedor coro de gigantes.

Decenas, cientos de personas (jóvenes en plan de estudios, parejas almibaradas, familias aventureras decididas a sudar, trotamundos solitarios…) transitan presurosos y azorados por esta estrecha vereda de barro y piedras que serpentea a través de líquenes, musgos, bromelias y otras epífitas que se abrazan con firmeza a las ramas de los guarumos, palosantos, balsas y otros gigantes árboles endémicos que se estiran queriendo alcanzar el firmamento.

 Ya son 25 minutos de descenso por el sendero, que se inicia en el km 15 de la vía Baños-Puyo, a la entrada de la parroquia Río Verde, y los caminantes se apoyan entre sí para no resbalar ni caer.

Berkley López, un pequeño guía de 12 años, travieso como un duende, sorprende a los andarines mostrándoles orquídeas más pequeñas que una moneda, monos casi tan chicos como las orquídeas y hasta el nido de un gavilán que, en la punta de un guarumo, se despereza mientras planifica las ecuaciones de su próxima cacería.

La temperatura se eleva y la floresta se convierte en selva. El sudor se pega a los vestidos como una enredadera.

Una curva cerrada, un sube y baja con el corazón a 200 kilómetros por hora y, al fin, asoma su rústica fachada la cabaña de guadúa y madera de Wilfrido Guevara, el arquitecto de este paraíso.

Este hombre tozudo y tesonero tardó años en construir el sendero, la choza-restaurante, el mirador, las escaleras y gradas y el puente colgante desde donde los visitantes se topan, frente a frente, con una espectacular e indescriptible caída de agua de 100 metros de altura: el Pailón del Diablo.

A 40 metros del puente, el cauce del Pastaza se activa en el acantilado y se lanza hacia el abismo rugiendo con la fuerza de mil tempestades. Muchas veces, cuando el invierno amazónico hace caer el cielo, la cascada aumenta tanto su fuerza que se vuelve peligrosa y se prohíben los recorridos.

Asombrados, muchos excursionistas -como los estudiantes universitarios de turismo Juan Taipe, Rosario Balbuena, Renán Chiquito, Gabriela Esparza y Pedro Caza- buscan entre las grandes rocas de andesita y granito que bañan las espumosas aguas, los rostros de Satanás, que dieron nombre a la cascada.

Turistas extranjeros, como los canadienses Philip Mercury y Diana Herzoc, solo atinan a susurrar con sonrisas de incredulidad; wonderful, wonderful.

Después de un tiempo prudencial y de cumplir con el rito de refrescarse –cuerpo y mente- con la constante llovizna que se desprende del gigantesco torrente, se emprende el regreso, que suele ser más duro y prolongado.

El Pailón del Diablo es imponente, pero no es la única maravilla que ofrece el Pastaza en su recorrido de 70 km desde Baños de Agua Santa, provincia de Tungurahua, hasta Puyo, provincia de Pastaza.

En su correntoso periplo, el Pastaza y sus afluentes delinean hasta 15 saltos de agua, con diversas alturas, caudales y belleza. La zona es conocida como la Avenida de las cascadas. Ulba, San Pedro, San Jorge, Manto de la Novia y Machay son las más conocidas.

Cada una tiene su propio encanto y memoria. Pero en todas el río es el protagonista. Y las montañas que las encierran parecen colosales menhires tallados por el viento y el agua a través de milenios.

Machay, emplazada cinco kilómetros al nororiente del Pailón, también asombra a los visitantes. No posee la contundencia del Pailón del Diablo ni del Manto de la Novia, pero impresiona.

Allí, el Pastaza se abre paso a base de pequeños saltos, que parecen que fueron hechos por las zancadas de un gigante. El agua cae a borbotones, como en un acuático y aterrazado rascacielos.

El Manto de la Novia, ubicada a solo 10 kilómetros de Baños, tiene su propio menú.

Esta cascada, de 60 metros de altitud, incorpora un gancho: la tarabita más alta y larga del Ecuador, con 500 metros de recorrido a 100 metros por encima del Pastaza.

Son cuatro minutos (ida y vuelta) de adrenalina que quiere romper las arterias cuando Bartolomé Naveda u otro de los operadores frenan en seco el turbo de 600 HP justo encima de la caída.

La canasta de hierro y sus ocho ocupantes quedan, entonces, pendiendo del cable de acero por unos 20 segundos, que resultan eternos, y a merced del viento, que a esa altura sopla con la furia de un toro de lidia.

Pero si toda esa carga de emociones todavía es insuficiente para usted, no se preocupe. Si tiene vocación de «hombre araña», la cascada de Ulba, emplazada a un costado de la Central Eléctrica Agoyán, satisfará con creces sus expectativas.

Sus pequeños farallones de granito y agua son ideales para practicar el canyoning, es decir el descenso de murallas mediante cuerdas.

¿Quiere más? No hay problema. El puente sobre el río Blanco le da la oportunidad de lanzarse a vivir los 10 segundos más excitantes de su vida: el «swing jamping» o «puenting».

Arrojarse en caída libre hacia el abismo, sin más sostén que unos sólidos arneses y una cuerda de nailon ultrarresistente, y quedar suspendido a pocos metros del río que corre impetuoso, es algo que nunca se olvida. Y se le concede el diploma de «aventurero PhD».

Pero la Avenida de las cascadas es, todavía, mucho más.

Hay lagunas aptas para la pesca de la trucha, rápidos ideales para el kayac y el rafting y visitas a las reservas ecológicas de los Llanganates y el Parque Nacional Sangay, talvez los últimos reductos del oso de anteojos y asiento de más de 2 000 clases de orquídeas. Claro, las tradicionales piscinas de aguas termales de Baños son parte primordial de la propuesta turística.

La ruta de las cascadas es ideal para toda la gente cansada del monóxido de carbono y de la cultura de supermercado de las metrópolis.

Y también para aquellos aventureros que se lanzan a recorrer mundo armados solamente de una cámara fotográfica, sin otro recurso que sus propias piernas y sin más brújula que el optimismo.

 Baños de Agua Santa es el destino turístico más popular de la Sierra ecuatoriana y su provisión de servicios es eficiente.

Hay más de 50 agencias de turismo que ofrecen diferentes paquetes, tanto en precios como en calidad y servicios.

Estos paquetes incluyen desde paseos ecológicos y ciclopaseos hasta descensos en rafting y kayak. En la Oficina Municipal de Turismo se recibe ayuda sobre los más confiables y convenientes. Existen  negocios que rentan bicicletas. También hay recorridos en chivas por los túneles antiguos y la vieja carretera. 

En hotelería y gastronomía la oferta es amplia y bien dispuesta. Hay hoteles económicos y de ultralujo, como Luna Runtún.

Si no viaja en carro propio, buses interprovinciales salen y llegan a la terminal de Baños cada 15 minutos. Y conectan la ciudad con todo el país.

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*Víctor Vizuete Espinosa fue periodista y editor de diario El Comercio. Hoy integra el equipo narrativo de loscronistas.org

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