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Ella no debe morir

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Myriam me dio la noticia: Nancy estaba muriendo. Y luego susurró: “Dicen que tú tienes la culpa”.

Preocupada, Myriam me había buscado durante dos meses. No tengo un lugar fijo para trabajar y pocos, casi nadie, conocen dónde vivo.

Y ahora, sentados en el café Juan Valdez, de Urdesa, me hablaba de la muerte, de la muerte de Nancy, de la persona que durante nueve años tanto significó para mí, de la mujer apasionada, amante y compañera, con quien no nos casamos porque yo estaba separado de mi esposa, pero no divorciado, una situación ambigua que a muchos favorece, pero que no es más que la cobardía mutua de decidir acabarlo con todo de una buena vez.

Eso recordé cuando Nancy pronunció “muerte”. La palabra tan temida. La persistencia que habita en nuestra conciencia, que se mueve, que salta, que se queda quieta, que se agazapa, que ataca por sorpresa.

La muerte como el miedo fundamental sobre el que se basan las religiones para convencernos de que hay que temer a Dios y ser bueno, como si la bondad tuviera que depender de una condicionalidad externa a ella.

Las religiones se aprovechan de la abstracción llamada Dios para convencernos del mito de la otra vida o del cielo o del paraíso, de la recompensa, de la felicidad espiritual contra la infelicidad material, pero solo hay un hecho del que tenemos certeza: la muerte es un camino sin retorno.

Era insólito que estuviera pensando todo aquello mientras Myriam, devastada, me contaba detalles, mirándome con sus ojos húmedos mientras yo bebía un café expreso y ella un té de frutos rojos.

Y, luego, mis pensamientos se dirigieron al otro tema. ¿Dicen que yo soy el culpable? ¿Por qué? ¿De dónde salía semejante acusación?

O, reflexionándolo solo para mí, quizás era cierto. Y a partir de entonces me colmó un indefinible sentimiento de culpa: ¿hasta dónde fui yo el responsable de lo que le ocurrió a Nancy?

¿Tiene relación el cerebro, como elemento físico, con el amor o el desamor?

¿Debí buscarla cuando nos alejamos?

¿Cuánto le afectó la soledad de años que vivió luego de que me dijera que no quería verme nunca más?

Pero fue ella quien rompió conmigo. Y a pesar del sufrimiento de años que me causó su silencio y sus persistentes negativas, por Myriam supe que antes de que a Nancy se le complicara la salud empezó a mostrar conductas negativas, estrés emocional y depresión.

-Debes entender qué ocurre en el cerebro cuando un paciente sufre por amor”, me dijo Myriam, como ratificando o alimentando las sospechas.

Yo comprendía que existen muchos tipos de muerte, por senectud, por cáncer, por accidentes en un auto o en un avión, por infarto al corazón, por enfermedad catastrófica, pero me costaba creer que nuestro desamor hubiera desatado lo que ahora le estuviera sucediendo a Nancy.

A Nancy. ¿Por qué a ella? Yo no era capaz de comprender lo que escuchaba: estábamos hablando de una mujer joven, a la que amé nueve años y que cuando decidió separarse de mí no sufría ninguna enfermedad grave. Al menos, eso es lo que parecía. Nunca mostró ningún mal. Era deportista. Iba al gimnasio. Nadaba una hora cada día en la piscina.

Divagué un rato mientras Myriam pedía otra taza de té. Nancy era mortal, como cualquiera de nosotros, como Myriam y yo, pero decidí que para mí sería inmortal.

Así de tonto, porque una cosa es la memoria y otra es la vida que transcurre después de los hechos que la suscitan.

Mientras Myriam me contaba más y más detalles, se reafirmaba en mí la convicción de que Nancy no merecía un fin tan brusco, doloroso y trágico. Tenía, y lo digo a riesgo de caer en la cursilería, una dulzura y una ternura inconmensurables. Y se lo dije a Nancy de forma tajante, como si mi palabra pudiera detener el curso del destino: “Ella no debe morir”. Y lloré.

Solo tenía 33 años y era una mujer buena, solidaria, trabajadora. Con una fe en Dios que le hacía dejar todo (incluso, a veces a mí, cuando no la acompañaba a misa los domingos o cuestionaba su exceso de religiosidad). ¿Por qué tenía que morir, y de esa manera, si era tan fiel a ese ser abstracto y muchas veces contradictorio y absurdo? ¿Tendría Dios alguna explicación a su supuesta decisión de que Nancy muriera?

Hermosa con su color canela, la suavidad de su piel, los labios carnosos y sensuales, los ojos negros y redondos, el pelo intensamente oscuro y largo, también era inocente, cándida, ingenua. Por ejemplo, en su confianza en las personas.

En sus actos cotidianos, incluso en nuestras relaciones, no había malicia ni suspicacia. Me amaba, era generosa conmigo, me daba su tiempo, sus cuidados, sus noches. Se entregaba a mí como si todos los días cumpliera el ritual de perder la virginidad, para ella tan valiosa, a cambio de un amor que la acurrucara y le hiciera sentir segura y bella.

Me lo decía así. Con un gesto de su rostro inocente o de sus manos me insinuaba que quería hacer el amor y lo hacíamos de inmediato, donde fuera.

Por aquellos meses, poco antes de que los médicos le diagnosticaran cáncer, Myriam había reaparecido en la vida de su amiga en un lugar inesperado: la feria anual de las bibliotecas de Guayaquil, donde Myriam fue como delegada de su universidad y Nancy dirigía el stand de la suya.

Fue como si un ajedrecista hubiera pensado las jugadas precisas: se organizaba la feria, aparecía Myriam, se encontraba con Nancy y la siguiente movida sobre el tablero sería que aquella noticia llegara a mí. No para que me enterara, sino para que supiera que era una suerte de sospechoso espiritual o afectivo.

Días después de aquel encuentro, una tarde de café negro y maduro con queso, sencilla comida manabita que a Nancy le encantaba preparar como le había enseñado Mamá Margarita, su abuela, le contó lo que le estaba ocurriendo.

Hubo una advertencia: de que si yo apareciera algún día no debía enterarme de lo que ocurría, aunque ella también pensaba que nuestra ruptura tenía que ver con el desarrollo de su enfermedad. Cuando Myriam lo decía, como si no fuera una grave acusación, una avalancha de tristeza caía sobre mí.

Nancy tenía 17 años menos que yo y era una mujer a la que aún le brotaban las alas, aún le quedaba tanto por construir en su vida, todavía estaba en la búsqueda de lo que desearía hacer el resto de su vida.

Nadie se explicaba por qué una tarde, en la biblioteca universitaria donde trabajaba, empezaron a asecharla extraños dolores de cabeza, cada vez más intensos.

Con el paso de los días los síntomas se agravaban: la llegada y el azote de una feroz tormenta ya era inevitable. Los dolores de cabeza se volvieron tan insoportables que la hacían correr al baño de la biblioteca, taparse la boca con un pañuelo y reprimir sus gritos.

Luego llegaron otras señales, según describía Myriam: visión borrosa, pérdida del equilibrio, confusión temporal y espacial y convulsiones.

Me explicó que la familia estaba desconcertada y destrozada, que Ángel, su padre –un acaudalado y semianalfabeto camaronero de Pedernales, pueblito ubicado entre Manabí y Esmeraldas-, la había llevado dos veces a prestigiosos hospitales de Houston, en Estados Unidos, pero que el diagnóstico era irreversible: cáncer al cerebro.

De nada sirvieron las dos cirugías y la quimioterapia. Mientras Nancy agonizaba, su padre había contado a Myriam que en medio de los delirios y los desvaríos de su hija, él la escuchaba pronunciar un nombre con insistencia, alguien que quizás fue muy importante para ella, talvez la persona que le produjo la enfermedad o que le urgía ver antes de la muerte.

La familia no tenía idea de quién podía ser la persona con ese nombre, porque Nancy siempre se negó a presentarme ante ellos como su compañero o su novio, pues tenía miedo de que me preguntaran por qué no me casaba con ella.

Así que don Ángel Mendoza suplicó a Myriam que me buscara donde fuese, porque él decía albergar la esperanza (como aquellas esperanzas inútiles que nos sostienen en los peores momentos) de que si yo apareciera por el hospital quizás Nancy reaccionaría y mejoraría.

Yo acepté la idea, sin dudarlo. Las personas tenemos obligaciones ineludibles con quienes hemos amado (en realidad, aún amaba a Nancy sin resentimientos ni revanchas, porque, aunque no era cierto, ella sentía que yo solo la usaba para satisfacer mis deseos).

Tenemos obligaciones con quienes han sido carne de nuestra carne, con quienes hemos compartido tanta vida cotidiana, tantas palabras, tanta pasión, tanta ternura, tanta alegría.

Cuando Myriam detalló aquel gesto verbal de Nancy en la cama del hospital recordé con nitidez que habían pasado cinco años y medio desde aquel domingo cuando detuvo el auto, se quedó en silencio, empezó a llorar y me comunicó su decisión de no seguir conmigo, justo cuando nos dirigíamos al aeropuerto porque yo debía viajar a Quito a realizar una entrevista.

Me sorprendió, me dolió como un vacío convertido en enormes bloques de concreto que se venían sobre mí. Nancy había cambiado mucho en las últimas semanas, en especial desde que volvió a reunirse con un grupo de amigas del colegio de monjas a quienes no había visto hacía tiempo.

Hubo un cortocircuito cuando Nancy nos reunió a celebrar su nueva casa, en Vía a la Costa. Eran tres mujeres, ahora miembros de un grupo cristiano, de aquellos que no admiten que la vida puede ser distinta a lo que ellos conciben.

Estaban divorciadas, tenían niños, trabajaban en lo que podían. Las tres con pasados amargos, duros, violentos. Mientras transcurría la reunión el eje de las conversaciones era una creciente animadversión contra los hombres.

Yo estaba de acuerdo con lo que opinaban y lo decía en voz alta. Maridos machistas, borrachos, violentos, golpeadores, infieles, irresponsables y mezquinos al momento de separarse y dividir los bienes. Pero no compartía su fobia contra los hombres, su feroz negativa a creer de nuevo en el amor, sus recelos con el sexo.

A la mañana siguiente, cuando desperté, no vi a Nancy a mi lado. Me duché y bajé a la cocina. Ella preparaba el desayuno. La besé en una mejilla porque me negó los labios. Había algo extraño en su actitud y le pedí que me explicara si pasaba algo.

Giró el rostro hacia mí y noté que lloraba, en silencio y tratando de retener las lágrimas. Me sorprendí. ¿Qué había pasado entre la noche anterior y esa mañana para que cambiara? ¿Qué tema abordaron sus amigas cuando yo, respetuoso de la relación de las cuatro excompañeras, me retiré a dormir?

Fue la primera vez que le escuché decir lo que, en las semanas siguientes, empezaría a repetir con insistencia:

-Ya no quiero que sigamos juntos. A usted solo le importa tener sexo conmigo.

La frase me pareció absurda, más que sorprendente o dolorosa. ¿De dónde sacó esa idea si hacernos el amor, yo a ella y ella a mí, era maravilloso?

Lo hacíamos en la sala, en la cocina, bajo la ducha, en la cama, en la biblioteca de mi casa, sobre la hierba del jardín, en el asiento trasero de su auto o del mío, a un costado de la carretera, en las cabañas campestres, en los hoteles playeros, en el baño de su oficina cuando había pocos usuarios y se acercaba la hora de cerrar…

Lo hacíamos los dos, no solamente yo, porque cuando el sexo expresa el amor de la pareja va tejiendo una red cada vez más fuerte, sólida y firme. Es una red que no aprisiona ni encarcela, sino que libera y nutre las almas que se fusionan desde lo físico y erótico, desde lo más recóndito de las necesidades y los requerimientos de llenar los vacíos, carencias, sequías y baches espirituales que deja el pasado.

Después de aquel episodio seguimos juntos, pero se hacía cada vez más evidente que Nancy estaba dejando de ser la mujer a la que amaba a pesar de todos mis esfuerzos por sostener el mismo amor de siempre.

¿Fui importante para Nancy? Estuvimos juntos nueve años, yo en mi casa y ella en la suya, pero nuestra vida fue la de una pareja total que se necesitaba, se deseaba, hacía el amor, iba de compras, asistía al cine, leía libros y frecuentaba los estadios cuando jugaba su equipo favorito.

Casi no dormí la noche anterior al día que acordamos ir al hospital con Myriam. La idea era tratar de que me reconociera y, ojalá, se recuperara algo. Pero me atemorizaba la idea de que sucediera lo contrario, que mi presencia agravara su situación, que su padre pensara que yo, por alguna razón, era, en parte, culpable de lo que le sucedía a su hija.

Los hospitales y las clínicas me abruman, aunque sean privados y traten de mantener cierta dignidad en su aspecto y decoración. Allí la sensación de impostura es fuerte, porque todo lo que parecen o fingen ser tiene el objetivo de ganar dinero, mucho dinero con la atención a los pacientes.

Nos acercamos a la habitación 909 y Myriam, con un rostro desencajado que me llamó la atención, me dijo que si adentro estaba don Ángel ella se quedaría conmigo, pero le di las gracias y dije que no era necesario. Enfrentaría cualquier situación que se presentara porque, nunca como ese momento, entendí cuánto amaba a Nancy.

Entré. Vi a las tres amigas de Nancy y a quien supuse que era Don Ángel. Los cuatro intercambiaron unas palabras y el hombre no dejó que diera más de uno o dos pasos. No alcancé a ver a Nancy.

-¡Maldito!, gritó. Se abalanzó contra mí. Vi el puñal. Vi a las mujeres que intentaban detenerlo. Vi a Myriam, que entró dando un portazo. Muchos gritos, súplicas, confusión. Don Ángel y yo forcejeábamos, pero yo nunca había peleado con alguien armado de un cuchillo y llevaba las de perder.

-¡Está hablando!- dijo Myriam de repente. Todos volvimos a ver en dirección a Nancy, aunque yo permanecía aprisionado por los brazos del descomunal don Ángel, que aún me amenazaba con su arma.

La escuchamos todos. Muy claro. Repetía ni nombre y luego decía “no, papá, por favor”. Y yo, recobrando fuerzas, alcancé a vociferar, como una orden a don Ángel, “¡ella no debe morir!”.

Semanas después, cuando desperté en el hospital público al que me habían llevado luego de la agresión, no recordaba qué más sucedió.

Hice algo de memoria y reviví el forcejeo, las dos o tres puñaladas, los insultos de las mujeres, los golpes en la cabeza y en el estómago que don Ángel me propinara, mis gestos para defenderme, los ecos de los chillidos de las visitantes justo cuando Nancy, en el instante de morir, repetía mi nombre y aquella frase premonitoria “no, papá, por favor”.

Mientras trataba de precisar lo que ocurrió en aquel lugar, una enfermera vieja, acercándose a mi oído izquierdo, me advirtió que afuera de la habitación había un policía haciendo guardia, día y noche.

Me dijo que yo era el principal sospechoso de la muerte de un hombre mayor en la clínica La Salud, donde también había muerto, de cáncer, la hija del señor.

Estuve más de un año en la penitenciaría de Guayaquil viviendo los horrores de una prisión sórdida e infernal. Mi abogado logró demostrar mi inocencia y quedé libre.

Don Ángel había muerto por infarto al corazón. Yo, según me dijeron, entré a cirugía tres veces, pero no quedé curado y mi salud se deteriora con rapidez.

No he podido recuperarme de las graves heridas que me causó el puñal del hombre que amó a su hija desde la revancha y la sinrazón.

Pero, ¿quién soy yo para juzgar a un padre leal y apasionado? Si las cosas hubieran sucedido al contrario, yo también habría tratado de asesinar a don Ángel.

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