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*Por Eduardo León

Había salido del Mercado de la Caraguay, donde la diversidad de especies marinas fue el objeto de morbo por parte de mi hobby llamado fotografía.

El aroma envolvente del marisco llevaba mi imaginación a inventar cómicos escenarios, algunos picantes y otros jocosos.

La tentación de tener al Barrio Cuba a un toque fue la debilidad para adentrarme en este emblemático barrio porteño de miles de historias, entre ellas la del suculento arroz con menestra, donde uno se lo sirve en algún pequeño y estrecho lugar de sus estrechas calles.

Llegue solo al puesto de doña Maura. En realidad no supe cuál fue el motivo de la elección de dicho local, pero después lo entendería cuando Priscila tomaría el pedido.  Ella era manaba. Lo noté por el colorido de su atuendo y por su jovial y divertida manera de atender.

Debo describirla porque soy un ser humano muy visual.  Sus labios, lo primero que me impresionó, obviamente gruesos, tenían cierta mezcla con los característicos de sus vecinos de la provincia negra de Esmeraldas.

Su cabello largo, como me gusta, de color rojizo salvaje.  Sus caderas deberían inspirar las más bellas poesías, incitar novelas eternas, hacer próspero el negocio de doña Maura.

Sus manos delicadas parecían una obra de arte, esculpidas por algún alfarero griego o pintadas por Guayasamín.  De estatura promedio, igual acostados todos somos del mismo porte, así me enseñaron y aquel día me lo tomé muy a pecho.

Como perro jadeante le pregunté a qué hora terminaría su turno y esperé en el local consumiendo porque si no sería desalojado de mi puesto.

Ya con tres cervezas adentro y luego de esperar dos horas y media, Priscila aceptó que la acompañara y caminamos un poco por el sector hasta llegar a la Universidad Salesiana, donde nos sentamos en la vereda a conversar un rato.

En el aire había una mezcla de miedo, vértigo y no sé qué otras cosas más.  Cuando una mujer me gusta demasiado las manos se me ponen heladas, el lugar estaba un poco oscuro y no se veía seguro, peor a esa hora, las dos de la madrugada.

Priscila era una mujer descomplicada y su sinceridad a ratos me abrumaba, pero me llegó a decir que le parecía un chico apuesto, no solo por el físico sino también por lo intelectual.

Era la primera vez que alguien me decía semejante piropo y no tengo el corazón de piedra. Hablamos de muchos temas y cuando hacía mis bromas ella explotaba en carcajadas. Entonces creí que no podía existir hombre más cómico que yo.

Sus ojos, su mirada profunda que desnuda hasta las más intrépidas y osadas intenciones, no se despegaban de los míos.  A veces tiemblo cuando pierdo el control de la situación. Debe ser por el machismo: me dejé llevar, ella era un torrente de sensaciones sin malicia, con candidez, y me besó.

El beso fue como dinamita, su boca mordiendo la mía, dos mundos que se encontraban, alineaban y no se separarían nunca, porque el tiempo y el espacio son subjetivo y triviales.

Su lengua era sedosa, jugosa y juguetona, se enlazaba con la mía, me buscaba como quien no quería soltarse jamás, como quien quería quedarse para siempre ahí, como quien había encontrado un hogar y lo hacía suyo.

Cuando los dos estábamos húmedos fuimos violentamente interrumpidos por las bocinas de un patrullero, de esos que aparecen una vez en un millón de escenarios y que, para mi desgracia, me tocó a mí.

Fuimos desalojados amablemente de la vereda que habíamos hecho nuestra y continuamos caminando hasta la Domingo Comín, a la altura del Colegio Cristóbal Colón, agarrados de la mano. Tomamos el carril exclusivo de la Metrovía, tirando pata hasta el sector de la Bahía, por Alberto Reyna y Villamil.

Fueron horas de conversaciones, preguntas y revelaciones, como si nos conociéramos de toda la vida. Priscila no sabía que mi corazón llevaba décadas que había dejado de sentir amor y que uno se siente extraño cuando lo vuelve a hacer.

Pero ella seguía con sus historias: había sido mesera en Cangrejo Cultural, también en La Culata, Café del Rio, Malakita y Guayaquil Social Club.  Sus historias de cultura y bohemia la volvían cada vez más interesante, pues sus palabras sobre Guayaquil eran mágicas.

Me contó que la ciudad la atrapó con su aroma de río, manglar y estero. Que la vuelve loca, que la seduce, que la sofoca y calienta, que el guayaco es divertido (divertido como tú, dijo) y me dio otro beso, un beso largo que me noqueó, me dejó torpe, fuera de base.

Tuvimos que marcharnos de allí porque los recolectores de la basura llegaron a cortarnos de nuevo, así que caminamos, otra vez agarrados de la mano, hasta Mendiburo y Rocafuerte, donde exclamó “esta es mi zona”.

Su pequeño departamento quedaba en el tercer piso de un destartalado edificio. Había un balcón pequeño con una vista amplia, de esos que se prestan para hacer el amor hasta el amanecer, balcones de leyendas urbanas.

Ya no recuerdo la sazón del arroz con menestra del Barrio Cuba.  No sé si fue con carne, pollo o pescado. Pero el sabor espectacular de la sal prieta será inolvidable.

_______

* Eduardo León Rodríguez (Guayaquil, 1977). Ingeniero Comercial y egresado de una maestría en Marketing. Autor del poemario Censurado (El Ángel Editor, 2018). Articulista en Revista La Verdad. Bloguero desde 2006.

Ilustración: Annick Bouvattier

 

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