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Hombres brillantes como el sol. Por Magaly Villacrés Obregón, desde España

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«Mi padre y mi suegro esperan con serenidad, resignación y dignidad la visita diaria del enorme lucero. Al ocaso de sus años, al igual que en las horas finales de una tarde, el cielo se estremece, se enciende, se pinta de brochazos color naranja y anuncia que está a punto de extinguirse, pero lo hace con ímpetu, con euforia, con valentía radiante».

Por Magaly Villacrés Obregón, desde España*

Se llama Waldemar, tiene 87 años y el cielo quiso que no  fuera únicamente mi padre, sino también mi inspiración. Tiene una mente analítica y siempre me maravilla con la concordancia de sus recuerdos. Gracias a él padezco la incurable enfermedad de la lectura, de la cual espero no recuperarme jamás.
En casa camina despacito para echar maíz a tres gallinas blancas, un escandaloso gallo peleón y una caravana de palomas invasoras. Sus pies van rozando con pausada dulzura la tierra húmeda, el patio de cemento, el piso del hospital que visita a menudo para apaciguar las dolencias de la edad.
Nació en Gonzol, un pueblo pequeño de la serranía ecuatoriana, situado a 2.750 metros sobre el nivel del mar. Por las mañanas, el frío del páramo desciende con su lienzo de neblina y bruma sobre las casas de adobe y zinc, las callecitas polvorientas y silenciosas y, a lo lejos, apenas se divisan algunos perros inquietos que acompañan a los madrugadores campesinos a ordeñar vacas, cultivar la tierra o pastar los animales.
Los pocos habitantes de la localidad viven anhelando la tibieza del sol, pero, en su lugar, un arrebato de viento vestido de débil luz apenas alumbra los sembríos de lentejas, arvejas y cebada. Allí el invierno dura casi siempre y los rayos solares son un espejismo que no alcanza para calentar los huesos.
Aquel fulgor está reservado para seres privilegiados de otras latitudes, pero en este pueblo es una ilusión cotidiana, un afán inalcanzable. Quizás por ese recuerdo de su niñez mi papá huye constantemente del frío y persigue sin descanso la dorada luz que se escapa como un conejo asustadizo.
En este punto, no puedo evitar pensar en mi suegro Arnoldo, nacido 90 años atrás en La Palma, una de las siete islas canarias en España. Él, al contrario de mi padre, ha vivido bajo el amparo de un faro radiante que obliga a cerrar los ojos, abrir los brazos y abandonarse a su total brillantez.
Es habitual verlo sentado en su terraza, tan pensativo y señorial, instalado en ese espacio donde mira pasar las horas a través de los límites del mar, a veces absorto en sus crucigramas y sopas de letras y, en otras ocasiones, resignado al adiós de sus memorias que se borran a diario, irremediables.
Sin embargo, la época en que el invierno llega a la isla, una enorme y espesa nube se interpone entre los azules del cielo y el océano Atlántico.
Entonces, la gente echa de menos la cálida humedad con que amanece el día, bebe tazas interminables de café, se cubren el cuerpo y se abrigan hasta el alma.
No es raro mirar a mi suegro usar su boina, vestido de franela y pantalón de algodón para soportar el inusual clima. Tampoco es extraño ver a mi padre arrastrar su silla roja de plástico por todo el patio para atrapar algún rayo de luz que a veces se posa compasivo sobre su hogar en Riobamba.
Ellos buscan el calor solar tanto como el calor del afecto familiar. Envejecen en serenidad a la sombra del cariño de los cinco hijos que cada uno procreó dentro de sus únicos matrimonios. Paradójicamente, en la lejanía de sus realidades y circunstancias, la vida los ha situado en una delgada línea de tiempo en la que todo se parece y se repite como un bucle: no importa la distancia del mar que los separa ni del astro que se escabulle.
A su manera, los dos se dedicaron a la enseñanza. Mi padre fue profesor en escuelas rurales, colegios y universidad. Sus manos olían a tiza, a papel, a tinta, a aulas humildes y a esfuerzo. Al otro lado del mundo, Arnoldo pasaba horas dictando clases de conducción. Entre sus dedos, sujetaba con firmeza un cigarro inapagable al tiempo que impartía instrucciones a los conductores nóveles para dominar un vehículo.
Ambos tenían en común varias misiones: enseñarnos a tomar el volante de nuestras propias vidas, escribir con ilusión nuevos destinos y mostrarnos con paciencia el camino de regreso a casa. Fueron grandes maestros.
Todavía sienten la necesidad de un cálido abrazo, y la palabra “todavía” no es sólo un adverbio de tiempo. Es la certeza de que la historia aún transcurre para ellos, aún persiste. Todavía respiran, todavía sueñan, todavía arden.
Mi padre y mi suegro esperan con serenidad, resignación y dignidad la visita diaria del enorme lucero. Al ocaso de sus años, al igual que en las horas finales de una tarde, el cielo se estremece, se enciende, se pinta de brochazos color naranja y anuncia que está a punto de extinguirse, pero lo hace con ímpetu, con euforia, con valentía radiante.
Qué simple es todo al final de cuentas. Ellos se apagan lentamente, entre recuerdos, nostalgias y sonrisas, con la satisfacción del deber cumplido, y el corazón palpite con la certeza de que este par de caballeros serán inolvidables y eternos.
El día que sus ojos se cierren y sus espíritus trasciendan alguien sostendrá sus manos y el afecto de su gente los acompañará en el último viaje hacia el reencuentro con los seres que amaron; mientras tanto, sus historias quedarán grabadas en una simple frase: “Érase una vez dos hombres que brillaban más que el sol…”.

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*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio. Actualmente reside en España. 

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