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Cinco monedas para burlar al destino. Una historia de Ivanny Salinas

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Una tarde de abril, Dali, de cuatro años, desaparece de un poblado turístico sin dejar rastro. Nadie lo busca. Cristián, adolescente, lleno de incertidumbres, empieza a cambiar de comportamiento. Una realidad desconocida lo desborda. Días de excesos y alcohol, lo llevan al hospital. Alice Griem, abogada en derechos infantiles, se encuentra de vacaciones cuando, sin pensarlo, hace coincidir ambos mundos.

Por Ivanny Salinas Bartoletti*

El celular de Alice Griem suena en la madrugada. Del otro lado de la línea le da la alerta la secretaria de urgencias del hospital: Cristián, su hijo, ha sufrido una intoxicación producida por el alcohol, se encuentra sin riesgo vital y con sedantes.
Alice recorre apresurada el apartamento en busca de su abrigo. Su mirada se detiene en el dormitorio de Cristián. Sus afiches pegados en la pared, su trofeo del campeonato de fútbol y, sobre el estante, la foto del primer día de escuela. Intenta revenir a aquel momento y pasa sus dedos por el vidrio acariciando la cicatriz que sobresale de su ojo izquierdo, su piel chocolate, su cabecita redonda de suave pelo ensortijado. La nostalgia la vuelve a un tiempo de grandes ideales, de luchas personales.
Alice sabe que a su hijo le pasa algo, él ha enviado varias señales de su avanzado estado de angustia.
Cris, como ella lo llama, se despierta a menudo dejando salir de su garganta sonidos desconocidos, acompañado de fuertes palpitaciones, retorcijones de estómago, asustado y temeroso de imágenes que solo recuerda por un instante.
En su cama de hospital, Cris se siente culpable, tiene vergüenza, su vida se le escapa de las manos, sus ojos llorosos buscan cruzar con los de su madre para evitar la presión en el pecho que grita por respuestas.
Ella intuye que el pasado se encuentra incrustado en algún lugar de su cuerpo y lucha por ser desenterrado.
Desesperada por sacar a su hijo del desconsuelo, se acomoda cerca de su cama, para dejar salir de su boca seca una ráfaga de palabras con revelaciones de una verdad tan vigente como oxidada.
Gotas de sudor la invaden hasta entumecer su cuerpo, pero se arriesga. Habla de días de sol, de caminatas cargadas de reflexiones y de la decisión que cambió sus vidas.
Le cuenta que mientras estaba de vacaciones, entre las playas y callejuelas deambulaban grupos de niños mendigos. Para ella todos eran parecidos, con sus piececitos descalzos sucios y empolvados, vestidos de harapos coloridos que caían sin gracia en sus vientres inflados.
En uno de los grupos, dos pequeños le llaman la atención. A pesar de sus años de diferencia, muestran una mágica complicidad. El más pequeño, muy inquieto, se llama Dali. Exhibe en su carita una larga y mal curada cicatriz en la comisura de su ojo izquierdo.
Alice se conmueve al pensar que el repudio por su defecto es la causa de que su tarro plástico esté generalmente vacío.
Como abogada de familia especializada en la infancia, conoce que son niños sin derechos.
Mendigos por mandato de su “protector”, antes de que la luz ilumine el día, ya están por las calles. El poco dinero que recogen es para su presunto benefactor, quien les da un espacio sucio y maloliente para dormir, algunas porciones de arroz y un buen castigo si no llegan con un mínimo de dinero.
El más grande del grupo se llama Rai, es el hermano mayor. El travieso Dali siempre se queda atrás, se entretiene jugando con algún neumático de bicicleta o mirando a otros niños jugar a la pelota. Al final de cada día, con un gesto cariñoso, su hermano Rai pone el brazo en su hombro, lo incita a caminar y le comparte monedas para que no lo castiguen.
Alice es una mujer de carácter, sus amantes nunca son lo suficientemente buenos, altos, trabajadores, inteligentes o educados. Siempre tiene alguna excusa para no comprometerse en los afectos. La huella de un abandono prematuro de su madre biológica la mantenía en esa ligera línea de desconfianza.
Hacía ya un par de días de conocer la historia de Dali cuando la herida de su propio abandono retoma vigencia y desata en ella un deseo de protección que se instala como una pulsión incontrolable. Empieza a observar con cierta obsesión a los niños, sobre todo al que tiene la cicatriz en su ojo izquierdo.
Esa cálida tarde de abril, mientras acomoda las maletas en el coche para volver a casa, un pensamiento tan ligero como la brisa la acompaña. ¿Y si ella fuera capaz de burlar el destino de ese niño?
Cuando el sol comienza a alejarse de la tierra, la oportunidad vestida de sombra se acerca en solitario a su coche. Dali, estirando su balde vacío con su mano pequeña y sucia, reclama una moneda. Ella abre la puerta, con un gesto le indica el asiento del pasajero mientras le muestra cinco monedas doradas y brillantes.
Los dos, con sus orfandades, quedan atrapados en el coche cuando el cerrojo automático de la puerta suena. Alice no tiene un segundo para dudar, arranca el motor, acelera y conduce el auto en línea recta alejándose de las luces de una ciudad ya encendida.
Las distancias parecen no significar nada en la oscuridad. Alice avanza mientras el pequeño, resignado, ya no llora.
Conseguir documentos falsos para un niño invisible de la calle no fue difícil. Otro nombre, otra lengua y cuidados afectuosos permiten lentamente a Dali instalarse confortablemente en la infancia.
Cris aprende rápido, crece sano. A veces tiene problemas para comer, pero ama la risa de su madre y eso es suficiente.
Aún en el hospital, Cris, con los ojos dilatados, se seca las lágrimas. Asombrado ante la magnitud de las revelaciones de su madre descubre que las imágenes de sus sueños son memorias aferradas al corazón. Que los pálpitos son los de los juegos infantiles, que el dolor de estómago son los retorcijones del hambre, que la cicatriz de su ojo fue un castigo y que el
niño de sus sueños es su hermano Rai.
Entonces se pregunta: ¿cómo se puede vivir sin una parte de uno mismo?
Una de sus vidas quedó en pausa hasta hoy. Dos mundos que se superponen, dos lenguas en una sola piel que tienen en común, una verdad arrancada con pinzas… Él tiene un hermano.
Al salir del hospital su cuerpo es más pesado, sus largas piernas lo sostienen con dificultad, pero la memoria tiene afán de inventar palabras para reconstruir recuerdos con su hermano.
Las dudas lo invaden y se pregunta:
– ¿Qué tengo de ti? ¿Qué me falta de ti? ¿Qué sueños compartimos?
Decidido, busca información. Un artículo dice que los niños mendigos de ese lugar vienen de localidades agrícolas aledañas. Por causa de la pobreza los padres entregan a los pequeños casi al nacer, sin documentos, a cambio de la educación que les prometen y que no se cumple.
Lo único que ocupa su pensamiento es la necesidad de encontrar respuestas. La alternativa es regresar a ese país lejano, a esa ciudad llena de turistas. Alice, dispuesta a acompañarlo en su búsqueda, lo acompaña. Ya instalado en el lugar, alguien le habla de una casa donde vive el protector de una treintena de niños, Su nombre es Rai.
Le basta seguir a uno de los grupos para ver a lo lejos a un hombre de trazos marcados, piel hinchada, agrietada por el sol, que lo mira con fijeza a medida que él se acerca.
La mirada, como un espejo del pasado, le devuelve la silueta de sus sueños.
El hombre parece interesarse en el rostro de aquel que lo observa, la cicatriz del ojo izquierdo le parece familiar.
– ¿Nos conocemos? le pregunta en su dialecto.
En ese momento, el mundo de ambas vidas se encuentra en las puertas de un tiempo abandonado, un aire frío recorre el espacio, la palabra se congela, las palpitaciones de Cris cesan, sus músculos se desenredan y el espíritu vagabundo de otro tiempo solo se encuentra seguro en la imagen de las manos salvadoras de su madre.
El hombre allí parado queda sumido en su misterio, mientras observa la figura ligera que se aleja.
A sus 18 años, Cris descubre que a veces en la vida hay encuentros fallidos, preguntas que quedarán sin respuestas y recuerdos que es mejor dejar en el exilio.
_________________________________
*Ivanny Salinas Bartoletti (Santiago de Chile) emigró a Ecuador a los 10 años de edad. Se educó en el colegio La Asunción y se graduó como psicóloga clínica en la Universidad Católica de Guayaquil. Es Máster en Psicología por la Universidad de Borgoña, Francia, país donde reside. Publica frecuentemente sus cuentos en el portal loscronistas.net
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Comment (1)

  1. Angelica Nasir

    04 Mar 2023

    Una historia muy conmovedora y magistralmente escrita por su creadora. Felicitaciones!

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