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Domingo de romería. Crónica de Víctor Vizuete Espinosa

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Por Víctor Vizuete Espinosa*

Les cuento. Como de un tiempo a esta parte mi balanza de vida está inclinada hacia el lado del debe, de los sucesos negativos, de los hechos inexplicables que restan y no suman… En síntesis, como decía mi viejo, de «estar meado del zorro», muchos amigos me recomendaron tomar previsiones para bajarle el volumen a esta negatividad.
Los esotéricos y creyentes de lo oculto me sugirieron, de plano, una de esas limpias ancestrales en las cuales te pasan el huevo, algún cuy y muchas yerbas sanadoras de nombres raros que te dejan nuevito y más cargado de energía positiva que una pila de litio.
Los católicos, apostólicos y romanos, en cambio, me recomendaron, sin remilgos, una miniromería hacia alguno de los legendarios reductos cristianos de sanaciones que tenemos en el país.
Y como la fe inculcada por mis ancestros desde chiquito pesa, y mucho, me decidí por la segunda opción sin ninguna duda.
Así es que el domingo, a media mañana, junto con mi esposa y mi hijo, nos subimos a la carcacha y rumbo a El Quinche se ha dicho. Obviamente, la devoción sin reparos que tengo por la Virgen María tuvo mucho que ver en esta decisión.
Luego de un viaje tranquilo de casi una hora desde Sangolquí por la espléndida vía E35 llegamos al santuario, no sin sufrir un gran embotellamiento vehicular en los últimos tres kilómetros que, a alguien con una paciencia más escasa que la decencia de nuestros políticos, como yo, casi casi me hacen dar la media vuelta.
No obstante, luego de una azarosa búsqueda de un garaje seguro, listo, rumbo al templo.
Las tres cuadras que me separaban de la iglesia ahora pintada con tonos crema (la última vez que la visité, hace un par de décadas, era de color celeste total) fueron muy parecidas a las que debió atravesar Jesús en su camino al Calvario, con más trampas que una carrera de obstáculos. Los sangolquileños que se quejan de la feria semanal de su llacta deberían visitarla para que vean qué mismo es congestión.
La cantidad de vendedores de todo tipo -informales, formales, dudosos, decididamente abusivos- solamente reflejó en mí una idea recurrente: la cantidad de pobreza de la población es inconmensurable. Los mendigos son muchos y se agolpan junto a los ingresos mostrando todas las desigualdades de esta tierra, las que tanto criticó el maestro Jesús. Cosa rara, los perros callejeros brillaban por su ausencia y los dos que vi estaban tan papeados que dormían cuan largos eran en medio de la calle, estorbando aún más a los romeriantes.
Ahhh, ladrones también había. Se les distinguía después de un escaneado profundo por su caminado en rececho, con la vista fija en la posible víctima como consumados guepardos, que eso son.
Ya en el templo, la cosa se puso casi imposible: la cantidad de personas -muy pocas con mascarilla- era tal que nos fue casi imposible oír la misa de 12. Así es que nos decidimos por comprar unas velitas y rezar con toda la fe del mundo frente a uno de los sitios habilitados para que los fieles dejen consumir sus velas a la par que sus dolencias, sus ruegos o agradecimientos, que también se llevan al lugar.
La lacónica frase que esgrimió mi mujer me ubicó al instante y sin reparos: esto no es nada, dijo, las romerías de septiembre (o noviembre, no estoy seguro), sí que traen gente… Esto no es sino un pequeño simulacro, reiteró con un aire de superioridad que me acholó sin remedio.
Los otros lugares, igual de repletos que las naves de la basílica, eran los que recibían las limosnas y contribuciones de los feligreses, agradecidos o en camino de agradecer.
Pero, bueno… Luego de cumplir con los ritos en el sitio y con nuestros sinceros arrepentimientos y peticiones no podíamos abandonar el santuario si no cumplíamos con otro trámite obligatorio: bendecir la carcachita para que tenga una vida digna y decente… Y nos fuimos decididos hasta donde se cumple ese rito.
Después de avanzar en una interminable fila, que duró solo una horita y media, nos tocó el turno. Un padre muy agencioso vestido a la usanza antigua (sotana hasta los talones y sombrerazo incluido) vino, me hizo coger un gran balde de agua bendita y bendijo con un hisopo gigante el coche, previamente acondicionado para la ocasión: capó, cajuela y ventanas totalmente abiertos. Rezamos el Padrenuestro con unción entre el cura, mi hijo y yo. Listo… El Duster estaba bautizado, como todo buen cristiano.
Mi mujer, previsiva como toda mujer, aprovechó también para hacer que bendigan una botellita de agua, tres pañuelos, dos medallitas, un escapulario…
Solo entonces abandonamos la abarrotada parroquia nororiental quiteña y nos dirigimos hacia nuestra llacta sangolquileña, donde decidimos almorzar, porque «mejor es un sitio más o menos conocido que uno bueno por conocer».
Al final, sé que la fe que pusimos en las peticiones y los agradecimientos a la Virgen de El Quinche no caerán en saco roto… Porque la Reina es justa… Siempre.

___________________________________

*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, para sentirse libre, sigue en el oficio de contador de historias. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

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