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*Por Esteban Michelena*

Litoral de Esmeraldas. Camino de verano entre Estero Oscuro y Recinto El Olvido. Escondidos entre el lodazal de un corral de puercos, a los primos Cangá todavía no les ha pasado el susto. Uno de ellos, Harley, se apresuró a armarse un porro extra largo.

—¿Ya vas con esa mierda de nuevo? —preguntó Kenwood, mientras padecía aún la interminable catarata de imágenes, disparos y violencia que antecedió su espectacular fuga de la Prisión de Santas Vainas.

—Puta madre: no me jodas, que estoy nervioso. Para mí, ese pana guardia marcó calavera —comentó Harley, respirando por la boca.

—No seas tan pesimista, primo. ¿Por qué dices eso? —replicó Kenwood, tratando de minimizar la situación.

—¿Por qué dices esto? ¡Chucha! —alcanzó a decir. Pero, igual, extendió su derecha para, angustiado, aspirar del cigarrito de marihuana.

—No te atormentes mucho más allá de lo que nos toca. Mejor, iré a echar un vistazo a ver de qué manera seguimos el viaje. No te muevas de aquí, que vuelvo enseguida —dijo Kenwood, abriéndose camino entre los cerdos.

Harley se quedó solo. En verdad, estaba siendo rehén de lo que, suponía, era ya su primer muerto. Le atormentaba que, de no ser por una letal casualidad, ellos habrían fugado sin matar a nadie. Cerró los ojos. Se terminó el cigarrito y hundió la cabeza contra el pecho.

Tipo seis de la mañana de ese sábado, los primos Cangá, hartos de su encierro de casi seis meses en la cárcel de Santas Vainas, habían planificado su fuga aprovechando el tempranero ingreso del camión distribuidor del gas. Contaban con que, según la costumbre y como en realidad ocurrió, apenas ingresado el camión, los propios guías de la prisión se encargarían de bajar y cargar los seis grandes cilindros hasta la bodega general.

Los primos —de a botas de caucho, pantaloneta, balde y delantal—  no estaban considerados peligrosos y, más bien, por eso mismo y por su conducta amable, eran los responsables de la diaria limpieza del patio general de la prisión y de los menesteres de la cocina, ubicada junto a la bodega y vigilada apenas por un negro viejo que hacía de jefe del comedor.

Durante esos cortos siete minutos, el camión debía permanecer listo para salir de retro, dar media vuelta en el acceso a la prisión y seguir su ruta. Mientras, el portón de ingreso permanecía entrecerrado y casi desguarnecido, a cargo de un solo, joven e inexperto vigilante, al que Kenwood sometería a golpes.  De los otros tres, se encargaría Harley, dejándoles encerrados en la bodega, capitalizando así el par de minutos que, a los cargadores, les tomaba entrar al hangar y ubicar los cilindros en su lugar. Con el último y joven guardia sometido, el resto era cortar el teléfono y encerrar al tipo en su propia garita. Y salir corriendo.

En el papel el tema resultaba sencillo, como robarle a un ciego. Respecto al camionero, Kenwood le ordenaría que, para salvar el pellejo, debería manifestarse con un puñado de billetes grandes, entregar las llaves de encendido y deslizar el camión al fondo del recinto, cerca de la cancha. Rápidamente Harley punzaría las llantas delanteras del Hino.

¡Listo! En no más de diez minutos, Harley y Kenwood debían estar libres. Y todos en paz. La fuga estaba planeada a la perfección, salvo que —camino a la bodega —uno de los guardias desvió su rutina para, urgente, dirigirse al baño. Fue ahí cuando todo el plan se les fue para la misma mierda.

Ocurrió que, mientras Kenwood ya había derribado al portero con un impresionante fierrazo en las costillas, Harley         —una vez puesto el candado en la bodega— retornaba corriendo a la garita para consumar la fuga. Pero, el tercer guardia terminó de mear, salió del baño y, ante los gritos de auxilio de sus compañeros encerrados, empezó a disparar al aire. Apenas lo descubrió, lo hizo contra Harley, quien huyó zigzagueando tipo venado.

El tiroteo y la incertidumbre provocaron la inmediata ansiedad y el nerviosismo de todos los reclusos, que empezaron a gritar, a sacudir y golpear las puertas metálicas de sus celdas. Los primos Cangá empezaron a perder el control de la situación.

En el gran portón de ingreso, el camionero y su ayudante cumplieron con la orden de Kenwood, armado con la imponente recortada del portero. Aterrorizados, le entregaron una pistola casera, el dinero y las llaves. De inmediato rodaron el camión por una pequeña pendiente de cemento, en lentísimo camino a una cancha de uso múltiple, que también hacía de parqueadero. Ahí se quedaron sudorosos, persignándose y sembrados en sus asientos.

Todo iba bien.  Pero por fortuna o por desgracia, el guardia armado pensó que se trataba de una fuga en masa y decidió, en lugar de liberar a sus compañeros encerrados, correr e intentar posicionarse del portón. No logró su cometido. Tuvo que refugiarse tras el cajón de una camioneta volcada que, ubicada a unos veinte metros de su objetivo, servía de basurero.  En el audaz intento, fue recibido por Kenwood y un par de tiros de advertencia. El primero de los planes de emergencia del gendarme fue llegar corriendo, cerrar el portón por fuera y buscar ayuda externa. Pero todo se trastocó, para todos.

Oculto tras el cajón de basura, el hombre no se rindió. Disparó contra la garita para amedrentar a Kenwood, quien para protegerse levantó al portero derribado del suelo y le estampó, de cara, contra la rejilla del puesto de control.  Inmediatamente, arrancó el cable del teléfono. Contra las mismas barandas, amarró las manos del nervioso guardián, que convertido en el escudo humano de Kenwood quedó expuesto a la lluvia de plomazos.

Kenwood, brutalmente excitado por la tardanza de su primo, devolvió los tiros. Una lluvia de perdigones impactó contra el oxidado cajón de la Volkswagen doble cabina. El guardia armado, percatándose de que estaba en desventaja, intentó enmendar la situación. Aspergeando plomazos, pensó en aprovechar los segundos que se tomaría Kenwood para recargar la recortada.

En suicida actuación calculó, confiando en la velocidad y el poderío de su Glock 9 mm, picar hacia la bodega en pos de sus compañeros. Nuevos y certeros plomazos disparados por Kenwood tronaron el basurero y le obligaron a permanecer oculto. 

Mientras tanto, el joven portero atado a las barandas de la garita escuchaba el espantoso chiflido de los plomos zumbándole la cara y clamaba porque pararan los disparos. Rogaba a Dios, a sus compañeros, a su madre, a la Virgen de las Mercedes, patrona de los reclusos.  Llorando como un niño recién despierto de su peor pesadilla, se cagó del miedo.

Harley había corrido hacia un área donde funcionaba un desmantelado taller de mecánica. En el cuartucho no encontró a nadie, sino que, disponible, a un costado, esperaba una motocicleta de alguno de los reclusos recién ingresados esa madrugada.  Antes de probar si la máquina funcionaba, se hizo de un morral, donde guardó un cuchillo, un tubo, una pata de cabra y una lima. Saltó sobre el asiento de la moto y, al pedalear el arranque, la Yamaha 175 cc respondió, encendiéndose en el acto. Entonces, Harley decidió que rodearía el recinto carcelario, pasando por la cancha y verificando que el camionero permaneciera encerrado y ajeno a la batalla.

Al iniciar su vertiginosa travesía, escuchó los gritos de los presos amontonados en las pequeñas ventanas de las celdas. Incluso alcanzó a oler y mirar el humo de un colchón de lana de ceibo en llamas.  Entre los reclusos la cosa estaba dividida. Unos aullaron puteándole para que los liberara; otros, igual, a insulto limpio, le alentaban en su espectacular intento. «¡Buena, corre negro hijo de puta!», alcanzó a escuchar. Harley sonrió por primera vez, creyéndose un triunfador. Volvió a hacerlo cuando, con los dos responsables metidos en la cabina y con las manos en alto, pasó junto al camión de gas, a orillas de la cancha de básquet. Se detuvo un instante, el exacto para también pinchar las llantas y advertir a los tripulantes que, si asomaban en la jugada, debutarían como cadáveres. Sudando, el más viejo apenas alzó los hombros.

Aceleró a fondo la moto. Los presos seguían su ruta libertaria con un griterío demencial. Cuando miró hacia las celdas, contempló sus rostros desdibujándose a su paso. Sonriendo por tercera vez, hecho un trueno, se dirigió a la garita de salida. Su puerta a la libertad, a las cervezas, a las hembritas, a los bailes de salsa durante noches enteras, al fútbol playero. Y a los porritos.

Pero a menos de cien metros del portón, Harley frenó de golpe. Lo hizo cuando miró que el guardia armado y Kenwood se fajaban a plomazo limpio: ni qué película del viejo, salvaje y malvado oeste. ¡Con el portero ahí, tieso, llorando, petrificado, sangrando por la nariz, con su carota de papa pegada contra las barandas!

El plan había excedido su tiempo límite como en cinco minutos. Al mirar a su compinche, Kenwood no sólo se alegró y atacó con más disparos, sino que salió de la garita y se ocultó tras unas banquitas de cemento, donde por largos segundos no recibió ni un solo disparo. Entonces, lo sospechó. Enseguida su propio enemigo empezó a darle la razón.

Al guardia armado se le terminaron los diez tiros de su Glock. Kenwood lo confirmó cuando se asomó de cuerpo entero. No pasó nada. Se envalentonó. Entró de nuevo a la garita, se hizo de una funda de tela repleta de cartuchos y, a paso de matador, fue al basurero en busca del carcelero. Antes de que Kenwood llegara, el tipo emprendió una despavorida y suicida carrera. Sin saberlo, se dirigió hacia abajo, justo donde Harley esperaba con la moto encendida.

El tipo corría desesperadamente, pero no había arrojado el arma. Entonces Kenwood dudó unos instantes. ¿Y si aún tiene un tiro y se lo obsequia al primo Harley? No quiso correr riesgos. Corrió tras él y disparó a las piernas del guardia, quien al recibir la centena de perdigones cayó aparatosamente, pero sin soltar la maldita pistola seguramente sin balas.

Harley miró el espectáculo y entró en crisis. Debido al tiempo transcurrido, pensó que la situación debería resolverse en no más de un par de minutos. Apuntó la moto contra el guardia caído, que se revolcaba del dolor. Pero al mirar que aún tenía un arma en la mano, los cables de su cabeza se le frieron. Zigzagueando, dirigió la moto contra la nuca del caído. Por ahí mismo pasaron las dos llantas de la briosa Yamaha 175 cc.

Luego llegó hasta la garita. Kenwood corrió hacia el guardia caído y se hizo de una de Lark, la Glock y un atado de llaves. Harley llegó con la moto y salió del recinto. Ahí esperó que Kenwood se trepara. Al portón le pasaron una cadena y con un candado la condenaron por fuera.  Los dos bandidos volaron, carretera abajo, con dirección a las playas y los montes de la libertad.

Como a una hora de volar en dos ruedas y surcando un accidentado camino de tercer orden tomado por los primos, la motocicleta empezó a oler a alambres quemados y fundió la máquina. Igual, los primos se dieron por aliviados. Ya estaban lo suficientemente lejos de la cárcel y bien internados en el monte.

A esas horas, sin embargo, la conciencia ya estaba haciendo lo suyo en las débiles y novatas cabecitas de los inexpertos malandros. Apenas repararon en los recientes sucesos, pensaron exactamente lo mismo: sin quererlo o porque no había de otra, se bajaron a un miembro de la Policía. Del otro gendarme que quedó guindado en la garita del guardia, mejor ni hablar. Caminaron sin prisa. A los pocos minutos hallaron una finca. Se internaron en ella, directo a una porqueriza que alcanzaron a divisar cerca del polvoriento y desierto camino.

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 *Esteban Michelena (Quito, 1963), es cronista y escritor. Apostó por construir, desde la crónica, su camino a la literatura: una conquista tras 35 años de una reconocida carrera profesional. Es tricampeón nacional de periodismo Premio Jorge Mantilla y “Pase al vacío” es su antología de crónicas y reportajes sobre el fútbol, el box y la música. En ficción, a lo largo de 22 años, concretó su paso a la literatura: “Atacames tonic”, “No more tears” y “El pasado no perdona” configuran su trilogía sobre el deslumbrante mundo afroesmeraldeño, con relatos escritos metralla en mano, a ritmo de timbal y con la velocidad del cine. “Vengo del margen, de la calle y el barrio. Soy el Mike Tyson de la literatura ecuatoriana”.

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