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«Pelé y mis otros dos grandes amores…» Una crónica de Víctor Vizuete Espinosa

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Recuerdo, con algo de nostalgia y mucho de mi ingenuidad, aquellos tiempos en que en esos partidos yo era el 10 y Edson Arantes do Nascimento, digo Pelé, era quien metía los balones que yo le entregaba serviditos, solo para que los empujara… Tampoco olvido que, entonces, Gilmar, Djalma Santos, Zito o Vavá -compañeros reales de O Rei- solo nos hacían los mandados.

Por Víctor Vizuete Espinosa*

¿Qué quieren que les diga? Que me entristece su muerte así como me motivaba su vida… Que si bien después, mientras mis ingenuas escaramuzas futboleras infantiles se vestían con sueños más maduros y realistas, me fui haciendo fan de otros magos de la número cinco, pero nunca dejé de tenerlo como un referente y como el primer espejo en el cual se vestían de gloria mis sueños más ambiciosos.

Apenas estaba en el segundo grado de la Escuela Franciscana San Andrés y ya Pelé era el número 9 infaltable de mis interminables partidos de fuchibol, los que jugaba solito, golpeando contra una de las ancianas paredes de mi humilde morada una igual de vieja pelota de cuero comprada en Pichurca por mi viejo, también pelotero de nacimiento y mi hincha número uno, aunque todavía no me había visto jugar ningún partido en serio.

Recuerdo, con algo de nostalgia y mucho de mi ingenuidad, aquellos tiempos en que en esos partidos yo era el 10 y Edson Arantes do Nascimento, digo Pelé, era quien metía los balones que yo le entregaba serviditos, solo para que los empuje… Tampoco olvido que, entonces, Gilmar, Djalma Santos, Zito o Vavá -compañeros en cancha de O Rei- solo nos hacían los mandados.

Ahhh, me tocaba inventarme esos partidos porque mis cuatro hermanos eran… hermanas y, en ese tiempo, los roles estaban tan definidos que ellas se dedicaban a lo que supuestamente era suyo: vestir muñecas, jugar a las comiditas o aprender a coser en la Singer de mamá.

En la escuela, en los campeonatos anuales que, como buenos franciscanos los curitas hacían religiosamente, la cosa no cambiaba mucho: yo era el 10 insustituible, el crack, porque, para qué también, sí tenía clase para jugar. Era un Pelé, sin discusión.

El tiempo inexorable me vio crecer y crecer. Y llegaron los días colegiales. Y el Don Bosco Técnico, dónde se metía pelota en serio. También llegaron los triunfos y las derrotas… Y los campeonatos colegiales, donde siempre nos derrotaron el Montúfar y el Mejía… Y el primer club barrial, el Bilbao Junior de Los dos Puentes, dónde debuté dos años antes que Pelé lo hiciera en el Santos… Pero la Perla Negra seguía siendo mi ídolo, el camino a seguir, el sendero seguro.

Claro, a esas alturas ya sabía que, a pesar de jugar muy bien, nunca llegaría ni siquiera a descalzarle; que era un sueño inalcanzable…

Pero no me importaba mucho, pues seguía tratando de emularle en cada partido; de lograr un gol parecido a los suyos.

Entonces me hice grande. La vida me recortó los sueños y me dibujó otros caminos…Y aunque pude jugar por poco tiempo en categoría profesional, las necesidades y las obligaciones me cuadricularon otra bitácora. No obstante, nunca dejé el fútbol activo porque, como en el periodismo (mi profesión en serio), un día se es pelotero y toda la vida se es pelotero. Y lo jugué dónde podía y como podía hasta que mi rodilla derecha dijo hasta aquí te acompaño y se hizo añicos, nomás, un día del que no quiero acordarme.

Claro, en ese largo ínterin conocí otros cracks del fútbol que me llenaron el alma. Me hice fan del Polo Carrera y, desde 1978, seguidor incondicional del Pelusa (Maradóó), que me llenó los ojos con sus goles, su picardía y su clase de barrio… Esa clase que le volvió Dios de los recintos pobres y los arrabales en todo el mundo.

Así transcurrían mis días, divididos entre dos amores, hasta que apareció La Pulga y todos mis conceptos futboleros se fueron al carajo. Y el nombre de Lío Messi se me grabó en mis preferencias como si fuera uno de esos tatuajes grandotes que les fascina a los futbolistas de hoy. También me convenció de que es el mejor de los tres, aunque sé que en esto no tendré consenso…

Así que mejor pronuncio, como lo hizo el poeta: que tengo entre dos, perdón, tres amores, mi corazón repartío…

He dicho.

________________________________

*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

*Foto tomada del diario Marca, de España

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